viernes, 31 de marzo de 2006
La verdad de los periodistas
No se quién dijo que los periodistas escriben el primer borrador de la historia. Me lo imagino en un escrito al que se le notan todavía las dudas: tachaduras, correcciones y anotaciones al margen. Un diario es la mediación por excelencia entre la lengua hablada y la escrita, en feliz expresión de Horacio Reggini. Son los periodistas los que escriben por primera vez las ideas, conceptos y frases que terminarán en los libros, el bronce o la basura.
En ese ambiente todavía palpitante del parto intelectual se mueven los periodistas. Su ocupación no es la de escribir biblias ni enciclopedias, aunque deban conocerlas. Tampoco deben arrogarse el papel de organizadores de ninguna sociedad. Su misión es mostrar lo que pasa, analizarlo y también opinar si fuera el caso. Y para hacerlo tienen un sólo camino: acercarse a la realidad todo lo posible. Por eso sólo es buen periodista el contemplativo, que se sabe callar para oir a los verdaderos protagonistas de los acontecimientos, que no siempre son personas de carne y hueso.
Ni jueces, ni científicos, ni sacerdotes
Muchas veces la profesión de los periodistas se ha descripto como una búsqueda constante de la verdad. Los jueces y los científicos tienen la misma tarea. Pero el modo de buscarla es muy diferente, y la responsabilidad también. Ellos se ajustan a unas reglas y un tiempo que no tienen los periodistas. Las religiones también buscan La Verdad, con mayúculas y artículo determinado, que se identifica con Dios y su relación con lo creado. Los periodistas buscan la verdad indeterminada y borrosa de todos los días, la que está escondida detrás de cada puerta y al final de un simple vaso de agua. Los artistas buscan también la verdad, tanto que muchas quedarían sin expresarse si no fueran plasmadas en la plástica, la literatura, la música o las artes escénicas. La verdad de los periodistas es más parecida a la de los artistas. Los sabios de las ciencias, de las religiones y de la justicia deben acercarse a la realidad para concer la verdad, como los artistas y los periodistas. Pero los periodistas y los artistas se parecen porque conocerán mejor la realidad y sabrán plasmarla en una obra verdadera si la aman. Esta condición es la que hace apasionante, pero también arriesgada, la profesión de los periodistas, que para dar testimonio cabal de lo que está pasando deben involucrarse con la realidad, manchándose con su mugre, sufriendo son su enfermedad, pringándose con su sangre, compadeciéndose de su miseria, riendo con su alegría, llorando con su dolor, celebrando sus triunfos y gozando con su felicidad.
Pactos de lectura
Dos modos clásicos, y ninguno más, tienen los periodistas para hacerlo en sus medios: la información y la opinión. La información es sagrada, y las opiniones son libres, decía el lema del The Guardian de Manchester hace muchas años, antes de instalarse en Londres. Por eso los periodistas saben que cuando informan, deben atenerse a los hechos, sin emitir juicio de valor alguno sobre lo que relatan o describen. La noticia, el reportaje, la crónica y la entrevista son los géneros informativos clásicos, a los que hoy se ha unido el análisis. Los géneros de opinión son la crítica, el comentario, el editorial y la columna. Probablemente haya más, y probablemente también cualquier otro género pueda integrar una de estas categorías. Pero lo importante de los géneros es que establecen un pacto de lectura entre el medio y el público. Un medio o un periodista defraudan a su público cuando opinan en lugar de informar, cuando disfrazan de análisis una crítica, o cuando manipulan con mala fe la información a favor de uno u otro protagonista y siempre en contra de su público.
Pero peor engaño es disfrazar como información a la publicidad. Aunque siempre la publicidad contenga verdades, es evidente que se trata de persuación y no de información, por eso la publicidad paga por ocupar un lugar con sus mensajes al público, y por eso los medios confiables y creíbles tienen reglas muy claras para la contratación de espacios publicitarios, entre ellas está siempre latente la imperiosa ley que pretende no engañar a su audiencia. Cuando un diario, una estación de radio o un canal de televisión, disfrazan de información su publicidad o su opinión, están dilapidando la credibilidad, que es un capital mucho mayor que el que pueden conseguir con el dinero de los anunciantes o los favorecidos por su criterio.
Los diarios y la monarquía
La propiedad familiar de los medios de comunicación ha sido siempre garantía de credibilidad, precisamente porque los dueños entendieron que ese capital imposible de medir, era la mejor herencia de podían legar a sus sucesores. En este sentido podría decirse que la monarquía es buena para los medios, ya que cumple el mismo papel que en los estados modernos. La familia propietaria, establecida en una región o en un país, daba garantía de credibilidad y de continuidad, y por tanto de salud económica a los medios. La globalización y el vértigo de los negocios de comunicación, en cambio han anclado la credibilidad en la empresa propietaria y en sus fines. Cuando el fin es ganar dinero a corto plazo, la credibilidad se pierde inexorablemente, como el dinero en un casino.
martes, 28 de febrero de 2006
Los periodistas son artistas
Se llamó Nuevo Periodismo y Periodismo con Futuro esta presentación de 1993 en el auditorio del Museo de las Telecomunicaciones (en el antiguo Munich de la Costanera Sur de Buenos Aires) Lo que empezó con esa conferencia terminó convirtiéndose en el libro Periodismo con pasión que se publicó en 1996. Va el resumen que entregué a los que asistieron a aquella reunión.
Nuevo Periodismo y Periodismo con Futuro
El nuevo periodismo es una quimera que nunca se alcanza. Siempre el periodismo es nuevo. Es como el ave Fénix, o mejor, como esos packagings de productos en los que aparece la misma imagen, una y otra vez, hasta el infinito. Los periodistas nos referimos a veces al nuevo periodismo en sentido amplio, como periodismo actual, contemporáneo; y también nos referimos con esas palabras a la corriente que se ha llamado Nuevo Periodismo (ahora con mayúsculas), y que ya está un poquito vieja, como le pasó también a la Edad Moderna. El nombre Nuevo para una corriente, como Moderna para una era de la historia, terminarán tarde o temprano siendo equívocos pase lo que pase.
Los cambios tecnológicos y sociales que se están produciendo en nuestro mundo actual están provocando una revolución en los medios y en las audiencias tan profunda o más que la que tuvo lugar con la invención a fines del siglo pasado de la linotipo y la rotativa; en el siglo XV, de la imprenta de tipos móviles; o de las escrituras fonéticas unos 2.000 años antes de Cristo. Por esta razón parece más acertado —más que hablar de nuevo periodismo— referirnos a la muerte definitiva del viejo periodismo.
¿Y cuál era el viejo periodismo?, si es que hay viejo periodismo, ya que con ese concepto tan genérico de nuevo periodismo del que hablamos, también podemos decir que viejo periodismo sería periodismo de ayer nomás. El viejo periodismo es en gran medida el periodismo actual, de ahora mismo. El viejo periodismo es el periodismo fundado en el no tan antiguo principio establecido por el Guardian de Manchester en 1926, el periodismo de los hechos sagrados y las opiniones libres.
Ante este clisé reaccionó la corriente (ahora sí) del Nuevo Periodismo, el Nuevo Periodismo de Tom Wolffe y Truman Capote, el Nuevo Periodismo de los géneros de ficción en temas de no ficción. En el fondo los fundadores y cultores del Nuevo Periodismo vinieron a decirnos que con eso de las opiniones libres y los hechos sagrados, estábamos engañando a nuestro público. La alternativa era clara: opinar o ser robots. Así que no hagamos tanto aspaviento con eso de las opiniones y los hechos, y mezclemos de una vez por todas los géneros de opinión con los de información.
Nació así el periodismo del show, don’t tell. El periodismo que no cuenta historias interminables sin un solo adjetivo, el periodismo de las emociones, de las firmas. El Nuevo Periodismo nos dijo con bastante claridad —también con una gran dosis de desenfado— que ni los hechos son tan sagrados, ni las opiniones son tan libres.
Podríamos enunciar este peculiar principio algo más académicamente sosteniendo que el relato de los hechos es siempre libre porque es una nueva realidad, y no la realidad misma. A su vez, las opiniones, como relato y como la misma realidad relatada, también son libres, pero con una libertad relativa, muchas veces atada a los gustos del director del medio, o del gobernador de la provincia...
Por todo esto, el principio que parece mandar hoy en las redacciones es el que impuso otro inglés, esta vez contemporáneo. Andrew Mango sostiene con total desparpajo un criterio mucho más económico que el de su colega Scott, del Manchester Guardian: los hechos son caros, las opiniones, baratas.
Ha llegado finalmente la hora de confesar la verdad mal que le pese a los directores y editores de medios: el viejo periodismo es barato, mientras que el nuevo, el del futuro, es caro. Aquí van algunos argumentos. Estoy seguro de que puedan ser muchas más, y que cualquiera de los lectores agregaría razones con fundamento suficiente para integrar la lista.
El periodismo con futuro es …
…periodismo de alambique, como le gusta decir a Juan Antonio Giner. Periodismo destilado, de alto octanaje. Periodismo sin palabrería inútil, periodismo que va a las esencias de las cosas y de los hechos. Periodismo sin opiniones estériles y sin protagonismos baratos. Los medios deben convertirse en destilerías de información para dar a su público lo que realmente importa. Ya no hay espacio en los diarios, y cada día habrá menos. No hay tiempo, no tiene tiempo el público ni lo tenemos nosotros, para aburrirlos con futilidades.
