viernes, 3 de diciembre de 2010

Vale saber que mienten


Una nota en la página 2 de El Territorio dio lugar es este post. Y el post a la columna que publica hoy El Universo de Guayaquil. Un lector enojado me recuerda que ese material es robado. Y aunque no sé si la ha entendido yo le contesto que es como la ley del off the record. Si un funcionario o un político me dice off the record lo contrario de lo que me acaba de declarar oficialmente ¿qué es lo que vale? ¿la mentira oficial o la verdad robada? Yo no tengo dudas: Vale, sobre todo, saber que mienten.

Va el artículo con un pequeño agregado:

Julian Assange es Lisbeth Salander

Cuando Mario Vargas Llosa terminó de leer la trilogía Millenium de Stieg Larsson escribió que Lisbeth Salander, la anti heroína de la saga, una hacker esmirriada, híper tatuada, llena de piercing, es una persona real que debe existir en algún lugar del planeta. Una persona capaz de vengarse de empresarios inescrupulosos o de sus propios asesinos armada solo con una computadora.

Ahora pareciera que Lisbeth Salander es hombre, nació en Australia y se llama Julian Assange, el creador de WikiLeaks que ha revolucionado el mundo al dar a conocer cientos de miles de informes de la Secretaría de Estado norteamericana. Esos informes secretos no son más que los memos confidenciales que se intercambian entre las embajadas de los Estados Unidos en todo el mundo y la Secretaria de Estado (su ministerio de Relaciones Exteriores, a cargo ahora de Hillary Clinton). Contienen lo que todos sabíamos o por lo menos sospechábamos.

El trabajo de los diplomáticos desde la época de Metternich consiste en representar e informar (representing and reporting dicen los norteamericanos). Conversan en comidas, en cócteles, en reuniones, cuando juegan al golf o al bridge. Platican en bares y restaurantes, en palcos y oficinas, en actos solemnes y casuales. Charlan con presidentes, gobernadores, generales y ministros, también con otros embajadores… y todos saben que después de estas conversaciones, tertulias y charlas mandan informes más o menos jugosos a sus ministerios que servirán para establecer las políticas entre los países. Tanto lo saben que cuando charlan, platican y conversan lo hacen pensando en los memos ajenos. Algunas veces tratan de temas tan importantes como evitar o provocar una guerra y otras tan banales como una foto con Barak Obama a cambio de convencer a Evo Morales para que deje tranquila a la Exxon en Bolivia. Nada nuevo. Bueno: lo nuevo es que estas cosas no se decían en los diarios porque era imposible saberlo, por lo menos hasta que apareció Assange y la información sensible se filtró desde los sótanos de la Secretaría de Estado a los supermercados de la comunicación. Convengamos que era mucho más fácil mantener los secretos cuando todo eso eran papeles archivados. Pero ahora viene la pregunta:

¿Debe guardar secretos el poder?

La transparencia de los actos de gobierno es una de las bases del sistema republicano. El poder necesita del secreto cuando basa su estrategia en la mentira. Y usa la información para acrecentar su poder como los periodistas la usamos para controlar el poder del gobierno. Así funcionan los sistemas republicanos y democráticos y por eso en las dictaduras no hay periodistas ni periódicos. Y por eso cuando el poder tiene algo que esconder, persigue a los periodistas y a la prensa independiente.

Lo que ha hecho Julian Assange con WikiLeaks no es más que dar a conocer lo que hacen los políticos cuando hablan entre ellos y no cuando hablan para nosotros. Y eso es lo que tratamos de hacer los periodistas todo el tiempo: conocer las verdaderas intenciones de los que nos gobiernan, o de los que nos quieren gobernar, para limitar su poder. Porque no son secretos de estado: son secretos de poder y para mantener poder, funcionales muchas veces a la corrupción, la extorsión y los negocios turbios. Son un fraude al pueblo que los vota y paga sus impuestos.

Pero la novedad no es saberlo, es comprobarlo.

Por eso hay que aclarar a los preocupados por estas filtraciones que los Estados Unidos son un país relativamente ingenuo y puritano y que no andan averiguando mucho más de lo que quieren saber las madres sobre las compañías de sus hijos. Quizá a alguien le preocupe que los gringos quieran saber dónde estamos, a qué hora volvemos y con quién salimos. Yo creo que no es nada del otro mundo: el problema de nuestro doble discurso no es que lo sepan o no lo sepan los gringos o que se anuncie por la CNN. El problema, queridos gobernantes, es que ustedes digan una cosa y hagan otra. El problema no es que se sepa, es que es verdad.

No hay que echarle ahora la culpa a los diplomáticos norteamericanos de los desaguisados que hacemos en nuestras salidas nocturnas con los enemigos de nuestros amigos. La culpa no es de los que averiguan la verdad sino de los que no quieren que se sepa, como tampoco es culpa de los periodistas la corrupción que descubren en los gobernantes.

Bienvenido Julian Assange, al que ahora perseguirán como a Lisbeth Salander todos los servicios de inteligencia del mundo para proteger sus secretos y su negocio. Bienvenido WikiLeaks cuando descubre los crímenes de guerra de los Estados Unidos y cuando desbarata el doble discurso de los gobernantes. Bienvenidos todos a un mundo más transparente. Bienvenidas las tecnologías de libertad. Pero de verdad.


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Las fotos que ilustran este post son de Erich Salomon, quien retrató esos momentos en que embajadores y ministros cambian figuritas. En la de arriba captó el instante en que el ministro francés Aristide Briand lo descubre mimetizado entre entre los invitados a una recepción. En la conversación de abajo también aparece Briand a la derecha. Salomon sabía entrar a las recepciones como uno más, vestido de gala, y conseguía las fotos de las conversaciones en las que se cocinaba el futuro de Europa entre las dos guerras mundiales. Murió asesinado junto con su mujer y su hijo en Auschwitz en 1944.
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