martes, 19 de julio de 2011

Siete anotaciones sobre el caso Murdoch


Portadas/tapas via Malas Palabras.

I. Periodistas y periodistas.
Brian Cathcart explica que la confusión en el debate sobre la prensa en el Reino Unido se debe a que se usa "periodista" para designar a dos tipos de profesionales: a los que lo son de veras y a esos personajes cuya principal actividad profesional es invadir la privacidad de la gente para publicarla.

Uno de los orígenes de la confusión es el temor a que el Parlamento británico, para defender a los ciudadanos de los abusos de la prensa amarilla, aprobara una legislación restrictiva que afectara también a la prensa periodística. Pensaron que todos juntos –cabras y cabrones– se defenderían mejor.

Error. La diferencia entre ambos es profunda. "El periodismo –sigue Cathcart– tiene un valor demostrable para la sociedad. Nos dice lo que es nuevo, importante e interesante en la vida pública; pide cuentas a las autoridades; promueve un debate informado; entretiene; ilumina. Por supuesto, esto no se hace sin complicaciones. A veces se precipita y es imperfecto. De vez en cuando incluso hace cosas desagradables y hasta ilegales para conseguir sus objetivos. Pero, por lo general, perdonamos ese lado oscuro como parte de la cosa, aunque esté mal, porque el periodismo en su conjunto trabaja por el interés público. El periodismo está bien o, dicho de otro modo, sin él seríamos mucho más pobres.

"En cambio, invadir la vida privada de las personas con intención de publicarla no es bueno, aunque pueda ser un buen negocio. En ese ejercicio, el engaño y la información pagada son rutina, no excepción. Los asuntos de que se habla casi nunca son relevantes –salvo para las víctimas, cuyas vidas suelen verse arruinadas para siempre. Esa actividad se ejerce en la frontera de la legalidad, saltando de un lado a otro de la línea a conveniencia y sin tener en cuenta el interés público para nada. "Es divertido", alegará alguno. Sí. Tanto como las ejecuciones en público", remacha Cathcart.

II. Los 'robustos tabloides' de antaño.
¿Qué debemos pensar del hecho de que, en Gran Bretaña, los medios que practican la intrusión en la vida privada sean los más vendidos –en proporción de cinco a uno– respecto a los medios que procuran practicar el periodismo? Y la situación no es mejor en tantos países donde la mayor difusión corresponde a la prensa que mejor cultiva las vísceras. ¿Es que estamos enfermos?

Más bien nos han enfermado. Los causantes de la plaga son los propietarios, directivos y periodistas que en los 70 y 80 transformaron el vibrante periodismo popular británico en la maloliente covachuela de hoy. Cómo era esa prensa popular lo dejó explicado Hugh Cudlipp, el director del mejor Daily Mirror (1952-1973):
"The robust tabloids [that] flashed the Green Light, were promptly denounced by other newspapers for their gaucherie or vulgarity or lèse majesté, and then were echoed by the very newspapers who had so severely upbraided them for their frankness."
Y también el director del intelectualísimo New Statesman, Kingsley Martin:
"The [Daily] Mirror says openly only what the readers of The News Chronicle and The Guardian say behind their hands."
Los Murdoch y los Maxwell y los Desmond de este mundo se aprovecharon del prestigio de unas cabeceras legendarias y de la buena fe de un público confiado e indefenso para corromper su ciudadanía. Con el aplauso general: ganaban dinero, tenían influencia, eran poderosos. Ellos dicen ¿qué hay de malo en dar a la gente lo que quiere? No hay argumento más podrido. Lo razonó Henry Ford, que no era un intelectual: si hubiera preguntado a sus vecinos que le pintaran el vehículo de sus sueños le habrían descrito una buena diligencia con magníficos caballos… y el automóvil no se habría inventado. Pues eso.

[Si quieren un ejemplo de prensa que  evoluciona en sentido contrario vean los nuevos diarios populares brasileños, que procuran acompañar a sus lectores mientras crecen como ciudadanos en lugar de abusar de ellos, de su poca o mala formación o de sus peores instintos y debilidades para robarles la cartera y corromperles.]

III. I'm shocked, shocked!
Si el negocio de publicar la podredumbre de otros tiene una justificación igualmente podrida, es lógico que quienes lo practican acaben podridos y que pudran todo a su alrededor. La peste sale incluso de templos como The Wall Street JournalThe Sunday Times (¡The Wall Street Journal! ¡The Sunday Times! …pobre Harry, pobre Barney)

No era un arcano que los medios de News International –y otros– practican esas actividades nauseabundas. Y durante años silbaron y miraron al techo buena parte de los medios de la competencia y sus periodistas –quizá porque muchos se dedican a la misma basura– y también un montón de anunciantes, tan ofendidos ellos al descubrir (¿ahora, de repente?) que sus productos se pregonan al lado de una cloaca. Y los políticos, claro, que estimaban necesaria la artillería mediática de News International para establecerse o preferían no molestar: su miedo o su desvergüenza eran mayores que su honestidad.

Todos esos se rasgan ahora las vestiduras. Parecen el capitán Renault de Casablanca, sorprendido de que se juegue en el bar de Rick (I'm shocked, shocked!) mientras él es uno de los principales beneficiarios de las apuestas.