…periodismo justo, que no tiene los ojos vendados porque no estamos jugando al gallito ciego. Solemos olvidarnos que es la ley la que tiene los ojos tapados, la justicia los tiene bien abiertos, para dar a cada uno lo suyo. Las tecnologías están consiguiendo que las audiencias se personalicen y que podamos ser verdaderamente justos. Se ha terminado definitivamente las masas, ya no hablemos de masas. La sigla PC que hace tan poco quería decir Partido Comunista, ya sólo significa computadora personal, y de la mano de las PC estamos entrando en un periodismo de personas. En la publicidad directa, en los blancos precisos. Ya no es necesario dar toda la información a todos, se puede dar a cada uno lo que cada uno quiere.
…periodismo servicial, que preste servicios y que se pone al servicio de sus audiencias. Servicios que se traducen en publicar en el diario un programa de televisión real, en el que aparezce lo que se emite hoy por mi aparato de televisión y no en el del vecino. Obituarios en los que aparecen los muertos de hoy y no los de ayer. Datos siempre actuales, para un momento y un lugar determinados. Pronósticos meteorológicos acertados, que diga a que hora va a llover y a qué hora parará. Farmacias de turno que están abiertas. Publicidad que informa, porque pretende prestar un servicio real a sus clientes, como en el caso de El Norte de Monterrey, que descuenta el 20% a los anunciantes cuando su publicidad contiene información.
Servicio a los anunciantes también: Si hoy podemos elegir el asiento en un avión muchos días antes de viajar, cómo no podríamos poner un anuncio en un lugar preciso del diario o de la revista, en el tiempo exacto de las emisiones de radio o televisión. Porqué no podemos todavía acceder sólo a los avisos clasificados que nos interesan, por línea telefónica. Si queremos alquilar un departamento en un barrio determinado, porqué tenemos que comprar toda la publicidad sobre departamentos que no queremos, motonáutica, autos usados, ropa de ocasión, abogados picapleitos, restaurantes con odaliscas ...
…periodismo bien pagado, muy bien pagado. Y que tiemblen los dueños de los medios, hasta que caigan en la cuenta de que sólo pagando bien a la gente que merece ser bien pagada, mejorarán sus prestaciones y la ética de sus informaciones, y conseguirán ganar mucho más dinero del que ahora ganan, o quizá descubran por fin que es el único modo de ganarlo honestamente. En los medios haca falta mente-factura. Trabajo de las cabezas, mentes pensantes. Falta software y sobra hardware. Las tecnologías nos permiten tantas cosas, pero más nos permite la gente que piensa, y para pensar hay que comer.
…periodismo creativo, que aprovecha tecnologías hasta sacarles todo el provecho de que son capaces. Esas tecnologías que permiten hoy más que nunca desarrollar la creatividad de los informadores. No nos engañemos: los grandes diarios norteamericanos se están muriendo por falta de creatividad y no por otra cosa. Los diarios y las revistas, y muchos programas de radio y de televisión aburren y deprimen a sus audiencias hasta el agotamiento.
Falta creatividad hasta en el mismo uso de las nuevas tecnologías. Tanto que los medios gráficos siguen y seguirán imprimiendo y transportando papel como si ése fuera su negocio. Y el negocio de los medios es la información. Hoy todos los medios son multimedios, y en poco tiempo más todos serán hipermedios. Hay que preparase para estas realidades, y esto también es caro. Las tecnologías están ya disponibles para los periodistas innovadores. Los que se animen, ganarán la carrera.
…periodismo joven, que sea capaz de organizar medios y de elaborar mensajes para la gente de su edad. dejemos ya de hablar de la juventud (nada molesta más a la gente joven que ser llamados jóvenes). Basta de contratar a viejos que escriben para chicos, como esos padres bobos que hablan a sus hijos como si ellos mismos estuvieran aprendiendo a hablar: “—mirá ese babau”.
…periodismo para mujeres y varones inteligentes ejercido por mujeres y varones inteligentes. No periodismo de segunda para mujeres hecho por hombres de tercera en los rincones de las redacciones, donde se editan suplementos para mujeres como si fueran subnormales: cocina, cosmética, modas... mientras el hombre de la casa lee lo realmente importante en el cuerpo principal del periódico.
…periodismo que comunica, porque si no comunicamos no hay modo de informar. Y los que comunican son personas, por eso los periodistas con futuro son los que comunican, por que tienen ese don natural o por que aprenden a fuerza de entusiasmo. Entusiasmo es lo que parece faltar en tantas redacciones y estudios. Entusiasmo para comunicar. El periodismo con futuro atiende siempre el teléfono, no se queda con gran parte de la información, es capaz de conseguir todo lo que necesita, abre las puertas que se cierran y se da todo en su profesión.
…periodismo sin carnet, porque los periodistas no somos policías, ni detectives, ni delincuentes. Los periodistas con futuro son más caros porque pagan —ellos o sus medios— las entradas, pagan las comidas, pagan sus trajes, pagan la decoración de su estudio de televisión, pagan su teléfono celular, pagan sus pasajes, pagan su auto... y no reciben regalos de nadie, porque los periodistas con futuro son periodistas independientes, con todas las letras de la palabra.
…periodismo sin toga, porque usan toga las profesiones que rinden sólo cuenta a Dios de sus actos: los sacerdotes, los jueces y los académicos. Los periodistas con futuro no son sacerdotes de ninguna religión que sostienen sus dichos como si fueran dogmas, o doctrinas inalterables. Ni son jueces, que sentencian al público a oírlos impávidos, o a los protagonistas de sus historias como si fueran los peores asesinos. Tampoco son investigadores científicos, que necesitan saber por obligación hasta el último detalle de un fenómeno determinado.
La verdad del periodismo del futuro es la verdad de la gente de la calle, la verdad de las audiencias, pero la verdad verdadera. Mientras que el viejo periodismo, el periodismo de precisión, el de los hechos sagrados, es el que informa lo que dice un gobernador antes de ponerse a averiguar si es verdad o no.
…periodismo respetuoso. Porque respetar a los demás está antes que opinar o informar en el periodismo del futuro. Además de compadecernos del público y de los protagonistas de las informaciones, deberemos respetarlos. Respetar su idiosincracia, sus costumbres y su idioma. Respetar sus creencias y defender su libertad. No los respetamos cuando decimos que estamos informando sacralmente sobre hechos mientras opinamos con nuestros gestos, con nuestros títulos, con nuestra risa o con nuestro llanto, con el lugar que le damos a la información, o con el silencio. El periodismo del futuro no tiene gestos, ni jadeos, ni sonrisitas cómplices, no mira de reojo, no baja la mirada jamás, porque no tiene nada que esconder.
…periodismo con pasión. Este es el más importante legado del Nuevo Periodismo. El periodismo de precisión, el de los hechos sagrados, está muerto. La precisión es para los relojes de cuarzo. Los periodistas apasionados son capaces de compadecerse de sus semejantes, de tratar de comprenderlos y de comprometerse con sus problemas, sus angustias, sus anhelos y sus alegrías. Deben querer a las personas y a las cosas. En una palabra, tienen que acercarse a la realidad con amor porque sólo se conoce realmente lo que se ama. Con un amor parecido a aquel con el que se acerca un artista, y no hay artista que mienta cuando plasma lo que siente. Los periodistas que ejercen con pasión su profesión miden la realidad con una la regla lésbica y no con un microscopio electrónico. En periodismo, la precisión es la marca de la arrogancia.
miércoles, 20 de febrero de 2013
Los periodistas son artistas (2)
Les paso este diálogo entre Luis Majul y Jorge Lanata. Está en las páginas 386 y 387 de Lanata.
-¿Y vos te considerás un artista? preguntó Majul.
-Sí. Contestó Lanata después de pensarlo unos segundos.
-¿Sí?
-Aunque todavía no sé explicar muy bien por qué.
-Tenemos tiempo.
-Creo que porque casi todas las cosas que hago tienen una carga subjetiva muy grande. Una energía que excede la profesión. Página 12 no fue cualquier diario. Día D no fue como cualquier programa de TV. Periodismo para todos, tampoco. Ahí está la diferencia.
-¿Qué diferencia?
-La diferencia que le pongo a cada una de las cosas que hago. Pero no es algo que busco. Tiene más que ver con el dejarme fluir que con los datos que manejo. Además, creo que lo que nosotros hacemos, en este tiempo y en este lugar, tiene algo de artístico. Quizá muchos piensen que no. Yo estoy seguro que sí.Yo creo que esa diferencia es precisamente lo que define al periodismo. Los periodistas son artistas y cuando no son artistas, cuando no ponen esa diferencia, cuando no agregan valor a sus contenidos, es que no son periodistas. Igual nos empeñamos en hacer periodismo con esos que no ponen diferencias...
Los periodistas son artistas, en Paper Papers, 28/2/2006
Otros posts sobre el libro:
Las facultades de periodismo no sirven para nada, en Paper Papers, 24/1/2013
Por qué ignoraron a Lanata en los 25 años de Página 12, en Paper Papers, 18/1/2013
viernes, 2 de junio de 2023
Periodistas poetas y buenos hijos de Noé
El jueves 25 de mayo, justo antes de una gripe por la que suspendió todas sus actividades, el Papa Francisco concedió una entrevista al canal Noticias Telemundo de México. Es la última –por lo menos hasta hoy– y esta vez el periodista fue Julio Vaqueiro. Al final (minuto 11.46), antes de despedirse, Vaqueiro le pidió un consejo para la profesión. El Papa le dio una de las descripciones más cabales del periodismo: sean poetas. Poetas quiere decir creativos. El periodista no puede ser una má-quina, un papel carbónico que diga matemáticamente lo que pasó. Un periodista tiene que ser creativo, creativo respetando la verdad, la realidad.
