martes, 8 de mayo de 2018

Hace 50 años moría Ignacio Ezcurra

Les paso el relato de José Claudio Escriban sobre Ignacio Ezcurra, tal como aparece en la edición de hoy de La Nación. Solo agrego que Escribano debería escribir más seguido en el diario.

Ignacio Ezcurra: relato de una vida que honra el periodismo más sublime
por José Claudio Escribano
Ignacio Ezcurra pertenecía a una tribu numerosa de San Isidro. A una de esas familias tan grandes que las gentes se preguntan si los chicos habrán encontrado alguna vez toallas secas en los baños de la casa. Los hijos de Pedro Ezcurra y María Delfina "Chiquita" Caprile fueron doce; Ignacio, el quinto, y, como sus hermanos, tataranieto de Bartolomé Mitre, fundador de LA NACION. Por los Ezcurra se emparentaba con Juan Manuel de Rosas. Sobraban cables contrapuestos en ese genio atrevido, tan inteligente como candoroso e intrépido, alegre, curioso y solidario, para captar el mundo y reflejarlo en la más amplia diversidad de sus matices. 
Lo he admirado a lo largo de medio siglo por el heroico arrojo periodístico. Hoy, releyéndolo en Hasta Vietnam, la antología de sus artículos, lo admiro, además, por haber encarnado un modelo ejemplar: el del periodista que en solo seis años de ejercicio pleno del oficio alcanzó un punto de maduración llamativo en la excelencia de la capacidad narrativa, en la riqueza del poder de observación. Y, desde luego, en la naturalidad expresiva, propia del buen estilo que se mama desde chico y se añora en el periodismo del énfasis y las hipérboles, esquirlas de la lengua que duelen en ojos y en oídos. Un periodista perspicaz dosifica el humor, la ironía. Así escribía Ignacio: con la súbita fugacidad de los guiños.

El 22 de abril de 1968 está por llegar a Saigón, la ciudad en la que perderá la vida. El avión asciende de pronto a 12.000 metros. Lo recuerda en una de sus notas: "'Hay que impedir que nos alcancen los cañones comunistas', dice la azafata, con la misma cara sonriente con que había anunciado el cóctel". Y, ya en tierra: "En la escalerilla nos detiene la explosión próxima de un cañón. La azafata, siempre sonriente, lo explica: 'No se preocupen, es la guerra'".

En todo el mundo, las puertas de entrada en la Redacción de los diarios son múltiples. No siempre se acierta con la mejor. Costó a Ignacio cuatro años encontrar la más favorable, a pesar de que "Chiquita", su madre, era accionista de la sociedad que edita este diario. La entrada de Ignacio a
LA NACION en 1958 había sido como empleado de la sección Avisos Clasificados. Se mantuvo en esas tareas administrativas, interrumpidas por viajes, estudios y algunos artículos en revistas y en LA NACION, hasta que, en 1962, triunfó en el afán de que lo aceptaran como periodista con "cama adentro", en nuestra jerga.

Había nacido con el don para el oficio. Lo había pulido en su paso por la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, al haber obtenido una beca de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), y por vinculaciones con la Universidad de Missouri, entre las más acreditadas entonces en periodismo. A fines de los cincuenta, la prensa internacional destacaba el trabajo de un profesor de la Universidad de Missouri que al configurar la lista de los veinte mejores diarios del mundo había incluido dos periódicos de la Argentina:
La Prensa y LA NACION.

Viajero empedernido 
 
Pero no eran los ámbitos cerrados de la academia o donde se edita un diario los que Ignacio sentía como más apropiados para su condición de viajero empedernido, a dedo, si era posible, sino en la caja de camiones solidarios por América Latina. De audaz explorador de selvas del Litoral, de aldeas andinas ignoradas en los mapas o de espacios infinitos en la Patagonia profunda, de la que se había enamorado en correrías de misionero laico entre paisanos.

Desconocía la categoría humana y animal del peligro. Lo sabíamos antes de Vietnam por otras crónicas, como las que había escrito sobre Harlem y el poder negro. Por eso, como corresponsal viajero, lo veíamos más cerca de la virtuosa credibilidad de Ernie Pyle, el periodista de la cadena Scripps-Howard y de cien conflictos cruentos hasta que cayó en Okinawa, que de las historias, maravillosamente escritas, es cierto, de Ernest Hemingway, que pasaba tanto o más tiempo en los bares de retaguardia que en los frentes de combate. Ignacio se había casado en 1965 con una rubia espléndida, Inés Lynch. Tuvieron una hija, Encarnación, y cuando Ignacio murió, Inés esperaba otro hijo. Lo llamaría Juan Ignacio.

El viejo y gruñón, pero honorable y en el fondo bondadoso secretario general de Redacción, lo convocó un día a su despacho: "Señor Ezcurra, dígame: ¿qué hace con esa barba". El interpelado quedó perplejo. Se recompuso. Elevó la vista y buscó sobre la pared, en la que se recostaba el sillón de la alta jerarquía, un cuadro de Mitre: "Mi tatarabuelo usaba barba...". El otro volvió al ataque: "Señor Ezcurra, eran otros tiempos. Haga el favor de afeitarse".

Sería un diálogo alucinante en estos días, en cualquier diario. En 1963, no. No solo por las formas paternalistas, que en voluntad protectora encorsetaban a los más jóvenes, sino también porque había estallado un nuevo fenómeno, que cambiaría radicalmente la relación de fuerzas e influencias políticas en los claustros universitarios, en las redacciones, en la intelectualidad argentina. Referían al fenómeno castrista y la afectación que produjo sobre una muchachada de la alta burguesía argentina, hasta poco antes liberal, conservadora y acerbamente antiperonista. Ignacio era un periodista puro, "un periodista absoluto", escribió Manuel Mujica Lainez, pero la barba incipiente, esa tontería, podía interpretarse en aquellos días de aprehensiones como signo burlón de rebeldía, de simpatías disimuladas con Castro, con Guevara.

