lunes, 23 de enero de 2012

Las calles están llenas de canillitas


No sé cuándo fue que se acabaron los canillitas. Los de verdad, digo. Esos que voceaban los diarios en todas las esquinas, con títulos incluidos y siempre alguna mentirilla marquetinera. Yo los conocí y no soy tan viejo. Recuerdo los de la estación Retiro de Buenos Aires. Los que recorrían el tren suburbano. Los que se subían al estribo del colectivo y promocionaban sus diarios desde la puerta. Los que pasaban ya de noche por la vereda de mi casa anunciando los títulos principales de La Razón y Crónica. Los canillitas ahora son quiosqueros y no hay quien los mueva. En la Argentina no quieren vender diarios baratos y hacen fracasar cualquier proyecto que no le deje un margen abultado con poco trabajo. El sistema traba el progreso de los diarios e impide la relación comercial directa entre los editores y sus lectores; pero no es culpa exclusiva de ellos: fueron los mismos diarios los que los independizaron. Para colmo, están amparados por una ley que es discriminatoria y antirrepublicana: las paradas son jurisdicciones territoriales exclusivas que se heredan como si fueran condados y nadie que no sean ellos puede vender diarios y revistas. Pero no solo traba los negocios de los periódicos: también frena el progreso a ellos mismos ya que no existe competencia que los despierte.

Los diarios tienen que cambiar si quieren sobrevivir, pero también tienen que espabilar los distribuidores y permitir la salida de nuevos proyectos, distintos, que les permita subsistir y mejorar su propia calidad de vida. Y tienen que permitir la competencia en favor de ellos mismos, porque ya se sabe que donde no hay competencia, reina la incompetencia.

Resulta que no hay canillitas... pero hoy las esquinas, veredas y semáforos de todas las grandes ciudades del mundo están llenos de vendedores ambulantes, mesiteros, manteros, limpiadores de parabrisas, saltimbanquis... que venderían diarios encantados, con marketing incluido, para quedarse con la mitad del precio de cada ejemplar. ¿A qué esperamos?
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