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lunes, 18 de febrero de 2019

A Der Spiegel también le pasa


Es la portada del 22 de diciembre pasado, cuando Der Spiegel descubrió y confesó que su reportero estrella Claas Relotius inventaba sus notas con descaro. El título dice Cuenta lo que es, el lema del fundador de Der Spiegel, Rudolf Augstein.

En El País de hoy aparece la historia con enlaces a los artículos de Der Spiegel. Salto el muro de pago y se la traigo aquí. Vale la pena.

Juan Moreno, fotografiado en el sur de México, durante la realización del reportaje sobre la caravana de migrantes que hizo estallar el escándalo (foto de Scott Dalton).
El escándalo ‘Der Spiegel’: paren la rotativa, todo es mentira  
por Ana Carbajosa 
Claas Relotius, ilustre redactor del prestigioso semanario Der Spiegel, era un timador. Sus textos publicados llevan ahora una nota advirtiendo que pueden ser ficticios. Lo desenmascaró Juan Moreno, colaborador de la publicación. Esta es la historia del último gran fraude periodístico en la era de las fake news

Nadie le creyó. Él mismo tampoco imaginó que acabaría destapando el gran escándalo periodístico que ha sacudido los cimientos de la prensa alemana y que da pie a un nuevo debate —el enésimo— sobre la profesión en todo el mundo. Ahora, a Juan Moreno ya le creen y en Alemania le consideran poco menos que un héroe. Pero para desenmascarar a un profesional de la mentira a gran escala, capaz de engañar a un país entero, Moreno tuvo que padecer un verdadero calvario. 
Peleó por convencer a sus jefes de que él, el eslabón más débil de la cadena laboral, tenía razón y de que Claas Relotius, de 33 años, la estrella del periodismo alemán, se inventaba las historias que publicaba. No resultó fácil, pero fue una de esas raras ocasiones en las que David acaba por vencer a Goliat. Moreno, un periodista español criado en Alemania, se la jugó y ganó.

Su victoria es, sin embargo, tremendamente agridulce. Su éxito es a la vez la desgracia de
Der Spiegel, la legendaria publicación alemana para la que Moreno trabaja como colaborador. Resulta difícil comprender cómo la prestigiosa revista pudo encumbrar a un reportero que se inventaba las historias, que aseguraba haber entrevistado a gente a la que nunca vio y visitado lugares que no pisó. Cómo nadie, ni sus jefes, ni el departamento de comprobación de datos, ni ningún compañero, se dio cuenta de que el más de medio centenar de artículos que su periodista estrella había escrito eran demasiado perfectos para ser ciertos; eran en realidad un fraude.

Moreno llega casi una hora tarde a la cita en su piso, situado al norte de Berlín. Viene de declarar en la comisión de investigación de
Der Spiegel. Su esposa, también periodista freelance, termina un artículo en un portátil sobre la mesa de la cocina. Tres de sus cuatro hijas entran y salen a lo largo de las tres horas largas que dura el encuentro. 
“No soy ningún héroe, ni el gran defensor de la verdad. No me quedaba otra. Tengo cuatro hijas y por un momento me vi en la calle porque mi nombre aparecía en un artículo lleno de errores”, arranca. “Fueron cinco semanas horribles. Yo sabía que algo no estaba bien, pero no me creían. La frustración era total”. Asegura que pasó semanas casi sin dormir, que ha perdido ocho kilos y que casi se le cae el alma a los pies el día que su hija de dos años y medio pronunció con claridad un nombre: Claas Relotius. “Yo me levantaba y me acostaba con ese nombre en la boca”.

La cotidianidad del hogar de Moreno saltó por los aires a principios de noviembre pasado, a raíz de la elaboración de un reportaje titulado
La frontera de Jaeger. El reportero estaba en México, cubriendo la caravana de migrantes, cuando le llamaron de la revista y le dijeron que iba a escribir un reportaje conjunto con Relotius, la gran pluma de la publicación. Moreno acompañaría a un migrante hasta la frontera y contaría el viaje, y en Estados Unidos Relotius se empotraría en un grupo de milicianos civiles dispuestos a frenar la llegada de migrantes.

A Moreno no le entusiasmó la idea. No conocía a Relotius, pero una vez había leído un texto suyo sobre un asesor fiscal cubano que le había chirriado. El trabajo se hizo. A Moreno le llegó el texto firmado a medias y detectó detalles que no le cuadraron. Escribió al departamento de comprobación de datos y documentación, donde trabajan unas 60 personas. No le hicieron caso.

Después, Relotius le envió un nuevo borrador en el que aparecía una escena final nueva, en la que un miliciano disparaba contra algo que se movía, insinuando que era un migrante. Ese pasaje no aparecía en la primera versión. “Es imposible que un buen periodista presencie una escena semejante y no la incluya desde el primer momento”, pensó.

A partir de ahí, Moreno comenzó una desesperada lucha por la verdad que le robaría el sueño y le sumiría en una frenética investigación contra reloj para salvar su pellejo y su nombre, que irremediablemente acabó apareciendo bajo el reportaje falso. Descubrió un artículo publicado en la prensa estadounidense que se parece sospechosamente al de Relotius. En él salía también un miliciano llamado Jaeger, pero había detalles de los personajes que no coincidían. Después, Moreno reconoció en una de las fotos publicadas por
Der Spiegel y compradas a The New York Times a Tim Foley, un miliciano al que había visto en un documental premiado. Era famoso, pero Relotius no le había puesto el nombre y dijo que no le dejó fotografiarle y que por eso fueron compradas las fotos a The New York Times.

Las incoherencias crecían y Moreno escribió al jefe del departamento de Sociedad, que encargó el reportaje. “No me hicieron caso y me pidieron que fuera a Hamburgo a hablar con ellos”. Después, Moreno recibió una llamada de Relotius. Se había enterado de sus indagaciones. “Juan, tienes cosas que decirme”, arrancó. Moreno le lanzó unas cuantas preguntas, sin desvelar sus descubrimientos, y decidió dejarle hablar. “Me di cuenta de que estaba mintiendo y de que había un problema muy gordo”.

La frontera de Jaeger resultó ser la punta de un iceberg cuyas dimensiones están aún por calibrar. En total, Relotius ha escrito 60 piezas para Der Spiegel, además de para otros periódicos alemanes, que ahora bucean en sus archivos en busca de la verdad. La publicación ha decidido “asumir por defecto que todos los artículos escritos por Relotius fueron fabricaciones”, según anunció, poco después de conocerse el escándalo, el director, ­Steffen Klusmann. “Como editores de Der Spiegel, tenemos que reconocer que hemos fallado de forma considerable. Relotius logró saltarse y anular todos los mecanismos de garantía de la calidad de la empresa. (…) En ocasiones, los protagonistas de sus historias existían, pero en otras no. La mayoría de las veces los detalles sobre su pasado y sus circunstancias eran inventados”. A finales de enero, la revista publicó un primer avance de las comprobaciones, cuyo resultado es espeluznante.