Con la revolución, en suma, que arrastraría más adelante a la insurrección vernácula a dos de los buenos, muy buenos, entre los nuestros, y ambos, de la generación misma de Ignacio: Salvador del Carril, de remota sangre unitaria, y Emilio Jáuregui, descendiente de Vicente Fidel López, ametrallado en Once, en 1967. En la inhumación de sus restos en la Recoleta, acontecimiento de época, se aunaron el tío abuelo, Federico Pinedo, y Raimundo Ongaro y Rodolfo Walsh, a quien Jáuregui secundaba en la radicalizada CGT de los Argentinos.

Un año después de ese asesinato, Ignacio Ezcurra, con 28 años, viajaba como corresponsal a Vietnam, venciendo con su insistencia la oposición inicial de
LA NACION, que había procurado resguardar su vida. Había recibido alguna enseñanza sobre lo que era la guerra de Malcolm W. Browne, corresponsal de The New York Times en Buenos Aires. Browne venía de estar cinco años en Vietnam.

En un despacho desde Saigón, retransmitido vía Nueva York por
The Associated Press, Ignacio narraba en LA NACION del 9 de mayo lo que había observado en el valle de A Shan, al noroeste del Delta del Mekong, a bordo de un helicóptero artillado de la IX División de Caballería Aerotransportada, procedente de Laos. La Guerra de Vietnam era más que eso. Era una guerra en el sudeste asiático, con los rusos y los chinos proveyendo de armas y suministros de todo tipo a las fuerzas del régimen de Ho Chi Minh, héroe nacional de la pasada lucha contra el colonialismo francés. Enfrente, los Estados Unidos y unos pocos aliados, que ardían en la escalada agotadora de asistir a Vietnam del Sur, con gobiernos corruptos, y más incompetentes para la guerra y menos preparados para bastarse a sí mismos que sus enemigos de Hanoi.

Vuelan sobre el valle de A Shan rozando las copas de los árboles, deben dificultar los disparos de cañones enemigos de 35 mm. Vuelan, Ignacio y otros corresponsales de guerra extranjeros, en helicópteros de la "caballería volante" de una de las unidades militares más modernas de la época. Los pilotos tienen la misión de saltar detrás de las líneas enemigas. Ignacio anota que han visto desde el aire camiones y topadoras rusas capturadas intactas sobre un valle al que han dejado como paisaje lunar las descargas reiteradas de hasta 30 toneladas de bombas de los B 52 de la aviación norteamericana. Oye "el ladrido seco del AK 47, el fusil automático chino". A su lado, dos artilleros ametrallan bultos sospechosos "sin dejar de mascar chicles"; mejor: los mascan acompasadamente, mientras disparan. Es la guerra, es la vida con algo de tics de todos los días.

El camino rojo 
 
Por allí abajo se dibuja el camino rojo, conocido como el sendero de Ho Chi Minh, que conduce hacia el norte. Ignacio toma nota de los soldados "que cavan trincheras para pasar la noche luego de cubrirlas con maderas y bolsas llenas de tierra". El cronista de lo simple, sin cuya mención la realidad estaría despojada de sus elementos eternos y los lectores, carenciados del contexto en que se libran por años batallas de infierno, contabiliza árboles en los bordes de la montaña y descubre plantaciones de maíz, de mandioca y bananas que se extienden por la vega. Los soldados llevan un rancho de latas verdes con galletitas, chocolates, dulce, pavo, sopa; quienes cargan con una radio procuran disimularla: "Siempre empiezan con nosotros", dice con sequedad un soldado, experimentado en la lógica e importancia de las comunicaciones en la guerra.

Ignorábamos todavía, con el ejemplar de aquel 9 de mayo en las manos, el horror de que lo que leíamos ya era un texto póstumo. Ignacio había sido asesinado el día anterior. Con sus colegas Merton B. Perry, de
Newsweek, y Raymond Coffey, del Chicago Daily News, había incursionado en jeep, la mañana del martes 7, por el barrio de Cholón, donde habían muerto poco antes cuatro periodistas occidentales, al parecer en manos del Vietcong. Después de un tiempo de rondas, Perry y Coffey lo anotician de que regresan al centro de Saigón. Nuestro corresponsal decide quedarse para seguir a pie el reconocimiento de la zona y de sus gentes.

En la habitación 502 del Hotel Eden Roc había quedado sobre la cama una máquina eléctrica de afeitar; en el ropero, su uniforme militar de corresponsal. Las luces estaban encendidas y el ventilador en funcionamiento. Sobre el modesto escritorio, del rodillo de una Lettera 22, la liviana máquina de escribir que utilizábamos con preferencia los corresponsales en el exterior, despuntaba una hoja con esta única, sombría línea: "Saigón, 8.- Correrá mucha sangre en mayo...".

Concurrían de tal modo indicios firmes de que el ocupante de la habitación 502 se había propuesto volver pronto a fin de reanudar la labor interrumpida. Se había acostado tarde. A la medianoche, Ignacio había entregado en las oficinas de
AP, la agencia noticiosa de mayor vínculo con LA NACION desde 1920, cuando La Prensa rompió relaciones con aquella y contrató los servicios de la United Press, dos artículos sobre la guerra y un tercero afín, pero centrado en la comunidad católica de Vietnam. En este último artículo relata su entrevista con el arzobispo de Saigón e informa del recelo de la reducida pero influyente feligresía católica por las gestiones de paz que por esos días se inauguraban en París con el célebre diplomático Averrell Harriman como jefe de la delegación negociadora de Estados Unidos. Los católicos temían que las negociaciones terminaran con los comunistas en el poder. Acertaron, no ante esa rueda, pero sí ante la última, la de 1973, y el abandono por los norteamericanos del escenario bélico, en abril de 1975, al que siguió la reunificación de Vietnam.

