sábado, 3 de marzo de 2012

César Augusto Correa


De repente el Ciudadano-Presidente se convirtió en Emperador de Roma y de la China. Una metamorfosis increíble pero cierta y planeada por el ciudadano-economista que sigue subiendo peldaños en el cursus honorum de los tiranos adorados por su pueblo. Ya no es más el Dictador del Ecuador, el Paraíso que gobierna con mano de hierro desde su sitial delante de la pantalla gigante y detrás del teleprompter. Ahora se ha convertido en Emperador Espléndido de la Amazonía, de la Vulcania, de los Manglares, de la Galapaguería y de las Otras Islas Afortunadas, Rey Absoluto de Todos los Patrimonios de sus Súbditos, Mariscal de los Sublimes Ejércitos Equinocciales y Gran Almirante de las Corrientes Marinas con sus Tiburones y Mariscos… en fin: es el Dios de la Vida y de la Muerte de Todos los Ecuatorianos.

Ahí lo tienen. Ora los persigue, ora los perdona y antes y después los insulta con una entrega más que profesional. Correa es el estadista que todos esperábamos en nuestra América mestiza y adolescente. Alguien que por fin ponga orden en nuestras sociedades y en su lugar a los cagatintas. El Amado Dictador que nos diga todo lo que se debe hacer y también cuándo y cómo hay que hacerlo. Es él quien nos explica lo que hay que pensar y, por supuesto, lo que hay que escribir. Por fin tenemos alguien que nos obliga a seguir un único libreto para la televisión y nos pasa el guión con las preguntas que tenemos que hacer –a él y a su corte de adorados obsecuentes. Ya no tenemos que pensar nada; ¡qué tranquilidad y qué paz!

Correa –perdón, Su Majestad Don César Augusto Correa- domina también el Túnel del Tiempo. Ya había conseguido volver a la época del Borbón Carlos III, que otorgaba graciosas licencias para imprimir periódicos y todo tipo de pasquines en la América española. Después retrocedió un siglo más, hasta el XVII, cuando resolvió identificar al Estado con su Augusta Persona, como el Rey Sol, el también Borbón Luis XIV de Francia y de Navarra, Copríncipe de Andorra y Conde Rival de Barcelona. Pero ahora retrocedió hasta el siglo I, a los tiempos del Imperio Romano y los césares que lo gobernaron como semidioses. Entonces sí los emperadores eran señores de la vida y de la muerte de los ciudadanos-ciudadanos y ciudadanas-ciudadanas (lo aclaro porque parece que ahora hay ciudadanos-presidentes, ciudadanos-ministros, ciudadanos-jueces y mil variantes más multiplicadas por el género).

Cuenta Suetonio en Los doce césares que en época del Divino Claudio los condenados representaron una batalla naval como espectáculo para el emperador, su corte y su pueblo. Tanto realismo pusieron que casi todos murieron en la actuación ante los gritos maravillados de las hinchadas de uno y otro bando. Por eso, antes de empezar la batalla en un lago artificial, construido ad hoc, saludaron a Claudio con el famoso “Ave imperator, morituri te saluntant!” (¡Salve emperador, los que van a morir te saludan!). Parece que al terminar algunos de los pocos que quedaron vivos se ganaron el perdón del César. Las películas se encargaron de reproducir tantas veces este hecho que nos parece que ocurría todos los días y que el emperador los condenaba o salvaba con el pulgar hacia abajo o hacia arriba… pero el episodio ocurrió de verdad unas pocas veces con diferentes emperadores y lo del pulgar y la arena parece que es una licencia de Hollywood ya que los actores no hablan latín y los estudios no están para más gastos.

Eso hizo también el Divino Correa. Asistió estoico al espectáculo desde su sitial del circo durante las horas que duró, sin importarle la comida ni la bebida ni las ganas de escaparse un rato a los vomitorios para refrescarse. Allí lo acompañó su corte, siempre fiel y obsecuente, mirando si tocaba reír o llorar en cada momento. Mantuvo vacilante su pulgar por meses, hasta que al final decidió perdonar a los condenados, a quienes tenía en sus manos junto con su patrimonio, sus familias y sus sueños. Los perdonó con el dedo pero no con el corazón: un perdón que no es perdón sino bagatela para no pagar el costo político de condenar sin importar la culpabilidad o la inocencia. Ya se sabe que la opinión pública está siempre equivocada: la de su pueblo y del resto del mundo.

Una lástima porque estos actores eran casi perfectos: valientes, apuestos y capaces de morir por sus ideales. Pero el pueblo ya no es el mismo de la época de las naumaquias y no hay que herir su sensibilidad con tanta sangre. Quizá alguna vez pueblo y condenados vuelvan a entender los razonamientos emanados de su sabiduría infinita, celestial. Pero no es todavía el momento y hay que tener una paciencia tan infinita y celestial como su sabiduría para conseguir que por fin inocentes y culpables, pueblo y gobernantes, entiendan los sabios designios de su dedo pulgar soberano.
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