Pero por aquellas desesperadas semanas de noviembre,
Der Spiegel no lo tenía tan claro y empezó a sospechar que Moreno podía tener algo que ocultar. Al fin y al cabo, Relotius era un hombre de la casa. Estaba en plantilla y había ganado hasta cuatro veces el gran premio de periodismo alemán, la última vez en 2018, y había sido nombrado periodista del año por la CNN. Era además un tipo que caía bien en la redacción. “Todos en Der Spiegel le apreciaban. Sus compañeros me han dicho: ‘Si lo hubieras llegado a conocer, no habrías hecho esto”. Estaba a punto de ser ascendido.

Pero Relotius era sobre todo un tipo que traía historias. Conseguía lo que los demás ni aspiraban a lograr. Aseguraba hablar con los protagonistas que se negaban a hablar con otros. Sus reportajes estaban bien escritos, llenos de voces, acción y personajes; eran caramelos demasiado dulces como para que algún jefe se preguntara algo. “Como jefe de una sección, tu primera reacción al recibir historias como esas es de satisfacción, no de sospecha”, ha reconocido Ullrich Fichtner, un responsable de la revista, en una larga reconstrucción del caso. “Relotius siempre entregaba historias excelentes (…), era un empleado especialmente valioso”. Fichtner, llamado a ocupar una alta responsabilidad, le describe como alguien “modesto, alto, reservado, atento, en ocasiones demasiado serio. Pero, en conjunto, el tipo de persona a cuyos padres te gustaría felicitar”.

Moreno, sin embargo, es un
outsider. Un reportero freelance que trabaja desde su casa en Berlín y apenas pone el pie en la central, en Hamburgo. Es una voz exótica, hijo de un español empleado de una fábrica de neumáticos que emigró a Alemania desde el campo almeriense cuando él tenía año y medio (nació en 1972). Trabajó para varios medios y tuvo una columna en ­Süddeutsche Zeitung, hasta saltar a Der Spiegel en 2007.

Por eso en parte, cuando Moreno cuestionó el trabajo de Relotius, las sospechas se volvieron en su contra. “Me dieron a entender que eso tendría serias consecuencias para mí. Que me había atrevido a meterme con Dios. Yo estaba convencido de que iba a perder mi trabajo y de que nadie me querría contratar con semejantes antecedentes”. Ahí comenzó la verdadera batalla.

Moreno pasó cinco semanas dedicado a desmontar las historias de Relotius. Aprovechó un viaje de trabajo a Estados Unidos para llevar a cabo una misión secreta. Buscó a los supuestos entrevistados en el reportaje de la frontera. Condujo durante 800 kilómetros, hasta dar con Foley. Le mostró una foto de Relotius. No le había visto en su vida. Hizo lo mismo con Chris Maloof, otro supuesto entrevistado. Tampoco. Grabó esas entrevistas en vídeo y volvió a Hamburgo. Relotius argumentó que en su reportaje se hablaba de actividades ilegales y que nadie iba a reconocer en un vídeo haberlas hecho. Seguían sin creerle.

Moreno amplió la investigación y tiró de hemeroteca. Dio con un artículo en el que se suponía que Relotius había hablado con los padres de Colin Kaepernick y descubrió que la familia del jugador de fútbol americano que protestó contra el racismo había rehusado hablar con la prensa, también con la alemana. Cuanto más investigaba, peor olía todo.

Lo que pasó después se ha contado en las páginas de
Der Spiegel a lo largo de varios artículos en los que la publicación ha entonado un sonado mea culpa. El 3 de diciembre, a las 3.05, una mujer llamada Janet envió un correo electrónico a la revista. Es la encargada de prensa del grupo de vigilantes al que supuestamente había acompañado Relotius en Arizona. En él preguntaba cómo era posible que hubiera escrito un artículo sobre ellos sin haber pasado por allí. Relotius falsificó el texto para que pareciera que la mujer preguntaba por qué había pasado tan poco tiempo con ellos. Pero 10 días más tarde llegó la prueba definitiva. 
Los grandes jefes de la publicación se reunieron acompañados de un informático. Moreno les había convencido de que accedieran al servidor. Comprobaron que Relotius había manipulado el correo y que nunca había estado con los patrulleros de Arizona. La madrugada anterior, una de las jefas del impostor se había enfrentado a él tras descubrir otra fabricación, esta vez en Facebook. Relotius se derrumbó y confesó. Dijo que le había movido el “miedo al fracaso” y que “la presión para no fallar fue creciendo a medida que iba teniendo más éxito”. Recogió sus cosas y se marchó para siempre de la revista que le encumbró a la cima del periodismo alemán.

El 22 de diciembre,
Der Spiegel publicó un número especial con una portada roja con grandes letras blancas en las que se lee: “Cuenta lo que es”. Son palabras del fundador de la revista, Rudolf Augstein, las mismas que ocupan un lugar destacado en la redacción de Hamburgo y que Relotius traicionó hasta su amargo final. Aquel número dedicó 23 páginas al asunto. En él se afirmaba que las alarmas deberían haber saltado en numerosas ocasiones. Como cuando Relotius pidió a los traductores de la edición internacional que no publicaran sus piezas en inglés. O cuando pidió que no divulgaran en la web una foto de la edición impresa.

La revista ha creado una comisión de investigación con veteranos de la casa, además de la exdirectora de
Berliner Zeitung. Durante meses analizarán “cómo Claas Relotius pudo falsificar historias, inventar protagonistas, engañar a los colegas y burlar los sistemas de control de calidad, y qué cambios en la organización deben adoptarse”, según indica en un correo una portavoz de la publicación que evita ofrecer más detalles hasta que avancen las pesquisas. De momento, todos los artículos de Relotius aparecen en la web con una nota que advierte de que pudieron ser falsificados.

Reporter Forum, una iniciativa ciudadana por el buen periodismo, ha informado de que Relotius le ha pedido perdón y ha devuelto sus cuatro grandes premios Reporter.

Mientras, ha trascendido que Relotius pidió dinero a los lectores que se interesaron por las víctimas que aparecían en sus reportajes. No se sabe aún cuánto dinero recaudó ni qué parte fue a parar a ONG. A través de sus abogados, él ha reconocido haber recaudado dinero de los lectores, pero ha asegurado que lo donó a causas humanitarias. La revista comprobó que parte de ese dinero efectivamente había ido a parar a una ONG. En el mismo comunicado, sus abogados explican que su cliente ha admitido que “presentó hechos falsos y erróneos en numerosas ocasiones. Los falsificó y los inventó”. Dicen que “lamenta” lo ocurrido y que en ningún caso quiso “proporcionar munición a los que ahora apuntan a su reportaje con turbias intenciones políticas, como una prueba de la existencia de las llamadas
fake news. Contactado el bufete de los letrados en Hamburgo, explican que ni ellos ni el propio Relotius quieren, de momento, ofrecer más explicaciones.

