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martes, 28 de febrero de 2006

Los periodistas son artistas

A raiz del estreno -y del éxito- de la película Capote mucha gente se está enterando de que don Truman entendía el periodismo como un arte. Ojalá el film instale ese dato esencial para una comprensión más cabal del periodismo y de su peculiar verdad.

Se llamó Nuevo Periodismo y Periodismo con Futuro esta presentación de 1993 en el auditorio del Museo de las Telecomunicaciones (en el antiguo Munich de la Costanera Sur de Buenos Aires) Lo que empezó con esa conferencia terminó convirtiéndose en el libro Periodismo con pasión que se publicó en 1996. Va el resumen que entregué a los que asistieron a aquella reunión.

Nuevo Periodismo y Periodismo con Futuro

El nuevo periodismo es una quimera que nunca se alcanza. Siempre el periodismo es nuevo. Es como el ave Fénix, o mejor, como esos packagings de productos en los que aparece la misma imagen, una y otra vez, hasta el infinito. Los periodistas nos referimos a veces al nuevo periodismo en sentido amplio, como periodismo actual, contemporáneo; y también nos referimos con esas palabras a la corriente que se ha llamado Nuevo Periodismo (ahora con mayúsculas), y que ya está un poquito vieja, como le pasó también a la Edad Moderna. El nombre Nuevo para una corriente, como Moderna para una era de la historia, terminarán tarde o temprano siendo equívocos pase lo que pase.

Los cambios tecnológicos y sociales que se están produciendo en nuestro mundo actual están provocando una revolución en los medios y en las audiencias tan profunda o más que la que tuvo lugar con la invención a fines del siglo pasado de la linotipo y la rotativa; en el siglo XV, de la imprenta de tipos móviles; o de las escrituras fonéticas unos 2.000 años antes de Cristo. Por esta razón parece más acertado —más que hablar de nuevo periodismo— referirnos a la muerte definitiva del viejo periodismo.

¿Y cuál era el viejo periodismo?, si es que hay viejo periodismo, ya que con ese concepto tan genérico de nuevo periodismo del que hablamos, también podemos decir que viejo periodismo sería periodismo de ayer nomás. El viejo periodismo es en gran medida el periodismo actual, de ahora mismo. El viejo periodismo es el periodismo fundado en el no tan antiguo principio establecido por el Guardian de Manchester en 1926, el periodismo de los hechos sagrados y las opiniones libres.

Ante este clisé reaccionó la corriente (ahora sí) del Nuevo Periodismo, el Nuevo Periodismo de Tom Wolffe y Truman Capote, el Nuevo Periodismo de los géneros de ficción en temas de no ficción. En el fondo los fundadores y cultores del Nuevo Periodismo vinieron a decirnos que con eso de las opiniones libres y los hechos sagrados, estábamos engañando a nuestro público. La alternativa era clara: opinar o ser robots. Así que no hagamos tanto aspaviento con eso de las opiniones y los hechos, y mezclemos de una vez por todas los géneros de opinión con los de información.

Nació así el periodismo del show, don’t tell. El periodismo que no cuenta historias interminables sin un solo adjetivo, el periodismo de las emociones, de las firmas. El Nuevo Periodismo nos dijo con bastante claridad —también con una gran dosis de desenfado— que ni los hechos son tan sagrados, ni las opiniones son tan libres.

Podríamos enunciar este peculiar principio algo más académicamente sosteniendo que el relato de los hechos es siempre libre porque es una nueva realidad, y no la realidad misma. A su vez, las opiniones, como relato y como la misma realidad relatada, también son libres, pero con una libertad relativa, muchas veces atada a los gustos del director del medio, o del gobernador de la provincia...

Por todo esto, el principio que parece mandar hoy en las redacciones es el que impuso otro inglés, esta vez contemporáneo. Andrew Mango sostiene con total desparpajo un criterio mucho más económico que el de su colega Scott, del Manchester Guardian: los hechos son caros, las opiniones, baratas.

Ha llegado finalmente la hora de confesar la verdad mal que le pese a los directores y editores de medios: el viejo periodismo es barato, mientras que el nuevo, el del futuro, es caro. Aquí van algunos argumentos. Estoy seguro de que puedan ser muchas más, y que cualquiera de los lectores agregaría razones con fundamento suficiente para integrar la lista.

El periodismo con futuro es …

…periodismo de alambique, como le gusta decir a Juan Antonio Giner. Periodismo destilado, de alto octanaje. Periodismo sin palabrería inútil, periodismo que va a las esencias de las cosas y de los hechos. Periodismo sin opiniones estériles y sin protagonismos baratos. Los medios deben convertirse en destilerías de información para dar a su público lo que realmente importa. Ya no hay espacio en los diarios, y cada día habrá menos. No hay tiempo, no tiene tiempo el público ni lo tenemos nosotros, para aburrirlos con futilidades.

…periodismo justo, que no tiene los ojos vendados porque no estamos jugando al gallito ciego. Solemos olvidarnos que es la ley la que tiene los ojos tapados, la justicia los tiene bien abiertos, para dar a cada uno lo suyo. Las tecnologías están consiguiendo que las audiencias se personalicen y que podamos ser verdaderamente justos. Se ha terminado definitivamente las masas, ya no hablemos de masas. La sigla PC que hace tan poco quería decir Partido Comunista, ya sólo significa computadora personal, y de la mano de las PC estamos entrando en un periodismo de personas. En la publicidad directa, en los blancos precisos. Ya no es necesario dar toda la información a todos, se puede dar a cada uno lo que cada uno quiere.

…periodismo servicial, que preste servicios y que se pone al servicio de sus audiencias. Servicios que se traducen en publicar en el diario un programa de televisión real, en el que aparezce lo que se emite hoy por mi aparato de televisión y no en el del vecino. Obituarios en los que aparecen los muertos de hoy y no los de ayer. Datos siempre actuales, para un momento y un lugar determinados. Pronósticos meteorológicos acertados, que diga a que hora va a llover y a qué hora parará. Farmacias de turno que están abiertas. Publicidad que informa, porque pretende prestar un servicio real a sus clientes, como en el caso de El Norte de Monterrey, que descuenta el 20% a los anunciantes cuando su publicidad contiene información.

