miércoles, 23 de mayo de 2012

Ser engañado o dejarse engañar

Intentaré explicarme para la mitad de lectores de Esta Casa que no vive en España. El resto, paciencia y corríjanme en los comentarios.

Esperanza Aguirre y Gil de Biedma, Condesa de Murillo, es la presidenta de la región de Madrid. Es un personaje, una celebridad. La "lideresa". Es castiza, es extrovertida, es maniobrera y peleadora, es Grande de España. Trató de quitar a Mariano Rajoy (el hoy presidente del Gobierno) de en medio en su mismo partido, le apoya la derecha mediática madrileña, es mujer-mujer, dice que es liberal… En fin. Algo tendrá que gana casi siempre por mayoría absoluta. Ocurre que ahora se ha metido en un lío. Ocultó que el déficit de su gobierno era el doble del anunciado y, además, hubo que nacionalizar un banco que era uno de los patios de recreo de la presidenta y de su partido y por el que los españoles deberán aportar 7.000 millones de euros en plena crisis. La gente, desde los grandes burócratas de Bruselas hasta los vecinos de Alcorcón, están enfadados con la lideresa. Muy enfadados.

Para desviar la atención, Doña Esperanza ha pulsado el botón "España-Está-En-Peligro", que siempre funciona: ha pedido que la final de la Copa de Su Majestad el Rey de Fútbol se juege a puerta cerrada y fuera de Madrid. Ese partido enfrentará al Futbol Club Barcelona y al Athletic de Bilbao en el estadio Vicente Calderón de Madrid. En la última final entre ambos –un clásico del torneo– sus aficiones (unas 50.000 almas) ofrecieron al Rey una sonora pitada, que prosiguió durante la interpretación del himno español. Claro, los españoles se irritaron muchísimo. Normal. La mayoría no logra entender que alguien pueda rechazar ser español y algunos, que piensan más o menos lo mismo pero son más educados, creen que es una descortesía silbar contra un himno. Muy pocos se plantean si los que silban tienen algún motivo razonable para hacerlo. ¿Cómo iban a tenerlo? Todo el mundo sabe que la gente silba los himnos porque no tiene nada mejor que hacer y para fastidiar al prójimo, sobre todo si es español.

La razón de la propuesta es que todo eso ocurrirá de nuevo y que es un delito injuriar al himno, según la presidenta. En plan Minority Report.

No, no le miento. Sí, a mí también me parece difícil de entender.

Bien. Hay que decir que Doña Esperanza la conseguido bastante su objetivo, sobre todo porque los medios que la cortejan están muy dispuestos a echar tierra encima del déficit y de la nacionalización forzada del dichoso banco. Ayer y hoy no se habla de otra cosa. Estas son las portadas más interesantes sobre el asunto, con el diario deportivo El 9 de nuevo en cabeza:


La máscara teatral con el tachón rojo sobre la boca nació en Barcelona en los años 70 para protestar contra la condena de una compañía teatral por motivos políticos. Desde entonces se usa como icono de la libertad de expresión. Todo el mundo lo conoce. A uno le parece que le sobra el silbato, que la hace demasiado evidente. Bastaban las pinturas en las mejillas con los colores del FC Barcelona (azul y grana) y del Athletic de Bilbao (rojo y blanco).

Doña Esperanza ha hecho el milagro de que Mundo Deportivo haga una portada con gracia:


Y luego vienen las clásicas donde se usa como titular algún concepto relacionado con los lances negativos/punitivos del fútbol. No está mal pero está recontra-visto:


Habrá advertido en las portadas/tapas que ayer hubo una huelga de todo el sector educativo en Catalunya contra los recortes presupuestarios. No fue un gran éxito pero es un asunto infinitamente superior al de la final de Copa. Digo. Aquello de lo importante y lo interesante, etcétera. Algunos diarios, incluidos los dos de arriba, lo entiendieron bien y otros no tanto:



Dicho de otro modo, algunos se dejaron embobar con la cortina de humo de la presidenta y otros no. Como uno no cree que una maniobra tan burda engañe a ningún periodista competente –y hablamos de eso– no le queda otra que pensar que si optaron por darle tanto relieve al disimulo de la lideresa… por algo será. Todavía hay diferencia entre ser engañado y dejarse engañar. Ya sabe: sarna con gusto no pica.
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