A estas alturas, las verdades se confunden con las mentiras en una maraña que tardará mucho tiempo en desenredarse. Pero por ahora algunos actores políticos han olido sangre y se han lanzado a degüello. Porque el caso Relotius se produce cuando las fuerzas populistas luchan por desacreditar a los medios tradicionales. La extrema derecha alemana se frota las manos ante un caso que considera la prueba última de que los medios son poco menos que fábricas de
fake news. El embajador de EE UU en Berlín, Richard Grenell, el hombre fuerte de Donald Trump en Europa, ha aprovechado para lanzar una campaña contra Der Spiegel. Acusa a la revista de “antiamericana”, enturbiando aún más la ya de por sí maltrecha relación entre Washington y Berlín. 
La acusación de Grenell se fundamenta en una de las invenciones de Relotius tal vez más alucinantes. En un texto titulado ‘En una pequeña ciudad’, describe una localidad de Minnesota que supuestamente es un ejemplo de caladero de votos de Trump y a la que fue enviado. La sarta de falsedades que aparecen en ese reportaje las recopilaron con minuciosidad Michele Anderson y Jake Krohn, dos vecinos de Fergus Falls, que se indignaron al leerlo. Enumeran en un detallado artículo las invenciones de Relotius; entre ellas, lo que dice el cartel de entrada a la ciudad o una entrevista a un hombre del que afirma que nunca ha estado con una mujer ni ha visto el mar y que en su página de Facebook aparece en la playa con su chica. Así todo. “En 7.300 palabras solo acertó en el tamaño de la población y en la media de la temperatura anual, entre otros datos básicos (…). El resto es ficción desinhibida”, escribe Anderson, quien el pasado abril envió un mensaje a la cuenta de Twitter de Der Spiegel, en el que acusaba al autor de escribir “ficción”, que se perdió en el mar de interacciones digitales. El bochorno ha sido tal que Der Spiegel decidió enviar a su corresponsal en Washington para rehacer la historia y de paso pedir perdón.

Más allá de las paredes de la revista, el
Spiegelgate ha desatado un intenso debate global en torno al futuro del periodismo en la era de las fake news, de la hipermedición de audiencias y de la compulsión por hacer las historias atractivas aun a riesgo de sacrificar la verdad. O, como lo ha llamado el analista de los medios Jeff Jarvis, “el peligro de la seducción del formato narrativo”. Alertan estos días algunos gurús del periodismo del riesgo de forzar las historias para hacerlas cada vez más atractivas, como si la realidad no bastara. Este es solo uno de los debates que planean sobre la redacción devastada de Der Spiegel, uno de los pilares del periodismo europeo.

Mientras, Juan Moreno no acaba de creerse todo lo que le ha pasado. Dice que le ha impactado descubrir el poder que puede llegar a tener la persuasión incluso en periodistas veteranos, con el colmillo bien retorcido. “Les engañó a todos y me hubiese engañado a mí también si le hubiese conocido”. Moreno reconoce que pensaba que nadie sería capaz de hacer algo así, y eso era lo que le frenaba. “Creo que en el fondo pensaba que hay ciertas normas que todos cumplimos”.

Der Spiegel afronta ahora una profunda remodelación, mientras espera el resultado de una investigación que no anticipa nada bueno. Relotius guarda silencio. Y Moreno, que recibe cientos de mensajes de felicitación y ofertas varias, ha vuelto a su vida de siempre, la de reportero
freelance.

viernes, 27 de abril de 2018

La posverdad es un triunfo de la mentira


Les paso esta nota de Álvaro Pérez sobre la posverdad. Apareció en La Nueva Revista
Sobre la necesidad del buen periodismo
Las imprecisiones, las informaciones interesadas y las noticias falsas han existido siempre. El periodismo también es responsable de ello. Ha dado alas a la idea de que la verdad es un asunto que no tiene sentido. Pero buscarla y contarla es justo lo que cuenta. 
Es imprescindible que la información suene plausible. Por ello es irreconciliable con la narración. La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo de la información. Cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables”. La frase del filósofo Walter Benjamin pone de manifiesto uno de los mayores desafíos del periodismo: en el entorno actual, en el que la única constante es el cambio, se necesitan historias memorables. Las buenas historias periodísticas enseñan lo que permanece y es consustancial al ser humano, la necesidad de contar el mundo y aportar el contexto para comprenderlo. La llamada posverdad y las noticias falsas que de ella se desprenden son hoy el mayor enemigo de ese periodismo necesario.

Cuando el escritor Apión acusó falsamente en el siglo I d. C. a los judíos de sacrificar a niños griegos para realizar sus rituales, a la calumnia no se le llamó posverdad, se le llamó “libelo de sangre”. Cuando en 1898 la prensa amarilla estadounidense, con William Randolph Hearst a la cabeza, decidió atribuir la explosión del barco estadounidense USS Maine a un ataque español sin esperar ningún tipo prueba que lo confirmase -“usted proporcione las imágenes y yo proporcionaré la guerra”, le dijo Hearst a su enviado especial poco antes de empezar el conflicto-, nadie se preocupó por la veracidad de la información, más bien se consideró razón suficiente para comenzar una lucha que acabó con las últimas colonias españolas en manos de Estados Unidos. Cuando Gabriel García Márquez fue enviado por el diario El Espectador a la ciudad de Quibdó (Colombia) a cubrir una manifestación contra el Gobierno y se dio cuenta de que en realidad no había ninguna protesta en marcha, no dudó en orquestar una revuelta a la que añadió datos falsos y elementos dramáticos para enriquecer la historia sin ningún remordimiento por generar fake news; al contrario, reconoció años después haber inventado noticias en aquellos tiempos sin ningún pudor.

Las imprecisiones, las informaciones interesadas y las noticias falsas han existido siempre y, como señala Arcadi Espada en una entrevista en Letras Libres, “el periodismo ha sido muy responsable de todo esto. Ha dado alas a la idea de que la verdad era un asunto que no tenía sentido: se hablaba de la pluralidad, la libertad, los poliedros”. Se olvidó, en otras palabras, que los hechos son sagrados y se generó un estado de situación en el que la llamada posverdad, la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”, campa a sus anchas.

