martes, 1 de mayo de 2012

Todo conspiraba contra el periodismo

J* me hizo llegar el otro día este fragmento de una página de La Vanguardia de la que no he logrado averiguar la fecha. Debe ser de la primera mitad de los años 70. Léalo:


Parece la crónica acerca de alguna actividad terrorista: algún atentado, efectivo o frustrado, la detención de algún terrorista… No sé. Lo que sea no importa para este comentario.

J* es joven y se tomaba la cosa más bien a broma. ¿Cómo publican algo y luego dicen que no pueden confirmarlo?, era su punto. Lógico. Pero no tenía razón. La sección de "España" de La Vanguardia hacía lo que casi todas sus homólogas en los diarios de ese tiempo: cortar y pegar teletipo, los cables procedentes en su mayor parte de las agencias estatales (Efe, Cifra…), cuya información política era la que querían el gobierno, las instituciones y los jerarcas y beneficiados de la dictadura. No había mucho qué hacer. En primer lugar porque no estaba bien visto llamar a nadie para comprobar nada: usted publica lo que le decimos y punto. En segundo lugar porque el periodismo en esa época era un pluriempleo que empezaba a las seis, siete de la tarde. No había tiempo para elaborar nada propio. Solo para ordenar el teletipo, cortarlo y pegarlo sobre las hojas de pauta. En tercer lugar, la empresa editora no quería problemas. Había que pasar por la censura previa y no era plan arriesgarse con los comisarios políticos del régimen.

Todo conspiraba contra el periodismo.

De vez en cuando, algún redactor más bravo, más inconsciente o más ingenuo hacía algunas llamadas. El resultado de todo eso, si era procedente, se editaba como una N[ota] de la R[edacción] al final del teletipo. No había tiempo para "editar" los cables de arriba abajo como puede hacerse ahora con el ordenador, etc. La N. de la R. podía ser cualquier cosa: un desmentido de lo que venía arriba, un refuerzo, una precisión… Porque el teletipo apenas se podía tocar. Era como corregir al ministro, al director general, al general. Nadie hace eso en una dictadura. Algunos redactores más hábiles transformaban sus N. de la R. en aguijonazos, que permitían leer entre líneas y cambiar el sentido del teletipo.

Recuerdo que M*, ya retirado, me contó hace años que él se había ganado la corresponsalía en tal capital europea porque escribía muchas N. de la R. Eso fue lo que más valoraron para promoverle.

Mientras en España ocurría todo eso, en Washington DC, Woodward y Bernstein hurgaban aquí y allá, incansables, alentados por la dueña, el director y todos los jefes de su diario. Investigaban Watergate y su trabajo sirvió para hacer dimitir al Presidente de los EEUU dos años antes del fin de su mandato.

Hemos avanzado muchísimo. O no.
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