domingo, 2 de mayo de 2010

¿Y si, en realidad, la culpa fuera de los lectores?

Elie Arié da una vuelta de tuerca a los argumentos al uso con una propuesta contraintuitiva en Crise de la presse: engagez-vous!, publicado en Marianne y sobre el que El Gran Carlos me llama la atención. Dice Arié:
Et si c’était LA DEMANDE d’information qui s’étiolait?



Si, face à un monde désespérant sur lequel nous avons l’impression de ne plus pouvoir agir (phénomène assez nouveau), et que sa financiarisation rend trop opaque, sauf pour les experts de la finance (et encore...), face à un avenir qu’on ne peut plus penser qu’au jour le jour, nous avions jeté l’éponge, et nous ne préférions désormais à des nouvelles et à des analyses toujours plus anxiogènes et difficiles à analyser, les histoires de cul et de foot?

Il est devenu banal de répéter que les partis politiques, les syndicats, les églises sont désertés au profit d’un repli sur la sphère privée: le remplacement d’une demande d’information par une demande de distraction n’en est-il pas la conséquence logique? La demande d’information est-elle toujours aussi forte dans un pays qui, aux élections, s’abstient à 50 %, et où tant de gens votent pour des partis dont il savent qu’ils n’ont aucune chance d’accéder au pouvoir? Comment peut faire la presse pour parler aux gens de ce dont ils ne veulent plus entendre parler?
Algo hay de todo esto, obviamente, pero al final resulta que el propio Arié, un partidario de la izquierda jacobina de Jean-Pierre Chevènement, viene a morir en la misma playa que los demás y se pregunta por la oferta: cómo puede hacer la prensa para hablar a la gente de aquello sobre lo que prefieren no escuchar. Claro.

GP en un comentario de una entrada anterior, recuerda un principio fundamental para encontrar respuesta a esta pregunta:
Respecto del periodismo y la justicia, creo que hay una relación directa y esencial. Si justicia es dar a cada uno lo suyo y todo el mundo tiene derecho a la verdad, estamos en el medio de una relación sorprendente. En esta relación se basa la obligación de los periodistas de buscar la verdad. Encontrarla ya es otra cosa, pero nos consumimos en ese trabajo arduo y vertiginoso a la vez, que se convierte en una droga, por el placer que da encontrarla.
Los periodistas nos la hemos pasado negando la verdad y su existencia durante los últimos, pongamos, cien años, y acusando al que diga lo contrario de fanático, intolerante, inquisidor. Que todo son intereses, que la mayoría son bastardos, que todos mienten –unos más que otros–, que si ese tiene su verdad y tú la tuya, que todas las opiniones son igualmente valiosas, que lo único que cuenta ponerse del Lado Bueno (que es, en general, el progre)…

Entonces ¿cómo esperamos que les gens reaccionen? Reaccionan como este lector de El País de Madrid, que se queja a la Defensora del Lector: "¿Cuántas noticias me han ocultado estos años sin Internet porque no encajaban en su visión de las cosas?". Desconfían, aunque no tengan razón (o sí).

La gente queremos verdad y justicia ("justicia y pincho tortilla, por ese orden", como el amigo de P*). Si el periodismo no contribuye a eso en la medida que pueda, si tira la toalla, si no trabaja, si se pone cínico… les gens también tiran la toalla y pasan de nosotros. Buscarán verdad y justicia en otras partes o, como nosotros, renunciarán a ella y se dedicarán a les histoires de cul et de foot. ¿Por qué habrían de ser menos?
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