Como en esta casa hemos comparado muchas veces la profesión de los periodistas con las de los artistas, quiero dejar registro de esta especie de bendición papal a la idea.
Decir la verdad es la obligación esencial del periodismo. Todas las demás características de la profesión pueden ser discutibles y también pueden mutar o tener escalas diversas. La verdad, en cambio, no tiene escalas ni es negociable. Pero lo notable en los dichos de Bergoglio es que los periodistas deben ser poetas. Gran cosa, porque alguno se imaginará que los poetas no respetan la verdad y eso no es así. Los poetas –y todos los artistas– buscan la verdad, lo que pasa es que la buscan a su modo y cada uno la expresa con su estilo, que suele ser mucho más accesible para las audiencias. La verdad de los artistas no es ni más ni menos verdad que la de los científicos, de las religiones o de los jueces. Es solo otro modo de decirla, pero además, en el caso especial del periodismo, su misión es saciar las urgencias de verdad de todo ser humano.
El papa agrega lo de respetar la realidad. La realidad, la historia, lo que pasó... no se puede cambiar. Pero sí se puede cambiar el relato de la historia (que por desgracia en castellano también llamamos historia) y hay muchos modos de contarla sin faltar a la verdad, tantos como personas lo cuenten. Cuando Francisco nos pide a los periodistas que seamos poetas, nos ruega que respetemos la realidad y que a la vez la hagamos atractiva, interesante, apetecible. Lo sabemos los que nos dedicamos a esta profesión, pero es genial que lo diga el papa a todo el mundo y con esas palabras tan claras.
Desde la época de Aristóteles los filósofos sostienen que para decir la verdad primero tenemos que saberla; por eso la definen como la adecuación del pensamiento a la realidad. El que la ignora pero igual la cuenta es un necio; y el que la conoce pero miente es un cínico. Ya decía Ryszard Kapuściński que los cínicos no sirven para este oficio. Pero tampoco sirven los necios: ni los necios, ni los cínicos pueden ser periodistas.
Después de ese consejo, agrega el Papa los cuatro pecados que debe evitar el periodismo, cosa que suele hacer cada vez que le preguntan sobre la profesión:
La desinformación: que es decir lo que conviene y callar lo que no conviene. Está mal porque hay que decirlo todo. Los periodistas sabemos que es preciso hablar con todos los involucrados en el acontecimiento que estamos convirtiendo en noticia. La verdad –y casi siempre la razón– no suele ser la versión de una sola de las partes, pero si igual fuera así, tenemos obligación de dar voz a todas las partes involucradas. Y además tenemos que informar siempre más allá de nuestra propia conveniencia. Otra cosa es la opinión, que es libre para cada uno de los que opinan y por eso es muy importante que en un medio de comunicación se distinga la información de la opinión y de la publicidad.
La calumnia: inventar cosas que no son ciertas. Los periodistas tenemos una obligación especial de decir la verdad, calificada por la profesión, pero también los que no son periodistas están obligados a decir la verdad. Callarse cuando no se puede decir la verdad es un viejo principio de la ética, con el que coinciden todos los mandamientos morales, todas las religiones y todas las leyes. Es que no se podría vivir en el mundo sin este respeto a la verdad. Así como necesitamos el aire para respirar, también necesitamos la verdad para alimentar nuestra razón y, lógicamente, para la vida en sociedad.
Hay muchos modos de decir la verdad, tantos como las personas que la dicen. Y la misma cantidad de modos de mentir. El Papa agrega la idea –que comentaba el domingo pasado– del arte que tenemos los periodistas para hacerla atractiva, y comparaba nuestra creatividad con la de los poetas. Buena comparación porque eso es lo que somos: artistas que respetan a rajatabla la realidad, buscan afiebradamente la verdad y la expresan con arte; ni más ni menos que cualquier poeta o literato. Y en un mundo de mentirosos, los periodistas nos hemos vuelto tan imprescindibles como el aire y los medios como el agua.
La difamación: decir cosas que, aunque sea ciertas, hacen daño. Es la gran diferencia, también en el derecho penal, entre la difamación y la calumnia: la calumnia es una falsedad; la difamación es una verdad pero que no se debe decir por estar fuera de contexto, ser del pasado o de una situación que no tiene nada que ver con la persona involucrada pero que la mancilla. Lo hacemos todos los días todo el tiempo, sobre todo los mayores que nos pasamos la vida juzgando y prejuzgando a nuestros semejantes y cualquier dato nos sirve para etiquetarlos o cancelarlos. Las generaciones más jóvenes, en cambio, han aprendido a no juzgar a la gente: es una gran cosa.
La coprofilia: que el Papa la traduce literalmente como el amor a la caca y la RAE define como atracción fetichista por los excrementos. Es el periodismo que hurga en la porquería, lucra con el morbo, apela a la curiosidad malsana y no a la necesidad de verdad. La coprofilia es una pandemia que se ha instalado en la industria hace muchos años, la vemos todos los días en la televisión, en programas y hasta canales dedicados exclusivamente a revolver excrementos que deberían quedar en la intimidad. Siempre podemos reírnos de un borracho desnudo en lugar de protegerlo de las miradas indiscretas, como hicieron los hijos buenos de Noé.
lunes, 4 de julio de 2011
La precisión es una pretensión despótica
¿Qué cuadro en más verdad? ¿Las meninas de Velázquez, el Guernica de Picasso o La coronación de Napoleón de David? No lo sé. Picasso pintó el horror, Velázquez la luz y David la majestad. Nadie está más cerca de la verdad que los artistas. Y tengo probado que cuanto más artistas son los periodistas, mejor expresan lo que ven.
Cuando dibujamos/pintamos algo que ocurrió hace media hora o hace 50 años, todos entendemos que lo que vemos es una interpretación de la realidad y no un instante congelado. El dibujo o la pintura de un hecho real son un relato más y coincide con la realidad como coincide el texto de 300 personas distintas que dicen la verdad sobre un mismo hecho, sobre todo en datos que no son relevantes pero que agregan color o ambiente al acontecimiento. La fotografía, en cambio y si la hay, es un instante congelado de la realidad que puede no coincidir con casi toda ella o con la parte fundamental de los hechos. El dibujo, como el texto, logra esencias difíciles de conseguir con una foto: esa es precisamente su fuerza informativa.
Los que nos exigen precisión a los periodistas pueden ser tan autoritarios -sin saberlo- como los déspotas verborrágicos de nuestra América mestiza, que nunca están contentos con lo que decimos porque no es exactamente igual a lo que ellos piensan. Según los dictadores, los periodistas deberíamos decir todos lo mismo y hasta ponerlo en el mismo lugar de la página. Eso no es periodismo sino relojería. La inteligencia y la conducta humanas se paralizan ante la información exacta; tanto que la información borrosa es la clave de cualquier intento de inteligencia artificial (un oxímoron, al fin y al cabo).
Y ahora adelanto que en cualquier momento voy a denunciar ante el BBVA el autoritarismo codicioso de Fundéu.
Picasso y el periodismo, en Paper Papers, 27/4/08
La verdad de los actores, en Paper Papers, 18/2/08
Los periodistas son artistas, en Paper Papers, 28/2/06
jueves, 21 de mayo de 2015
Del ómnibus a los zapatos
El lunes 11 de mayo El Territorio de Posadas lanzó TTV su canal de televisión vía web. Esto que sigue se publicó el domingo 10:
Déjeme que llame así, en castellano y sin más vueltas, a la posibilidad que hoy nos da la digitalización de los datos para recibir, procesar y distribuir información que ha permitido la interconexión en tiempo real de las personas, estén donde estén. Pero la red no es una buena metáfora porque las redes de carne y hueso son un entramado de cuerdas o alambres que dejan espacios en el medio, mientras que el ciberespacio es aire puro, el espacio que nos conecta desde las antenas de la telefonía celular o las antenitas de los routers de wifi. Ya no hay cables que formen redes en ese espacio.
Para bien o para mal, la mayoría de nosotros tenemos a mano una pantalla que nos permite averiguar el año de nacimiento de Aristóteles o el resultado de cualquier evento deportivo. Además, desde esa pantalla podemos hacer lo que hacían nuestros abuelos cuando hablaban por una cosa que se llamaba teléfono… Estamos conectados entre nosotros como si todo el mundo fuera una sala de estar, un living en el que compartimos asuntos familiares entre millones de personas.
