domingo, 8 de septiembre de 2019

El Gran Carlos, un profesional colosal y formidable


Tenía que ser el corazón, claro, el asesino de Carlos Pérez de Rozas. Es lo que todos evocan a raíz de su muerte, el 10 de agosto de este año, cuando regresaba a Barcelona de un viaje con Carme, su mujer, y unos amigos. Es un recuerdo justo. Él lo entregaba todo —se entregaba él mismo— con una pasión, energía y entusiasmo inigualables. Inolvidables. Da igual dónde: en medio de un cierre en La Vanguardia, el rediseño de un diario en Bucarest, la reorganización de una radio en Lima, con los estudiantes en clase —su debilidad—, en la tele hablando del Barça o en casa viendo las Grandes Ligas de béisbol, o en una llamada por teléfono, a cualquier hora, por si habías visto que Daniel Berehulak o Samuel Aranda habían publicado un reportaje gráfico colosal en un diario extraordinario que no te podías perder por nada de mundo, o porque ven que tenemos que encajar una imagen increíble en una presentación magnífica que sin ti no saldrá.

Era un hombre desmesurado, exuberante, excesivo en la amistad, el buen humor, el gozo de la vida. Alguien más grande que la vida misma, como dicen en inglés. No necesitaba mucho para dejar marca.

Un amigo de The New York Times, director de arte, a quien pedía a menudo páginas del diario para las clases y conferencias, responde así a la noticia de esta muerte: "A pesar de que nunca nos vimos personalmente, siento que lo conocía bien. Se notaba que era un hombre muy apasionado". En unos mensajes aparentemente formales, Carlos, que no sabía una pizca de inglés, había conectado perfectamente con el amigo americano, un hombre muy reservado que sólo habla inglés. Uno de los becarios del congreso que la Society for News Design celebró en Barcelona, gracias al esfuerzo de Carlos, entre otros, recordaba que, cada día, el Gran Carlos le decía: ¡Eres el más grande! ¡Sin ti no habría congreso! Han pasado 19 años y aquel becario ha tenido y tiene cargos importantes, pero lo único que recuerda del congreso es a Carlos.



Rápido como un rayo

Hay miles de anécdotas así. Literalmente miles. Carlos Pérez de Rozas era así —y aun nos quedamos cortos. Pero toda esa pasión y energía, esa intensidad vital, sólo era la capa que cubría a la persona y al profesional. Porque era un profesional extraordinario: estaba muy al día del pan y la mantequilla del periodismo, su cultura —sobre todo la visual— era amplia y magnífica, se esforzaba por ser un buen creativo, era extremamente ordenado y sabía hacer que los otros añadieran aquello que se exigía a él: rigor, atención al detalle, intensidad. Era rápido como el rayo —era difícil seguirle el ritmo— y también sabía cuándo hacía falta dejar cocer un poco más una idea o un proyecto. En su casa tenía, organizados como una legión romana, medio millar de libros sobre su profesión. Los había leído todos. Los consultaba con frecuencia.

No era solo simpatía. Detrás de El Gran Carlos —así aparece en decenas de entradas de este blog—, había trabajo, esfuerzo, empuje, estudio. Sin ese capital profesional, esa sabiduría artesana, su prodigioso encanto personal habría quedado en una máscara de colores y en su tarjeta no figurarían (además del trabajo de fotoperiodista con su padre y sus tíos en el estudio Pérez de Rozas) Destino, Diario de Barcelona, El Periódico —que contribuyó a fundar—, El País, La Vanguardia y dos docenas de diarios de Europa y América que rediseñó con Toni Cases.

Entre todos ellos sobresale el diseño de El Periódico de 1978 con Fermín Vílchez. Ambos dieron cuerpo gráfico y presencia visual a un innovador híbrido de diario popular de calidad, un proyecto editorial del editor Antonio Asensio y del director Antonio Franco, su gran, gran, gran amigo de siempre. También el rediseño de La Vanguardia de 1989, que él coordinó, es uno de los casos mundiales más logrados de aquella época de oro de los diarios de papel, pues abrió una alternativa gráfica a la escuela alemana de periodismo visual, entonces representada por el omnipresente El País, imitado en todo el mundo.