Saigón no era la ciudad indicada para andar de noche sin custodia durante los últimos estertores de la ofensiva del Tét. En ataques de guerrilla, el Frente Nacional de Liberación del Sur (Vietcong), hijo del Ejército Popular de la República de Vietnam (Vietnam del Norte), que conducía el legendario general Vo Nguyen Giap, había penetrado hasta lugares supuestamente invulnerables en enero y febrero últimos. De manera que, por gestiones de AP, Ignacio, junto con otro corresponsal, Peter Kann, de
The Wall Street Journal, retornó al hotel en la noche del martes 7 al miércoles 8 en el jeep de una patrulla de la policía militar.

El lunes 13 de mayo,
LA NACION titulaba en tapa: "No fue hallado nuestro corresponsal de guerra". La información daba cuenta de la situación y de la angustia creciente por el joven periodista argentino. Ignacio se había comprometido a comer con un asistente especial del embajador norteamericano Ellsworth Bunker. Oriana Fallaci, famosa periodista italiana, enviada por L'Europeo, había conocido a Ignacio en Buenos Aires y sugirió que algo terrible debía haberse producido. Su razonamiento la pintó tal cual era: "Ignacio es un hombre demasiado educado para olvidar una invitación a cenar".  
El 14, también en la portada, LA NACION, con nuevos elementos de juicio, fue más lejos que en la edición anterior: "Témese por la vida de nuestro corresponsal en Vietnam del Sur".

Ahora se sabía que al día siguiente de la desaparición un colaborador
freelance japonés de AP había fotografiado dos cadáveres en una de las calles de Cholón. Nos resistimos por días a la aceptación de la brutal evidencia: la misma camisa blanca, el mismo cinturón blanco, los mismos pantalones negros. Los mocasines de siempre. Así mostraba a uno de los cuerpos yacentes, de rostro desfigurado por balazos, la foto borrosa que por circuito radioeléctrico AP había hecho llegar al diario.

Según fueran las condiciones climáticas durante las transmisiones, las radiofotos derivaban en motivo de estupefacción. A comienzos de los sesenta habíamos publicado en tapa una foto de primeras figuras políticas de Europa alineadas de pie, al cabo de una reunión. En el epígrafe, a una de ellas la identificamos como De Gaulle, presidente de Francia. No porque lo acreditaran los rasgos de la cara, sino porque sobresalía en exceso por encima del resto: nadie sabía de otro dirigente político de nivel en Europa con dos metros de altura.

Empezaron a llegar a
LA NACION mensajes de solidaridad. Ernesto Sabato escribió que seguía con angustia la suerte de Ignacio en medio de una de las guerras más atroces que se hubieren conocido. "El coraje -dijo- me ha conmovido y admirado siempre, y los hombres que lo revelan tienen invariablemente mi respeto. Ojalá este muchacho aparezca. Lo deseo de todo corazón".

LA NACION postergó sus conclusiones sobre la tragedia, pero publicó en la misma edición del 14 la radiofoto con los dos cadáveres. Lo hizo con la advertencia de que quebrantaba la política editorial de abstenerse de publicar tal clase de imágenes. Fundamentó la excepción en el valor documental del material. El 22, después de haber recibido por avión copia fiel de la fotografía obtenida por el colaborador de AP, consideró disipada, en opinión coincidente con parientes y amigos de Ignacio, cualquier duda sobre el tristísimo final.

La Fallaci, que estaba en Saigón, escribió: "Tiene los brazos atados a la espalda; se ve la cuerda a la altura del codo. El cuerpo está destrozado por una ráfaga vertical al estómago y al vientre, su rostro es irreconocible, traspasado por las balas. Un asesinato en frío... Las mejillas son las de Ezcurra. Los cabellos son los de Ezcurra y la frente es la de Ezcurra. También le dispararon en la nuca".

Bien dicho: un asesinato en frío. Como ningún delincuente común se toma el trabajo de atar las manos de nadie para cometer un crimen en circunstancias como aquellas en Saigón, la motivación debía de haber sido otra. ¿Dónde hallarla? El Vietcong, citado por
Radio Hanoi, se negó a cargar con la muerte de Ignacio. Los norteamericanos, desde el Departamento de Estado hasta sus aparatos de inteligencia, dijeron haberse movilizado para el esclarecimiento del hecho. La Argentina, gobernada por el general Juan Carlos Onganía en nombre de las Fuerzas Armadas, se puso en igual dirección, dándole el canciller Nicanor Costa Méndez instrucciones al embajador Luis Castells de concentrarse en dilucidar qué había sucedido. Las relaciones entre los militares argentinos y los Estados Unidos y Vietnam del Sur eran óptimas. Nuestro país acompañaba en las Naciones Unidas el reclamo norteamericano, neutralizado por el veto soviético, de que la cuestión de Vietnam se tradujera en tema del Consejo de Seguridad. Días después de la muerte de Ignacio, una delegación militar argentina, encabezada por el general Mariano de Nevares, arribaba a Saigón.