Servicio a los anunciantes también: Si hoy podemos elegir el asiento en un avión muchos días antes de viajar, cómo no podríamos poner un anuncio en un lugar preciso del diario o de la revista, en el tiempo exacto de las emisiones de radio o televisión. Porqué no podemos todavía acceder sólo a los avisos clasificados que nos interesan, por línea telefónica. Si queremos alquilar un departamento en un barrio determinado, porqué tenemos que comprar toda la publicidad sobre departamentos que no queremos, motonáutica, autos usados, ropa de ocasión, abogados picapleitos, restaurantes con odaliscas ...

…periodismo bien pagado, muy bien pagado. Y que tiemblen los dueños de los medios, hasta que caigan en la cuenta de que sólo pagando bien a la gente que merece ser bien pagada, mejorarán sus prestaciones y la ética de sus informaciones, y conseguirán ganar mucho más dinero del que ahora ganan, o quizá descubran por fin que es el único modo de ganarlo honestamente. En los medios haca falta mente-factura. Trabajo de las cabezas, mentes pensantes. Falta software y sobra hardware. Las tecnologías nos permiten tantas cosas, pero más nos permite la gente que piensa, y para pensar hay que comer.

…periodismo creativo, que aprovecha tecnologías hasta sacarles todo el provecho de que son capaces. Esas tecnologías que permiten hoy más que nunca desarrollar la creatividad de los informadores. No nos engañemos: los grandes diarios norteamericanos se están muriendo por falta de creatividad y no por otra cosa. Los diarios y las revistas, y muchos programas de radio y de televisión aburren y deprimen a sus audiencias hasta el agotamiento.

Falta creatividad hasta en el mismo uso de las nuevas tecnologías. Tanto que los medios gráficos siguen y seguirán imprimiendo y transportando papel como si ése fuera su negocio. Y el negocio de los medios es la información. Hoy todos los medios son multimedios, y en poco tiempo más todos serán hipermedios. Hay que preparase para estas realidades, y esto también es caro. Las tecnologías están ya disponibles para los periodistas innovadores. Los que se animen, ganarán la carrera.

…periodismo joven, que sea capaz de organizar medios y de elaborar mensajes para la gente de su edad. dejemos ya de hablar de la juventud (nada molesta más a la gente joven que ser llamados jóvenes). Basta de contratar a viejos que escriben para chicos, como esos padres bobos que hablan a sus hijos como si ellos mismos estuvieran aprendiendo a hablar: “—mirá ese babau”.

…periodismo para mujeres y varones inteligentes ejercido por mujeres y varones inteligentes. No periodismo de segunda para mujeres hecho por hombres de tercera en los rincones de las redacciones, donde se editan suplementos para mujeres como si fueran subnormales: cocina, cosmética, modas... mientras el hombre de la casa lee lo realmente importante en el cuerpo principal del periódico.

…periodismo que comunica, porque si no comunicamos no hay modo de informar. Y los que comunican son personas, por eso los periodistas con futuro son los que comunican, por que tienen ese don natural o por que aprenden a fuerza de entusiasmo. Entusiasmo es lo que parece faltar en tantas redacciones y estudios. Entusiasmo para comunicar. El periodismo con futuro atiende siempre el teléfono, no se queda con gran parte de la información, es capaz de conseguir todo lo que necesita, abre las puertas que se cierran y se da todo en su profesión.

…periodismo sin carnet, porque los periodistas no somos policías, ni detectives, ni delincuentes. Los periodistas con futuro son más caros porque pagan —ellos o sus medios— las entradas, pagan las comidas, pagan sus trajes, pagan la decoración de su estudio de televisión, pagan su teléfono celular, pagan sus pasajes, pagan su auto... y no reciben regalos de nadie, porque los periodistas con futuro son periodistas independientes, con todas las letras de la palabra.

…periodismo sin toga, porque usan toga las profesiones que rinden sólo cuenta a Dios de sus actos: los sacerdotes, los jueces y los académicos. Los periodistas con futuro no son sacerdotes de ninguna religión que sostienen sus dichos como si fueran dogmas, o doctrinas inalterables. Ni son jueces, que sentencian al público a oírlos impávidos, o a los protagonistas de sus historias como si fueran los peores asesinos. Tampoco son investigadores científicos, que necesitan saber por obligación hasta el último detalle de un fenómeno determinado.

La verdad del periodismo del futuro es la verdad de la gente de la calle, la verdad de las audiencias, pero la verdad verdadera. Mientras que el viejo periodismo, el periodismo de precisión, el de los hechos sagrados, es el que informa lo que dice un gobernador antes de ponerse a averiguar si es verdad o no.

…periodismo respetuoso. Porque respetar a los demás está antes que opinar o informar en el periodismo del futuro. Además de compadecernos del público y de los protagonistas de las informaciones, deberemos respetarlos. Respetar su idiosincracia, sus costumbres y su idioma. Respetar sus creencias y defender su libertad. No los respetamos cuando decimos que estamos informando sacralmente sobre hechos mientras opinamos con nuestros gestos, con nuestros títulos, con nuestra risa o con nuestro llanto, con el lugar que le damos a la información, o con el silencio. El periodismo del futuro no tiene gestos, ni jadeos, ni sonrisitas cómplices, no mira de reojo, no baja la mirada jamás, porque no tiene nada que esconder.

…periodismo con pasión. Este es el más importante legado del Nuevo Periodismo. El periodismo de precisión, el de los hechos sagrados, está muerto. La precisión es para los relojes de cuarzo. Los periodistas apasionados son capaces de compadecerse de sus semejantes, de tratar de comprenderlos y de comprometerse con sus problemas, sus angustias, sus anhelos y sus alegrías. Deben querer a las personas y a las cosas. En una palabra, tienen que acercarse a la realidad con amor porque sólo se conoce realmente lo que se ama. Con un amor parecido a aquel con el que se acerca un artista, y no hay artista que mienta cuando plasma lo que siente. Los periodistas que ejercen con pasión su profesión miden la realidad con una la regla lésbica y no con un microscopio electrónico. En periodismo, la precisión es la marca de la arrogancia.