Hoy, convertida en la palabra del año 2016 por el diccionario Oxford, tema de debate público y cuestión de Estado (de Macron y su propuesta de control de las fake news durante los periodos de elecciones en Francia, a las injerencias rusas en la crisis durante el vodevil independentista en Cataluña), es una obligación para el periodismo combatirla. Quizá nunca hubo tanta conciencia de su existencia, preeminencia y potencial destructivo. De hecho, como plantea Álex Grijelmo, la propia extensión del término “posverdad” ha dado el primer triunfo a quienes la utilizan para sus intereses: “Podemos preguntarnos sobre todo si ‘posverdad’ no formará parte de lo que la propia palabra denuncia, si no estará desplazando a vocablos más indignantes, como ‘mentira’, ‘estafa’, ‘bulo’, ‘falsedad’ … El engaño siempre existió, sí, pero antes todos decían luchar contra él. Ahora, por el contrario, se empieza a cultivar como una buena técnica profesional el revoltijo de trampas de lenguaje basadas en el sensacionalismo, los sobrentendidos, la insinuación, la alusión, la presuposición, los eufemismos. Y si se trata de definir ese paquete, lo de ‘posverdad’ suena realmente a broma. Porque puede que estemos llamando ‘era de la posverdad’ a la ‘era de la manipulación’”.

El desafío para los periodistas consiste en ofrecer una mirada elaborada sobre la realidad frente a la información sin contrastar, la mentira y la manipulación. Históricamente, factores económicos, como la venta de diarios, aunque sea a costa de empezar una guerra en el caso de la prensa amarilla estadounidense, factores narrativos, como la confusión entre periodismo y ficción, en el caso de García Márquez y, por supuesto, factores políticos, como la búsqueda de la victoria electoral en el caso de las últimas elecciones estadounidenses, han jugado siempre un rol esencial en la destrucción de la verdad y en la erosión de la credibilidad del periodismo.

Cabe preguntarse entonces qué es lo permanente en el periodismo, lo que lo hace verdadero, más allá del formato en el que se ofrezca o del soporte en el que se consuma. La respuesta se encuentra no tanto en las posibilidades tecnológicas –sin duda aliadas de los periodistas y fundamentales para el desarrollo de la profesión–, sino en recuperar buenos ejemplos que en tiempo de (otras) crisis, fueron capaces de poner en valor el rol del periodismo, y en el entendimiento del contexto actual en el que nos movemos. La aspiración es ejercer un periodismo basado en hechos, construido sobre datos y ajeno al “periodismo zombi”, diagnosticado de manera muy acertada por Lluís Pastor, ese periodismo que se limita a incluir a la audiencia sin saber en realidad qué hacer con ella y que en última instancia no sabe hacia dónde se dirige.

El buen periodismo, en cambio, es hoy tan necesario como siempre y dista mucho de ser un muerto viviente: es indispensable para el funcionamiento correcto de una sociedad libre y democrática. El periodista, por tanto, no puede limitarse a repetir mensajes oficiales, amplificar fenómenos virales y dar por buena la información sin un mínimo de revisión. Porque, como explica el historiador Timothy Snyder, “renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo”. Y, en última instancia, “la posverdad es el prefascismo”.

Totalitarismo y posverdad 
La idea de que la actitud del nazismo hacia los judíos fue algo desconocido por el pueblo alemán y las potencias extranjeras es un lugar común. ¿Cómo, de haberse sabido, se hubiera tolerado? Quizá los extremos de los campos de concentración y la exterminación sistemática de judíos, gitanos y mestizos no podían ser intuidos ni siquiera por la mente más macabra. Sin embargo, la humillación a los enemigos del nazismo era ya algo público años antes de que estallase la II Guerra Mundial.

Así lo prueba, por ejemplo, el viaje del periodista Manuel Chaves Nogales a Alemania en 1933. El 26 de mayo de ese año Chaves escribía: “Hitler va positivamente a cumplir desde el Poder sus promesas de extirpación de los judíos. Conste que esta palabra extirpación es suya. El judío residente en Alemania se encuentra hoy absolutamente bloqueado; la vida se le hace materialmente imposible […]. No; no es que a los judíos les corten las orejas ni les arranquen los pelos; es, sencillamente, que les van suprimiendo los medios de vida”. Y también: “El judío está tan aterrorizado, que se allana a todo, y pasando por las más humillantes vejaciones, sólo pide que le dejen el derecho a vivir”. Produce cierto escalofrío leer estas descripciones, sobre todo si se tiene en cuenta que se produjeron seis años antes de la II Guerra Mundial.

Y es quizá más dramático cuando Chaves también advirtió entonces lo que el nazismo se traía entre manos: “Alemania va a hacer la guerra […]. Si Adolfo Hitler está gobernando hoy Alemania, es porque lleva doce años predicando la guerra”. Chaves estaba haciendo periodismo en estado puro: contó lo que vio y lo que los ciudadanos alemanes le confesaron, la “misión providencial” del pueblo germánico: “Salvar la raza aria”. Quizá los textos de Chaves no cambiaron nada, pero como él mismo reconocía en su prólogo a La vuelta a Europa en avión, el objetivo del periodismo es otro: “Mi técnica –la periodística– no es una técnica científica. Andar y contar es mi oficio. Alguna vez, lleno de buena fe y concentrando todas las potencias de su alma, uno se atreve a pronunciar la palabra mágica de Keyserling. Desgraciadamente, uno dice ‘sésamo’, y la puerta no se abre. Pero esto es tan consuetudinario que no hay por qué entristecerse ni avergonzarse. Uno se mete las manos en los bolsillos y se va”. Es decir, Chaves hizo lo que el periodista puede -y por tanto debe- hacer: contar la realidad, en lo posible de primera mano, con humildad y sin mayores pretensiones. El periodista es responsable de ejercer con responsabilidad su trabajo, los efectos son ajenos a su profesión.

No deja de ser curioso y revelador que, en esos mismos textos en los que Chaves contaba la verdadera cara de la Alemania nazi, introdujese también el tema de lo que generan las noticias falsas. En concreto, hablaba de una que afectaba a España: un diario de Berlín aseguraba que el Gobierno de la República necesitaba “300.000 judíos” y estaba dispuesto a pagar un billete y dos meses de estancia a los interesados. El consulado español en Berlín se colapsó, y se vio obligado a aclarar la falsedad de la supuesta ayuda. Las noticias falsas, como se ve, siempre han existido y los más dañados por su utilización son, además de los propios periodistas y su credibilidad, los ciudadanos.

Contrastar la información y formarse 
Decía Josep Pla que “describir es mucho más difícil que opinar”, y lo es porque exige trabajo. Describir implica contrastar, asegurarse de lo que se cuenta es exacto y no cobijarse en la “libertad de opinión”. La mejor defensa para el periodista que describe, es la autoedición, aun en tiempos de inmediatez, y la autoedición va más allá del estilo: incluye contrastar la información y formarse.

Uno de los enemigos tradicionales del periodismo es la prisa. La rapidez es un elemento innegociable a la hora de trabajar en una redacción: el buen periodista debe ser rápido. Las redes sociales han multiplicado este efecto, por eso conviene distinguir entre rapidez, una característica necesaria, y premura, un factor que puede llevar a la irresponsabilidad. Vale la pena tomarse unos minutos para con rapidez, pero sin premura, comprobar la información.

