viernes, 4 de febrero de 2011

A favor, en defensa y por las Facultades de Periodismo



Vuelve a sonar la musiquita de que en las Facultades no se enseña Periodismo, que es un oficio que se aprende en la calle, que el reporterismo es la vida vivida… Etcétera.

A uno toda esta retórica le parece una bobada disculpable: solo hablan así quienes nunca pasaron por una Facultad competente o aquellos que no supieron luego crecer profesionalmente y buscan en los profes su chivo expiatorio.

No conozco ningún profe sensato que pretenda enseñar Periodismo sino formar cabezas críticas, independientes, capaces de defender su criterio, libres y amantes de la libertad, apasionadas. Para eso sirve pasarse tres o cinco años leyendo, rumiando y discutiendo, preguntando y respondiendo, saliendo y entrando, escribiendo y corrigiendo… Todavía hoy cuesta aceptarlo pero… digámoslo: todo eso incluye Epistemología y Opinión Pública, ambas de Tercero.

Que a algunos grandes de la cosa les fuera mal con los exámenes y trabajos no habla mal ni de ellos ni de su Facultad sino… de los exámenes y los trabajos.

Luego cada cual labra su propia profesión y hace que todo eso crezca o desaparezca, mejore o empeore, gane o pierda, fluya o se estanque. Queda explicadísimo en esta entrada catedral de RL* en su blog En la boca del lobo:
Un periodista es […] una suma de capas de cebolla. Cada libro leído, cada película, cada buen jefe, cada viaje, cada reportaje, cada persona que habla… Las capas y la experiencia producen periodistas que saben contar lo que ven y escuchan con bastante precisión dentro de un contexto político e histórico. Las capas de la cebolla son como los médicos, no se improvisan. Necesitan de 25 años para madurar.
Parece poco sensato criticar que un periodista pase tres o cuatro de esos 25 años en un campus universitario competente. Más si vincula ese tiempo a su futura profesión. Seguro que esa temporada le ayuda a digerir mejor los siguientes veinte.

Claro, siempre hay excepciones… que no son la regla.

El bulbo de mi cebolla lo plantaron en Pamplona y allá lo cuidaron durante cinco años. Las capas vinieron luego, en sucesivos trasplantes. Pero tenían donde agarrarse y crecer.

Mi Facultad. Qué suerte tuve.
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