domingo, 3 de junio de 2007

Un eclipse de la libertad

Estaba escrito: Venezuela marcha hacia una dictadura civil. El cierre de RCTV era la señal que faltaba y se confirma que es el tiempo de las tiranías de camisa y pantalón: su poder es el billete y su arma la verborragia. Si nos descuidamos asolarán el continente como otrora los gobiernos militares.

Tengo hace años en mi biblioteca un facsímile del Diario Curioso, Erudito y Comercial, Público y Económico editado en Madrid en 1758. Es el primer periódico diario en castellano, según afirman los entendidos. Salió a la calle “con privilegio del Rey N. S. y todas las licencias necesarias”. Fue el ilustre alcañizano Francisco Mariano Cagigal quien solicitó el privilegio real para su impresión a Fernando VI. Porque privilegio del Rey necesitaban todos los libros y periódicos que se imprimían, hasta que nació la libertad de prensa en años de las revoluciones americana y francesa. La primera enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, que establece la libertad de expresión y de prensa, es de 1791.

La televisión nació hace mucho menos tiempo, pero tampoco eran épocas buenas para la libertad en gran parte del planeta. Los gobiernos autoritarios siempre quisieron controlar el aire por el que se transmiten las ondas que llevan los mensajes a la opinión pública. El aire es uno, mientras que los cables son infinitos, dice Nicholas Negroponte, con sonrisa de paradoja, para explicar por qué se complican tanto los contenidos cuando van por el éter. Por ser uno, siempre será más fácil de controlar. En cambio, en los muros de cemento o las cortinas de acero donde una puerta se cierra otra se abre.

Parece loco, pero una buena cuarta parte de los habitantes del mundo no tienen acceso libre a los contenidos de internet. Todavía se puede controlar, pero, como ocurrió con los diarios, o con las ondas que cruzaron el telón de acero sin pedir permiso en el check-point Charlie, habrá un día en que sacarle la licencia a un canal de televisión será como impedirle a García Márquez publicar Cien años de soledad. Vivía en Bruselas cuando el telón de acero comenzó a agujerearse como un colador. Los eslavos y sajones del Este se pasaban como hormigas, con lo puesto, por los resquicios que se abrían en la frontera. Se subían a los trenes y allí donde los atrapaban sin boleto, se instalaban. La libertad es como una masa gelatinosa, cuando se la aprieta por un lado se escurre por el otro: hasta los presos más peligrosos se escapaban de Alcatraz. Para colmo es tan fuerte nuestro apego a la libertad, que los americanos del sur hemos preferido siempre morir con honor antes que vivir sin libertad.

Acostumbrados al chantaje y la extorsión, muchos gobiernos tentados de autoritarios de nuestra América han equiparado a la prensa con la oposición. En lugar de oír sus críticas con atención, las rechazan con recelo. Como los profetas de otros tiempos, la prensa sufre la persecución de los poderosos que no pueden dejar de entender sus mensajes en clave política. Piensan que todos son como ellos y por eso creen que hacen lo que ellos hubieran hecho. Cierta prensa tiene parte de la culpa por prestarse a la extorsión de la billetera y meterse en el juego de la mentira.

La conducta del gobierno de Caracas es legal: venció una concesión y no se renueva. Está en su derecho, aunque no sea justo. No importa ya quien es más golpista: RCTV o Hugo Chávez. Lo que importa es que en Venezuela se calló una voz independiente porque le molestaba al Gobierno. Pero importa más todavía que una dictadura civil se imponga en el continente a la vista atónita y muda del resto de los sudamericanos.

Dos fuerzas conviven en el hombre: el ansia eterna de libertad y la pasión por sojuzgar al vecino. Entre una y otra nos debatimos en todos los continentes. Las dictaduras se recrean y procrean, pero también se agrietan. Al final duran un suspiro. Lo que ocurre hoy en Venezuela es apenas un eclipse en la historia de la libertad. En menos que canta un gallo el sol comenzará a asomarse del otro lado de la luna. Mientras estamos a oscuras, deberían aprender los gobernantes sudamericanos a oír los mensajes proféticos de la prensa libre: vive del amor del pueblo y no del favor de los poderosos.

Publicado en El Universo de Guayaquil el viernes pasado (1 de junio)
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