La dificultad marcada por Pla a principios del siglo pasado tiene hoy un aliado en el llamado fact-checking: es más necesaria que nunca la verificación detallada y sistemática de datos e informaciones públicas. Y debe serlo como una rutina profesional habitual de los redactores. Esta sana costumbre nos hubiera ahorrada la famosa anécdota protagonizada por el escritor Mark Twain en 1897. En junio de ese año, el New York Journal publicó que Twain acababa de morir. Twain se vio obligado a escribir una carta al director para aclarar la situación: “La noticia de mi muerte fue una exageración”.

José Antonio Zarzalejos considera que “la nueva comunicación y el nuevo periodismo va a centrarse de ahora en adelante […] en verificar, en realizar el fact-checking de manera sistemática, mediante plataformas de las que ya existen muchas (decenas en Estados Unidos)”. Si el periodista no contrasta, no añade valor añadido. El reportero debe ser un curador de la información, debe poner orden entre la avalancha de tuits y robots informáticos, debe ofrecer veracidad.

Si no lo hace, corre el mismo riesgo de caer en trampas como aquella en la que incurrió el Clarksburg Daily News en 1903. Su diario rival, el Clarksburg Daily Telegram, publicó una noticia sobre el asesinato del ciudadano de origen eslavo Mejk Swenekafew. En realidad, esa noticia nunca ocurrió. Se trataba de una estrategia para demostrar que el Clarksburg Daily News llevaba meses robando las historias del Telegram. Y, efectivamente, el día después de la publicación en el Telegram, el News recogió la historia de Swenekafew que, leído hacia atrás, dice: “We fake news”. El Telegram probó su teoría, humilló a su rival reflejando la historia en portada y el News reconoció que llevaba meses utilizando a su competencia para redactar sus contenidos.

El News supuso que el Telegram no mentiría a sus lectores, y se olvidó de hacer su trabajo. Esa tentación es hoy más accesible que nunca. Como explica Juan Cruz, “suponer es más atractivo y más cómodo que preguntar para despejar las dudas” pero lo propio del oficio periodístico es, precisamente, preguntar. Decía en una conferencia en la Universidad de Navarra el director de El País, Antonio Caño, que entre los factores de la crisis del periodismo está la formación de los periodistas: en ocasiones se ven obligados a preguntar sobre temas que desconocen o no dominan en profundidad. En esos casos, es más fácil que transmitan informaciones imprecisas, inexactas o falsas. Y no se puede transmitir la información con sencillez si no se domina el tema.

La formación es necesaria para combatir el gran enemigo de la libertad intelectual de los periodistas: lo políticamente correcto. Esta corrección ha invadido incluso las universidades, lugares de diversidad ideológica y debate por antonomasia que, sobre todo en Estados Unidos, se han visto envueltas en situaciones en las que los profesores deben advertir a los alumnos del uso de palabras racistas en las lecturas del curso, de comportamientos machistas de los personajes en algunas películas o de cualquier otro elemento que pueda herir sus sensibilidades. La escasa tolerancia a la opinión distinta, por más que se exprese de manera educada y argumentada, es también un problema real a la hora de ejercer la profesión periodística.

Como señala Espada, “la operación de desinformación, de mentiras groseras, como ‘España nos roba’, es una forma de fake news”. De nuevo, el periodista debe señalar con hechos esas mentiras. Y los hechos deben sostenerse en el conocimiento del periodista, en su investigación y en una dosis de valentía: la de estar dispuesto a superar el lenguaje políticamente correcto. ¿Quién podría estar en contra del “derecho a decidir” de una persona o un pueblo? ¿Alguien se opondría a una “reconciliación” social? ¿Quién negaría el “diálogo” a un interlocutor válido? El riesgo para el periodista cuando cuestiona estos dogmas es evidente. Una información que ponga de manifiesto las inconsistencias legales del derecho a decidir, del ofrecimiento de una reconciliación que es en realidad una petición de olvidar crímenes del pasado o de la trampa de un diálogo que es en realidad una manera elegante de hablar de unas exigencias inamovibles, puede convertir a su autor en un fascista o un retrógrado y se expone a la lapidación pública vía Twitter. Es el precio de ejercer la profesión con rigor y libertad.

La realidad es compleja y el periodista debe describirla. Se necesitan, desde este punto de vista, periodistas críticos, que sean capaces de cuestionarse la realidad. Para ser capaz de hacerse las preguntas adecuadas y de cuestionarse los dogmas de lo políticamente correcto se requiere manejar las palabras adecuadas. Como explica Snyder, “cuando repetimos las mismas palabras y expresiones que aparecen en los medios cotidianos, estamos aceptando la ausencia de un marco más amplio. Poseer ese marco requiere más conceptos y disponer de más conceptos exige leer. […] Cualquier buena novela aviva nuestra capacidad de pensar sobre las situaciones ambiguas y juzgar las intenciones de los demás”. Leer para pensar mejor; leer, también, para escribir mejor. De nuevo, la formación como elemento clave para ejercer el periodismo con rigor. No en vano, como cuenta Paco Sánchez en su blog de La voz de Galicia, “Ben Bradlee, legendario director del Washington Post en los tiempos del Watergate, cuando unos profesores de periodismo le pidieron consejo para formar mejor a sus alumnos, les dio solo uno que he repetido mucho: ‘Que lean todo Shakespeare’”.

Lectores activos 
La formación es necesaria, pues, y lo es en dos sentidos: desde el punto de vista del periodista, como se ha dicho, pero también desde el punto de vista del lector. Aprender a leer es esencial.

Si el periodista debe ser autocrítico, culto y contrastar la información para hacer bien su trabajo, el lector debe hoy también estar especialmente alerta. Como explica Elizabeth Kolbert en The New Yorker, varios estudios demuestran que los hechos no nos ayudan a cambiar de opinión necesariamente. En ocasiones el lector no busca la verdad, sino informaciones que refuercen sus prejuicios y sus puntos de vista. El desafío en este sentido es tal que en Estados Unidos ya hay cursos en la universidad y programas para estudiantes de institutos sobre “News Literacy”, orientados a enseñar a los estudiantes cómo diferenciar noticias reales de noticias falsas, entender los estándares del periodismo de calidad y convertirse en ciudadanos informados.

Como defiende Espada, “la verdad es un bien común y debe ser protegida con los instrumentos de que disponen los ciudadanos”. La función del periodismo es dar a conocer hechos verdaderos, y los ciudadanos deben garantizar que la información que reciben es verdadera. En concreto, hay una serie de rutinas que pueden ayudar a los lectores. Por un lado, la selección de los medios de información: el New York Times puede dar una información errónea o sin contrastar, pero es más seguro que el “Blog de noticias del tío Paco”. Por otro, el uso de las fuentes que se hace en las informaciones puede también ayudar a detectar noticias falsas: una información sobre la calidad democrática de Venezuela no tendrá el mismo valor si se alude a un informe gubernamental que si se recogen datos de un organismo internacional e independiente.