En el ciberespacio está el archivo más descomunal que pueda haber existido. En un aparatito que entra en el bolsillo puede caber más información que toda la que había en el mundo hace apenas 200 años. Cualquier dato de la realidad puede ser chequeado en segundos y hay tantos en la red que ya se ha inventado la licenciatura en data-mining, minería de datos: periodistas que escarban en la profundidad del ciberespacio como mineros con casco y linterna. Se acabaron -o duran poco- los que mandan fruta, pero a partir de internet hay otra consecuencia que creo fundamental para los periodistas: la red ha distinguido periodismo de información, como las señales de humo distinguieron un día información de transporte. Se lo explico:
Los zapatos
Durante siglos el único modo de difundir ideas fue transportar el soporte en el que estaban escritas o la persona que trasmitía la novedad. Con el tiempo aparecieron tecnologías capaces de trasladar mensajes sin necesidad de transportarlos, de aumentar la voz o hacerla llegar a lugares lejanos. Suele decirse que fue el telégrafo el que provocó la separación de transporte y comunicación pero se olvidan de las señales de humo de los indios sioux. Bueno, resulta que ahora la red ha distinguido con claridad lo que antes estaba bastante entreverado en la industria: el periodismo y la información. La información dice lo que pasó, el periodismo dice porqué pasó; la información usa las palabras, el periodismo hace cosas con las palabras; la información son datos sueltos, el periodismo vincula los datos y saca conclusiones; la información es la realidad, el periodismo ayuda a construir la realidad; la información muestra cómo está el mundo y el periodismo quiere mejorar el mundo; a la información la puede manejar un robot, al periodismo solo un ser humano con el uso de su razón.
La inmensa cantidad de información ha ampliado las fronteras del mundo conocido, pero además lo ha vuelto caótico y desconocido. Es un mundo nuevo, como lo fue América para Cristóbal Colón o Asia para Marco Polo. Todos sabemos todo o podemos saberlo, pero cada día necesitamos más brújulas para explorar ese mundo. Por eso, a quienes se ha abierto más la nueva realidad es a los periodistas que navegan en el mar de los datos y nos dan a conocer el nuevo continente que está ahí nomás, detrás de cada pantalla, sea del tamaño que sea.
Pero como todos tenemos acceso a todo aquí viene lo más interesante: el periodismo ya no es un colectivo al que uno se sube y lo lleva a paradas preestablecidas sino un taxi con el que vamos a donde nosotros queremos ir. Ahora la profesión de los periodistas es multilateral: no deciden lo que otros van a saber porque quienes deciden son las audiencias y los periodistas actúan exigidos por ellas. Son como taxis… o algo más cómodo todavía: un par de zapatillas para ir a donde cada uno quiera sin importar la calle, el piso o la picada a la que quiera llegar.
Esto es así para un medio tradicional como el diario de papel, o más modernos, como la radio, la televisión o las redes que han cambiado nuestro modo de ver el mundo. Hoy no vemos televisión como la veíamos hace 20 años porque la TV ya no es lineal, pero eso pasa con los diarios desde que existen tal como los conocemos. Todavía no hay un medio más interactivo que el papel, que usted puede leer cuando le dé la gana, llevarlo a donde le plazca, doblarlo, recortarlo, fotocopiarlo, prestarlo, guardarlo en un cajón, escribir encima, hacer un birrete de pintor, usarlo para madurar paltas… Es la televisión la que ha sido más colectivo que zapatillas durante los últimos 50 años, pero eso también se acabó y hoy la TV se parece a los diarios y los diarios a la TV y a la radio también, porque el soporte, el medio, es el mismo para todos: eso es la convergencia. Ya no vemos televisión linealmente, del principio al final: vemos lo que queremos cuando queremos y lo vemos unas cuantas veces o ninguna o vemos sólo la parte que nos interesa y desechamos lo que no.
La convergencia
Durante casi un siglo El Territorio ha sido la fábrica de periodismo más importante de Misiones y del Nordeste argentino. De aquí han salido y seguirán saliendo los periodistas que nutren otros medios, pero mejor decirlo así: están en El Territorio o han salido de su casa quienes establecen de qué se habla en Misiones. La redacción de un diario –de un medio periodístico- es gente pensando: un ejercicio constante de inteligencia colectiva que provee de contenidos a las audiencias por los medios que sea. Quiero decir que el medio es lo de menos: lo que importa es esa gente que piensa colectivamente para interpretar la realidad y trabaja para mejorar el mundo en esta parte del Nordeste de la Argentina.
Dicho de este modo, ahora, parece fácil de entender. Pero no fue así durante los años -muchos- en los que el diario y El Territorio era todo el periodismo que había en la provincia. Bienvenida la competencia, pero ellos mismos aceptarán -aunque sea a regañadientes- que en algún momento de sus vidas la influencia de El Territorio fue determinante en su profesión. En la época de oro de la prensa impresa era difícil distinguir periodismo de periódico, tanto que un sustantivo deriva del otro. Pero a pesar del sustantivo, hace mucho tiempo que los periodistas no somos los que escribimos en periódicos, como tampoco son periodistas los que cuelgan en una pared el título de periodista.
Periodista es cualquier persona capaz de descubrir y contar historias donde los demás mortales pasan de largo. Unos ven un fósforo quemado, una ventana abierta o un recibo doblado en cuatro y los periodistas ven una historia detrás del fósforo, del recibo o de la ventana. Bueno, una redacción es una colección de esas personas que ven lo que los demás no ven. Escritores de la historia actual del mundo y artistas de la verdad que se juntan todos los días para contarle qué es lo que pasa detrás de lo que pasa, por los medios que tenga a su alcance, para que usted lo vea cuando quiera, donde quiera y como quiera o no lo vea para nada porque le importa un comino. Esa ha sido siempre la misión del periodismo, a la que se suma la de El Territorio: iluminar los sitios oscuros, mostrar lo que no se ve, contar lo que nos pasa a todos y también documentar lo que ocurre todos los días, registrar acontecimientos para la historia, celebrar los triunfos de todos, abogar por los más débiles, denunciar los abusos de los poderosos… en Misiones, en la región y en el mundo. Pero eso no es todo; desde la convergencia de las tecnologías en este único medio con muchos modos que es internet, también es misión del periodismo acompañar a sus audiencias, entretenerlas, contenerlas y divertirlas.
En su ya larga pero también corta historia, lo central del periodismo y de El Territorio nunca han sido los medios sino los contenidos que trasmite por esos medios. La diferencia es que las redes han ampliado también los límites del alcance de los medios, que ya no son las fronteras del espacio y del tiempo sino las del idioma.
Decía al comenzar que las transformaciones tecnológicas y sociales nos cambian a todos: nos adaptamos a ellas como todas las especies vivas. Y cuando vienen los grandes cambios a los medios de comunicación, algunos se adaptan y otros desaparecen. En sus jóvenes 90 años El Territorio nunca ha estado entre los que se adaptan o desaparecen sino entre los que provocan los cambios, y El Territorio está llamado desde su fundación a provocar cambios todos los días. Sí. Tenemos 90 años, pero recién estamos empezando.
jueves, 15 de febrero de 2007
Albistur inventó la máquina de escribir
Los periodistas nunca han sido intermediarios de nada. Tampoco son necesarios. Son –somos- lo más superfluo que hay, como los artistas. Lo único que pasa si no contamos nuestras historias, es que quedan sin contarse… Quizá sea gravísimo. O no.
¿Porqué el presidente no concede entrevistas no informa sobre los actos de gobierno? Le preguntó Susana Reinoso.
“El presidente se comunica directamente con la gente. También es un acto de soberbia de algunos periodistas decir que Kirchner comete un error porque carece de intermediación. Eso es lo que les duele a los periodistas: dejaron de ser intermediarios necesarios. Hay cambios culturales que se han producido en la Argentina, pero a los medios y a los periodistas esos cambios culturales no han llegado todavía. Nos siguen tratando como si esto fuese el menemismo. Nos tratan con sospecha. El presidente dice que hay que trabajar más y hablar menos.”
Los periodistas son artistas, en Paper Papers, 28/2/06
domingo, 27 de abril de 2008
Picasso y el periodismo
Los que todavía no entienden que los periodistas son artistas deberían ir a ver la Colección del Museo Nacional Picasso de París que se exhibe en estos días en el Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Magnífica exposición para darse cuenta, entre otras cosas, de que un artista es alguien que ve la realidad con otros ojos. Ve lo que nadie ve y dice lo que nadie dice. Lo que expresa una artista quedaría sin decir si no lo hiciera.Eso son los periodistas, ni más ni menos. Personas capaces de encontrar historias donde los demás ven rutina. Y quienes no lo saben hacer es que no son periodistas.
La verdad de los actores, en Paper Papers, 18/2/08
Los periodistas son artistas, en Paper Papers, 28/2/06
domingo, 21 de octubre de 2007
Hay que mentir para contar la verdad
Es cierto que muchas verdades se dicen con ficción: en términos narrativos la ficción no es lo contrario de la realidad. La historia del amor o de la envidia se cuentan mejor con personajes de ficción que con personas de carne y hueso. Lo recuerda más adelante Fernández Díaz: Hemingway inventó entero el personaje de El viejo y el mar para contar lo que había visto en miles de pescadores. Es que una cosa es la historia de Pedro y otra la historia del Pescador. En este sentido es cierto que el periodismo no sabe o no puede narrar los sentimientos. Pero tampoco los novelistas: escritores y periodistas nunca contamos La Historia. Contamos historias que son parte de La Historia. Es nuestra condición limitada: no podemos llegar a todo, ni siquiera con la ficción. Contar la historia del amor es tan difícl qomo contar la historia de un amor.
Me lo dijo un día Juan José García Noblejas al terminar una clase de doctorado en la Universidad de Navarra. Yo estaba preocupado por la escasa distinción del profesor entre el relato de ficción y la narración de la historia real. Por eso reaccioné escéptico y un poco criticón, en defensa de lo que hacemos los periodistas y en contra de los cinesatas:
-"Apenas cabría un papel entre la ficción y la realidad".
-"Un papel de fumar" me contestó.
