lunes, 6 de julio de 2020

Las redacciones rebeldes y la dirección del NYT


Con el permiso presunto de Antonio Caño y de El País, les paso este artículo de Antonio Caño sobre la renuncia del director de opinión del New York Times. El artículo salió originalmente ¡dentro de 24 días! en El País de Madrid, pero luego fue reproducido por varios diarios americanos que tienen sindicadas sus columnas.

Todavía no sé si la dirección del New York Times estuvo bien o mal, pero, como Caño, me inclino a pensar que no fue una buena idea. Sebastián Fest está claramente en contra.

Aquí la nota de esta misma casa el día en que la redacción de La Nación de Buenos Aires se rebeló contra una decisión editorial de la dirección del periódico.
En defensa del periodismo 
La dimisión del director de Opinión de The New York Times confirma el poder del supuesto “periodismo comprometido”, que exige a los medios la búsqueda de la verdad que favorezca una determinada causa
De todos los acontecimientos inquietantes que en los últimos meses se acumulan en Estados Unidos, el más grave me parece, quizá por mi deformación profesional, la dimisión a comienzos de junio del director de Opinión del periódico The New York Times. Es un alarmante indicador del avance del activismo sobre el periodismo y una señal más de la degradación de las democracias modernas , que sacrifican sin pudor el derecho a la discrepancia y al libre pensamiento en aras de un poder identitario que cada día se hace más incontenible con las tradicionales armas del debate y la razón. Incluso el hecho de que el episodio haya pasado relativamente inadvertido, tanto en Estados Unidos como en España, es una prueba de lo secundaria que empieza a resultar ya la libertad de expresión.

Por situar las cosas en su contexto, es conveniente señalar que el director de Opinión de un periódico norteamericano actúa con plena independencia del director y a su mismo nivel jerárquico. Representa la garantía de que, sean cuales sean las prioridades informativas que el director marque, la opinión será siempre plural, abierta y no se verá condicionada por los caprichos de la actualidad ni por las inclinaciones de los reporteros. El director de Opinión ocupa, por tanto, una posición institucional aún más relevante que la del director como referente de la línea editorial y la imparcialidad del periódico.

James Bennet ocupaba ese cargo en The New York Times hasta que el 6 de junio presentó su renuncia por la publicación tres días antes de un artículo del senador republicano Tom Cotton en el que apoyaba el empleo de tropas militares para hacer frente a las protestas que se sucedían en las calles de varias ciudades del país por la muerte de George Floyd. Entre la aparición del texto y la dimisión de Bennet se produjeron presiones de los periodistas del diario, quienes en una asamblea expresaron su indignación por un artículo que, aparentemente, representaba un insulto para sus compañeros negros. A eso se sumó una intensa campaña en Twitter contra lo que se presentó como una indecencia moral por parte de The New York Times y una auténtica afrenta para todos aquellos que protestaban contra el racismo en las calles. Bennet se quedó solo en la Redacción, la empresa decidió ceder a esa presión y el periodista, un ilustre colega al que se pronosticaba un brillante futuro en el oficio, accedió a dejar el puesto admitiendo públicamente su error, agravado, al parecer, por no haber leído personalmente el texto antes de su publicación. Sí lo leyó, según ha trascendido, su número dos, James Dao, que le dio el visto bueno y ha sido después trasladado a otra posición en el periódico.

El delito de ambos es haber publicado un artículo, no de un desconocido que pretendía llamar la atención, sino de un senador de Estados Unidos, de un senador, además, a quien se le atribuyen ambiciones presidenciales. Por lo demás, su propuesta de movilizar al Ejército para contener las protestas, por equivocada que me parezca, no es en absoluto un desatino. Varias ciudades, entre ellas Washington, con una alcaldesa demócrata y negra, sacaron a la calle a la Guardia Nacional, un cuerpo que participa en la guerra y dispone de la misma preparación y armamento que cualquier unidad del Ejército. Tampoco le parece un desatino a un 52% de norteamericanos que, según una encuesta de ABC News, apoyaba el despliegue de tropas.

Incluso aunque el artículo sí fuera, en realidad, un disparate, ¿cuál es la razón para impedir su publicación? ¿No estaría el periódico contribuyendo a mejorar la información de sus lectores al ofrecerles un artículo sobre el pensamiento disparatado, nada más y nada menos que de un senador que quiere ser presidente del país? ¿A quién se ayuda con su prohibición? Solo a Cotton, que es ahora mucho más famoso.