Un maestro legendario

Más allá de proyectos concretos, Carlos fue toda su vida un gran maestro allá donde iba. Enseñar era su verdadera pasión. Sus clases y conferencias o sus sesiones de trabajo en la redacción, eran emocionantes y quedaban grabadas a fuego. Lo que las hace legendarias, sin embargo, es que Carlos sabía ver cosas que nadie más veía en un grupo de fotos ordinarias, en unas páginas cualquiera, en una historia breve, en unos gráficos sencillos. Hacía saltar a todo el mundo de la silla, sí. Pero deslumbraba y atraía porque sabía mucho, porque era un profesional como un templo y sabía transmitirlo. Enamoraba porque tenía sustancia —y la aliñaba con su atención a la vida y a la gente porque sabía amar a las personas y al trabajo.

La amistad de Carlos podía parecer sencilla. Siempre dispuesto a prestar su atención, era bienhumorado e imaginativo, compartía los honores y sabía cómo hacerlo pasar bien a cualquiera. Pero también era una tarea: las peleas y conflictos lo trastornaban, quería lealtad, era muy insistente y podía hacer perder el oremus a cualquiera con su afán de encontrar en todo y todos una cara positiva o con sus maniobras de distracción en el debate de lo que fuera.

"Pensábamos que sería eterno", dice una amiga al compartir la noticia. Claro que lo es. Carlos Pérez de Rozas es colosal, formidable y eterno.

Fotos: El Gran Carlos, con Antonio Franco, en un Gimnàstic de Tarragona-Elche, enero de 2012. El Gran Carlos, entre Rafael de Ribot (i) y Toni Piqué en el aeropuerto de Lima, noviembre de 2009. La mesa de trabajo del Gran Carlos, julio de 2008.

El original de esta entrada se publicó en ElNacional.cat.

lunes, 26 de agosto de 2019

Nuevo diseño de El Diario de la República (San Luis, Argentina)

Viernes 23

Sábado 24

Domingo 25

Lunes 26

La edición de ayer de El Diario de la República de San Luis estrenó diseño. Subo también la de hoy porque cambia los domingos. Notable la repetición en el título del viernes y del lunes: a pesar de la crisis... San Luis sigue creciendo (el diario es propiedad de la familia del gobernador de la provincia de San Luis).

viernes, 9 de agosto de 2019

El día que el New York Times cambió su título de apertura


Las portadas del New York Times del martes 6 de agosto... bueno, la de arriba es la que quedó en el archivo es la de arriba. Las de abajo son la primera y la segunda.


Lo explica Gabriel Snyder en Columbia Journalism Review y Gonzalo Abascal en Clarín (y en castellano). Se lo copio, por las dudas...
El episodio ocurrido con la tapa del diario estadounidense The New York Times el lunes pasado resulta apasionante para los periodistas y merece ser contado porque propone más de una reflexión sobre los medios y el vínculo con su audiencia. 
¿Qué sucedió? El relato cronológico es cinematográfico. Según cuenta la crónica del sitio especializado Columbia Journalism Review, el diario cerró su edición de papel del martes con el título “Trump urges unity vs. Racism (Trump urge a la unidad contra el racismo)”. A las 21.13 un tuit con la imagen de la tapa y una crítica por el título sin matices favorable a Trump (sólo con la “narrativa” conveniente al presidente de EE.UU.) inició en esa red social una escalada de enojo y frustración contra el diario. Unos minutos más tarde, una periodista de otro medio, The Nation, también tuiteaba su decepción y anunciaba que -con dolor- cancelaría su suscripción. La ola de descontento creció hasta provocar lo impensable: menos de una hora más tarde el diario cambiaba el título para una segunda edición por “Assailing hate but not guns (Atacando el odio pero no las armas)”, siempre en referencia a los dichos de Trump, luego de los ataques con armas en El Paso y Ohio que dejaron 29 víctimas. 
Que el diario más importante del mundo modifique su tapa por la reacción en las redes es inédito y provoca más de una pregunta. ¿Fue necesariamente un error el título original? ¿Fue luego correcta la decisión de cambiar? 
Dean Baquet, editor ejecutivo del The New York Times, intentó una explicación. Primero admitió que había recibido en su casa la tapa antes de que se imprimiera, y no había advertido el riesgo de una reacción desfavorable. “Creo que no le pusimos la suficiente atención al mirarla”, confesó. 
Luego ensayó una justificación que apunta al corazón de la transformación que atraviesan los diarios en estos días: “La edición en papel no está más en el centro de nuestra redacción”, dijo. “No me ocupo más de la tapa, no elijo sus temas, no creo que ese sea más mi trabajo”. 
Hoy parece claro que esa decisión, la de centrar la mirada en sólo una de las plataformas de publicación, implica un riesgo. Y el Times pagó un precio alto al minimizarlo. El foco en el trabajo digital es una elección compartida (en ese sentido trabajan los diarios más importantes del mundo) pero la furia de los seguidores del Times evidencia que el papel mantiene un peso sin equivalentes a la hora de definir la identidad de un medio gráfico. Si una conclusión parece desprenderse de este hecho es que en tiempos de polarización política la sensibilidad de los lectores se exacerba, y que aunque la gran audiencia es digital, la posición editorial aún se fija en letra impresa. Subestimar esa realidad fue el error. 
Otra reflexión plantea el vínculo de un medio y su audiencia. Un diario no debe definir sus posiciones por el apoyo o el enojo de los lectores, siempre múltiples y variados en sus ideologías. Pero también es verificable que sostener hoy una idea resulta para algunos mucho más difícil que antes de la explosión de las redes sociales. Los medios nunca estuvieron bajo un escrutinio y una presión tan inmediata y extendida. Una ola de tuits es capaz de generar la sensación de crítica masiva (aunque los números absolutos sean menores). Pero el riesgo aparece en las dos puntas. Desoír las opiniones puede resultar tan peligroso como dejarse empujar por ellas.