La línea editorial de
LA NACION era decididamente adversa al imperio soviético y sus aliados allí donde se manifestaran. Esa posición se expresaba sin fisuras entre los sobresaltos de la Guerra Fría y el conflicto de Vietnam. ¿Había habido, sin embargo, en la correspondencia de Ignacio, y, por lo tanto, en la política editorial de LA NACION, que la había publicado, rasgos relevantes de una independencia de criterio informativo inaceptables en Saigón como para acabar con la vida de nuestro periodista? ¿Había incomodado Ignacio al poder político o militar instalado en Vietnam del Sur? Veamos algunos detalles.

Nuestro corresponsal había retratado a guerrilleros y efectivos regulares norvietnamitas. Se detiene en el buen estado de los uniformes, aunque también en que están calzados con ojotas confeccionadas con cubiertas de camión ("Pobres, con esos elementos no sé cómo pelean, los compadeció un soldado"). Otro soldado norteamericano dice, en el hilado del cronista: "No sé si serán estúpidos, pero pelean como lobos". Y un sargento, que reflexiona: "Si los soldados del ejército survietnamita pusieran el mismo entusiasmo, en una semana ganamos la guerra". No había mucho más que eso, pero no menos.

Y sí, en cambio, esto otro, nada complaciente, con el bando al fin triunfante, que consta en declaraciones de Ignacio a la televisión de
La Voz de América: "Siento mucho la muerte de los colegas que fueron asesinados días atrás por el Vietcong. Estaban desarmados y tuvieron tiempo de decir que eran periodistas. Fue una crueldad inútil eliminarlos...".

Hoy, menos que en el pasado me atrevería a arriesgar una certidumbre sobre la autoría del asesinato de Ignacio. Dejo todas las hipótesis abiertas, en impotencia acentuada por la desaparición del cuerpo después de haberlo fotografiado un periodista japonés que enseguida voló a Tokio.

Inés Lynch murió en 2009. "Chiquita" Ezcurra, en 2013, con 103 años de edad y la desazón por el orgullo con el que pudieran haberse amenguado en su espíritu de madre inquietudes íntimas, propias por igual de un hondo sentimiento, al despedir al hijo que no volvería nunca.

viernes, 27 de abril de 2018

La posverdad es un triunfo de la mentira


Les paso esta nota de Álvaro Pérez sobre la posverdad. Apareció en La Nueva Revista
Sobre la necesidad del buen periodismo
Las imprecisiones, las informaciones interesadas y las noticias falsas han existido siempre. El periodismo también es responsable de ello. Ha dado alas a la idea de que la verdad es un asunto que no tiene sentido. Pero buscarla y contarla es justo lo que cuenta. 
Es imprescindible que la información suene plausible. Por ello es irreconciliable con la narración. La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo de la información. Cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables”. La frase del filósofo Walter Benjamin pone de manifiesto uno de los mayores desafíos del periodismo: en el entorno actual, en el que la única constante es el cambio, se necesitan historias memorables. Las buenas historias periodísticas enseñan lo que permanece y es consustancial al ser humano, la necesidad de contar el mundo y aportar el contexto para comprenderlo. La llamada posverdad y las noticias falsas que de ella se desprenden son hoy el mayor enemigo de ese periodismo necesario.

Cuando el escritor Apión acusó falsamente en el siglo I d. C. a los judíos de sacrificar a niños griegos para realizar sus rituales, a la calumnia no se le llamó posverdad, se le llamó “libelo de sangre”. Cuando en 1898 la prensa amarilla estadounidense, con William Randolph Hearst a la cabeza, decidió atribuir la explosión del barco estadounidense USS Maine a un ataque español sin esperar ningún tipo prueba que lo confirmase -“usted proporcione las imágenes y yo proporcionaré la guerra”, le dijo Hearst a su enviado especial poco antes de empezar el conflicto-, nadie se preocupó por la veracidad de la información, más bien se consideró razón suficiente para comenzar una lucha que acabó con las últimas colonias españolas en manos de Estados Unidos. Cuando Gabriel García Márquez fue enviado por el diario El Espectador a la ciudad de Quibdó (Colombia) a cubrir una manifestación contra el Gobierno y se dio cuenta de que en realidad no había ninguna protesta en marcha, no dudó en orquestar una revuelta a la que añadió datos falsos y elementos dramáticos para enriquecer la historia sin ningún remordimiento por generar fake news; al contrario, reconoció años después haber inventado noticias en aquellos tiempos sin ningún pudor.

Las imprecisiones, las informaciones interesadas y las noticias falsas han existido siempre y, como señala Arcadi Espada en una entrevista en Letras Libres, “el periodismo ha sido muy responsable de todo esto. Ha dado alas a la idea de que la verdad era un asunto que no tenía sentido: se hablaba de la pluralidad, la libertad, los poliedros”. Se olvidó, en otras palabras, que los hechos son sagrados y se generó un estado de situación en el que la llamada posverdad, la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”, campa a sus anchas.

Hoy, convertida en la palabra del año 2016 por el diccionario Oxford, tema de debate público y cuestión de Estado (de Macron y su propuesta de control de las fake news durante los periodos de elecciones en Francia, a las injerencias rusas en la crisis durante el vodevil independentista en Cataluña), es una obligación para el periodismo combatirla. Quizá nunca hubo tanta conciencia de su existencia, preeminencia y potencial destructivo. De hecho, como plantea Álex Grijelmo, la propia extensión del término “posverdad” ha dado el primer triunfo a quienes la utilizan para sus intereses: “Podemos preguntarnos sobre todo si ‘posverdad’ no formará parte de lo que la propia palabra denuncia, si no estará desplazando a vocablos más indignantes, como ‘mentira’, ‘estafa’, ‘bulo’, ‘falsedad’ … El engaño siempre existió, sí, pero antes todos decían luchar contra él. Ahora, por el contrario, se empieza a cultivar como una buena técnica profesional el revoltijo de trampas de lenguaje basadas en el sensacionalismo, los sobrentendidos, la insinuación, la alusión, la presuposición, los eufemismos. Y si se trata de definir ese paquete, lo de ‘posverdad’ suena realmente a broma. Porque puede que estemos llamando ‘era de la posverdad’ a la ‘era de la manipulación’”.