La otra gran vía para contrastar informaciones es internet: una búsqueda de información puede ayudar a detectar qué medios han confirmado una noticia y puede llevar a comprobar si una imagen corresponde de verdad al contexto atribuido por un medio. En internet se encuentran también muchas opciones informativas. “Si sólo ‘retuiteas’ el trabajo de personas que de verdad han llevado a cabo una labor periodística –afirma Snyder–, es menos probable que acabes degradando tu cerebro interactuando con bots y con trolls”.

Conclusión 
Pero, independientemente de la actitud del lector, importa aquí reseñar el rol del periodismo. Los ejemplos del pasado se encuentran en periodistas como Manuel Chaves Nogales y son una buena guía para salir del atolladero posfactual. No ponderar en su justa medida las apreciaciones de personas como Álex Grijelmo, Arcadi Espada o Timothy Snyder sería caer en el mismo error de quienes ignoraron a Chaves durante años: el de menospreciar a una mente lúcida. Cada uno de ellos a su manera, Chaves ejerciendo la profesión con dignidad, Grijelmo, Espada y Snyder reflexionando también sobre ella, contribuyen a la mejora de la profesión, a la búsqueda de un periodismo verdadero, basado en hechos, que describe e informa. Un periodismo necesario para la sociedad.

En medio de la saturación informativa, absorbido por los exigentes tiempos periodísticos, en ocasiones sin demasiados medios, la profesión depende del esfuerzo individual del periodista: sus estándares éticos y su capacidad de verificar y comprender los datos disponibles son la primera línea de defensa del periodismo, y también la primera línea de vanguardia para que la profesión siga jugando un rol esencial dentro de las democracias liberales. El periodista responsable, que observa, describe, coteja la información y chequea los datos, es el que tiene más cerca la posibilidad de contar las historias memorables a las que aludía Benjamin, historias que transmutan la información en historia. De la formación que reciban los periodistas, de la explicitación y desarrollo de los conceptos adquiridos y de las buenas prácticas de los profesionales de la información depende en buena medida el futuro del periodismo.

miércoles, 24 de enero de 2018

Francisco y las fake news


Mensaje del Francisco para la 52º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, dado a conocer hoy, día de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas:

«La verdad os hará libres» (Jn 8, 32).
Fake news y periodismo de paz
Queridos hermanos y hermanas:

En el proyecto de Dios, la comunicación humana es una modalidad esencial para vivir la comunión. El ser humano, imagen y semejanza del Creador, es capaz de expresar y compartir la verdad, el bien, la belleza. Es capaz de contar su propia experiencia y describir el mundo, y de construir así la memoria y la comprensión de los acontecimientos.

Pero el hombre, si sigue su propio egoísmo orgulloso, puede también hacer un mal uso de la facultad de comunicar, como muestran desde el principio los episodios bíblicos de Caín y Abel, y de la Torre de Babel (cf. Gn 4,1-16; 11,1-9). La alteración de la verdad es el síntoma típico de tal distorsión, tanto en el plano individual como en el colectivo. Por el contrario, en la fidelidad a la lógica de Dios, la comunicación se convierte en lugar para expresar la propia responsabilidad en la búsqueda de la verdad y en la construcción del bien.

Hoy, en un contexto de comunicación cada vez más veloz e inmersos dentro de un sistema digital, asistimos al fenómeno de las noticias falsas, las llamadas «fake news». Dicho fenómeno nos llama a la reflexión; por eso he dedicado este mensaje al tema de la verdad, como ya hicieron en diversas ocasiones mis predecesores a partir de Pablo VI (cf. Mensaje de 1972: «Los instrumentos de comunicación social al servicio de la verdad»). Quisiera ofrecer de este modo una aportación al esfuerzo común para prevenir la difusión de las noticias falsas, y para redescubrir el valor de la profesión periodística y la responsabilidad personal de cada uno en la comunicación de la verdad.

1. ¿Qué hay de falso en las «noticias falsas»?

«Fake news» es un término discutido y también objeto de debate. Generalmente alude a la desinformación difundida online o en los medios de comunicación tradicionales. Esta expresión se refiere, por tanto, a informaciones infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular al lector para alcanzar determinados objetivos, influenciar las decisiones políticas u obtener ganancias económicas.

La eficacia de las fake news se debe, en primer lugar, a su naturaleza mimética, es decir, a su capacidad de aparecer como plausibles. En segundo lugar, estas noticias, falsas pero verosímiles, son capciosas, en el sentido de que son hábiles para capturar la atención de los destinatarios poniendo el acento en estereotipos y prejuicios extendidos dentro de un tejido social, y se apoyan en emociones fáciles de suscitar, como el ansia, el desprecio, la rabia y la frustración. Su difusión puede contar con el uso manipulador de las redes sociales y de las lógicas que garantizan su funcionamiento. De este modo, los contenidos, a pesar de carecer de fundamento, obtienen una visibilidad tal que incluso los desmentidos oficiales difícilmente consiguen contener los daños que producen.

La dificultad para desenmascarar y erradicar las fake news se debe asimismo al hecho de que las personas a menudo interactúan dentro de ambientes digitales homogéneos e impermeables a perspectivas y opiniones divergentes. El resultado de esta lógica de la desinformación es que, en lugar de realizar una sana comparación con otras fuentes de información, lo que podría poner en discusión positivamente los prejuicios y abrir un diálogo constructivo, se corre el riesgo de convertirse en actores involuntarios de la difusión de opiniones sectarias e infundadas. El drama de la desinformación es el desacreditar al otro, el presentarlo como enemigo, hasta llegar a la demonización que favorece los conflictos. Las noticias falsas revelan así la presencia de actitudes intolerantes e hipersensibles al mismo tiempo, con el único resultado de extender el peligro de la arrogancia y el odio. A esto conduce, en último análisis, la falsedad.

2. ¿Cómo podemos reconocerlas?

Ninguno de nosotros puede eximirse de la responsabilidad de hacer frente a estas falsedades. No es tarea fácil, porque la desinformación se basa frecuentemente en discursos heterogéneos, intencionadamente evasivos y sutilmente engañosos, y se sirve a veces de mecanismos refinados. Por eso son loables las iniciativas educativas que permiten aprender a leer y valorar el contexto comunicativo, y enseñan a no ser divulgadores inconscientes de la desinformación, sino activos en su desvelamiento. Son asimismo encomiables las iniciativas institucionales y jurídicas encaminadas a concretar normas que se opongan a este fenómeno, así como las que han puesto en marcha las compañías tecnológicas y de medios de comunicación, dirigidas a definir nuevos criterios para la verificación de las identidades personales que se esconden detrás de millones de perfiles digitales.