Con el tiempo llegué a decir más de una vez que ni ese papel tan fino las separaba. Y hasta escribí que son la misma cosa y que el oficio de los periodistas está más cerca de la verosimilitud que de la verdad. Nuestro acercamiento a la realidad es el de los artistas y no el de los científicos. Patético y no sintético.
Información y periodismo, en Paper Papers, 14/12/06
Los periodistas son artistas, en Paper Papers, 28/2/06
martes, 7 de junio de 2022
Periodistas de copetín *
Periodista es una persona que ve historias donde los demás no ven nada. Esa puede ser una descripción bastante cabal de un periodista, pero hay más. El periodismo es la pasión por la verdad urgente, esa que comparaba la semana pasada con el aire para respirar. Y por ser urgente explicaba que la verdad del periodismo es siempre una verdad cruda, en proceso, sin terminar. Quiero decir que la verdad de los periodistas es una obligación como la de los jueces o la de los científicos, pero tiene otro ritmo, otra cadencia... y puede que nunca lleguemos a la verdad total, definitiva, a la que tampoco llegan los jueces o los científicos, por lo menos en este mundo.
El modo de acercarse a la verdad de los periodistas es el de las artes y no el de las ciencias, aunque muchas veces se sirva de métodos científicos para alcanzarla. ¿Y cómo se acerca a la verdad un artista? Por el camino indirecto de la metáfora, de la proporcionalidad y la analogía. ¿Quién dice la verdad más cabalmente? ¿Gabriel García Márquez o Louis Pasteur? ¿Pablo Picasso o Marie Curie? ¿Wolfgang Amadeus Mozart o Albert Einstein? Todos los grandes artistas dicen verdades que quedarían sin decir si ellos no las dijeran. Son verdades tan grandes, tan puras, tan relevantes... que tienen la fuerza de conformar más nuestra sociedad que miles de tesis científicas.
El periodismo tiene siempre el deber de buscar la verdad y de hacerla pública. Esas dos obligaciones –que también son pasiones– definen y describen nuestra profesión. Pero lo que la diferencia de otras profesiones que también buscan la verdad es que nosotros la buscamos para publicarla a los cuatro vientos. Esta condición es la que nos pone tantas veces del otro lado de los que tienen cosas que esconder o de los que prefieren que no se sepa lo que hacen. También la que nos convierte en desalmados, sobre todo a los que todavía trabajamos en medios que se imprimen en una tira de papel, porque no solo publicamos la verdad: la imprimimos para que quede allí para siempre. Creo que esa condición de la prensa gráfica no se perderá nunca y que aunque un día dejen de venderse periódicos, imprimiremos uno, lo rubricaremos como notarios de la actualidad y quedará guardado en un lugar seguro, como los protocolos de una escribanía.
No hay profesión más humana ni más cercana a los dramas de la gente, pero también es una profesión de Zeligs, porque los periodistas nos mimetizamos con nuestros interlocutores. Es una desgracia que pasemos más tiempo cerca del poder que con quienes necesitan que los amparemos de los abusos de los poderosos. Es que no somos inmunes a las mieles lícitas del poder; y tampoco a la corrupción, al dinero, a los privilegios y prebendas del poder mal entendido.
Un periodista que vende su pluma, primero vendió su alma... y ese día dejó de ser periodista.
lunes, 1 de junio de 2026
Lo que la IA le roba al periodismo
Transcribo la traducción del discurso leído hoy por Arthur Gregg Sulzberger, publisher del New York Times, en el congreso anual de la WAN-IFRA (Asociación Mundial de Editores de Noticias) en Marsella. Aquí la versión de la WAN y aquí la que aparece hoy en el New York Times. Los resaltados (negrita y bastardillas) son míos y dejo los links del texto original.
Inteligencia artificial, periodismo y el futuro incierto del espacio público
A. G. Sulzberger advierte que las empresas de IA están violando la legislación vigente e insta a los medios de comunicación a defender sus derechos para garantizar un futuro sostenible para el periodismo.
La era de la inteligencia artificial se anunció hace menos de cuatro años con el lanzamiento público de ChatGPT. En cuestión de meses, el chatbot de OpenAI alcanzó los 100 millones de usuarios, convirtiéndose en el producto de consumo de mayor crecimiento de la historia. Hoy en día, es una de las muchas soluciones de IA cada vez más potentes, junto con las de Anthropic, Google, Meta, Microsoft y X.
No cabe duda de que la inteligencia artificial generativa representa la próxima gran revolución tecnológica, una que plantea una serie de preguntas cruciales. ¿Impulsará la IA un aumento de la productividad? ¿Eliminará categorías enteras de empleos? ¿Permitirá la IA avances médicos asombrosos? ¿Facilitará un ataque biológico? ¿Se pueden comprender plenamente las acciones de los modelos y agentes de IA? ¿Se pueden controlar?
Hoy estoy aquí para hablar de preguntas que, ciertamente, son algo más específicas. Pero son de suma importancia para mí, para ustedes y para la sociedad.
¿Cómo transformará la IA las noticias? ¿Cómo afectarán estos cambios al ecosistema informativo que sirve de espacio público para la ciudadanía activa en todo el mundo? ¿Y qué pueden hacer quienes estamos aquí presentes para garantizar el futuro del periodismo de primera mano y basado en hechos, esencial para la salud de nuestras democracias?
Los primeros indicios nos dan motivos para preocuparnos.
Las empresas que impulsan la IA, ya entre las más ricas y poderosas de la historia, están consolidando su control desmesurado sobre nuestros datos y nuestra atención. Al mismo tiempo, no asumen una responsabilidad fundamental inherente a este poder: garantizar que el público tenga acceso a noticias e información fidedignas.
Su usurpación del espacio público es posible gracias al pecado original que impulsa sus productos de IA: un descarado robo de propiedad intelectual a una escala sin precedentes. Los gigantes tecnológicos explotan los sitios web de noticias sin permiso ni compensación. Reempaquetan estos bienes robados como propios, desviando las audiencias y los ingresos que de otro modo irían a parar a las organizaciones de noticias que crearon este contenido. Y esto sucede no solo una vez durante el proceso de entrenamiento, sino innumerables veces al día.
En consecuencia, me temo que nos dirigimos hacia un futuro con cada vez menos periodistas para realizar el costoso y arduo trabajo del periodismo de investigación: ir a diferentes lugares, hablar con la gente, desenterrar información, cubrir temas y eventos importantes, proporcionar contexto y análisis, investigar a los poderosos. Un futuro donde una fuente crucial para una sociedad sana y una democracia estable —la verdad, la comprensión y la rendición de cuentas que brinda el periodismo de investigación— continúa agotándose.
Este daño potencial va mucho más allá de las noticias. Las empresas de IA han saqueado todo el acervo de obras originales de la civilización, un acto que también representa un peligro para el futuro de los libros, el cine, la música, la investigación y muchos otros campos. En Estados Unidos, estas industrias no solo constituyen el núcleo de la vida cultural e intelectual estadounidense, sino también un pilar de su economía y una de sus exportaciones más importantes. A nivel mundial, las profesiones creativas dan empleo a más de 50 millones de personas que generan aproximadamente 12 billones de dólares en valor económico al año.
Los asistentes de hoy dirigen organizaciones de noticias de más de 60 países. Esto significa que ya han superado las numerosas presiones que han azotado al periodismo en todo el mundo, desde la disminución de los ingresos hasta la intermediación tecnológica y los crecientes ataques a la libertad de prensa. Pero en materia de IA, debemos hacer más. Nuestra profesión ha permanecido demasiado callada, pasiva y fragmentada ante los abusos de las empresas que lideran la revolución de la IA.
No podemos permitir que los defensores de la IA dominen el debate público sin intervenir para defender la importancia de garantizar un futuro sostenible para el periodismo original. No podemos permanecer impasibles mientras las empresas de IA intentan desmantelar permanentemente los derechos que nos otorgan el control sobre nuestro trabajo. No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras este trabajo se utiliza para crear productos sustitutivos que socavan nuestra capacidad de obtener la audiencia y los ingresos necesarios para seguir informando.
Algunos líderes tecnológicos interpretarán mis comentarios de hoy como una postura anti-IA, una defensa del statu quo y otra muestra más de una institución anquilosada que arremete contra los innovadores que impulsan el progreso. Y, para ser justos con nuestros colegas de Silicon Valley, existe la tradición de que las empresas consolidadas —como un periódico con 175 años de historia— se quejen de las nuevas tecnologías y de quienes las impulsan.
Por eso, conviene dejarlo claro: la organización de noticias que dirijo, The New York Times, tiene una larga trayectoria en la adopción de la tecnología para impulsar la misión del periodismo independiente. Contamos con un historial de colaboraciones respetuosas con empresas tecnológicas para acercar el periodismo a nuevos lectores de maneras innovadoras. Afrontar los cambios con curiosidad, apertura y adaptabilidad nos ayudó a superar el colapso de nuestra edición impresa y a salir fortalecidos. Hoy, mis colegas utilizan la tecnología de IA —de forma responsable, ética y con la participación humana en la toma de decisiones— para mejorar la manera en que informamos, editamos, distribuimos y monetizamos nuestro periodismo. Mantener a raya una nueva tecnología poderosa es una receta para el fracaso.
Y creo firmemente que la IA tiene el potencial de hacer mucho bien en el mundo. No estoy diciendo que la IA —ni los gigantes tecnológicos que controlan esta tecnología— sean intrínsecamente malos o perversos. Simplemente advierto que las empresas de IA están tomando decisiones que violan la legislación vigente, amenazan la viabilidad del trabajo creativo y parecen propicias para causar un daño innecesario considerable.