El desafío para los periodistas consiste en ofrecer una mirada elaborada sobre la realidad frente a la información sin contrastar, la mentira y la manipulación. Históricamente, factores económicos, como la venta de diarios, aunque sea a costa de empezar una guerra en el caso de la prensa amarilla estadounidense, factores narrativos, como la confusión entre periodismo y ficción, en el caso de García Márquez y, por supuesto, factores políticos, como la búsqueda de la victoria electoral en el caso de las últimas elecciones estadounidenses, han jugado siempre un rol esencial en la destrucción de la verdad y en la erosión de la credibilidad del periodismo.

Cabe preguntarse entonces qué es lo permanente en el periodismo, lo que lo hace verdadero, más allá del formato en el que se ofrezca o del soporte en el que se consuma. La respuesta se encuentra no tanto en las posibilidades tecnológicas –sin duda aliadas de los periodistas y fundamentales para el desarrollo de la profesión–, sino en recuperar buenos ejemplos que en tiempo de (otras) crisis, fueron capaces de poner en valor el rol del periodismo, y en el entendimiento del contexto actual en el que nos movemos. La aspiración es ejercer un periodismo basado en hechos, construido sobre datos y ajeno al “periodismo zombi”, diagnosticado de manera muy acertada por Lluís Pastor, ese periodismo que se limita a incluir a la audiencia sin saber en realidad qué hacer con ella y que en última instancia no sabe hacia dónde se dirige.

El buen periodismo, en cambio, es hoy tan necesario como siempre y dista mucho de ser un muerto viviente: es indispensable para el funcionamiento correcto de una sociedad libre y democrática. El periodista, por tanto, no puede limitarse a repetir mensajes oficiales, amplificar fenómenos virales y dar por buena la información sin un mínimo de revisión. Porque, como explica el historiador Timothy Snyder, “renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo”. Y, en última instancia, “la posverdad es el prefascismo”.

Totalitarismo y posverdad 
La idea de que la actitud del nazismo hacia los judíos fue algo desconocido por el pueblo alemán y las potencias extranjeras es un lugar común. ¿Cómo, de haberse sabido, se hubiera tolerado? Quizá los extremos de los campos de concentración y la exterminación sistemática de judíos, gitanos y mestizos no podían ser intuidos ni siquiera por la mente más macabra. Sin embargo, la humillación a los enemigos del nazismo era ya algo público años antes de que estallase la II Guerra Mundial.

Así lo prueba, por ejemplo, el viaje del periodista Manuel Chaves Nogales a Alemania en 1933. El 26 de mayo de ese año Chaves escribía: “Hitler va positivamente a cumplir desde el Poder sus promesas de extirpación de los judíos. Conste que esta palabra extirpación es suya. El judío residente en Alemania se encuentra hoy absolutamente bloqueado; la vida se le hace materialmente imposible […]. No; no es que a los judíos les corten las orejas ni les arranquen los pelos; es, sencillamente, que les van suprimiendo los medios de vida”. Y también: “El judío está tan aterrorizado, que se allana a todo, y pasando por las más humillantes vejaciones, sólo pide que le dejen el derecho a vivir”. Produce cierto escalofrío leer estas descripciones, sobre todo si se tiene en cuenta que se produjeron seis años antes de la II Guerra Mundial.

Y es quizá más dramático cuando Chaves también advirtió entonces lo que el nazismo se traía entre manos: “Alemania va a hacer la guerra […]. Si Adolfo Hitler está gobernando hoy Alemania, es porque lleva doce años predicando la guerra”. Chaves estaba haciendo periodismo en estado puro: contó lo que vio y lo que los ciudadanos alemanes le confesaron, la “misión providencial” del pueblo germánico: “Salvar la raza aria”. Quizá los textos de Chaves no cambiaron nada, pero como él mismo reconocía en su prólogo a La vuelta a Europa en avión, el objetivo del periodismo es otro: “Mi técnica –la periodística– no es una técnica científica. Andar y contar es mi oficio. Alguna vez, lleno de buena fe y concentrando todas las potencias de su alma, uno se atreve a pronunciar la palabra mágica de Keyserling. Desgraciadamente, uno dice ‘sésamo’, y la puerta no se abre. Pero esto es tan consuetudinario que no hay por qué entristecerse ni avergonzarse. Uno se mete las manos en los bolsillos y se va”. Es decir, Chaves hizo lo que el periodista puede -y por tanto debe- hacer: contar la realidad, en lo posible de primera mano, con humildad y sin mayores pretensiones. El periodista es responsable de ejercer con responsabilidad su trabajo, los efectos son ajenos a su profesión.

No deja de ser curioso y revelador que, en esos mismos textos en los que Chaves contaba la verdadera cara de la Alemania nazi, introdujese también el tema de lo que generan las noticias falsas. En concreto, hablaba de una que afectaba a España: un diario de Berlín aseguraba que el Gobierno de la República necesitaba “300.000 judíos” y estaba dispuesto a pagar un billete y dos meses de estancia a los interesados. El consulado español en Berlín se colapsó, y se vio obligado a aclarar la falsedad de la supuesta ayuda. Las noticias falsas, como se ve, siempre han existido y los más dañados por su utilización son, además de los propios periodistas y su credibilidad, los ciudadanos.