Pero, no nos engañemos, no es eso lo que provocó la dimisión de este periodista. Bennet fue víctima, simplemente, de la caza a la disidencia que se ha desatado en tantos ámbitos e instituciones de las democracias occidentales, incluidos los periódicos. Bennet cayó porque ni sus compañeros ni la empresa tuvieron el valor de resistirse a las hordas que imponen su causa, por justa que sea, sobre la libertad de expresión, por equivocadas que sean las ideas que se expresan. Como ha escrito la columnista del diario The Washington Post Kathleen Parker, "no hace falta mucho coraje para sumarse a la turba y prohibir un artículo o arruinar una carrera; lo que requiere coraje es quedarse solo frente a una avalancha de Twitter en la defensa del libre intercambio de ideas, incluso si son malas".

Obviamente, esto no es un problema exclusivo del NYT, aunque duele particularmente este terrible traspiés en un símbolo de la prensa libre. También The Washington Post se ha visto señalado en las redes por la salida de un periodista negro que exigía un mayor compromiso de su director con la causa de Black Lives Matter y escribió en Twitter sobre la necesidad de "reconstruir el periodismo para que opere en un espacio de claridad moral" contra "el experimento fracasado del periodismo objetivo y la atención a los dos lados de una noticia".

¿Claridad moral? ¿De quién? ¿Para qué? Nunca he creído en la objetividad del periodista, pero sí en su honestidad intelectual y su integridad ética para no deformar la realidad e imponer "claridad moral" de acuerdo con los intereses de su ideología o de su causa. Hemos de admitir, sin embargo, que se ha abierto paso con fuerza desde ya algún tiempo el supuesto periodismo "comprometido", que exige a los profesionales algo más que la búsqueda de la verdad, su único y verdadero compromiso; exige la búsqueda de la verdad que favorezca una determinada causa.

Desgraciadamente, cuando se trata de acomodar el periodismo y la verdad a las necesidades de una causa -sea cual sea esta causa-, se está prostituyendo la verdad, y cuando la verdad desaparece, prevalece el totalitarismo.

Ninguna causa vale más que la verdad porque ninguna causa puede avanzar legítimamente sin la verdad, porque cuando se tapa la verdad con técnicas propagandísticas o intimidatorias se pone en riesgo también la validez de la causa que se pretende defender. Se ha hablado mucho en España de la manifestación del 8 de marzo y su repercusión en la extensión de la epidemia. ¡Cuánto más útil hubiera sido tener esa discusión antes de la manifestación! ¡Cuánto mejor hubiera sido tener en su momento la libertad de opinar sobre la conveniencia de celebrar ese evento sin miedo al linchamiento que se produciría con certeza!

Valga esa calamidad en las redes, por alto que sea el precio que pagamos. Pero preservemos al menos los periódicos. Los periódicos están para publicar artículos que nos gustan y los que nos irritan, y son mejores cuantos más de estos últimos ofrecen. Son mejores porque hacen mejores lectores, más críticos, más libres.

Por supuesto que necesitamos saber lo que piensa el senador Cotton. Y necesitan saberlo sobre todo los que discrepan de él. No solo para conocerlo mejor y votar acorde con ese conocimiento, sino porque escuchar respetuosamente al senador Cotton o a cualquiera situado en el frente contrario a nuestro pensamiento es la expresión más elemental y básica de la convivencia civilizada y de esa difusa y frágil criatura que llamamos democracia.

sábado, 4 de julio de 2020

El año que vivimos entre espías

Bajo del New York Times en castellano este comentario de Hugo Alconada Mon, publicado el martes pasado (30 de junio). Aunque está libre el el NYT, se lo transcribo mientras me dejen.

Hugo Alconada Mon es abogado, prosecretario de redacción del diario La Nación y miembro del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Es autor de La raíz (de todos los males).
Las lecciones que aprendí del año que me espiaron
El espionaje ilegal a periodistas, políticos y críticos del poder en la Argentina revela el debilitado estado de la libertad de prensa y de nuestra democracia. Hay aprendizajes en esta experiencia. 
Me espiaron. La justicia federal argentina ya confirmó que agentes de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) me tuvieron en la mira al menos durante 2018. Me fotografiaron y me grabaron en la vía pública.

Me espiaron mientras trabajaba una investigación que incomodaba al poder político y empresarial. Ahora sé que, mientras buscaban identificar las fuentes periodísticas que me ayudaron a revelar cómo fue el capítulo argentino del Lava Jato, una pesquisa sobre la corrupción en el país, me siguieron, analizaron dónde vivo, en qué automóviles me muevo, cuál era mi nivel de vida y hasta fueron a la casa de mis padres —dos jubilados por arriba de los 70 años—. Queda más por salir a la luz; por ejemplo, si evaluaron colocar una bomba en la puerta de mi casa.

