sábado, 13 de octubre de 2007

La metáfora de la orquesta

Fue durante la primavera boreal del año 1996. Recorría los Estados Unidos en busca de fórmulas de periodismo local por encargo de la consultora Innovation. Empecé en Los Ángeles y terminé en Washington después de hacer un arco completo. Conocí entonces cómo ahogaban los diarios de los suburbios a los grandes diarios del centro de la ciudad. Era el caso del Times de Los Ángeles, del Chronicle y el Examiner de San Francisco y del Tribune en Chicago. Visité también los diarios de Minneapolis y St. Paul, en Minnesota y otros tantos de unas cuantas ciudades grandes y medianas de los Estados Unidos.

A todos los que entrevisté les preguntaba con qué metáfora representarían la redacción de su diario. Cuando no se les ocurría rápido, los ayudaba: un ejército, un barco o una orquesta. En la Argentina casi todos en esa época contestaban que su redacción era un ejército: todavía existe un escalafón parecido a esa organización piramidal, en racimo, como el prosecretario de redacción que suena a vicealmirante de corbeta. El barco, en cambio es la organización que depende de un puente: el puente llega a todos y a todos manda. Sólo en el Chicago Tribune me hablaron de la orquesta. Fue Tony Majeri, un tipo increíble que entonces comandaba una oficina de nuevos proyectos: Innovation Team se llamaba su equipo.

La orquesta es la metáfora perfecta para una redacción. Desde entonces la he usado muchas veces y no falla nunca. Hasta mandé poner un podio de director de orquesta, con su barandita, en el puesto de mando de la redacción de El Territorio. Allí, sobre la tarima y a la vista de todos, trabajaban los jefes de redacción. Después alguien retiró esa tarima por esas manías igualitarias o por arrasar con mi pasado (pero igual volví).

Una redacción es un conjunto de virtuosos, cada uno de su intrumento. El Redactor Jefe debe dirigirlos como un director de orquesta: debe conseguir que toquen una sinfonía. Ninguno de los músicos tiene capacidad para dirigir y el director sería un desastre como solista. Cada uno en lo suyo. Pero no es igual una sinfonía si la dirige Herbert von Karayan o Zubin Metha, aunque los músicos sean los mismos. El director no enseña cómo tocar el violín o la flauta: lo que debe conseguir es que toquen con armonía.