miércoles, 1 de junio de 2011

Los pepinos españoles y el periodismo intoxicado

A ver si lo entiendo bien. La Cornelia Prüfer-Storcks que sitúa a los pepinos españoles en el origen de las 14 muertes atribuidas a una cepa de la bacteria E. coli merece el mismo crédito que la Cornelia Prüfer-Storcks que dice, seis días después, que la causa de las muertes no son los pepinos y mucho menos los españoles.

Afortunada es la senadora de sanidad de Hamburgo, que tiene tantísimo prestigio entre el periodismo pese a decir, en un asunto de vida o muerte, una cosa y su contraria con una semana de diferencia.
La suerte de ella, sin embargo, pudo ser la ruina para los productores españoles. Y también un clavo más en el ataúd de un cierto periodismo, ese que se pretende profesional porque sigue acrítica y mecánicamente unas reglas que en el fondo conducen a esto: noticia no es lo que pasa, sino lo que alguien dice que pasa (o no). Vea lo que ocurre en 24 horas:




Cuando Cornelia Prüfer-Storcks habló el pasado jueves ¿quién la cuestionó o cuestionó su información? ¿Quién le preguntó de dónde sale eso, si es definitivo, si hay precedentes? Nadie. (¡Aguafiestas! ¿Para Qué? ¡Tenemos Titular! ¡Lo Ha Dicho Ella!). Cuando se "hunde la exportación de la huerta española" y se recupera en menos de 24 horas… ¿ante qué tipo de fenómeno estamos? ¿Encuentros en la Sexta Fase? Veamos. En realidad ¿quién fue el responsable de "hundir la exportación de la huerta española"? ¿No será el que dio por cierta la pamema de los pepinos de Doña Cornelia? (¡Lo Ha Dicho Ella!). Esos titulares y esa actitud se parecen más a los del Bild que a los de la Allgemeine Zeitung de Frankfurt.

Hemos tenido que esperar seis días seis para leer la excelente pieza La bacteria de las hamburguesas, que en 570 palabras, algo más de un folio/carilla, informa de la imposibilidad de que los pepinos españoles causaran las muertes, desnuda la precipitación mentirosa de Doña Cornelia y evita pérdidas de entre 175 y 200 millones de euros semanales a la agricultura española. No insulta a la senadora, no la ridiculiza, no se envuelve en la bandera ni hace patriotismo tortillero ni aprovecha para cocear al Gobierno. Informa. En 570 palabras. Punto. ¿Eran necesarios seis días para llegar hasta aquí?

Claro que me he acordado de Doña Cornelia [tengo intereses en la exportación de fruta] pero sobre todo del periodismo [es lo único que me interesa].

No hay derecho.

También me ha venido a la cabeza una de las clases finales de Derecho de la Información. Era el último año de carrera. El magistral CS* se hizo venir bien una historieta con estrambote y moraleja a propósito de lo mal que se había informado de algún asunto que no consigo recordar y me da pereza averiguar. El trabajo periodístico, dijo, es muy parecido a la actividad forense. Un juez, prosiguió, no emite una sentencia donde da igual valor a los argumentos del fiscal y de la defensa o reconoce igualmente probados los hechos que uno y otra aportan a favor de su causa y/o su cliente. Un juez no abraza a la acusación y a la defensa y les susurra “es tu versión; te comprendo, colega”. Tampoco deja a la libre consideración del público el fallo sobre esos hechos contradictorios. No. El juez escucha a todos con cara de póker, se asegura de que los argumentos y testimonios sean pertinentes y hechos en condiciones y determina en su sentencia qué hechos son los correctos –o sea: están probados–, en qué tipo delictivo encajan, determina inequívocamente la culpabilidad o inocencia del acusado y fija una pena. Y hasta que no puede hacer todo eso no publica nada y solo abre la boca para asegurar el procedimiento.

Los periodistas no somos jueces –ni condenamos ni absolvemos, etcétera– pero debemos obrar con la misma actitud: verificar los hechos hasta probarlos, trabajar con imparcialidad, hacer público sólo lo que es correcto y cuando es seguro.

