sábado, 18 de diciembre de 2010

Una escena estremecedora

El jueves estuve con La Bestia... Si, el jueves cené con Héctor Magnetto en el NH City de Buenos Aires. También con Bartolomé Mitre, con Jorge Fontevecchia, con Carlos Pagni y Joaquín Morales Solá. Con senadores y diputados (todos opositores) y hasta me dio un beso Ricardo Alfonsín, a pesar de mi resistencia a besar a señores y mucho menos a los que no conozco. También cené con un buen puñado de amigos que sí conozco y cortan más el bacalao en el periodismo argentino que los nombrados. Es que tengo que decir que había otras 200 personas, más o menos, y que, lógicamente, no me tocó en la mesa de ninguno de los gerifaltes de la prensa argentina a pesar de representar a un diario bastante mayor de varios de los que sí se sentaron y se aprovechan todo lo que pueden de ese tráfico de influencia: lucran más en una mesa principal de ADEPA que con sus periódicos mortecinos.

Pero todo esto no es más que el anticipo de lo que sentí el jueves. Es que ocurrió algo estremecedor.

Casi no asistí a sus reuniones ni asambleas de ADEPA este año por falta de tiempo y porque los consejos mensuales me agarraron afuera del país. Pero la razón principal de mi ausencia fue la inutilidad absoluta de sus largas reuniones insustanciales.

El jueves extrañé la figura ubicua y mediocre del factótum de la institución durante los últimos años. El que repartía papelitos para digitar las votaciones cuando se elegían autoridades (una vergüenza entre pares). El mismo que en las últimas tres elecciones quedó afuera de la mesa chica de la institución, pero se le dio un cargo a dedo porque parecía imprescindible. En la última asamblea de la entidad quedó afuera, definitivamente. Y ya no volvió más. Y no pasó nada. Perdón, sí pasó: ADEPA dejó de ser rehén de su mediocridad y de la de sus mandantes.

ADEPA debe librarse de otro personaje nefasto, que debería estar en la cárcel y no en una mesa principal de la cena de fin de año. Ni ADEPA ni sus directivos pueden ser cómplices de esa situación. Y no digo más.

Lo que sí digo es que volvió el aire fresco a ADEPA. Y también la valentía que debe tener la institución que reúne a hombres y mujeres de corazón de fuego que escriben con sangre. Por fin empiezan a ganar los que no pactan con el poder. Esa noche Dessein entregó sendos reconocimientos por sus luchas en favor de la libertad de prensa a Bartolomé Mitre y Héctor Magnetto, mal que le pese al gobierno y a todos los que estábamos allí. Y nos gusten o no sus ideas ni sus modos, eso es lo que hizo ADEPA y lo que celebro. A pesar del estilo extorsivo de Clarín y de que ellos mismos hayan impulsado este reconocimiento (que no lo sé). Y a pesar de que Bartolomé Mitre no tiene más responsabilidades en La Nación que compartir el nombre y apellido con el de su antepasado fundador.

Daniel Dessein se animó y lo hizo. Y ojalá se acuerde un día de los que lucharon por esa libertad en el resto de los diarios de la Argentina, grandes y chicos, del interior y de Buenos Aires. De los que perdieron todo menos la dignidad por defender el sistema de libertades republicanas en contra de los intentos despóticos de los demócratas de hoy.

Pero esto no es lo que quería decir. Lo estremecedor fue el agradecimiento de Héctor Magnetto y de nuevo me saco el sombrero ante semejante actitud.


A los que no estamos acostumbrados a oírlo nos costaba entender lo que decía. Apenas la terminación de algunas de las palabras que salen de su cáncer de garganta. Pero no hacía falta entender nada: habló con una determinación y un valor sobrecogedores. Bartolomé Mitre tampoco tiene buena salud: se somete a varias diálisis semanales mientras espera el donante de un riñón en los Estados Unidos. Pero Magnetto es la diana del blanco de la furia del poder en la Argentina hace ya tres años. Y ahí estaba ¡Chapó!
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