Contrastar la información y formarse 
Decía Josep Pla que “describir es mucho más difícil que opinar”, y lo es porque exige trabajo. Describir implica contrastar, asegurarse de lo que se cuenta es exacto y no cobijarse en la “libertad de opinión”. La mejor defensa para el periodista que describe, es la autoedición, aun en tiempos de inmediatez, y la autoedición va más allá del estilo: incluye contrastar la información y formarse.

Uno de los enemigos tradicionales del periodismo es la prisa. La rapidez es un elemento innegociable a la hora de trabajar en una redacción: el buen periodista debe ser rápido. Las redes sociales han multiplicado este efecto, por eso conviene distinguir entre rapidez, una característica necesaria, y premura, un factor que puede llevar a la irresponsabilidad. Vale la pena tomarse unos minutos para con rapidez, pero sin premura, comprobar la información.

La dificultad marcada por Pla a principios del siglo pasado tiene hoy un aliado en el llamado fact-checking: es más necesaria que nunca la verificación detallada y sistemática de datos e informaciones públicas. Y debe serlo como una rutina profesional habitual de los redactores. Esta sana costumbre nos hubiera ahorrada la famosa anécdota protagonizada por el escritor Mark Twain en 1897. En junio de ese año, el New York Journal publicó que Twain acababa de morir. Twain se vio obligado a escribir una carta al director para aclarar la situación: “La noticia de mi muerte fue una exageración”.

José Antonio Zarzalejos considera que “la nueva comunicación y el nuevo periodismo va a centrarse de ahora en adelante […] en verificar, en realizar el fact-checking de manera sistemática, mediante plataformas de las que ya existen muchas (decenas en Estados Unidos)”. Si el periodista no contrasta, no añade valor añadido. El reportero debe ser un curador de la información, debe poner orden entre la avalancha de tuits y robots informáticos, debe ofrecer veracidad.

Si no lo hace, corre el mismo riesgo de caer en trampas como aquella en la que incurrió el Clarksburg Daily News en 1903. Su diario rival, el Clarksburg Daily Telegram, publicó una noticia sobre el asesinato del ciudadano de origen eslavo Mejk Swenekafew. En realidad, esa noticia nunca ocurrió. Se trataba de una estrategia para demostrar que el Clarksburg Daily News llevaba meses robando las historias del Telegram. Y, efectivamente, el día después de la publicación en el Telegram, el News recogió la historia de Swenekafew que, leído hacia atrás, dice: “We fake news”. El Telegram probó su teoría, humilló a su rival reflejando la historia en portada y el News reconoció que llevaba meses utilizando a su competencia para redactar sus contenidos.

El News supuso que el Telegram no mentiría a sus lectores, y se olvidó de hacer su trabajo. Esa tentación es hoy más accesible que nunca. Como explica Juan Cruz, “suponer es más atractivo y más cómodo que preguntar para despejar las dudas” pero lo propio del oficio periodístico es, precisamente, preguntar. Decía en una conferencia en la Universidad de Navarra el director de El País, Antonio Caño, que entre los factores de la crisis del periodismo está la formación de los periodistas: en ocasiones se ven obligados a preguntar sobre temas que desconocen o no dominan en profundidad. En esos casos, es más fácil que transmitan informaciones imprecisas, inexactas o falsas. Y no se puede transmitir la información con sencillez si no se domina el tema.

La formación es necesaria para combatir el gran enemigo de la libertad intelectual de los periodistas: lo políticamente correcto. Esta corrección ha invadido incluso las universidades, lugares de diversidad ideológica y debate por antonomasia que, sobre todo en Estados Unidos, se han visto envueltas en situaciones en las que los profesores deben advertir a los alumnos del uso de palabras racistas en las lecturas del curso, de comportamientos machistas de los personajes en algunas películas o de cualquier otro elemento que pueda herir sus sensibilidades. La escasa tolerancia a la opinión distinta, por más que se exprese de manera educada y argumentada, es también un problema real a la hora de ejercer la profesión periodística.

Como señala Espada, “la operación de desinformación, de mentiras groseras, como ‘España nos roba’, es una forma de fake news”. De nuevo, el periodista debe señalar con hechos esas mentiras. Y los hechos deben sostenerse en el conocimiento del periodista, en su investigación y en una dosis de valentía: la de estar dispuesto a superar el lenguaje políticamente correcto. ¿Quién podría estar en contra del “derecho a decidir” de una persona o un pueblo? ¿Alguien se opondría a una “reconciliación” social? ¿Quién negaría el “diálogo” a un interlocutor válido? El riesgo para el periodista cuando cuestiona estos dogmas es evidente. Una información que ponga de manifiesto las inconsistencias legales del derecho a decidir, del ofrecimiento de una reconciliación que es en realidad una petición de olvidar crímenes del pasado o de la trampa de un diálogo que es en realidad una manera elegante de hablar de unas exigencias inamovibles, puede convertir a su autor en un fascista o un retrógrado y se expone a la lapidación pública vía Twitter. Es el precio de ejercer la profesión con rigor y libertad.