Pero la prevención y la identificación de los mecanismos de la desinformación requieren también un discernimiento atento y profundo. En efecto, se ha de desenmascarar la que se podría definir como la «lógica de la serpiente», capaz de camuflarse en todas partes y morder. Se trata de la estrategia utilizada por la «serpiente astuta» de la que habla el Libro del Génesis, la cual, en los albores de la humanidad, fue la artífice de la primera fake news (cf. Gn 3,1-15), que llevó a las trágicas consecuencias del pecado, y que se concretizaron luego en el primer fratricidio (cf. Gn 4) y en otras innumerables formas de mal contra Dios, el prójimo, la sociedad y la creación.

La estrategia de este hábil «padre de la mentira» (Jn 8,44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes. En la narración del pecado original, el tentador, efectivamente, se acerca a la mujer fingiendo ser su amigo e interesarse por su bien, y comienza su discurso con una afirmación verdadera, pero sólo en parte:«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3,1). En realidad, lo que Dios había dicho a Adán no era que no comieran de ningún árbol, sino tan solo de un árbol: «Del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás» (Gn 2,17). La mujer, respondiendo, se lo explica a la serpiente, pero se deja atraer por su provocación:«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”» (Gn 3,2). Esta respuesta tiene un sabor legalista y pesimista: habiendo dado credibilidad al falsario y dejándose seducir por su versión de los hechos, la mujer se deja engañar. Por eso, enseguida presta atención cuando le asegura: «No, no moriréis» (v. 4). Luego, la deconstrucción del tentador asume una apariencia creíble: «Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (v. 5). Finalmente, se llega a desacreditar la recomendación paternal de Dios, que estaba dirigida al bien, para seguir la seductora incitación del enemigo: «La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable» (v. 6). Este episodio bíblico revela por tanto un hecho esencial para nuestro razonamiento: ninguna desinformación es inocua; por el contrario, fiarse de lo que es falso produce consecuencias nefastas. Incluso una distorsión de la verdad aparentemente leve puede tener efectos peligrosos.

De lo que se trata, de hecho, es de nuestra codicia. Las fake news se convierten a menudo en virales, es decir, se difunden de modo veloz y difícilmente manejable, no a causa de la lógica de compartir que caracteriza a las redes sociales, sino más bien por la codicia insaciable que se enciende fácilmente en el ser humano.

Las mismas motivaciones económicas y oportunistas de la desinformación tienen su raíz en la sed de poder, de tener y de gozar que en último término nos hace víctimas de un engaño mucho más trágico que el de sus manifestaciones individuales: el del mal que se mueve de falsedad en falsedad para robarnos la libertad del corazón. He aquí porqué educar en la verdad significa educar para saber discernir, valorar y ponderar los deseos y las inclinaciones que se mueven dentro de nosotros, para no encontrarnos privados del bien «cayendo» en cada tentación.

3. «La verdad os hará libres» (Jn 8,32)

La continua contaminación a través de un lenguaje engañoso termina por ofuscar la interioridad de la persona. Dostoyevski escribió algo interesante en este sentido: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás. Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo» (Los hermanos Karamazov, II,2).

Entonces, ¿cómo defendernos? El antídoto más eficaz contra el virus de la falsedad es dejarse purificar por la verdad. En la visión cristiana, la verdad no es sólo una realidad conceptual que se refiere al juicio sobre las cosas, definiéndolas como verdaderas o falsas. La verdad no es solamente el sacar a la luz cosas oscuras, «desvelar la realidad», como lleva a pensar el antiguo término griego que la designa, aletheia (de a-lethès, «no escondido»). La verdad tiene que ver con la vida entera. En la Biblia tiene el significado de apoyo, solidez, confianza, como da a entender la raíz ‘aman, de la cual procede también el Amén litúrgico. La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer. En este sentido relacional, el único verdaderamente fiable y digno de confianza, sobre el que se puede contar siempre, es decir, «verdadero», es el Dios vivo. He aquí la afirmación de Jesús: «Yo soy la verdad» (Jn14,6). El hombre, por tanto, descubre y redescubre la verdad cuando la experimenta en sí mismo como fidelidad y fiabilidad de quien lo ama. Sólo esto libera al hombre: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32).

Liberación de la falsedad y búsqueda de la relación: he aquí los dos ingredientes que no pueden faltar para que nuestras palabras y nuestros gestos sean verdaderos, auténticos, dignos de confianza. Para discernir la verdad es preciso distinguir lo que favorece la comunión y promueve el bien, y lo que, por el contrario, tiende a aislar, dividir y contraponer. La verdad, por tanto, no se alcanza realmente cuando se impone como algo extrínseco e impersonal; en cambio, brota de relaciones libres entre las personas, en la escucha recíproca. Además, nunca se deja de buscar la verdad, porque siempre está al acecho la falsedad, también cuando se dicen cosas verdaderas. Una argumentación impecable puede apoyarse sobre hechos innegables, pero si se utiliza para herir a otro y desacreditarlo a los ojos de los demás, por más que parezca justa, no contiene en sí la verdad. Por sus frutos podemos distinguir la verdad de los enunciados: si suscitan polémica, fomentan divisiones, infunden resignación; o si, por el contrario, llevan a la reflexión consciente y madura, al diálogo constructivo, a una laboriosidad provechosa.

4. La paz es la verdadera noticia

El mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas, personas que, libres de la codicia, están dispuestas a escuchar, y permiten que la verdad emerja a través de la fatiga de un diálogo sincero; personas que, atraídas por el bien, se responsabilizan en el uso del lenguaje. Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias. Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz.

Por lo tanto, deseo dirigir un llamamiento a promover un periodismo de paz, sin entender con esta expresión un periodismo «buenista» que niegue la existencia de problemas graves y asuma tonos empalagosos. Me refiero, por el contrario, a un periodismo sin fingimientos, hostil a las falsedades, a eslóganes efectistas y a declaraciones altisonantes; un periodismo hecho por personas para personas, y que se comprende como servicio a todos, especialmente a aquellos –y son la mayoría en el mundo– que no tienen voz; un periodismo que no queme las noticias, sino que se esfuerce en buscar las causas reales de los conflictos, para favorecer la comprensión de sus raíces y su superación a través de la puesta en marcha de procesos virtuosos; un periodismo empeñado en indicar soluciones alternativas a la escalada del clamor y de la violencia verbal.