viernes, 27 de abril de 2018

La posverdad es un triunfo de la mentira


Les paso esta nota de Álvaro Pérez sobre la posverdad. Apareció en La Nueva Revista
Sobre la necesidad del buen periodismo
Las imprecisiones, las informaciones interesadas y las noticias falsas han existido siempre. El periodismo también es responsable de ello. Ha dado alas a la idea de que la verdad es un asunto que no tiene sentido. Pero buscarla y contarla es justo lo que cuenta. 
Es imprescindible que la información suene plausible. Por ello es irreconciliable con la narración. La escasez en que ha caído el arte de narrar se explica por el papel decisivo de la información. Cada mañana nos instruye sobre las novedades del orbe. A pesar de ello somos pobres en historias memorables”. La frase del filósofo Walter Benjamin pone de manifiesto uno de los mayores desafíos del periodismo: en el entorno actual, en el que la única constante es el cambio, se necesitan historias memorables. Las buenas historias periodísticas enseñan lo que permanece y es consustancial al ser humano, la necesidad de contar el mundo y aportar el contexto para comprenderlo. La llamada posverdad y las noticias falsas que de ella se desprenden son hoy el mayor enemigo de ese periodismo necesario.

Cuando el escritor Apión acusó falsamente en el siglo I d. C. a los judíos de sacrificar a niños griegos para realizar sus rituales, a la calumnia no se le llamó posverdad, se le llamó “libelo de sangre”. Cuando en 1898 la prensa amarilla estadounidense, con William Randolph Hearst a la cabeza, decidió atribuir la explosión del barco estadounidense USS Maine a un ataque español sin esperar ningún tipo prueba que lo confirmase -“usted proporcione las imágenes y yo proporcionaré la guerra”, le dijo Hearst a su enviado especial poco antes de empezar el conflicto-, nadie se preocupó por la veracidad de la información, más bien se consideró razón suficiente para comenzar una lucha que acabó con las últimas colonias españolas en manos de Estados Unidos. Cuando Gabriel García Márquez fue enviado por el diario El Espectador a la ciudad de Quibdó (Colombia) a cubrir una manifestación contra el Gobierno y se dio cuenta de que en realidad no había ninguna protesta en marcha, no dudó en orquestar una revuelta a la que añadió datos falsos y elementos dramáticos para enriquecer la historia sin ningún remordimiento por generar fake news; al contrario, reconoció años después haber inventado noticias en aquellos tiempos sin ningún pudor.

Las imprecisiones, las informaciones interesadas y las noticias falsas han existido siempre y, como señala Arcadi Espada en una entrevista en Letras Libres, “el periodismo ha sido muy responsable de todo esto. Ha dado alas a la idea de que la verdad era un asunto que no tenía sentido: se hablaba de la pluralidad, la libertad, los poliedros”. Se olvidó, en otras palabras, que los hechos son sagrados y se generó un estado de situación en el que la llamada posverdad, la “distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”, campa a sus anchas.

Hoy, convertida en la palabra del año 2016 por el diccionario Oxford, tema de debate público y cuestión de Estado (de Macron y su propuesta de control de las fake news durante los periodos de elecciones en Francia, a las injerencias rusas en la crisis durante el vodevil independentista en Cataluña), es una obligación para el periodismo combatirla. Quizá nunca hubo tanta conciencia de su existencia, preeminencia y potencial destructivo. De hecho, como plantea Álex Grijelmo, la propia extensión del término “posverdad” ha dado el primer triunfo a quienes la utilizan para sus intereses: “Podemos preguntarnos sobre todo si ‘posverdad’ no formará parte de lo que la propia palabra denuncia, si no estará desplazando a vocablos más indignantes, como ‘mentira’, ‘estafa’, ‘bulo’, ‘falsedad’ … El engaño siempre existió, sí, pero antes todos decían luchar contra él. Ahora, por el contrario, se empieza a cultivar como una buena técnica profesional el revoltijo de trampas de lenguaje basadas en el sensacionalismo, los sobrentendidos, la insinuación, la alusión, la presuposición, los eufemismos. Y si se trata de definir ese paquete, lo de ‘posverdad’ suena realmente a broma. Porque puede que estemos llamando ‘era de la posverdad’ a la ‘era de la manipulación’”.

El desafío para los periodistas consiste en ofrecer una mirada elaborada sobre la realidad frente a la información sin contrastar, la mentira y la manipulación. Históricamente, factores económicos, como la venta de diarios, aunque sea a costa de empezar una guerra en el caso de la prensa amarilla estadounidense, factores narrativos, como la confusión entre periodismo y ficción, en el caso de García Márquez y, por supuesto, factores políticos, como la búsqueda de la victoria electoral en el caso de las últimas elecciones estadounidenses, han jugado siempre un rol esencial en la destrucción de la verdad y en la erosión de la credibilidad del periodismo.

Cabe preguntarse entonces qué es lo permanente en el periodismo, lo que lo hace verdadero, más allá del formato en el que se ofrezca o del soporte en el que se consuma. La respuesta se encuentra no tanto en las posibilidades tecnológicas –sin duda aliadas de los periodistas y fundamentales para el desarrollo de la profesión–, sino en recuperar buenos ejemplos que en tiempo de (otras) crisis, fueron capaces de poner en valor el rol del periodismo, y en el entendimiento del contexto actual en el que nos movemos. La aspiración es ejercer un periodismo basado en hechos, construido sobre datos y ajeno al “periodismo zombi”, diagnosticado de manera muy acertada por Lluís Pastor, ese periodismo que se limita a incluir a la audiencia sin saber en realidad qué hacer con ella y que en última instancia no sabe hacia dónde se dirige.

El buen periodismo, en cambio, es hoy tan necesario como siempre y dista mucho de ser un muerto viviente: es indispensable para el funcionamiento correcto de una sociedad libre y democrática. El periodista, por tanto, no puede limitarse a repetir mensajes oficiales, amplificar fenómenos virales y dar por buena la información sin un mínimo de revisión. Porque, como explica el historiador Timothy Snyder, “renunciar a los hechos es renunciar a la libertad. Si nada es verdad, nadie puede criticar al poder, porque no hay ninguna base sobre lo que hacerlo”. Y, en última instancia, “la posverdad es el prefascismo”.