La realidad es compleja y el periodista debe describirla. Se necesitan, desde este punto de vista, periodistas críticos, que sean capaces de cuestionarse la realidad. Para ser capaz de hacerse las preguntas adecuadas y de cuestionarse los dogmas de lo políticamente correcto se requiere manejar las palabras adecuadas. Como explica Snyder, “cuando repetimos las mismas palabras y expresiones que aparecen en los medios cotidianos, estamos aceptando la ausencia de un marco más amplio. Poseer ese marco requiere más conceptos y disponer de más conceptos exige leer. […] Cualquier buena novela aviva nuestra capacidad de pensar sobre las situaciones ambiguas y juzgar las intenciones de los demás”. Leer para pensar mejor; leer, también, para escribir mejor. De nuevo, la formación como elemento clave para ejercer el periodismo con rigor. No en vano, como cuenta Paco Sánchez en su blog de La voz de Galicia, “Ben Bradlee, legendario director del Washington Post en los tiempos del Watergate, cuando unos profesores de periodismo le pidieron consejo para formar mejor a sus alumnos, les dio solo uno que he repetido mucho: ‘Que lean todo Shakespeare’”.

Lectores activos 
La formación es necesaria, pues, y lo es en dos sentidos: desde el punto de vista del periodista, como se ha dicho, pero también desde el punto de vista del lector. Aprender a leer es esencial.

Si el periodista debe ser autocrítico, culto y contrastar la información para hacer bien su trabajo, el lector debe hoy también estar especialmente alerta. Como explica Elizabeth Kolbert en The New Yorker, varios estudios demuestran que los hechos no nos ayudan a cambiar de opinión necesariamente. En ocasiones el lector no busca la verdad, sino informaciones que refuercen sus prejuicios y sus puntos de vista. El desafío en este sentido es tal que en Estados Unidos ya hay cursos en la universidad y programas para estudiantes de institutos sobre “News Literacy”, orientados a enseñar a los estudiantes cómo diferenciar noticias reales de noticias falsas, entender los estándares del periodismo de calidad y convertirse en ciudadanos informados.

Como defiende Espada, “la verdad es un bien común y debe ser protegida con los instrumentos de que disponen los ciudadanos”. La función del periodismo es dar a conocer hechos verdaderos, y los ciudadanos deben garantizar que la información que reciben es verdadera. En concreto, hay una serie de rutinas que pueden ayudar a los lectores. Por un lado, la selección de los medios de información: el New York Times puede dar una información errónea o sin contrastar, pero es más seguro que el “Blog de noticias del tío Paco”. Por otro, el uso de las fuentes que se hace en las informaciones puede también ayudar a detectar noticias falsas: una información sobre la calidad democrática de Venezuela no tendrá el mismo valor si se alude a un informe gubernamental que si se recogen datos de un organismo internacional e independiente.

La otra gran vía para contrastar informaciones es internet: una búsqueda de información puede ayudar a detectar qué medios han confirmado una noticia y puede llevar a comprobar si una imagen corresponde de verdad al contexto atribuido por un medio. En internet se encuentran también muchas opciones informativas. “Si sólo ‘retuiteas’ el trabajo de personas que de verdad han llevado a cabo una labor periodística –afirma Snyder–, es menos probable que acabes degradando tu cerebro interactuando con bots y con trolls”.

Conclusión 
Pero, independientemente de la actitud del lector, importa aquí reseñar el rol del periodismo. Los ejemplos del pasado se encuentran en periodistas como Manuel Chaves Nogales y son una buena guía para salir del atolladero posfactual. No ponderar en su justa medida las apreciaciones de personas como Álex Grijelmo, Arcadi Espada o Timothy Snyder sería caer en el mismo error de quienes ignoraron a Chaves durante años: el de menospreciar a una mente lúcida. Cada uno de ellos a su manera, Chaves ejerciendo la profesión con dignidad, Grijelmo, Espada y Snyder reflexionando también sobre ella, contribuyen a la mejora de la profesión, a la búsqueda de un periodismo verdadero, basado en hechos, que describe e informa. Un periodismo necesario para la sociedad.

En medio de la saturación informativa, absorbido por los exigentes tiempos periodísticos, en ocasiones sin demasiados medios, la profesión depende del esfuerzo individual del periodista: sus estándares éticos y su capacidad de verificar y comprender los datos disponibles son la primera línea de defensa del periodismo, y también la primera línea de vanguardia para que la profesión siga jugando un rol esencial dentro de las democracias liberales. El periodista responsable, que observa, describe, coteja la información y chequea los datos, es el que tiene más cerca la posibilidad de contar las historias memorables a las que aludía Benjamin, historias que transmutan la información en historia. De la formación que reciban los periodistas, de la explicitación y desarrollo de los conceptos adquiridos y de las buenas prácticas de los profesionales de la información depende en buena medida el futuro del periodismo.

domingo, 22 de abril de 2018

La tiranía del algoritmo


Los dejo con Eli Parisier explicando en una charla TED (California) la burbuja de filtros. La tiranía del algoritmo –que nos da lo que supone que nos gusta y borra lo que supone que no necesitamos– es hoy el peligro más tenebroso y el mayor desafío para las democracias occidentales. 

viernes, 13 de abril de 2018

World Press Photo 2018


La foto de la crisis en Venezuela, de Ronaldo Schemidt (AFP), que ganó el premio a la Foto del Año de la World Press Photo. Aquí todas las fotos ganadoras. Abajo los nominados.

Toby Melville (UK) Atentado en el puente del Big Ben.