Los medios de comunicación deberían desear los beneficios que la IA puede aportar. Pero las empresas tecnológicas también deberían apoyar el flujo saludable y sostenible de información, ideas y creatividad que impulsa la IA, para garantizar que sus acciones no nos conduzcan a una tragedia del bien común.
Los modelos de IA se componen de cuatro ingredientes básicos.
El primer elemento es el talento: las personas que diseñan los algoritmos. El segundo es lo que las empresas tecnológicas denominan «computación». Se trata de la infraestructura que sustenta la IA, como los chips y los centros de datos. El tercero es la energía: la electricidad necesaria para alimentar estos productos que consumen tanta energía. El cuarto es lo que las empresas tecnológicas denominan «datos». La palabra en sí parece diseñada para trivializar el trabajo creativo y expresivo, para convertirlo en un bien común. Sin embargo, «datos» se utiliza a menudo, entre otras cosas, como sinónimo de libros, películas, música y periodismo; lo que con mayor precisión podría denominarse «contenido protegido por derechos de autor».
El talento, la capacidad de procesamiento, la energía y los datos son esenciales para el éxito de la IA y, por lo tanto, para el éxito de los gigantes tecnológicos.
Los tres primeros son remunerados, por supuesto. Ningún director ejecutivo de una empresa tecnológica se atrevería a sugerir que los ingenieros más talentosos trabajen gratis. Al contrario, suelen ofrecer paquetes salariales de decenas, incluso cientos de millones de dólares. Tampoco se les ocurriría robar chips de una fábrica de Nvidia ni manipular ilegalmente una línea eléctrica. Los inversores consideran que las posibles recompensas financieras de la IA son tan grandes que están asumiendo pérdidas que ascienden a cientos de miles de millones de dólares para construir centros de datos y centrales eléctricas.
En cambio, las empresas de IA toman datos sin consentimiento ni compensación. Sus explicaciones para el robo cambian constantemente. Dicen que la innovación lo exige. Insisten en que solo toman hechos, que nadie puede poseer. Se quejan de que los acuerdos son demasiado largos y costosos. Afirman que la doctrina del "uso legítimo" les permite tomar contenido gratis de todos modos. A veces incluso invocan la seguridad nacional: advierten que si las empresas de IA se ven obligadas a pagar, Estados Unidos perderá la carrera tecnológica frente a China.
Ninguno de estos argumentos resiste un análisis riguroso. Un chatbot solo puede ofrecer "hechos" porque copió ilegalmente artículos de noticias completos, lo que le permite apropiarse con igual libertad de lenguaje y estilo protegidos. Construir centros de datos y centrales eléctricas es mucho más costoso y requiere más tiempo que contratar abogados para redactar acuerdos de licencia con organizaciones de noticias. El uso legítimo no permite este tipo de copia, retención y regurgitación perjudiciales y sustitutivas de una sola obra, y mucho menos de todo lo que la humanidad ha producido. En su competencia con China, Estados Unidos se debilita al abandonar las protecciones de la propiedad intelectual que impulsan la innovación y potencian las empresas creativas estadounidenses.
La valoración conjunta de las seis principales empresas de IA asciende a 11 billones de dólares, más del triple del PIB de Francia. La inversión privada en IA en Estados Unidos alcanzó casi 350.000 millones de dólares en 2025 y se prevé que aumente en 2026. Por lo tanto, el robo de propiedad intelectual no se produce por falta de financiación. Si bien los acuerdos de licencia con las editoriales no son públicos, dado el reducido tamaño de los acuerdos que se han dado a conocer, parece que menos del 0,5 % de esa inversión se destina a compensar a las personas y empresas que generan los datos que impulsan la IA.
Aunque existen muchas fuentes de datos, los propios ejecutivos de IA han reconocido que el contenido original y de alta calidad es especialmente valioso para la eficacia y fiabilidad de la tecnología. Cinco de los diez sitios web más utilizados para entrenar algunos de los modelos de lenguaje más populares pertenecen a editores de noticias. OpenAI confesó que sería «imposible entrenar los principales modelos de IA actuales sin utilizar materiales protegidos por derechos de autor». Uno de los ingenieros de la compañía escribió que el éxito de los modelos «no está determinado por la arquitectura, los hiperparámetros ni las opciones de optimización. Está determinado por el conjunto de datos, y nada más». En otras palabras, eres lo que comes.
Analicemos en detalle la experiencia del New York Times para ver cómo funciona esto.
Si busca respuestas completas y precisas para su chatbot de IA, es difícil imaginar una mejor fuente de datos que una organización de noticias que, durante 175 años, ha empleado a periodistas profesionales experimentados y bien remunerados para descubrir nueva información, narrar eventos y analizar la evolución de la política, los negocios, la cultura, los deportes, la ciencia y los asuntos internacionales. Este trabajo original es valioso para las empresas tecnológicas, en gran medida, porque ha sido cuidadosamente escrito y editado, verificado de forma independiente, sometido a los más altos estándares de imparcialidad y precisión, y presentado de una manera distintiva y convincente.
Solo el año pasado, The New York Times publicó casi medio millón de obras de este tipo, desde artículos y fotos hasta videos y podcasts, con un costo superior a los 2 mil millones de dólares. Desplegamos periodistas en los 50 estados de Estados Unidos y en 155 países, y estos periodistas, con frecuencia, se enfrentan a situaciones de riesgo vital. En Ucrania, por ejemplo, contamos con más de 70 periodistas y personal de apoyo sobre el terreno. Todo esto ocurrió solo en 2025. Si extrapolamos estas contribuciones a lo largo de 175 años y 20 millones de obras originales, obtendremos una visión más completa de la contribución de nuestra redacción a la comprensión pública del mundo.
El valor distintivo del periodismo del Times —al igual que el de otras fuentes de periodismo de calidad— se ha reafirmado repetidamente gracias al aprecio que las empresas de IA le tienen. Si bien la mayoría de las empresas de IA ocultan sus fuentes de entrenamiento, el Times fue la principal fuente de datos propios en un importante conjunto de datos utilizado para entrenar diversos modelos, seguido por otras organizaciones de noticias como The Guardian y Los Angeles Times. Las empresas de IA consideran que obtener información de medios de comunicación de calidad es una de las señales más claras de que sus productos funcionan correctamente. Como afirmó un vicepresidente de Microsoft: «El contenido de alta calidad mejora significativamente la calidad de la respuesta».
Sin embargo, los gigantes tecnológicos han argumentado sistemáticamente que no se les debería exigir permiso para usar —y mucho menos pagar— este tipo de propiedad intelectual. Su argumento, como demuestran sus acciones, ha sido que tienen derecho a ella. Meta entrenó su modelo con una infame base de datos de libros pirateados ilegalmente. Perplexity desafió abiertamente la norma establecida de que no se puede extraer información de sitios web subrepticiamente, a pesar de sus objeciones explícitas. OpenA.I. ha presionado al gobierno estadounidense para que le otorgue inmunidad legal frente a la apropiación indebida del trabajo de otros. Incluso Anthropic, a menudo elogiada por su compromiso con el desarrollo ético de la IA, se ha negado a pagar por el periodismo de alta calidad que utiliza en sus productos.
Acciones como estas son la razón por la que el Times demandó a OpenA.I., a su socio Microsoft y, posteriormente, a Perplexity, por flagrantes violaciones de nuestros derechos de propiedad intelectual, protegidos por la ley de derechos de autor de EE. UU., tanto en el entrenamiento de sus modelos como en el uso continuado de nuestro trabajo en sus productos. Al igual que otros medios de comunicación que han presentado demandas similares, creemos que estas violaciones amenazan la capacidad a largo plazo de los medios para seguir encontrando y ofreciendo periodismo original y fiable del que dependen el público y, al parecer, los propios modelos de IA. Pero los litigios son lentos y costosos; el nuestro ya se ha extendido dos años y medio y ha costado más de 20 millones de dólares. Como sin duda saben las empresas de IA, la mayoría de los medios carecen de los recursos para acudir a los tribunales y hacer valer sus derechos.
Incluso antes de la llegada de la IA, la industria periodística mundial luchaba por sobrevivir a las oleadas de cambios desatadas por internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales.
En las últimas dos décadas, Estados Unidos ha perdido, según algunas estimaciones, el 75% de sus periodistas y más de 3.000 periódicos . Cada tres días cierra un periódico más. Los medios digitales no han logrado suplir ni una fracción de ese vacío. Amplias zonas de Estados Unidos carecen ahora de un solo reportero que investigue en los ayuntamientos, cubra las escuelas locales y conecte a su comunidad con información veraz. Y si analizamos las formas de periodismo más costosas y exigentes —la investigación de malas prácticas o el trabajo en primera línea en situaciones de conflicto—, veremos que el número de periodistas que realizan este trabajo ha disminuido aún más drásticamente.
La disrupción causada por la IA promete ser aún más perjudicial. Hasta la llegada de la IA, existía un intercambio de valor real —aunque distorsionado— entre las plataformas tecnológicas y los creadores de contenido digital, como los medios de comunicación. Este era el pacto de la llamada web abierta. Las empresas tecnológicas —principalmente las plataformas de búsqueda y redes sociales— se quedaban con una parte cada vez mayor de los ingresos publicitarios que antes iban a parar a los medios, pero a cambio ofrecían una audiencia mucho mayor.