El espionaje en la Argentina —como en otros países de América Latina— poco y nada tienen en común con las películas de James Bond. Y sí tienen mucho que ver con el debilitado estado actual de la libertad de prensa y de la democracia en nuestro hemisferio.

Este proceso me ha enseñado por lo menos cinco lecciones.

1. El espionaje es un atajo para los tramposos 
Me enteré de que me espiaban de manera ilegal por un expediente que impulsa la justicia argentina. No fui el único objetivo. Las tareas de inteligencia indebida también alcanzaron a la expresidenta —y actual vicepresidenta— Cristina Fernández de Kirchner, a otros políticos —incluidos algunos del mismo bando político que el entonces presidente Mauricio Macri (como el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta)— y a sindicalistas, jueces, obispos, líderes sociales y otros periodistas.

Los espías querían acceder a lo que de otro modo no tenían forma de saber de sus “objetivos”. Se trata de la tentación de obtener beneficios, muy rápido, por la vía de un atajo. Si sos un político, una escucha telefónica clandestina, te permitirá conocer y contrarrestar los planes del candidato rival en la campaña. Si sos un empresario, te dará la oportunidad de saber cuánto ofertará un competidor, presentar un valor más bajo y derrotarlo en la licitación. Y si la prensa te investiga, acaso encuentres la fórmula secreta para amedrentar o silenciar a ese periodista tan molesto.

2. El espionaje es sistemático, no un simple caso aislado 
Este mecanismo delictivo integra una investigación de la justicia que lleva ya meses y se inserta dentro de un rompecabezas más amplio que incluye varios expedientes judiciales y una investigación bicameral del Congreso nacional y que evidencia los métodos antidemocráticos a los que ha recurrido la inteligencia argentina. Combinados, permiten vislumbrar que el espionaje ilegal no se acotó a unos pocos casos aislados, propios de algún funcionario desquiciado, sino que resultó una operación sistemática. 
3. Promesas de cambio para que nada cambie 
Políticos de todos los partidos que llegaron a la Casa Rosada durante los últimos treinta años han tropezado con la misma piedra. Desde Carlos Menem, cuyo servicio de espionaje (conocido entonces como Secretaría de Inteligencia del Estado, SIDE) le pagó 400.000 dólares a un sospechoso para que incriminara a otros en tribunales y terminó arruinando, quizá para siempre, la investigación sobre el atentado contra la sede de la AMIA, a Cristina Fernández de Kirchner, quien disolvió la SIDE para recrearla como Agencia Federal de Inteligencia en los días que siguieron a la muerte del fiscal Alberto Nisman en 2015. El resultado ha sido el más puro gatopardismo: los gobiernos anunciaron reformas más o menos profundas, pero los problemas de fondo de la inteligencia argentina siguieron sin resolverse. 
4. El espionaje es anárquico 
El espionaje argentino está disperso. Ni todos los que trabajan en la AFI son espías, ni todos los espías que deambulan por las calles o el ciberespacio trabajan para la AFI. Hay quienes husmean o han husmeado durante los últimos tiempos para otras fuerzas de seguridad —sea la policía federal, la Gendarmería, la Prefectura o las policías provinciales—, los que fisgonean para las fuerzas armadas —Ejército y Armada, en particular— y los que ofrecen sus servicios en el sector privado. Prácticas de las que han dado cuenta varias investigaciones. 
5. Es mejor prevenir que lamentar 
Si el espionaje es sistemático, recurrente y anárquico, entonces la opción más sensata para una figura pública es moverse dando por sentado que lo espían. No para sumirse en las fauces de la paranoia, pero sí para redoblar los recaudos. Y en el caso de los periodistas, para proteger a sus fuentes y encriptar sus teléfonos y computadoras.

Semejante panorama explica por qué Alberto Fernández anunció la intervención y reforma de la AFI cuando asumió la presidencia en diciembre de 2019. “Tomamos la decisión de terminar con los sótanos de la democracia”, dijo cuando inauguró las sesiones del Congreso, el 1 de marzo, para ponerle “fin al oscurantismo”. Es hora de hacerlo.

De las cinco enseñanzas de este proceso, acaso la más difícil es que tenemos pocas herramientas legales para proteger la privacidad, libertad de expresión y el Estado de derecho. La prensa independiente y el disenso político son indispensables si queremos un mejor país.