Adam Ferguson (Australia) Chica bomba de Boko Haram

Ivor Prickett (Irlanda) La batalla por Mosul

Ivor Prickett (Irlanda) La batalla por Mosul

Patrick Brown (Australia) La crisis Rohingya

jueves, 5 de abril de 2018

Las noticias no son películas

Les paso la conversación por correo electrónico entre el GEN y Mark Little, de NevaLabs, tal como aparece en el blog del GEN (Global Editors Network).
Mark Little: No, we are not building a Netflix for News

The ‘Netflix for news’ analogy is often thrown around whenever there’s a new product that aims to shake up the way news is distributed. This has also been the case for Mark Little and Áine Kerr’s next venture, NevaLabs, so we wanted to find out what’s behind the gimmick. 
NevaLabs is a team of journalists, developers, and designers currently developing a personal assistant tool that aims to change the news reader experience from mindless scrolling into a daily routine. The final product will be controlled through an app, but delivered through multiple devices and platforms. User testing of the personal assistant prototype is currently underway. ‘We are ready for our assumptions to be challenged and our product to evolve’, said Little. 
In a conversation with the Global Editors Network, Mark Little, co-founder of NevaLabs, shrugs off the Netflix comparison and says he looks towards mindfulness apps for inspiration instead. He also gave us some insight about how his new media venture will handle user data, on what basis success will be measured, and why he won’t be trying to get people hooked on the service.
Mark Little and Áine Kerr
Food for thought from Little(compiled from an email exchange between Little and the Global Editors Network. Edited for clarity and brevity) 
Keeping it simple
We’re determined to build a radically improved user experience of news and information. A guiding operational principle for our developers and designers is therefore to make the right things easy. 
We’ve learned the value of bundling optimisation features together in user-friendly filters designed around time of day or state of mind. Artificial intelligence does a lot of the heavy lifting in simplifying the hierarchy of choices to be made by the user. 
Mindfulness apps and Instagram 
There are two analogies to keep in mind. First, the photography analogy, where mobile users now exercise creative control through amazing filters without ever getting bogged down in the technical complexity of the multiple enhancements that make them work.
Second, the rising popularity of health, fitness, and mindfulness apps that deliver a positive emotional charge around purpose-driven behaviour. That sense of agency over better outcomes is in the DNA of the products we’re developing.
 
Humans and machines 
Unlike the last generation of tech platform, we are putting the machine firmly in the service of the user. It’s not enough that the machine learns from the content the user clicks on, we want the machine to also give the ability to drill down into topics that match the user’s identity. 
As well as understanding the topics users want to proactively pursue, the machine should align to the daily habits of the user. It should offer audio and not video if the user is driving to work. How much time do they have on that commute? How does their mood differ on the journey home? 
We think of this as ‘purpose-driven personalisation’, a uniquely virtuous feedback loop between the human and the machine that helps the users identify and correct any imbalances or unintended biases. 
We are also experimenting with measures of geographic and gender diversity in a user’s feed, and would eventually like to build a recommender system to correct imbalances. 
News is not music. Or movies. 
We’ve grown increasingly wary of the Netflix or Spotify for News analogy. The data does suggest that news seekers — particularly younger users — are now more likely to pay for news because they have been conditioned to pay for music and movies. I also see evidence of a growing demand for access to multiple sources in personalised ‘playlists’ and I am inspired by the collaborative filtering that powers Spotify. 
But news is not music or movies. It doesn’t have the same shelf life. It plays a very different role in the lives of individuals and their society. News should not be unbundled from the authority of its original source. People want limits on the time they spend on news, not endless bingeing. 
So, no, NevaLabs is not building a Netflix for News. 
Re-imagining the public square 
Our system is designed to spot outlier topics and entities, helping users drill down into aspects of a story that are not immediately evident. Also, one of the most exciting discoveries we’ve made is the potential network effect of our system. We have come to see that we are creating a community of personal curators who are building highly curated reading lists and purposeful news habits that will be shared with other users in the network. This re-imagining of the ‘public square’ offers tremendous scope for serendipity, both in accidental discovery of new ideas, but also in collaborative filtering, which exposes users to different perspectives from similar people. 
How NevaLabs will change the news reader experience
Detached from advertising and social distribution 
One of the most liberating things about detaching news from advertising and social distribution is that we only care about data that is absolutely aligned with the user’s intentions. We’re completely in their service. We have no incentive to harvest, identify or store data that is not absolutely useful to the user. To back up best intentions, we’re actively seeking technology partners who can help store user data in personal silos the user can control rather than vast corporate databases. 
Emotion and misinformation 
We want to be the first media startup to build the concept of ‘trust metrics’ into our DNA. To begin, we want to provide clarity around the provenance of sources and content in the user’s feed. We want to alert users to content which has been contested by fact-checking networks (and show the substance of the challenge), and to monitor social signals which indicate manipulation or misinformation, such as extreme emotion. 
The strength of this approach is that it allows user to make informed decisions about the ongoing reliability of sources and adjust their preferences to reflect that. It also echoes the reality that not all contested content is untrue; sometimes fact-checks confirm the content. Our goal is always to put the user in conscious control of any outcome. 
We will likely base this feature on an open API developed by a technology partner. We’ve been experimenting with the claim review process which Google developed (and until recently had been testing publicly) and we’re excited by the evolving work of the Credibility Coalition and other open-source groups like First Draft News and the Trust Project. 
Main metric of success: Time well spent 
Non-profit innovation is necessary but not sufficient if we’re to rebuild the foundation of journalism in a digital age. We need a constellation of startups delivering constant, sustainable innovation in excellent user experience of news and information. The goal is something I like to call an ‘economy of trust’ for journalism. 
We are inspired by research that shows the apps people are happiest with are those they spend small amounts of quality time with, like health, fitness, and mindfulness apps.
At NevaLabs, the metric of the system we are building is time well spent: how much value can we deliver in the least amount of time. Our business model means we have no interest in keeping the user addicted to our platform.
 
Thanks Mark!

viernes, 23 de marzo de 2018

Lo que no se puede es mentir


Lo sabe cualquier gerente de asuntos corporativos: si tiene que mentir, algún día se volverá todo en contra, porque la mentira tiene las patas cortas y porque es imposible un discurso coherente basado en fasledades.