Totalitarismo y posverdad 
La idea de que la actitud del nazismo hacia los judíos fue algo desconocido por el pueblo alemán y las potencias extranjeras es un lugar común. ¿Cómo, de haberse sabido, se hubiera tolerado? Quizá los extremos de los campos de concentración y la exterminación sistemática de judíos, gitanos y mestizos no podían ser intuidos ni siquiera por la mente más macabra. Sin embargo, la humillación a los enemigos del nazismo era ya algo público años antes de que estallase la II Guerra Mundial.

Así lo prueba, por ejemplo, el viaje del periodista Manuel Chaves Nogales a Alemania en 1933. El 26 de mayo de ese año Chaves escribía: “Hitler va positivamente a cumplir desde el Poder sus promesas de extirpación de los judíos. Conste que esta palabra extirpación es suya. El judío residente en Alemania se encuentra hoy absolutamente bloqueado; la vida se le hace materialmente imposible […]. No; no es que a los judíos les corten las orejas ni les arranquen los pelos; es, sencillamente, que les van suprimiendo los medios de vida”. Y también: “El judío está tan aterrorizado, que se allana a todo, y pasando por las más humillantes vejaciones, sólo pide que le dejen el derecho a vivir”. Produce cierto escalofrío leer estas descripciones, sobre todo si se tiene en cuenta que se produjeron seis años antes de la II Guerra Mundial.

Y es quizá más dramático cuando Chaves también advirtió entonces lo que el nazismo se traía entre manos: “Alemania va a hacer la guerra […]. Si Adolfo Hitler está gobernando hoy Alemania, es porque lleva doce años predicando la guerra”. Chaves estaba haciendo periodismo en estado puro: contó lo que vio y lo que los ciudadanos alemanes le confesaron, la “misión providencial” del pueblo germánico: “Salvar la raza aria”. Quizá los textos de Chaves no cambiaron nada, pero como él mismo reconocía en su prólogo a La vuelta a Europa en avión, el objetivo del periodismo es otro: “Mi técnica –la periodística– no es una técnica científica. Andar y contar es mi oficio. Alguna vez, lleno de buena fe y concentrando todas las potencias de su alma, uno se atreve a pronunciar la palabra mágica de Keyserling. Desgraciadamente, uno dice ‘sésamo’, y la puerta no se abre. Pero esto es tan consuetudinario que no hay por qué entristecerse ni avergonzarse. Uno se mete las manos en los bolsillos y se va”. Es decir, Chaves hizo lo que el periodista puede -y por tanto debe- hacer: contar la realidad, en lo posible de primera mano, con humildad y sin mayores pretensiones. El periodista es responsable de ejercer con responsabilidad su trabajo, los efectos son ajenos a su profesión.

No deja de ser curioso y revelador que, en esos mismos textos en los que Chaves contaba la verdadera cara de la Alemania nazi, introdujese también el tema de lo que generan las noticias falsas. En concreto, hablaba de una que afectaba a España: un diario de Berlín aseguraba que el Gobierno de la República necesitaba “300.000 judíos” y estaba dispuesto a pagar un billete y dos meses de estancia a los interesados. El consulado español en Berlín se colapsó, y se vio obligado a aclarar la falsedad de la supuesta ayuda. Las noticias falsas, como se ve, siempre han existido y los más dañados por su utilización son, además de los propios periodistas y su credibilidad, los ciudadanos.

Contrastar la información y formarse 
Decía Josep Pla que “describir es mucho más difícil que opinar”, y lo es porque exige trabajo. Describir implica contrastar, asegurarse de lo que se cuenta es exacto y no cobijarse en la “libertad de opinión”. La mejor defensa para el periodista que describe, es la autoedición, aun en tiempos de inmediatez, y la autoedición va más allá del estilo: incluye contrastar la información y formarse.

Uno de los enemigos tradicionales del periodismo es la prisa. La rapidez es un elemento innegociable a la hora de trabajar en una redacción: el buen periodista debe ser rápido. Las redes sociales han multiplicado este efecto, por eso conviene distinguir entre rapidez, una característica necesaria, y premura, un factor que puede llevar a la irresponsabilidad. Vale la pena tomarse unos minutos para con rapidez, pero sin premura, comprobar la información.

La dificultad marcada por Pla a principios del siglo pasado tiene hoy un aliado en el llamado fact-checking: es más necesaria que nunca la verificación detallada y sistemática de datos e informaciones públicas. Y debe serlo como una rutina profesional habitual de los redactores. Esta sana costumbre nos hubiera ahorrada la famosa anécdota protagonizada por el escritor Mark Twain en 1897. En junio de ese año, el New York Journal publicó que Twain acababa de morir. Twain se vio obligado a escribir una carta al director para aclarar la situación: “La noticia de mi muerte fue una exageración”.

José Antonio Zarzalejos considera que “la nueva comunicación y el nuevo periodismo va a centrarse de ahora en adelante […] en verificar, en realizar el fact-checking de manera sistemática, mediante plataformas de las que ya existen muchas (decenas en Estados Unidos)”. Si el periodista no contrasta, no añade valor añadido. El reportero debe ser un curador de la información, debe poner orden entre la avalancha de tuits y robots informáticos, debe ofrecer veracidad.

Si no lo hace, corre el mismo riesgo de caer en trampas como aquella en la que incurrió el Clarksburg Daily News en 1903. Su diario rival, el Clarksburg Daily Telegram, publicó una noticia sobre el asesinato del ciudadano de origen eslavo Mejk Swenekafew. En realidad, esa noticia nunca ocurrió. Se trataba de una estrategia para demostrar que el Clarksburg Daily News llevaba meses robando las historias del Telegram. Y, efectivamente, el día después de la publicación en el Telegram, el News recogió la historia de Swenekafew que, leído hacia atrás, dice: “We fake news”. El Telegram probó su teoría, humilló a su rival reflejando la historia en portada y el News reconoció que llevaba meses utilizando a su competencia para redactar sus contenidos.

El News supuso que el Telegram no mentiría a sus lectores, y se olvidó de hacer su trabajo. Esa tentación es hoy más accesible que nunca. Como explica Juan Cruz, “suponer es más atractivo y más cómodo que preguntar para despejar las dudas” pero lo propio del oficio periodístico es, precisamente, preguntar. Decía en una conferencia en la Universidad de Navarra el director de El País, Antonio Caño, que entre los factores de la crisis del periodismo está la formación de los periodistas: en ocasiones se ven obligados a preguntar sobre temas que desconocen o no dominan en profundidad. En esos casos, es más fácil que transmitan informaciones imprecisas, inexactas o falsas. Y no se puede transmitir la información con sencillez si no se domina el tema.