viernes, 26 de julio de 2019

La torre Eiffel y la edición fotográfica

La Nación (Buenos Aires)


The Wall Street Journal (Nueva York)


El Día (La Plata, Argentina)

The New York Times

¿Hace falta que la torre Eiffel esté completa en la foto de calor de París? Claramente no y por varios motivos. El primero es que la leyenda (el anclaje semántico) de cualquier fotografía basta y sobra. La segunda que aleja la foto de lo que se quiere mostrar. Y la tercera es que termina siendo una foto del cielo de París, que es igual al cielo de todo el mundo.

jueves, 25 de julio de 2019

El corral de la endogamia

Ayer fue el estreno –con gran vértigo– de Boris Johnson en el número 10 de Downing Street. Aquí lo tiene, entrando en la sede del Primer Ministro en casi todas las portadas de los diarios de hoy del Reino Unido, que se esfuerzan por mostrar el número 10 de la puerta...


El Daily Telegraph parece reírse de todos ellos y de sus fotógrafos amontonados en el corral de la endogamia. De paso remarco la cabecera calada en blanco sobre la foto, una interesante idea que también suele ocupar The Scotsman (aquí arriba, sin ir más lejos).

martes, 23 de julio de 2019

Cerró Diario sobre diarios


Tan en crisis están los diarios que cerró Diario sobre diarios. Parece que no era buena idea un medio especializado en una industria en crisis. Este de abajo es el último post, a las 23.53 de anoche. Su inventor/fundador era Dardo Fernández.


domingo, 14 de julio de 2019

Alberto Fernández y el periodismo


La nota de hoy (empieza en la portada y ocupa casi toda la contraportada) vale la pena para documentar la relación de Alberto Fernández (candidatos a presidente de la Nación) con la prensa y los periodistas. Aquí queda.

viernes, 12 de julio de 2019

Jeff Jarvis puede ser un farsante


Buena entrevista de Jordi Pérez Colomé a Jeff Jarvis en El País

La macana es ser el Cleveland Plain Dealer...
Nos engañamos si creemos que (los muros de pago) son la salvación. Siempre esperamos al próximo mesías: tabletas, publicidad programática, muros de pago. Acabo de ver un estudio del Instituto Reuters de Oxford y han encontrado que la mitad de los pagos de suscripciones digitales van a tres marcas: New York Times, Washington Post y Wall Street Journal. Así que si eres el Cleveland Plain Dealer, va a ser un reto salir adelante: no tienes la misma audiencia ni alcance, la misma conversión lector-suscriptor, no puedes cobrar lo mismo, vas a perder más suscriptores porque no eres tan valioso. Los muros no te salvarán.
Pero lo bueno está aquí:
Tenemos un rol diferente. Ya no es solo producir contenido. Hay que pensar qué hacer con la sociedad. Mi consejo es ser valientes y probar nuevas ideas locas.
Necesitamos ampliar la definición de comunidad. Cuando les pregunto a mis alumnos de periodismo social en Nueva York de qué comunidades son miembros, empiezan con obviedades: vivo en Queens, soy estudiante. Entonces alguien en la clase dice: 'Tengo problemas de salud mental'. Boom, cambia la discusión. Hay otro que lo dice y, de repente, hay una conexión. Es una pequeña comunidad. Tenemos que ampliar el concepto de comunidad más allá de lo obvio de la geografía y la demografía. Una comunidad no son los millennials, sino propietarios de gatos o los padres jóvenes. No hay muchas noticias nuevas sobre la caca de bebé o los pañales, pero por qué no podemos ofrecerles un mapa de tu ciudad accesible para carritos.