Por eso, inspirándonos en una oración franciscana, podríamos dirigirnos a la Verdad en persona de la siguiente manera:

Señor, haznos instrumentos de tu paz.
Haznos reconocer el mal que se insinúa en una comunicación que no crea comunión.
Haznos capaces de quitar el veneno de nuestros juicios.
Ayúdanos a hablar de los otros como de hermanos y hermanas.
Tú eres fiel y digno de confianza; haz que nuestras palabras sean semillas de bien para el mundo:
donde hay ruido, haz que practiquemos la escucha;
donde hay confusión, haz que inspiremos armonía;
donde hay ambigüedad, haz que llevemos claridad;
donde hay exclusión, haz que llevemos el compartir;
donde hay sensacionalismo, haz que usemos la sobriedad;
donde hay superficialidad, haz que planteemos interrogantes verdaderos;
donde hay prejuicio, haz que suscitemos confianza;
donde hay agresividad, haz que llevemos respeto;
donde hay falsedad, haz que llevemos verdad.
Amén.+

martes, 21 de marzo de 2017

El negocio de las noticias falsas y la propaganda en internet


Por Mar Abad, en Yorokobu.
Así es el negocio de noticias falsas y la propaganda en internet

No es extraño que las autoridades chinas publiquen más de 480 millones de posts de propaganda al año. Vivimos un momento soberbiamente abonado para las seductoras mentiras de unos estados o movimientos políticos y terroristas perfectamente dispuestos a diseñar contenidos entretenidos, conmovedores y engañosos en internet.

Los motivos son diversos pero cabalgan en la misma dirección. La mayoría de la población se informa mediante las redes sociales (aunque no sólo a través de ellas), las cifras de consumo de noticias por Facebook y Twitter son ciertamente apabullantes y crecientes, las noticias falsas se han convertido en un negocio extraordinario y, por fin, las carencias de muchos usuarios y la sofisticación de esas falsedades no les permiten distinguir la realidad de lo que desean creer.

En un estudio reciente del Instituto Reuters, donde se preguntaba opinión a 50.000 personas en 26 países, la mitad de los encuestados respondió que utilizaba las redes sociales para informarse. El 30% de los que rondaban los 18 y 24 años aseguró que Facebook y Twitter —y no la televisión— eran sus principales fuentes de noticias. España es uno de los líderes mundiales en consumo de actualidad a través de WhatsApp.

Esto encierra tres consecuencias interesantes para los estados, y movimientos políticos y terroristas que ansían garantizar el éxito de su propaganda. Para empezar, la creciente concentración de las vías y los soportes por los que nos enteramos de lo que pasa en el mundo permite que los manipuladores puedan concentrar también su artillería en menos canales.

Las otras dos consecuencias son igualmente obvias. Los propios algoritmos de las redes sociales están diseñados para darnos satisfacción y entretenernos, y no para mostrarnos lo que no queremos ver (el público aquí no son unos ciudadanos que desean informarse aunque les moleste, sino unos clientes que demandan reafirmación y entretenimiento).

Por otro lado, los análisis, cada vez más refinados, del comportamiento de la audiencia mediante los datos masivos y la inteligencia artificial multiplican la eficacia y la segmentación de los mensajes fraudulentos. Saben a quién se dirigen y, si ese alguien reacciona públicamente, también sabrán si se ha tragado la mentira.

La pista del dinero

Las noticias falsas se han convertido en un negocio extraordinario que factura millones de euros y que se aprovecha, normalmente, de países de legislación relajada como Macedonia, de estados que persiguen condicionar a los demás (Rusia) o de movimientos políticos (el autodenominado Estado Islámico) que buscan un rédito en términos de influencia, imagen e incluso coacción.

Que sea un negocio tan rentable no sólo nos dice mucho de su éxito y su impacto ahora mismo, sino también de las endiabladas dificultades a las que se enfrentan los reguladores mundiales para restringirlo.

La ironía invita a la desesperación y el escepticismo, porque ¿con qué autoridad va a limitar exactamente Estados Unidos la propaganda de otros países y movimientos políticos hostiles en su suelo cuando la CIA lleva décadas lanzando operaciones similares en el suelo de los demás? ¿Tiene futuro una regulación mundial que prohíba las mismas prácticas que explotan los servicios de inteligencia de las naciones más poderosas del mundo?

La sideral rentabilidad del negocio también sugiere que están aumentando los recursos de los que disponen los operadores para generar y difundir contenidos cada vez más sofisticados y personalizados.

Bien engrasados con esa liquidez, los acabados de sus webs resultan más convincentes, la tecnología de análisis y segmentación de la audiencia serán más poderosas y la diversificación de los productos se multiplicará (hasta ahora han generado, sobre todo, textos pero podemos encontrarnos con gráficos interactivos y espectaculares o con vídeos extremadamente verosímiles). Por supuesto, la optimización de sus mensajes para las redes sociales, las aplicaciones como WhatsApp y los dispositivos móviles darán un salto de calidad.

La eficacia de las aterradoras ejecuciones del autodenominado Estado Islámico y de sus contenidos promocionales de reclutamiento es un ejemplo de lo que puede ocurrir cuando los actores de la propaganda cuentan con ingenio, dinero y dominio del marketing digital.

Un público vulnerable

De todos modos, la situación no sería tan grave si muchos jóvenes y adolescentes no sufrieran, justo ahora que las noticias falsas son más fáciles de distinguir que dentro de pocos años, unos problemas brutales a la hora de diferenciar los bulos de las noticias contrastadas e incluso determinados mensajes publicitarios de lo que son realmente informaciones ciertas.

En un estudio que publicó en noviembre la Universidad de Stanford, el 80% de los chicos que iban al instituto no fueron capaces de distinguir un publirreportaje de un reportaje auténtico. Dieron muestras, igualmente, de creerse los posts de Facebook con independencia de la identidad del emisor o de su conocimiento sobre los temas.

En ese mismo estudio, la mayoría de los universitarios ni clicaba en los tuits que veía en su timeline para comprobar la verosimilitud de las fuentes de las noticias ni fueron capaces de establecer una conexión entre los sondeos patrocinados por un lobby y los intereses del lobby en que saliera un determinado resultado en los sondeos.

Estos jóvenes son un objetivo natural de las maquinarias de propaganda masiva de actores tan diversos como China, Rusia, Estados Unidos, el ISIS o determinados partidos políticos locales. Aunque, por lo general, ansían movilizarlos, manipularlos o reclutarlos al servicio de un objetivo determinado, otras veces simplemente buscan distraerlos de los debates políticos sensibles o alejarlos de las malas noticias que pueden deslegitimar una visión del mundo falsa e idealizada sobre un gobierno.

El ejemplo actual más documentado de estas distracciones propagandísticas es, probablemente, China. Según un análisis reciente de la Universidad de Harvard, las autoridades de la segunda economía mundial, al mismo tiempo que censuran las opiniones que contradicen su versión, generan 488 millones de comentarios propagandísticos en internet al año. La mitad de ellos aparecen en las webs de las instituciones públicas y el resto se inyectan en las venas de las redes sociales.

Los planetas se están alineando en la peligrosa dirección de un mundo en el que existen miles de millones para mentir, donde los datos, los canales y las tecnologías permiten concentrar los mensajes y entender mucho mejor a la audiencia que se pretende manipular y donde, finalmente, existe una porción inmensa de la población cuya intoxicación resulta aparentemente fácil.

Todos los grandes medios de comunicación han vivido su propia edad de oro como cañones de propaganda y grandes exprimidores de la ignorancia de determinados colectivos sociales. Es el momento de internet.