La formación es necesaria para combatir el gran enemigo de la libertad intelectual de los periodistas: lo políticamente correcto. Esta corrección ha invadido incluso las universidades, lugares de diversidad ideológica y debate por antonomasia que, sobre todo en Estados Unidos, se han visto envueltas en situaciones en las que los profesores deben advertir a los alumnos del uso de palabras racistas en las lecturas del curso, de comportamientos machistas de los personajes en algunas películas o de cualquier otro elemento que pueda herir sus sensibilidades. La escasa tolerancia a la opinión distinta, por más que se exprese de manera educada y argumentada, es también un problema real a la hora de ejercer la profesión periodística.

Como señala Espada, “la operación de desinformación, de mentiras groseras, como ‘España nos roba’, es una forma de fake news”. De nuevo, el periodista debe señalar con hechos esas mentiras. Y los hechos deben sostenerse en el conocimiento del periodista, en su investigación y en una dosis de valentía: la de estar dispuesto a superar el lenguaje políticamente correcto. ¿Quién podría estar en contra del “derecho a decidir” de una persona o un pueblo? ¿Alguien se opondría a una “reconciliación” social? ¿Quién negaría el “diálogo” a un interlocutor válido? El riesgo para el periodista cuando cuestiona estos dogmas es evidente. Una información que ponga de manifiesto las inconsistencias legales del derecho a decidir, del ofrecimiento de una reconciliación que es en realidad una petición de olvidar crímenes del pasado o de la trampa de un diálogo que es en realidad una manera elegante de hablar de unas exigencias inamovibles, puede convertir a su autor en un fascista o un retrógrado y se expone a la lapidación pública vía Twitter. Es el precio de ejercer la profesión con rigor y libertad.

La realidad es compleja y el periodista debe describirla. Se necesitan, desde este punto de vista, periodistas críticos, que sean capaces de cuestionarse la realidad. Para ser capaz de hacerse las preguntas adecuadas y de cuestionarse los dogmas de lo políticamente correcto se requiere manejar las palabras adecuadas. Como explica Snyder, “cuando repetimos las mismas palabras y expresiones que aparecen en los medios cotidianos, estamos aceptando la ausencia de un marco más amplio. Poseer ese marco requiere más conceptos y disponer de más conceptos exige leer. […] Cualquier buena novela aviva nuestra capacidad de pensar sobre las situaciones ambiguas y juzgar las intenciones de los demás”. Leer para pensar mejor; leer, también, para escribir mejor. De nuevo, la formación como elemento clave para ejercer el periodismo con rigor. No en vano, como cuenta Paco Sánchez en su blog de La voz de Galicia, “Ben Bradlee, legendario director del Washington Post en los tiempos del Watergate, cuando unos profesores de periodismo le pidieron consejo para formar mejor a sus alumnos, les dio solo uno que he repetido mucho: ‘Que lean todo Shakespeare’”.

Lectores activos 
La formación es necesaria, pues, y lo es en dos sentidos: desde el punto de vista del periodista, como se ha dicho, pero también desde el punto de vista del lector. Aprender a leer es esencial.

Si el periodista debe ser autocrítico, culto y contrastar la información para hacer bien su trabajo, el lector debe hoy también estar especialmente alerta. Como explica Elizabeth Kolbert en The New Yorker, varios estudios demuestran que los hechos no nos ayudan a cambiar de opinión necesariamente. En ocasiones el lector no busca la verdad, sino informaciones que refuercen sus prejuicios y sus puntos de vista. El desafío en este sentido es tal que en Estados Unidos ya hay cursos en la universidad y programas para estudiantes de institutos sobre “News Literacy”, orientados a enseñar a los estudiantes cómo diferenciar noticias reales de noticias falsas, entender los estándares del periodismo de calidad y convertirse en ciudadanos informados.

Como defiende Espada, “la verdad es un bien común y debe ser protegida con los instrumentos de que disponen los ciudadanos”. La función del periodismo es dar a conocer hechos verdaderos, y los ciudadanos deben garantizar que la información que reciben es verdadera. En concreto, hay una serie de rutinas que pueden ayudar a los lectores. Por un lado, la selección de los medios de información: el New York Times puede dar una información errónea o sin contrastar, pero es más seguro que el “Blog de noticias del tío Paco”. Por otro, el uso de las fuentes que se hace en las informaciones puede también ayudar a detectar noticias falsas: una información sobre la calidad democrática de Venezuela no tendrá el mismo valor si se alude a un informe gubernamental que si se recogen datos de un organismo internacional e independiente.

La otra gran vía para contrastar informaciones es internet: una búsqueda de información puede ayudar a detectar qué medios han confirmado una noticia y puede llevar a comprobar si una imagen corresponde de verdad al contexto atribuido por un medio. En internet se encuentran también muchas opciones informativas. “Si sólo ‘retuiteas’ el trabajo de personas que de verdad han llevado a cabo una labor periodística –afirma Snyder–, es menos probable que acabes degradando tu cerebro interactuando con bots y con trolls”.

Conclusión 
Pero, independientemente de la actitud del lector, importa aquí reseñar el rol del periodismo. Los ejemplos del pasado se encuentran en periodistas como Manuel Chaves Nogales y son una buena guía para salir del atolladero posfactual. No ponderar en su justa medida las apreciaciones de personas como Álex Grijelmo, Arcadi Espada o Timothy Snyder sería caer en el mismo error de quienes ignoraron a Chaves durante años: el de menospreciar a una mente lúcida. Cada uno de ellos a su manera, Chaves ejerciendo la profesión con dignidad, Grijelmo, Espada y Snyder reflexionando también sobre ella, contribuyen a la mejora de la profesión, a la búsqueda de un periodismo verdadero, basado en hechos, que describe e informa. Un periodismo necesario para la sociedad.