lunes, 8 de julio de 2019

Adiós a Don Draper


Buen artículo de El País sobre la inversión publicitaria. Léalo si puede en el link que le paso (si no, siempre puede entrar de incógnito). 

Por las dudas y para que le quede bien claro, le recuerdo que los tiempos de Don Draper y los Mad Men no van a volver. Eso quiere decir que el periodismo debe mantenerse por sus propios contenidos y que las audiencias no quieren pagar por contenidos que no usan.

domingo, 30 de junio de 2019

Ni objetividad ni imparcialidad


El Confidencial publica esta entrevista a Robert Picard, que está en Pamplona (España) con motivo de recibir el doctorado honoris causa de la Universidad de Navarra.

Confirmado: la pasión es la única garantía del buen pel periodismo.

domingo, 16 de junio de 2019

Nueva Jornada

Ayer


Hoy


Hoy salió rediseñado el Diario Jornada de Trelew (Chubut, Patagonia Argentina). El diseño es de Sebastián Parmigiano y aquí puede leer la explicación editorial (igual a la de todos los diarios del mundo). Lo mejor de todo es que se libraron de el círculo horrible que trababa el logotipo y de los títulos bicolor sin sentido.

lunes, 10 de junio de 2019

lunes, 3 de junio de 2019

El Cronista ya no es Comercial

hoy lunes

el viernes

Así explica Hernán de Goñi el rediseño de El Cronista que aparece hoy. Es de Cases y Asociados. Lo de siempre: esto no termina aquí, sigue todos los días, el diseño al servicio de la comunicación... La única novedad, además del verde como color corporativo, es que perdió el adjetivo comercial que acompañó a su marca y cabecera durante más de 100 años.

miércoles, 15 de mayo de 2019

La apuesta

Mire lo que pasó hoy en los diarios de Salvador (Bahía, Brasil) y la diferencia de impacto entre un periódicos que apuesta, se la juega por un tema y otros que ponen fichas en cantidad de números. La noticia es el reconocimiento de un milagro atribuido a la intercesión de una monja de Bahía, la Hermana Dulce, lo que abre el camino a la canonización de la primera brasileña.



martes, 14 de mayo de 2019

71 diarios menos en Venezuela

La de hoy es la última edición impresa de Panorama del Zulia, Venezuela. Aquí puede ver la edición completa (issuu) y aquí el editorial en el que cuentan las causas del cierre.


En la portada de Diario 2001 de Caracas anuncian que es el número 71 que sale de circulación.

jueves, 9 de mayo de 2019

Hora de desarmar Facebook


Vale la pena pagar la suscripción de un año del New York Times por este artículo de Chris Hughes sobre Facebook. Hughes es cofundador y room mate en Harvard de Mark Zuckerberg. Pero no se preocupe si no está suscripto o no sabe inglés. Aquí está gratis y en castellano gracias a Infobae.

domingo, 28 de abril de 2019

Los Andes con nuevo diseño y nuevo logo

Ayer

Hoy

El diario Los Andes (Mendoza, Argentina, propiedad del Grupo Clarín) aparece hoy rediseñado y con cambios en su cabecera. Aquí la explicación del rediseño por Arturo Guardiola (Director Periodístico), Raúl Pedone (Jefe de Redacción) y Héctor González Di Carlo (Jefe de Diseño). Y aquí la de la renovación de la marca, que estuvo a cargo de Gustavo Lo Valvo.
Lo mejor de todo es que Los Andes se libró de la A disfrazada de Aconcagua en ese horrible logotipo. Ahora la imagen de la cordillera de los Andes integra la marca.


domingo, 24 de marzo de 2019

The Daily Miracle


La revista dominical del New York Times sale hoy con formato y papel de periódico. Aquí la tiene.

lunes, 18 de febrero de 2019

A Der Spiegel también le pasa


Es la portada del 22 de diciembre pasado, cuando Der Spiegel descubrió y confesó que su reportero estrella Claas Relotius inventaba sus notas con descaro. El título dice Cuenta lo que es, el lema del fundador de Der Spiegel, Rudolf Augstein.