El presidente enunció lo que organizaciones de la sociedad civil nucleadas en la llamada “Iniciativa Ciudadana para el Control del Sistema de Inteligencia (ICCSI)” reclaman desde hace muchos años: profesionalizar e institucionalizar la inteligencia argentina, establecer “mecanismos efectivos de control democrático” sobre sus acciones y su presupuesto, transparentar sus acciones todo lo que sea posible y acotar al mínimo indispensable la autonomía de los espías. Tomará años, acaso décadas, pero hay que dar el primer paso.

Eso, en la práctica, implicará depurar la nómina de espías, quedarse con los mejores, capacitarlos, limitar sus competencias, instaurar controles de vigilancia en el Congreso para evaluarlos de manera periódica, auditar sus gastos, reformar las leyes que regulan su trabajo y reforzar y potenciar las herramientas de quienes estén a cargo de su vigilancia, interna y externa.

Será difícil, pero es indispensable. Ningún periodista, opositor, juez o ciudadano debe mirar por encima del hombro para hacer su trabajo en plena vigencia del Estado de derecho. La inteligencia argentina debe servir a fortalecer la democracia y los derechos y garantías constitucionales, no a erosionarlos. Si no emprendemos esta reforma pendiente, tropezaremos con la misma piedra, otra vez.

viernes, 3 de julio de 2020

jueves, 2 de julio de 2020

¿Hasta dónde se puede bajar la cabecera de un periódico?


Diário de Notícias (Lisboa), 2 de julio de 2020. Esta portada nunca se imprimió, porque DN se imprime y sale a la calle solo los domingos; pero está buena, aunque sea como ejercicio...

miércoles, 1 de julio de 2020

Mario Pergolini y Jorge Lanata sobre los medios de hoy

Son cerebros que funcionan muy rápido y también muy creativos. Creo que vale la pena dejar esta conversación de ayer en el estudio de Radio Mitre (Lanata estaba desde su casa por Zoom).

domingo, 28 de junio de 2020

Los Andes también se vuelve compacto

Hoy

 Ayer

No es gran cosa. Solo lo achicaron y modificaron un poco el friso de arriba. Esperemos a ver la semana completa para hacernos una idea...

sábado, 27 de junio de 2020

Perfil copia a O Globo, NYTimes, El Espectador y Estadaõ



Ya no se sabe quién copia a quién. Si la memoria no me falla, quien primero lo hizo, con los nombres de las 852 víctimas, fue Dagens Nyheter (Estocolmo), cuando el hundimiento del ferry Estonia en el mar Báltico, el 28 de septiembre de 1994. Algún día encontraré esa portada...

21 de junio

14 de junio

24 de mayo

10 de mayo

domingo, 21 de junio de 2020

Cien días de despliegue gráfico


Notable despliegue gráfico de El Mundo de Madrid al cumplirse los cien días de Estado de Emergencia por la pandemia del coronavirus en España... y de poder casi absoluto para el Presidente del Gobierno. Gracias a Miguel Ángel Jimeno.

martes, 16 de junio de 2020

Segundas partes...


Está abajo a la derecha en la portada de hoy de El País de Madrid. Es el anuncio de la propuesta de Javier Moreno Barber como nuevo director para el diario. Pero hay un error en ese título que tampoco se explica en el texto del suelto de portada: Moreno ya fue director de El País entre 2006 y 1014. Vuelve a ocupar el mismo cargo después de los interinatos de Antonio Caño (2014-2018) y Soledad Gallego-Díaz (2018-2020), así que de nuevo no tiene un pelo. Y, como era de esperar, la propuesta fue aceptada y Javier Moreno a esta hora es el director de El País por segunda vez. 

Ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas y también que no hay que basar estrategias empresarias en refranes o dichos populares... pero justo este se cumple a rajatabla. 

Ya hablamos en esta casa cuando nombraron directora a Soledad Gallego-Díaz. Sorprendían sus 67 años, pero aleteaba clara la idea de que habían nombrado a una persona de la misma edad que los lectores del periódico. Ahora sabemos que fue un interinato igual al de Antonio Caño, pero no vale decirlo después. Complicado sigue siendo dirigir un periódico a los 69 o 70 años, porque a esa edad ya no estamos para estos trotes. 

La vuelta de Moreno Barber solo recuerda que El País de Madrid renuncia a reinventarse como periódico y a conseguir nuevos lectores, pero no renuncian a ordeñar el print mientras siga dando leche.

Lástima. Hubiera probado con una directora joven, una mujer con ganas de buscar la verdad y levantar las banderas del periodismo que hoy necesita España, alguien que no tenga nada que perder (como Javier Moreno), pero con mucho que ganar (no como Javier Moreno).