En medio de la saturación informativa, absorbido por los exigentes tiempos periodísticos, en ocasiones sin demasiados medios, la profesión depende del esfuerzo individual del periodista: sus estándares éticos y su capacidad de verificar y comprender los datos disponibles son la primera línea de defensa del periodismo, y también la primera línea de vanguardia para que la profesión siga jugando un rol esencial dentro de las democracias liberales. El periodista responsable, que observa, describe, coteja la información y chequea los datos, es el que tiene más cerca la posibilidad de contar las historias memorables a las que aludía Benjamin, historias que transmutan la información en historia. De la formación que reciban los periodistas, de la explicitación y desarrollo de los conceptos adquiridos y de las buenas prácticas de los profesionales de la información depende en buena medida el futuro del periodismo.

viernes, 2 de junio de 2023

Periodistas poetas y buenos hijos de Noé


El jueves 25 de mayo, justo antes de una gripe por la que suspendió todas sus actividades, el Papa Francisco concedió una entrevista al canal Noticias Telemundo de México. Es la última –por lo menos hasta hoy– y esta vez el periodista fue Julio Vaqueiro. Al final (minuto 11.46), antes de despedirse, Vaqueiro le pidió un consejo para la profesión. El Papa le dio una de las descripciones más cabales del periodismo: sean poetas. Poetas quiere decir creativos. El periodista no puede ser una má-quina, un papel carbónico que diga matemáticamente lo que pasó. Un periodista tiene que ser creativo, creativo respetando la verdad, la realidad. 

Luego dice que no hay que caer en los cuatro pecados del periodismo: la desinformación, la calumnia, la difamación y la coprofilia, pero esto va para el próximo post.

Como en esta casa hemos comparado muchas veces la profesión de los periodistas con las de los artistas, quiero dejar registro de esta especie de bendición papal a la idea.

Decir la verdad es la obligación esencial del periodismo. Todas las demás características de la profesión pueden ser discutibles y también pueden mutar o tener escalas diversas. La verdad, en cambio, no tiene escalas ni es negociable. Pero lo notable en los dichos de Bergoglio es que los periodistas deben ser poetas. Gran cosa, porque alguno se imaginará que los poetas no respetan la verdad y eso no es así. Los poetas –y todos los artistas– buscan la verdad, lo que pasa es que la buscan a su modo y cada uno la expresa con su estilo, que suele ser mucho más accesible para las audiencias. La verdad de los artistas no es ni más ni menos verdad que la de los científicos, de las religiones o de los jueces. Es solo otro modo de decirla, pero además, en el caso especial del periodismo, su misión es saciar las urgencias de verdad de todo ser humano.

El papa agrega lo de respetar la realidad. La realidad, la historia, lo que pasó... no se puede cambiar. Pero sí se puede cambiar el relato de la historia (que por desgracia en castellano también llamamos historia) y hay muchos modos de contarla sin faltar a la verdad, tantos como personas lo cuenten. Cuando Francisco nos pide a los periodistas que seamos poetas, nos ruega que respetemos la realidad y que a la vez la hagamos atractiva, interesante, apetecible. Lo sabemos los que nos dedicamos a esta profesión, pero es genial que lo diga el papa a todo el mundo y con esas palabras tan claras.

Desde la época de Aristóteles los filósofos sostienen que para decir la verdad primero tenemos que saberla; por eso la definen como la adecuación del pensamiento a la realidad. El que la ignora pero igual la cuenta es un necio; y el que la conoce pero miente es un cínico. Ya decía Ryszard Kapuściński que los cínicos no sirven para este oficio. Pero tampoco sirven los necios: ni los necios, ni los cínicos pueden ser periodistas.

Después de ese consejo, agrega el Papa los cuatro pecados que debe evitar el periodismo, cosa que suele hacer cada vez que le preguntan sobre la profesión:

La desinformación: que es decir lo que conviene y callar lo que no conviene. Está mal porque hay que decirlo todo. Los periodistas sabemos que es preciso hablar con todos los involucrados en el acontecimiento que estamos convirtiendo en noticia. La verdad –y casi siempre la razón– no suele ser la versión de una sola de las partes, pero si igual fuera así, tenemos obligación de dar voz a todas las partes involucradas. Y además tenemos que informar siempre más allá de nuestra propia conveniencia. Otra cosa es la opinión, que es libre para cada uno de los que opinan y por eso es muy importante que en un medio de comunicación se distinga la información de la opinión y de la publicidad.

La calumnia: inventar cosas que no son ciertas. Los periodistas tenemos una obligación especial de decir la verdad, calificada por la profesión, pero también los que no son periodistas están obligados a decir la verdad. Callarse cuando no se puede decir la verdad es un viejo principio de la ética, con el que coinciden todos los mandamientos morales, todas las religiones y todas las leyes. Es que no se podría vivir en el mundo sin este respeto a la verdad. Así como necesitamos el aire para respirar, también necesitamos la verdad para alimentar nuestra razón y, lógicamente, para la vida en sociedad.

Hay muchos modos de decir la verdad, tantos como las personas que la dicen. Y la misma cantidad de modos de mentir. El Papa agrega la idea –que comentaba el domingo pasado– del arte que tenemos los periodistas para hacerla atractiva, y comparaba nuestra creatividad con la de los poetas. Buena comparación porque eso es lo que somos: artistas que respetan a rajatabla la realidad, buscan afiebradamente la verdad y la expresan con arte; ni más ni menos que cualquier poeta o literato. Y en un mundo de mentirosos, los periodistas nos hemos vuelto tan imprescindibles como el aire y los medios como el agua.

La difamación: decir cosas que, aunque sea ciertas, hacen daño. Es la gran diferencia, también en el derecho penal, entre la difamación y la calumnia: la calumnia es una falsedad; la difamación es una verdad pero que no se debe decir por estar fuera de contexto, ser del pasado o de una situación que no tiene nada que ver con la persona involucrada pero que la mancilla. Lo hacemos todos los días todo el tiempo, sobre todo los mayores que nos pasamos la vida juzgando y prejuzgando a nuestros semejantes y cualquier dato nos sirve para etiquetarlos o cancelarlos. Las generaciones más jóvenes, en cambio, han aprendido a no juzgar a la gente: es una gran cosa.