En El País de hoy aparece la historia con enlaces a los artículos de Der Spiegel. Salto el muro de pago y se la traigo aquí. Vale la pena.

Juan Moreno, fotografiado en el sur de México, durante la realización del reportaje sobre la caravana de migrantes que hizo estallar el escándalo (foto de Scott Dalton).
El escándalo ‘Der Spiegel’: paren la rotativa, todo es mentira  
por Ana Carbajosa 
Claas Relotius, ilustre redactor del prestigioso semanario Der Spiegel, era un timador. Sus textos publicados llevan ahora una nota advirtiendo que pueden ser ficticios. Lo desenmascaró Juan Moreno, colaborador de la publicación. Esta es la historia del último gran fraude periodístico en la era de las fake news

Nadie le creyó. Él mismo tampoco imaginó que acabaría destapando el gran escándalo periodístico que ha sacudido los cimientos de la prensa alemana y que da pie a un nuevo debate —el enésimo— sobre la profesión en todo el mundo. Ahora, a Juan Moreno ya le creen y en Alemania le consideran poco menos que un héroe. Pero para desenmascarar a un profesional de la mentira a gran escala, capaz de engañar a un país entero, Moreno tuvo que padecer un verdadero calvario. 
Peleó por convencer a sus jefes de que él, el eslabón más débil de la cadena laboral, tenía razón y de que Claas Relotius, de 33 años, la estrella del periodismo alemán, se inventaba las historias que publicaba. No resultó fácil, pero fue una de esas raras ocasiones en las que David acaba por vencer a Goliat. Moreno, un periodista español criado en Alemania, se la jugó y ganó.

Su victoria es, sin embargo, tremendamente agridulce. Su éxito es a la vez la desgracia de
Der Spiegel, la legendaria publicación alemana para la que Moreno trabaja como colaborador. Resulta difícil comprender cómo la prestigiosa revista pudo encumbrar a un reportero que se inventaba las historias, que aseguraba haber entrevistado a gente a la que nunca vio y visitado lugares que no pisó. Cómo nadie, ni sus jefes, ni el departamento de comprobación de datos, ni ningún compañero, se dio cuenta de que el más de medio centenar de artículos que su periodista estrella había escrito eran demasiado perfectos para ser ciertos; eran en realidad un fraude.

Moreno llega casi una hora tarde a la cita en su piso, situado al norte de Berlín. Viene de declarar en la comisión de investigación de
Der Spiegel. Su esposa, también periodista freelance, termina un artículo en un portátil sobre la mesa de la cocina. Tres de sus cuatro hijas entran y salen a lo largo de las tres horas largas que dura el encuentro. 
“No soy ningún héroe, ni el gran defensor de la verdad. No me quedaba otra. Tengo cuatro hijas y por un momento me vi en la calle porque mi nombre aparecía en un artículo lleno de errores”, arranca. “Fueron cinco semanas horribles. Yo sabía que algo no estaba bien, pero no me creían. La frustración era total”. Asegura que pasó semanas casi sin dormir, que ha perdido ocho kilos y que casi se le cae el alma a los pies el día que su hija de dos años y medio pronunció con claridad un nombre: Claas Relotius. “Yo me levantaba y me acostaba con ese nombre en la boca”.

La cotidianidad del hogar de Moreno saltó por los aires a principios de noviembre pasado, a raíz de la elaboración de un reportaje titulado
La frontera de Jaeger. El reportero estaba en México, cubriendo la caravana de migrantes, cuando le llamaron de la revista y le dijeron que iba a escribir un reportaje conjunto con Relotius, la gran pluma de la publicación. Moreno acompañaría a un migrante hasta la frontera y contaría el viaje, y en Estados Unidos Relotius se empotraría en un grupo de milicianos civiles dispuestos a frenar la llegada de migrantes.

A Moreno no le entusiasmó la idea. No conocía a Relotius, pero una vez había leído un texto suyo sobre un asesor fiscal cubano que le había chirriado. El trabajo se hizo. A Moreno le llegó el texto firmado a medias y detectó detalles que no le cuadraron. Escribió al departamento de comprobación de datos y documentación, donde trabajan unas 60 personas. No le hicieron caso.