En la siguiente fase de disrupción, las empresas tecnológicas, al apropiarse del periodismo, también están captando una parte cada vez mayor de su audiencia.
Consideremos Google. El objetivo de los motores de búsqueda siempre ha sido identificar los sitios más útiles y luego dirigir a los usuarios hacia ellos. La gente iba a Google, buscaba un tema y luego hacía clic en un enlace a sitios como el Financial Times, Le Monde o El País para leer la noticia. Google se quedaba con la gran mayoría de los ingresos publicitarios. Pero también generaba un tráfico significativo hacia las organizaciones de noticias a través de enlaces, lo que permitía a los editores obtener ingresos mostrando anuncios o vendiendo suscripciones.
En la era de la IA, Google utiliza cada vez más el contenido de medios de comunicación y otros sitios web para responder preguntas directamente. Como resultado, según estudios del sector, conseguir que un usuario de Google haga clic en un enlace es diez veces más difícil hoy que hace una década. Sin embargo, Google sigue siendo la referencia en cuanto a la captación de lectores para los editores, y solo cabe esperar que mantenga este compromiso. Según un estudio, los modelos de IA de la competencia generan tráfico de referencia a un ritmo un 96 % inferior al de la búsqueda de Google.
Los gigantes tecnológicos son plenamente conscientes de las implicaciones de este cambio en los ya frágiles modelos de negocio de las organizaciones de noticias. Como escribió el director de monetización de IA de Microsoft : «La web abierta se construyó sobre un intercambio de valor implícito donde los editores hacían que el contenido fuera accesible y los canales de distribución —como la búsqueda— ayudaban a la gente a encontrarlo. Ese modelo no se adapta fácilmente a un mundo donde la IA es primordial». Añadió: «Los editores necesitan formas sostenibles y transparentes de gestionar cómo se utiliza su contenido premium». Un sentimiento loable. Pero si observamos la página de lanzamiento reciente del propio motor de búsqueda con IA de Microsoft, encontraremos una postura diferente: «¡Hola desde Bing! En lugar de hacer clic en enlaces, podemos hablar sobre cualquier cosa que te interese».
Esta dinámica, por supuesto, ha provocado una caída drástica del tráfico a los sitios web de noticias. Los periódicos más importantes analizados por Comscore registraron descensos superiores al 45%, en promedio, a medida que la carrera por la IA se intensificaba en los últimos cuatro años. Los editores de noticias globales encuestados por el Instituto Reuters se preparan para que continúen las importantes disminuciones del tráfico en los próximos años.
La menor afluencia de tráfico a las editoriales probablemente signifique la pérdida de oportunidades publicitarias, que siguen siendo una importante fuente de ingresos para la mayoría de los medios de comunicación. En las últimas dos décadas, los ingresos publicitarios combinados de los periódicos ya han disminuido un 80 %. SoloMeta genera actualmente ocho veces más ingresos publicitarios que todos los periódicos del mundo juntos.
Para compensar la caída de la publicidad, muchos medios de comunicación recurrieron a modelos de suscripción. Sin embargo, en la medida en que la gente se dé cuenta de que puede acceder a contenido robado gratuitamente mediante productos de IA, será difícil para los medios desarrollar y fortalecer las relaciones con los posibles suscriptores. Este robo no solo ocurre porque los editores dejan sus herramientas a la vista; sucede incluso cuando están protegidas. Un estudio reveló que alrededor del 30 % de las extracciones realizadas por bots de IA infringen las restricciones explícitas de acceso y uso de contenido web, incluido el contenido protegido por muros de pago.
Algunos esperan que la fuente de ingresos que compense estas pérdidas provenga de las propias empresas de IA, mediante licencias de contenido o micropagos. Varias organizaciones de noticias importantes, como el Times, han firmado acuerdos de licencia. Otras han optado por los micropagos de las empresas de IA por cada extracción y uso individual de contenido periodístico. Sin embargo, existen buenas razones para dudar de que cualquiera de estas opciones sea suficiente para compensar los ingresos y lectores perdidos frente a los productos de IA de la competencia. Mientras tanto, a muchas organizaciones de noticias más pequeñas, cuyo trabajo también ha sido extraído y utilizado por modelos de IA, no se les ha ofrecido ninguna compensación, y la gran mayoría de los editores de noticias afirman no esperar ingresos significativos de las plataformas de IA.
Resulta preocupante que, si bien estas empresas tecnológicas han intentado dar a conocer acuerdos y otras acciones que demuestren que valoran el periodismo, simultáneamente han argumentado ante los tribunales, los legisladores y las agencias federales que no tienen ninguna obligación con los creadores de la propiedad intelectual que utilizan para impulsar sus productos.
Para que quede claro, no planteo estas preocupaciones porque las organizaciones de noticias deban temer a la competencia. Si las empresas tecnológicas invirtieran recursos reales en enviar a sus propios reporteros al terreno para producir periodismo original, lo celebraría. Pero eso no es lo que está sucediendo. Las plataformas tecnológicas nunca han hecho intentos serios por crear el trabajo original subyacente —como el periodismo local, el periodismo de investigación o las pruebas rigurosas de productos— del que dependen sus usuarios, plataformas y productos de IA. Y ahora van un paso más allá, simplemente tomando los reportajes y la cobertura de otros, a menudo incluso presentándolos como propios. Un estudio reveló que OpenA.I. solo reconoció a las organizaciones de noticias que habían descubierto la información que citaba en el 1 % de las respuestas.
Los líderes de las anteriores transformaciones tecnológicas al menos intentaron argumentar que sus plataformas serían simbióticas con los creadores. Por ejemplo, Spotify, que tiene sus detractores en la industria musical, destaca los pagos que realiza a los artistas. Las empresas de IA, en cambio, han adoptado una postura más abiertamente parasitaria, más parecida a la de Napster, la antigua plataforma de música pirata. Un destacado investigador de Microsoft escribió que una de las principales promesas de los modelos de aprendizaje automático (MLA) es su capacidad para usar sus datos de entrenamiento en sustitución del trabajo remunerado de quienes los crearon. De forma más elocuente, la escritora de ciencia ficción Margaret Atwood comparó esta dinámica con ser asesinada por su propia réplica.
Es casi seguro que las acciones de los gigantes tecnológicos alimentarán tendencias destructivas que ya están afectando a la sociedad. Un declive continuo en el periodismo original. Un aumento constante de la desinformación, la propaganda, las teorías conspirativas, los deepfakes y el contenido basura generado por computadora. Una ciudadanía que sigue radicalizándose mediante algoritmos que amplifican el miedo, la ira y la división.
Los periodistas son quienes enriquecen el registro público con información previamente desconocida. Ese dato sorprendente. Ese detalle revelador. Esa cita del testigo presencial. Ese documento secreto. Ese análisis experto. Esa foto, video o grabación de audio. En resumen, el periodismo de investigación es, muy a menudo, la clave para saber lo que sabemos. Los productos de IA, por supuesto, no pueden realizar este tipo de periodismo de investigación. Extraen información del registro público, pero les cuesta aportar nuevos datos.
Incluso la minería de datos ha sido problemática. Un estudio de la Unión Europea de Radiodifusión reveló que los principales asistentes de IA tergiversaron significativamente las noticias en casi la mitad de las respuestas. Google y Apple , por ejemplo, cometieron graves errores al usar herramientas de IA para reescribir titulares y alertas de noticias en sus productos. Dado que la IA suele tener dificultades para expresar incertidumbre, a menudo no solo se equivoca, sino que lo hace con total seguridad. Y a diferencia de las organizaciones de noticias a las que roban información, las empresas de IA no rastrean ni corrigen estos errores, dejando a sus usuarios sin forma de saber cuándo han sido engañados.
Esto es importante, en parte, porque es probable que los productos de IA no solo complementen, sino que reemplacen la relación directa con los medios de comunicación para muchas personas. Las encuestas sugieren que este cambio se está produciendo mucho más rápido de lo que la mayoría imagina.
Amazon Web Services, que colabora con numerosas empresas de IA, estima que la mayor parte del contenido en línea ya se genera mediante inteligencia artificial; algunos expertos prevén que esta cifra supere el 90 % en los próximos años. De hecho, se informa que el número de sitios web de noticias locales falsos ya supera al de los sitios reales , dado que la IA dificulta la supervivencia de los sitios legítimos y facilita la creación de sitios falsos a bajo coste.
Es significativo que las empresas de IA no quieran afirmar que los resultados de sus productos sean fiables. No quieren asegurar que sean justos ni precisos. En parte, porque no lo son. Por ejemplo, cuando el activista político estadounidense Charlie Kirk fue asesinado el año pasado, el bot de Perplexity sugirió que el comunicado de la Casa Blanca sobre su muerte era falso, mientras que Grok, de X, insistió en que estaba vivo y en buen estado de salud. Pero, igual de importante, las empresas de IA se niegan a respaldar lo que sus chatbots les dicen a los usuarios para evitar responsabilidades legales. Microsoft advirtió al lanzar Copilot: «Solo para fines de entretenimiento. Puede cometer errores y no funcionar como se espera. No confíe en Copilot para obtener consejos importantes. Úselo bajo su propia responsabilidad».
