sábado, 21 de agosto de 2010

Cómo se hace un periodista

Hay muchas maneras de hacerse periodista. Esta es la de Andrés Alsina, uno de los mejores periodistas uruguayos de este siglo y del pasado. La contó él mismo hace poco en Así aprendí a vivir, en su columna de El Observador de Montevideo. Acá se la dejo entera para que aprovechen el fin de semana con una lectura útil:
Así aprendí a vivir

Mis detractores atribuyen a mis incapacidades literarias la profesión de periodista que ejerzo. En su encono, no perciben cuan cerca de la verdad impactan sus pullas. Ya muy temprano mis padres supieron ver el mal en mis desaforadas propuestas vocacionales. Quería yo ser actor, bombero, científico y para cuando fuera realmente grande, niño. Era aquel un fuego devastador e íntimo que me convulsionaba. “Una anomalía vital”, pronunció el primer médico que consultaron: recuerdo sus rostros escépticos mientras yo auscultaba con su estetoscopio el perchero del consultorio reclinado en la camilla. “Puede ser encantador pero también temible”, concedió al ver la escena.

Pronto, mi precocidad en la lectura y la escritura dejó de ser un orgullo familiar para instalarse como fuente de preocupación. Todas las opciones existenciales que yo enunciaba, desplegadas en un abanico desconcertante, encontraron su camino hacia mi torrente nervioso y se adueñaron de mi intelecto, de mi voluntad, de mis sentimientos y hasta de mi cuerpo. Mi madre sufría en silencio mientras yo me alejaba de lo terrenal y mi padre me consideró pronto un caso perdido.

Yo simplemente escribía: de las hojas sueltas pasé rápidamente a cuadernos que me iban comprando con cada vez más frecuencia y una vez que no llegaron a tiempo con la reposición, desarrollé un largo texto sobre un circo con ilustraciones y todo, sobre el empapelado casi crema con suaves arabescos en dorado del living. “Eso pasa por haberlo llevado al circo”, dijo mi padre, en lo que fue el estertor de su instinto paternal. Cuando llamaron de la escuela, alarmados, sólo mi madre aceptó ir.

Recuerdo a mi madre estoica en su vestido azul ante la alarma de mi maestra. Nada de lo que le dijera le resultaría novedoso. Ecuánime ante la desgracia, escuchó el relato casi tartamudeado de la experimentada docente ante esta situación inédita. Las varias hojas de mi composición La Vaca se arrugaban en la tensión de su mano derecha y el rictus de sus labios preanunciaban la enfermedad de la cual se me sigue responsabilizando. Eso se supo a través de trascendidos. Lamento, con todo, no conservar ese texto sin duda conmovedor. Yo fui dado de baja en esa escuela, no diría que por ese incidente en particular, y allí comenzó mi peregrinaje por la incultura construida por el mosaico inarmónico de sucesivas escuelas que le daría sólida base a la profesión de periodista que me esperaba con las fauces abiertas.

Fue por cierto la sucesión de instituciones educativas más que la ayuda de la ciencia lo que logró quebrar una y otra vez la arrolladora ola emocional, hasta dejarla en suaves ondulaciones. No es que mi madre cejara en sus intentos por sustraerme de ese vórtice creativo. Los estudios sugirieron que la creatividad, en general, está relacionada con la insania, y como la demencia precoz, surge en mentes que carecen de la posibilidad de filtrar y redirigir el pensamiento directo. Ese proceso inhibitorio habilita el pensamiento creativo sin las limitaciones de lo ortodoxo y lo convencional, le informaron desde el Instituto Carolino, de Estocolmo; hasta allí llegó la consulta.

La cura, como tantas otras cosas, llegó con la edad; ya de púber se me consideraba un bueno para nada por lo que en mi casa se esperó con ansia que me llegara a la edad para ser cadete en la redacción de un diario. La aparente libertad de los adultos allí esclavizados, la disipación con que encubrían su frustración y la maravilla de ser voyeur de la realidad me atraparon. Y fueron mis tutoras unas fuertes restricciones intelectuales, al anular toda potencia cognoscitiva real sustituyéndola por la superficialidad irremediable del periodismo. Nada de escribir en primera persona, nada de incluir en el texto mi percepción de aquello de lo que tenía que informar. Nada, en fin, que se saliera de lo previsible de la agenda noticiosa. Esto sí que es vida.
Me lo envía AS*, otro que debería contar también su llegada a la profesión.

Si quieren leer a Andrés, acá pueden descargar el libro reportaje Silencio. Violencia Doméstica. Y también pueden suscribirse a El Observador.
Publicar un comentario en la entrada