Quiá. Eso lleva mucho trabajo. Hemos sustituido la verificación de los hechos por la comprobación de que alguien más o menos aceptable ha dicho algo sobre ello. Si hoy la senadora Cornelia Prüfer-Storcks convoca una rueda de prensa para decir que las muertes se deben a un virus alienígena alojado en el testículo derecho de los elefantes del zoo de Hamburgo… ¡ya está! ¡Salvados! ¡Tenemos titular! (¡Lo Ha Dicho Ella!). Además, creemos la ficción de que no somos corresponsables de los desaguisados que ocasiona la publicación (porque… ¡Lo Ha Dicho Ella!)

Así que escuchamos a unos y a otros (“él ha dicho, aquel ha dicho, el otro ha dicho”), recogemos las circunstancias (“ayer”, “en esta ciudad”, “llovía”), y transcribimos todo eso más o menos ordenadamente y que la gente se las arregle como pueda. Ya está. Peor aún, muchas veces la falta de hechos correctos (comprobados y verificados) se sustituye con interpretación, de modo que se contrabandea la actualidad para que el público entienda lo que quiere uno, el jefe, el dueño, el amigo o el que mejor paga.

La consideración que merece un juez o un periodista corrupto o vendido es descriptible. De eso ya ni hablamos. Pero ¿qué pensaríamos de un juez que no emitiera fallo alguno porque atribuyera la misma calidad a todo lo expresado en la sala por acusación y defensa, se abstuviera de emitir un fallo y allá cada cual con su opinión? Imagíneselo: “a esa hora el acusado estaba en su casa según tal y también jugando al dominó en el bar según cual”. ¿No pensaríamos que es un vago o un loco? Y es seguro que no permanecería en la magistratura.

Sin embargo, los periodistas llamamos a eso “objetividad”. Ya. Uno no es necio –no tanto– y se da cuenta de que la objetividad es una curva asintótica. Nunca se llega, pero siempre hay que intentarlo. A veces es difícil llegar el primer día y ahí se debe reconocer que la condición continua del periodismo es una ayuda y no una dificultad. Todo eso lo dejó dicho el maestro Desantes.

Seamos, pues, serios: el sistema ¡Lo Ha Dicho Ella! es uno de los peores modos de llegar a la objetividad que existen. Es una falta de juicio colosal. Uno prefiere el método La Bacteria De Las Hamburguesas que consiste, básicamente, en trabajar con sentido común y profesional.

Alguno pensará que este comportamiento de los medios es muy excepcional. Que es raro que la velocidad y la sensación atropellen a la corrección, a la prueba. No crea. Fíjese en este titular, de esta misma semana:


Claro que lo ha sido. Pero… ¡Lo Ha Dicho Él! ¿Es ese señor la mejor y única fuente acerca de su nombramiento como candidato de un partido a la presidencia del Gobierno? ¿Qué quieren que diga? ¿Que se come crudos con patatas a los rivales?

Lo mismo ocurre con toda la camama del #15M, #spanishrevolution, #acampadasol, #acampadabcn y etcétera.

Otro caso interesantísimo es el de los "comités de la muerte", expresión con que Sarah Palin resumió en su Facebook la reforma sanitaria promovida por Barack Obama. La ex gobernadora aludía a que unos comités del Gobierno decidirían quién recibía o no tratamiento con cargo a la seguridad social. Era mentira, claro, y se comprobó en un pispás, pero un montón de norteamericanos aún cree que los "comités de la muerte" existen gracias al mecanismo del ¡Lo Ha Dicho Ella!

En fin. Sé que soy un poco injusto. Quizá un poco menos que la gente, que se da perfecta cuenta de todo esto. La gente no es burra –no más que los periodistas– y está dejando de consumir este sucedáneo de periodismo. Lo malo es que muchos periodistas y empresarios de la información no se quieren enterar. Nos estamos matando con nuestro propio veneno.

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Aquí, aquí y aquí les dejo unas frases inmortales que vienen al caso.
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