La coprofilia: que el Papa la traduce literalmente como el amor a la caca y la RAE define como atracción fetichista por los excrementos. Es el periodismo que hurga en la porquería, lucra con el morbo, apela a la curiosidad malsana y no a la necesidad de verdad. La coprofilia es una pandemia que se ha instalado en la industria hace muchos años, la vemos todos los días en la televisión, en programas y hasta canales dedicados exclusivamente a revolver excrementos que deberían quedar en la intimidad. Siempre podemos reírnos de un borracho desnudo en lugar de protegerlo de las miradas indiscretas, como hicieron los hijos buenos de Noé.

Periodismo y poesía, en Paper Papers, 26 de junio de 2022

domingo, 27 de octubre de 2024

La verdad del periodismo

Vale la pena leer esta entrevista de Gastón Roitberg a Jim Brady, publicada hoy en La Nación de Buenos Aires. Está claro que el modelo del soporte publicitario para mantener al periodismo se está agotando definitivamente. Pero además ya existe la tecnología para pagar solo lo que se consume y abandonar el dispendioso esquema de los medios impresos que todavía rige en los digitales: pagamos por el 100 % pero con suerte consumimos solo el 10 %.


Resalto algunos párrafos, pero me gusta especialmente uno que explica aquello de que la verdad del periodismo está siempre en proceso; nunca es definitiva. Es la característica más sobresaliente de lo que suelo llamar verdad urgente, que es la verdad propia del periodismo.

Jim Brady “Los consumidores tendrán que financiar la mayoría de los medios del futuro”

Es uno de los pioneros del periodismo digital en los Estados Unidos y fue artífice del lanzamiento de la edición digital del Washington Post en 1996

por Gastón Roitberg

Actual vicepresidente de Periodismo de la Fundación John S. y James L. Knight, Jim Brady es uno de los referentes en el desarrollo del periodismo en la plataforma digital. Tiene una amplia trayectoria que abarca desde liderar marcas importantes como washingtonpost.com y Digital First Media, hasta crear desde cero una empresa que desarrolló y vendió sitios de noticias locales en tres ciudades de los Estados Unidos.

En Knight –institución a la que se unió en 2021–, lidera los esfuerzos de otorgamiento de subvenciones para el programa de periodismo de la fundación, con el objetivo de apoyar comunidades más informadas y comprometidas. Antes, fue director ejecutivo de Spirited Media, una consultora que lanzó y operó sitios de noticias locales como Billy Penn en Filadelfia, The Incline en Pittsburgh y Denverite en Denver.

Nacido y criado en la transición entre los medios tradicionales y las movedizas arenas digitales, Brady ocupó roles ejecutivos en la industria: fue editor ejecutivo del washingtonpost.com (donde formó parte del equipo de lanzamiento en 1996), editor en jefe de Digital First Media, jefe de Noticias y Deportes en America Online, y editor público de ESPN.

-Tiene 37 años de experiencia en periodismo, 30 de los cuales han estado marcados por la expansión de las plataformas digitales. ¿Cuál es el balance que se puede hacer del camino recorrido?

-No hay muchas personas que hayan estado en el periodismo digital durante 30 años, y lo único que puedo decir sin pausa es: el panorama nunca ha dejado de cambiar en esas tres décadas. Creo que la lección principal para mí es no acomodarme nunca con la forma en que están las cosas en un momento dado, porque no se mantendrán así por mucho tiempo. Cualquier herramienta genial que estés usando será reemplazada por una herramienta nueva y más genial. Así que debes mantener una mente abierta y nunca caer en la trampa de pensar que hay “una forma correcta” de hacer algo, y que no se puede cuestionar. Todo debe ser cuestionado constantemente, o de lo contrario podrías perderte –o, peor aún, descartar– lo próximo grande que venga.

-¿Cuál es su perspectiva sobre el cambio definitivo de las redacciones hacia un enfoque digital?

-Por ahora, está claro que las audiencias utilizan principalmente plataformas digitales para obtener noticias, por lo que es ahí donde los editores deben estar. Esto no significa que las organizaciones de medios no deban seguir intentando generar ingresos de la prensa escrita y la transmisión durante el tiempo que puedan. Todavía hay ingresos allí. Pero, como dije antes, debe haber un entendimiento de que esas plataformas heredadas no serán los principales motores de ingresos por mucho más tiempo. El mundo es digital ahora, y los consumidores más jóvenes nacen en ese mundo. No veo un resurgimiento de la prensa escrita o el broadcast, así que incluso si la mayoría de tus ingresos provienen de productos heredados, la mayor parte de tus recursos debe estar enfocada en lo digital.

-¿Cuáles deberían ser las prioridades periodísticas, tecnológicas y comerciales para los medios locales que buscan hacer sus productos digitales más sostenibles?

-Mi respuesta es la misma para las tres: crear productos que la gente quiera. El periodismo no puede tener mucho impacto si la gente no lo consume. La tecnología es irrelevante si la gente no puede usarla. Y ninguna redacción puede sobrevivir a menos que genere ingresos de sus productos. Así que salgan, hablen con los consumidores, obtengan una idea de lo que quieren y cómo lo quieren, y construyan productos que satisfagan esas necesidades y deseos. El periodismo ha tenido un problema de preciosismo, es decir, pensábamos que lo que hacíamos era tan importante que no teníamos que preocuparnos por las fuerzas del mercado. Los últimos 20 años nos han curado de esa ilusión. El periodismo no es un negocio de mostrador de delicatessen; no debemos simplemente tomar órdenes de los consumidores. Pero debemos hacer del desarrollo de productos valiosos el núcleo del negocio, y eso debe centrarse en los deseos del público.

-¿Deberían Google y Meta compartir sus ingresos de manera más equitativa con las organizaciones de noticias que proporcionan contenido de alta calidad para sus canales de distribución?

-No estoy seguro de por qué deberían hacerlo. Sí, esas plataformas han utilizado absolutamente las noticias para impulsar la adopción de sus servicios. Pero Google y Meta seguirían siendo actores dominantes aunque apenas hubieran tocado las noticias. Google revolucionó la forma de encontrar toda la información en la web, no solo noticias. Y Meta inventó la red social y explotó en popularidad antes de que hubiera noticias en el sitio. Sé que hay un argumento que dice que Google y Meta fueron más valiosos por la presencia de noticias y, por lo tanto, deberíamos ser pagados por crear ese valor. Pero también argumentaría que todos los periódicos se beneficiaron de tener publicidad. La publicidad hizo de los periódicos un producto más completo y diverso para el consumidor. ¿Les pagábamos a los anunciantes por poner avisos? No, ellos nos pagaban. Necesitábamos estar en Google y Meta por las mismas razones que los anunciantes estaban en los periódicos: ahí es donde estaban las miradas.