Después, Relotius le envió un nuevo borrador en el que aparecía una escena final nueva, en la que un miliciano disparaba contra algo que se movía, insinuando que era un migrante. Ese pasaje no aparecía en la primera versión. “Es imposible que un buen periodista presencie una escena semejante y no la incluya desde el primer momento”, pensó.

A partir de ahí, Moreno comenzó una desesperada lucha por la verdad que le robaría el sueño y le sumiría en una frenética investigación contra reloj para salvar su pellejo y su nombre, que irremediablemente acabó apareciendo bajo el reportaje falso. Descubrió un artículo publicado en la prensa estadounidense que se parece sospechosamente al de Relotius. En él salía también un miliciano llamado Jaeger, pero había detalles de los personajes que no coincidían. Después, Moreno reconoció en una de las fotos publicadas por
Der Spiegel y compradas a The New York Times a Tim Foley, un miliciano al que había visto en un documental premiado. Era famoso, pero Relotius no le había puesto el nombre y dijo que no le dejó fotografiarle y que por eso fueron compradas las fotos a The New York Times.

Las incoherencias crecían y Moreno escribió al jefe del departamento de Sociedad, que encargó el reportaje. “No me hicieron caso y me pidieron que fuera a Hamburgo a hablar con ellos”. Después, Moreno recibió una llamada de Relotius. Se había enterado de sus indagaciones. “Juan, tienes cosas que decirme”, arrancó. Moreno le lanzó unas cuantas preguntas, sin desvelar sus descubrimientos, y decidió dejarle hablar. “Me di cuenta de que estaba mintiendo y de que había un problema muy gordo”.

La frontera de Jaeger resultó ser la punta de un iceberg cuyas dimensiones están aún por calibrar. En total, Relotius ha escrito 60 piezas para Der Spiegel, además de para otros periódicos alemanes, que ahora bucean en sus archivos en busca de la verdad. La publicación ha decidido “asumir por defecto que todos los artículos escritos por Relotius fueron fabricaciones”, según anunció, poco después de conocerse el escándalo, el director, ­Steffen Klusmann. “Como editores de Der Spiegel, tenemos que reconocer que hemos fallado de forma considerable. Relotius logró saltarse y anular todos los mecanismos de garantía de la calidad de la empresa. (…) En ocasiones, los protagonistas de sus historias existían, pero en otras no. La mayoría de las veces los detalles sobre su pasado y sus circunstancias eran inventados”. A finales de enero, la revista publicó un primer avance de las comprobaciones, cuyo resultado es espeluznante.

Pero por aquellas desesperadas semanas de noviembre,
Der Spiegel no lo tenía tan claro y empezó a sospechar que Moreno podía tener algo que ocultar. Al fin y al cabo, Relotius era un hombre de la casa. Estaba en plantilla y había ganado hasta cuatro veces el gran premio de periodismo alemán, la última vez en 2018, y había sido nombrado periodista del año por la CNN. Era además un tipo que caía bien en la redacción. “Todos en Der Spiegel le apreciaban. Sus compañeros me han dicho: ‘Si lo hubieras llegado a conocer, no habrías hecho esto”. Estaba a punto de ser ascendido.

Pero Relotius era sobre todo un tipo que traía historias. Conseguía lo que los demás ni aspiraban a lograr. Aseguraba hablar con los protagonistas que se negaban a hablar con otros. Sus reportajes estaban bien escritos, llenos de voces, acción y personajes; eran caramelos demasiado dulces como para que algún jefe se preguntara algo. “Como jefe de una sección, tu primera reacción al recibir historias como esas es de satisfacción, no de sospecha”, ha reconocido Ullrich Fichtner, un responsable de la revista, en una larga reconstrucción del caso. “Relotius siempre entregaba historias excelentes (…), era un empleado especialmente valioso”. Fichtner, llamado a ocupar una alta responsabilidad, le describe como alguien “modesto, alto, reservado, atento, en ocasiones demasiado serio. Pero, en conjunto, el tipo de persona a cuyos padres te gustaría felicitar”.

Moreno, sin embargo, es un
outsider. Un reportero freelance que trabaja desde su casa en Berlín y apenas pone el pie en la central, en Hamburgo. Es una voz exótica, hijo de un español empleado de una fábrica de neumáticos que emigró a Alemania desde el campo almeriense cuando él tenía año y medio (nació en 1972). Trabajó para varios medios y tuvo una columna en ­Süddeutsche Zeitung, hasta saltar a Der Spiegel en 2007.

