jueves, 1 de octubre de 2009

La metáfora del restaurante

La conversación surgió mientras tomábamos unas cervezas en mi oficina durante un respiro de la SND. Estábamos Damon Cain (Denver Post), Carlos Guyot (La Nación de Buenos Aires) y un servidor.

Los diarios son restaurantes, internet es fast food. Ahora no me acuerdo quién lo dijo, pero no fui yo. Conté entonces lo que le pasa al restaurante de Stéphane Richard en La Piazza, un arcade comercial de Sanborondón (Ecuador). Hace unos meses instalaron una hamburguesería de la cadena El Capi a solo dos locales de Chez Stéphane. Desde adentro del restaurante se ve el trasiego de chicos que salen de un par de discotecas situadas del otro lado y pasan a comer y beber algo en El Capi. Mientras los más grandes disfrutamos de la cocina de Stéphane, los jóvenes se zampan sus hamburguesas con Coca Cola o cerveza y vuelven a bailar.

En la excelente compañía y estupenda mesa de Chez Stéphane no dudamos de que siempre habrá restaurantes como ese. Pero nos preguntamos en mi oficina sobre los consumidores de chatarra ¿dentro de unos años, cuando se pongan mayores y tengan más dinero, seguirán prefiriendo esa comida? ¿el acostumbramiento a la hamburguesa durará toda la vida? Cuando los parroquianos de Chez Stéphane éramos más jóvenes, tampoco íbamos a restaurantes de calidad: nos contentábamos con cantidad de lo que fuera al más bajo precio posible.

Las hamburgueserías no mataron a los restaurantes. Redujeron su número o cambiaron el modo de servir. Luego vino la moda de la gastronomía y aparecieron más restaurantes como hongos. Algunos no cambiaron nunca y ese es su encanto: siguen como hace 100 años y así es como nos impacientan los saloneros perezosos. Y al final a todos nos gusta comer en un buen lugar.

¿Y la prensa popular? Esos son los chiringuitos.

Marshall McLuhan sabía de estas cosas.
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