IV. La cultura de la codicia, la mentira y la omertà.
Lo peor es que ese estado de cosas se considera normal en el mercado o en la industria, como queda bien reflejado en dos eventos recientes. En agosto de 2009, James Murdoch, el hijo de, pronunció el discurso central del festival internacional de TV de Edimburgo. Se trataba de una feroz crítica a la BBC cuyas líneas finales son estas:
There is an inescapable conclusion that we must reach if we are to have a better society.

The only reliable, durable, and perpetual guarantor of independence is profit.
Fíjese en "inescapable" y "only". No hay más preguntas, su señoría.

Otro es este texto de Paul Dacre, director del Daily Mail, otro tabloide, para la Society of Editors en 2008. Dice: si no publicamos escándalos de celebridades no generaremos ingresos que nos permitan publicar también las informaciones relevantes. Excusas no pedidas. Crudo cinismo.

Y aún no sabe lo mejor: este Dacre ha sido miembro notable de la Press Complaints Commission entre 1999 y 2008 y desde ese año es el presidente del Comité del Código de Prácticas de los Editores, posición desde la cual firmó el informe de 2009 sobre las escuchas telefónicas que exoneraba a News International y cargaba contra The Guardian. La zorra en el gallinero. Maravilloso. Con razón Kelvin McKenzie, el director que convirtió a The Sun en lo que es hoy, lo consideraba "claramente, el mejor director de Gran Bretaña"… nada menos que en la British Journalism Review.

Ya ve. Paul Dacre no es Hugh Cuddlip. James Murdoch no es Lord Beaverbrook.

Es decir, que no se trata del ocasional comportamiento doloso o negligente de algunos directivos en algunos medios de vez en cuando. David Carr y Jay Rosen se quedan cortos cuando dicen que se ha puesto al descubierto la cultura mentirosa de una corporación. No. Esa cultura, por acción u omisión, es la de buena parte del sector y de su establishment. Consiste en esquivar y/o defraudar las normas que regulan la industria; maltratar, chantajear o ningunear a quienes no se doblan (sean periodistas, políticos, celebridades… cualquiera); pagar, acosar y sobornar para obtener "historias"; aliarse con regímenes represivos, como China, o con negocios sospechosos, como News America; colocar a sus testaferros en lugares clave del gobierno y de la administración pública.

En este entorno, ¿qué tiene de raro que ejecutivos y periodistas de News International se sumaran a la fiesta? Se sentían tan seguros en su burbuja de impunidad que no sólo se olvidaron de la decencia sino de que existe el código penal.

Así, esa codicia del beneficio a costa de las peores fragilidades humanas, esa obsesión salvaje y sin escrúpulos metabolizada en el uso y abuso de cualquier medio para torcer la ley en su favor o ganar un titular de portada ha contaminado al periodismo justo en el momento de su mayor debilidad empresarial y económica –o quizás por eso. Han servido para deteriorar a los "robust tabloids", al periodismo… y a la gente. También fuera de Gran Bretaña.

Sobre la omertà, un botón de muestra: el titular de esta opinión publicada en el… Daily Mail: "Si Ed Miliband es tan héroe ¿por qué no frena la verdadera amenaza para nuestra sociedad: la BBC?"

Juntáronse el codicioso y el tramposo. Esto es lo que hay.

V. Yo no quiero ser como tú.
Ahora se viene en Gran Bretaña una investigación sobre las prácticas de la "prensa" de la que se seguirá nueva legislación. De nuevo se confunden cabras y cabrones bajo el mismo nombre y se considera "periodismo" todo lo que se imprime a diario. Como en el arranque de Silverado (cito de memoria):
—Empezamos mal, Latimer. Llega usted tarde.
—Empezamos mal, sí. Yo no me llamo Latimer.
De esta tenemos que aprender a llamar a las cosas por su nombre y a exigir a los políticos –que como clase tienen la cola de paja y son parte del problema– que no nos mezclen con los fulleros, tahúres y chantajistas que se hacen llamar periodistas para aprovecharse de la reputación –poca o mucha– de la profesión y vestir su mona de seda para enriquecerse a costa de la gente. Esos no son de los nuestros. En una de sus giras, Robe Iniesta, el cantante de Extremoduro, vestía una camiseta donde se leía: "Yo no quiero ser como tú". Eso.

VI. Legislen lo menos posible, please.
Una nota más, por si los señores comunes británicos tienen la tentación de aprovechar la futura regulación para arrearle una patada a los periodistas en el culo de los tabloides impostores:
Lawbreaking companies and marauding journalists are a fact of life: they should be punished. But […] the real abuse of power—and the real threat to democracy—comes when commercial interest becomes intertwined with the state. A noisy press, no matter how unpopular it seems at the moment, is the best protection against that.
¿No es este caso –pues es The Guardian, un diario, quien ha desencadenado esta catarsis– un ejemplo de lo que debería ser? Los periodistas británicos ya se han movilizado.

VII. Saldremos de ésta.
Siempre, siempre hay periodistas que deciden seguir siéndolo y cuyas virtudes profesionales –hay que tenerlas y bien puestas: el periodismo no es solo una técnica– vencen a su temor, a su cinismo o a su pereza. Vean acá cómo Alan Rusbridger, el director de The Guardian, explica a Howard Kurtz por qué y cómo decidieron seguir con el caso del espionaje telefónico contra todos y contra todo. Pueden leer aquí su propio recuento de cómo Nick Davies siguió el asunto hasta el final. Chapeau!