Por eso en parte, cuando Moreno cuestionó el trabajo de Relotius, las sospechas se volvieron en su contra. “Me dieron a entender que eso tendría serias consecuencias para mí. Que me había atrevido a meterme con Dios. Yo estaba convencido de que iba a perder mi trabajo y de que nadie me querría contratar con semejantes antecedentes”. Ahí comenzó la verdadera batalla.

Moreno pasó cinco semanas dedicado a desmontar las historias de Relotius. Aprovechó un viaje de trabajo a Estados Unidos para llevar a cabo una misión secreta. Buscó a los supuestos entrevistados en el reportaje de la frontera. Condujo durante 800 kilómetros, hasta dar con Foley. Le mostró una foto de Relotius. No le había visto en su vida. Hizo lo mismo con Chris Maloof, otro supuesto entrevistado. Tampoco. Grabó esas entrevistas en vídeo y volvió a Hamburgo. Relotius argumentó que en su reportaje se hablaba de actividades ilegales y que nadie iba a reconocer en un vídeo haberlas hecho. Seguían sin creerle.

Moreno amplió la investigación y tiró de hemeroteca. Dio con un artículo en el que se suponía que Relotius había hablado con los padres de Colin Kaepernick y descubrió que la familia del jugador de fútbol americano que protestó contra el racismo había rehusado hablar con la prensa, también con la alemana. Cuanto más investigaba, peor olía todo.

Lo que pasó después se ha contado en las páginas de
Der Spiegel a lo largo de varios artículos en los que la publicación ha entonado un sonado mea culpa. El 3 de diciembre, a las 3.05, una mujer llamada Janet envió un correo electrónico a la revista. Es la encargada de prensa del grupo de vigilantes al que supuestamente había acompañado Relotius en Arizona. En él preguntaba cómo era posible que hubiera escrito un artículo sobre ellos sin haber pasado por allí. Relotius falsificó el texto para que pareciera que la mujer preguntaba por qué había pasado tan poco tiempo con ellos. Pero 10 días más tarde llegó la prueba definitiva. 
Los grandes jefes de la publicación se reunieron acompañados de un informático. Moreno les había convencido de que accedieran al servidor. Comprobaron que Relotius había manipulado el correo y que nunca había estado con los patrulleros de Arizona. La madrugada anterior, una de las jefas del impostor se había enfrentado a él tras descubrir otra fabricación, esta vez en Facebook. Relotius se derrumbó y confesó. Dijo que le había movido el “miedo al fracaso” y que “la presión para no fallar fue creciendo a medida que iba teniendo más éxito”. Recogió sus cosas y se marchó para siempre de la revista que le encumbró a la cima del periodismo alemán.

El 22 de diciembre,
Der Spiegel publicó un número especial con una portada roja con grandes letras blancas en las que se lee: “Cuenta lo que es”. Son palabras del fundador de la revista, Rudolf Augstein, las mismas que ocupan un lugar destacado en la redacción de Hamburgo y que Relotius traicionó hasta su amargo final. Aquel número dedicó 23 páginas al asunto. En él se afirmaba que las alarmas deberían haber saltado en numerosas ocasiones. Como cuando Relotius pidió a los traductores de la edición internacional que no publicaran sus piezas en inglés. O cuando pidió que no divulgaran en la web una foto de la edición impresa.

La revista ha creado una comisión de investigación con veteranos de la casa, además de la exdirectora de
Berliner Zeitung. Durante meses analizarán “cómo Claas Relotius pudo falsificar historias, inventar protagonistas, engañar a los colegas y burlar los sistemas de control de calidad, y qué cambios en la organización deben adoptarse”, según indica en un correo una portavoz de la publicación que evita ofrecer más detalles hasta que avancen las pesquisas. De momento, todos los artículos de Relotius aparecen en la web con una nota que advierte de que pudieron ser falsificados.

Reporter Forum, una iniciativa ciudadana por el buen periodismo, ha informado de que Relotius le ha pedido perdón y ha devuelto sus cuatro grandes premios Reporter.