En cierto modo, el público comprende que esto no les beneficiará. Según el Centro de Investigación Pew, dos tercios de los estadounidenses están muy preocupados por la difusión de información inexacta por parte de la IA. Sin embargo, un porcentaje creciente de personas sigue recurriendo a la IA para obtener noticias, información y orientación, y algunos la consideran más fiable que los medios de comunicación de los que depende para obtener respuestas.
Todo esto agravará el alarmante deterioro de la salud social y cívica. La evidencia demuestra que cuando un medio de comunicación local fracasa, la gente de una comunidad empieza a desconfiar y a odiarse más. Se aíslan más y se vuelven menos tolerantes. La participación cívica disminuye y la corrupción pública aumenta.
Imaginen lo que sucede cuando el enfoque de las empresas tecnológicas hacia la industria de las noticias llega a su conclusión lógica. A pesar de la importancia del periodismo para la tecnología más valiosa del mundo, las acciones de las empresas tecnológicas están poniendo en peligro su fuente más importante de noticias, información y análisis. Esto haría que los productos de IA fueran menos útiles y menos fiables, otra víctima innecesaria de decisiones perjudiciales.
Una industria periodística en declive puede parecer impotente frente a algunas de las empresas más ricas que el mundo haya conocido. Y el camino por delante no se facilita ante la realidad de que debemos seguir operando en un ecosistema informativo controlado desproporcionadamente por estos gigantes tecnológicos. Pero aún podemos tomar medidas, tanto para hacer frente a los abusos de las empresas de IA como para preparar a nuestras propias organizaciones para el éxito en esta nueva era. Compartiré algunas ideas para cada una de ellas, y confío en que surgirán ideas mejores y más elaboradas de las personas presentes en esta sala.
En lo que respecta a la defensa de tu trabajo frente a las empresas tecnológicas, tengo cuatro ideas principales:
Defiende tus derechos. Los derechos de propiedad intelectual deben prevalecer para que nuestra profesión pueda avanzar. En mi país, estos derechos están consagrados en la Constitución y respaldados por siglos de precedentes. Además, son coherentes con la ética básica de que robar está mal. Pero tus derechos solo se mantendrán si insistes en que se respeten y te opones cuando no se hacen. Esto requerirá valentía —y a veces recursos, que son escasos—, pero la alternativa de tolerar en silencio el robo sistemático de tu trabajo acabará por impedirte continuar ejerciendo tu profesión.
Negocie con cautela. Que las organizaciones de noticias firmen acuerdos para licenciar contenido a empresas de IA es razonable. Sin embargo, le recomiendo que considere la viabilidad a largo plazo de cada acuerdo. Los gigantes tecnológicos tienen una influencia extraordinaria: ya han obtenido su contenido y pretenden usarlo de todos modos. Aun así, antes de aceptar una oferta, conviene preguntarse si el pago refleja un valor razonable y si usted conserva algún control significativo sobre cómo se utiliza su trabajo.
Presione a sus legisladores. La IA es cada vez menos popular entre el público. Mientras los legisladores consideran cómo responder, nuestra industria debe unirse con una breve lista de peticiones claras y convincentes. Aquí hay algunas ideas iniciales: Asegurar que las sólidas protecciones actuales de la propiedad intelectual se refuercen —no se debiliten— para la era de la IA. Exigir que los bots se identifiquen y limitar su capacidad para eliminar contenido de sitios web sin permiso. Exigir transparencia para que las organizaciones de noticias sepan cuándo y cómo la IA utiliza su trabajo. Garantizar que las empresas de IA asuman la responsabilidad legal por el contenido difamatorio que generan.
Unámonos. Nos enfrentamos a empresas de IA que invierten millones en marketing, cabildeo y donaciones políticas para persuadir al público y cooptar a los políticos. La firma de capital riesgo detrás de muchas inversiones en IA es ahora el principal donante político en Estados Unidos. La única vía para que la industria periodística contrarreste esa influencia es trabajando juntos y, lo que es igual de importante, con otras industrias creativas. Participen en la presentación de informes de amicus curiae y sean activos en sus asociaciones profesionales. Analicen cómo nuestros colegas de la música y otras profesiones superaron sus momentos de crisis con Napster.
También hay cosas que podemos hacer para que nuestras organizaciones de noticias sean más resilientes al afrontar este desafío. De nuevo, cuatro ideas:
Utilice la IA correctamente. Las redacciones deben establecer estándares bien pensados para el uso responsable de la IA. Luego, deben ser proactivas y creativas al implementar la tecnología para mejorar su periodismo y fortalecer sus negocios. La IA puede aportar un valor real a las organizaciones que la adoptan adecuadamente, y un cambio de esta magnitud arrasará con cualquier organización que se niegue a evolucionar. No hay nada intrínsecamente malo en la tecnología de IA; son las acciones de las empresas que la desarrollan las que necesitan reformarse.
Conviértete primero en un referente. Un mundo cada vez más dominado por plataformas de IA dejaría a los medios de comunicación aún más a merced de los gigantes tecnológicos para compartir tráfico, reconocimiento y financiación. El camino más claro para apoyar el periodismo de calidad será a través de relaciones directas con la audiencia. Ser un referente no significa ignorar internet en general. Debes seguir creando nuevas relaciones donde se encuentra la gente, que suele ser una plataforma tecnológica. Pero para fortalecer esas relaciones —para que sean fieles, habituales y valiosas— tu audiencia debe comprender que es mejor interactuar contigo directamente que a través de un tercero.
Céntrese en el periodismo original. Muchos medios de comunicación se han perjudicado y mercantilizado al intentar satisfacer las preferencias cambiantes de los algoritmos de búsqueda y redes sociales con titulares sensacionalistas, agregación de noticias y opiniones superficiales. La economía de este enfoque empeorará aún más. Para ser un referente en un mundo mediado por la IA, necesitará un periodismo tan distintivo que tenga su propia relevancia. La clave está en el periodismo original. El público no tiene otra fuente para este tipo de información. Ni la IA.
Explique por qué el periodismo es importante. Las empresas de IA cuentan con una enorme influencia y han comunicado de forma selectiva y minuciosa los beneficios de su trabajo, minimizando al mismo tiempo sus perjuicios. La industria periodística, a su vez, debe argumentar que el periodismo original es un ingrediente esencial para sociedades sanas, naciones seguras y democracias sólidas, y demostrar cómo las acciones de los gigantes tecnológicos lo ponen en riesgo.
En la última transición digital, los medios de comunicación —incluido durante un tiempo el Times— adoptaron la afirmación, a menudo repetida en Silicon Valley, de que "la información quiere ser libre". Muchos ni siquiera sabían que la cita original, del filósofo tecnológico Stewart Brand, tenía otra parte: "La información quiere ser cara, porque es muy valiosa; la información correcta en el lugar correcto simplemente te cambia la vida".
Esta vez no podemos permitirnos ser tan ingenuos. Los medios de comunicación son, en conjunto, más pequeños y débiles que hace dos décadas. Los gigantes tecnológicos son más grandes y fuertes, y están mucho más dispuestos a usar su tamaño y poder. Mientras tanto, la propia ola de IA podría ser mayor y más rápida a medida que la tecnología siga mejorando. Aunque ahora todo parezca ir bien, recordemos que estas primeras oleadas presagian un tsunami inminente.
Mientras nos preparamos, debemos recordar: la información es valiosa. El periodismo es valioso.
Internet ya está saturado de bots y contenido basura. Cada vez es más difícil saber de dónde provienen las cosas y si son ciertas. Esto ha generado una creciente sensación de desconfianza, lo que exige una vigilancia casi paranoica por parte de todos sobre todo o, peor aún, una caída en el nihilismo. El efecto no es solo que la gente crea cosas falsas, sino que deja de creer en cosas verdaderas. Esta combinación tóxica ya está llevando a más personas a desconectarse por completo. Las empresas tecnológicas restan importancia a estas tendencias y dicen: «No es culpa nuestra» y, quizás aún más revelador, «No es nuestro problema».
Los medios de comunicación deberían erigirse como la alternativa fiable a este caos. Las noticias e información fidedignas son más escasas y necesarias que nunca. El tipo de información que producen equipos de profesionales experimentados, respaldados por procesos y estándares rigurosos. Según las encuestas , cuando alguien quiere verificar algo que cree que podría ser falso, la opción preferida es «una fuente de noticias de confianza». ¿Y la última opción? Un chatbot con inteligencia artificial.
Sigo convencido del valor que generan los medios de comunicación de calidad, dedicados al arduo y costoso trabajo del periodismo original, para los lectores, las comunidades y la sociedad en su conjunto, incluso para los modelos de inteligencia artificial.
¿Quién más irá a los lugares donde se desarrollan los acontecimientos? ¿Quién nos traerá relatos de primera mano desde el frente de batalla? ¿Quién nos proporcionará información fiable en una crisis de salud pública? ¿Quién desenmascarará a las empresas exitosas o las carreras políticas construidas sobre la mentira? ¿Quién garantizará que los debates sobre políticas económicas se basen en su impacto en la gente real? ¿Quién más puede enriquecer todo este trabajo con una experiencia adquirida con esfuerzo que aporta perspectiva y contexto, y con un profundo compromiso profesional para que cada historia sea lo más justa y precisa posible?
La cuestión es si ese valor será absorbido por los gigantes tecnológicos o si volverá a las organizaciones de noticias para permitirles continuar con esta labor esencial.
Espero que todos se tomen esta pregunta en serio. Creo que el futuro de nuestros medios de comunicación y la salud del espacio público dependen de nuestra respuesta. Gracias.