Mientras, ha trascendido que Relotius pidió dinero a los lectores que se interesaron por las víctimas que aparecían en sus reportajes. No se sabe aún cuánto dinero recaudó ni qué parte fue a parar a ONG. A través de sus abogados, él ha reconocido haber recaudado dinero de los lectores, pero ha asegurado que lo donó a causas humanitarias. La revista comprobó que parte de ese dinero efectivamente había ido a parar a una ONG. En el mismo comunicado, sus abogados explican que su cliente ha admitido que “presentó hechos falsos y erróneos en numerosas ocasiones. Los falsificó y los inventó”. Dicen que “lamenta” lo ocurrido y que en ningún caso quiso “proporcionar munición a los que ahora apuntan a su reportaje con turbias intenciones políticas, como una prueba de la existencia de las llamadas
fake news. Contactado el bufete de los letrados en Hamburgo, explican que ni ellos ni el propio Relotius quieren, de momento, ofrecer más explicaciones.

A estas alturas, las verdades se confunden con las mentiras en una maraña que tardará mucho tiempo en desenredarse. Pero por ahora algunos actores políticos han olido sangre y se han lanzado a degüello. Porque el caso Relotius se produce cuando las fuerzas populistas luchan por desacreditar a los medios tradicionales. La extrema derecha alemana se frota las manos ante un caso que considera la prueba última de que los medios son poco menos que fábricas de
fake news. El embajador de EE UU en Berlín, Richard Grenell, el hombre fuerte de Donald Trump en Europa, ha aprovechado para lanzar una campaña contra Der Spiegel. Acusa a la revista de “antiamericana”, enturbiando aún más la ya de por sí maltrecha relación entre Washington y Berlín. 
La acusación de Grenell se fundamenta en una de las invenciones de Relotius tal vez más alucinantes. En un texto titulado ‘En una pequeña ciudad’, describe una localidad de Minnesota que supuestamente es un ejemplo de caladero de votos de Trump y a la que fue enviado. La sarta de falsedades que aparecen en ese reportaje las recopilaron con minuciosidad Michele Anderson y Jake Krohn, dos vecinos de Fergus Falls, que se indignaron al leerlo. Enumeran en un detallado artículo las invenciones de Relotius; entre ellas, lo que dice el cartel de entrada a la ciudad o una entrevista a un hombre del que afirma que nunca ha estado con una mujer ni ha visto el mar y que en su página de Facebook aparece en la playa con su chica. Así todo. “En 7.300 palabras solo acertó en el tamaño de la población y en la media de la temperatura anual, entre otros datos básicos (…). El resto es ficción desinhibida”, escribe Anderson, quien el pasado abril envió un mensaje a la cuenta de Twitter de Der Spiegel, en el que acusaba al autor de escribir “ficción”, que se perdió en el mar de interacciones digitales. El bochorno ha sido tal que Der Spiegel decidió enviar a su corresponsal en Washington para rehacer la historia y de paso pedir perdón.

Más allá de las paredes de la revista, el
Spiegelgate ha desatado un intenso debate global en torno al futuro del periodismo en la era de las fake news, de la hipermedición de audiencias y de la compulsión por hacer las historias atractivas aun a riesgo de sacrificar la verdad. O, como lo ha llamado el analista de los medios Jeff Jarvis, “el peligro de la seducción del formato narrativo”. Alertan estos días algunos gurús del periodismo del riesgo de forzar las historias para hacerlas cada vez más atractivas, como si la realidad no bastara. Este es solo uno de los debates que planean sobre la redacción devastada de Der Spiegel, uno de los pilares del periodismo europeo.

Mientras, Juan Moreno no acaba de creerse todo lo que le ha pasado. Dice que le ha impactado descubrir el poder que puede llegar a tener la persuasión incluso en periodistas veteranos, con el colmillo bien retorcido. “Les engañó a todos y me hubiese engañado a mí también si le hubiese conocido”. Moreno reconoce que pensaba que nadie sería capaz de hacer algo así, y eso era lo que le frenaba. “Creo que en el fondo pensaba que hay ciertas normas que todos cumplimos”.

Der Spiegel afronta ahora una profunda remodelación, mientras espera el resultado de una investigación que no anticipa nada bueno. Relotius guarda silencio. Y Moreno, que recibe cientos de mensajes de felicitación y ofertas varias, ha vuelto a su vida de siempre, la de reportero
freelance.

domingo, 10 de febrero de 2019

La era de la información digital de pago en La Vanguardia


Si hay que suponer que El Mundo de Madrid está pensando en cobrar a los lectores, también La Vanguardia (Barcelona) lo está pensando, sobre todo después de este título de hoy para el artículo de Ismael Nafría sobre los avances en suscripciones digitales del New York Times. El artículo vale la pena como todo lo que escribe Nafría sobre la Vieja Dama Gris.