-Trabajó en America Online (AOL), una empresa que estaba adelantada a su tiempo. ¿Depende la innovación de una lectura precisa del contexto, las audiencias y el negocio para ser efectiva?

-Absolutamente. AOL cayó en la trampa que mencioné antes: tenía un negocio increíble de conexión dial-up y luego perdió por completo el cambio hacia la banda ancha. No sé si fue porque AOL esperaba que la banda ancha desapareciera o sabían que no lo haría y simplemente no pudieron pivotar lo suficientemente rápido. Pero la banda ancha rompió el modelo económico de AOL e hizo que el enfoque de “jardín cerrado” pareciera anacrónico. Los consumidores que AOL retuvo fueron aquellos que tampoco querían cambios. Y hubo suficientes de ellos para mantener el negocio por un tiempo. Pero AOL nunca volvió a ser una verdadera fuerza después de que se perdió ese cambio.

-¿Qué valor les asigna a las alianzas y colaboraciones entre los medios y las plataformas en el mundo digital en el que practicamos el periodismo?

-La colaboración es esencial en el nuevo mundo de los medios. Pero no es fácil. Muchos periodistas se criaron en un entorno hipercompetitivo donde lo peor que podías hacer era llevarte bien con los demás. Pero creo que hemos cambiado. No hay suficientes periodistas en la mayoría de las comunidades de Estados Unidos para proporcionar una cobertura adecuada, por lo que los que están allí deben trabajar estrechamente para asegurarse de que puedan cubrir la mayor cantidad de historias posible.

-¿Qué significa para usted el periodismo de calidad?

-Significa mantenerse fiel a los hechos, ser justo, dar espacio a todas las partes, realizar la tarea éticamente y estar abierto a la retroalimentación de la audiencia. El exeditor del Washington Post, Phil Graham, una vez llamó al periodismo “el primer borrador áspero de la historia”. Y lo es. La palabra clave allí es “áspero”. La mayoría de nosotros nunca hemos publicado una historia en la que supiéramos todo. Así que el buen periodismo también requiere humildad y una pasión implacable por hacer que las historias sean menos ásperas con el tiempo.

-¿Cuáles son sus pensamientos sobre la integración de la inteligencia artificial en las redacciones, especialmente en cuanto a su impacto en la integridad periodística y el papel de los periodistas de carne y hueso?

-La IA está aquí, nos guste o no. Personalmente, mi esperanza es que, por una vez, el periodismo decida ver la IA primero como una oportunidad y luego como una amenaza. El periodismo tiene una larga historia de ver toda nueva tecnología como una amenaza, y su respuesta generalmente es tratar de minimizar o demonizar lo nuevo. Sí, hay problemas de derechos de autor con la IA que debemos abordar, y seguramente otros problemas legales, éticos y morales. Pero la IA también puede ayudar con el periodismo de investigación de maneras inimaginables hace una década. Puede ayudar a automatizar tareas monótonas que consumen tiempo valioso del personal. Puede escanear registros públicos más rápido que cualquier humano, o grupo de humanos, podría hacerlo. La IA tiene tantos usos que pueden ayudarnos tanto periodísticamente como económicamente. Y si desperdiciamos eso viendo la IA principalmente como una amenaza, será una vergüenza para nosotros.

-¿Cuáles son los mayores desafíos que ve en el desarrollo de modelos de negocios sostenibles para los medios locales?

-Este es un negocio difícil en este momento. El dinero no fluye ni cerca de como lo hacía antes. Muchos equipos están trabajando increíblemente duro solo para sobrevivir. Pero diría que el mayor desafío probablemente sea el consumidor. No podemos construir negocios sostenibles a menos que los consumidores quieran lo que producimos. No digo que debamos hacer solo lo que los consumidores quieren; debemos seguir buscando y contando historias que los consumidores ni siquiera saben que deben pedir. Pero también debemos enfrentarnos al hecho de que estamos sufriendo tanto un problema de confianza como de evasión de noticias. La filantropía puede proporcionar fondos para ayudar a las redacciones en este período, pero serán los consumidores quienes tendrán que financiar la mayoría de los medios en el futuro. Así que asegurarse de que tienes personal dedicado al análisis y desarrollo de audiencias es crucial.

-¿Qué lecciones aprendió de sus emprendimientos con startups de noticias locales, su campo de acción en la actualidad?

-Muchas. La más grande, sin embargo, tiene que ver con la estructura de costos para las startups. Cuando lancé Billy Penn en 2014, tomó mucho dinero y mucho tiempo para lanzarlo. Así que, para cuando salimos al aire, ya estaba bastante avanzado en la autopista financiera. Y eso limita el tiempo disponible para encontrar un ajuste producto-mercado y construir un negocio. Entonces, en Knight, nos hemos centrado mucho en apoyar infraestructuras escalables para las redacciones, de modo que podamos ayudar a hacer que el lanzamiento sea más barato y rápido. Hacer eso extiende la vida de una publicación y le da el tiempo necesario para construir un negocio. Y estos sistemas no son solo útiles para las startups; tenemos muchas redacciones heredadas que también están aprovechando estas herramientas. Ya sea News Revenue Hub, Newspack, CatchLight, ProJourn o las muchas otras organizaciones que financiamos, creemos que estamos impulsando un verdadero progreso en el frente de la infraestructura.

domingo, 29 de mayo de 2022

El Territorio nunca fue un diario *


Los diarios –y las publicaciones periódicas aunque no sean diarias– cuentan sus años desde el primer día que salieron a la calle. Eso está bien, pero tampoco del todo, porque los diarios no son hongos: son proyectos que empezaron mucho antes, con bastante trabajo y generalmente con luchas y desvelos que ni nos imaginamos, sobre todo si pensamos en 1925. Pero ya se ve que los diarios tienen la misma condición que los humanos, que celebramos nuestro cumpleaños el día que nacimos y no el día que empezamos a ser un sueño –o una pesadilla– en la cabeza de nuestros padres.

El jueves de esta semana que empieza, el diario El Territorio va a cumplir 97 años desde el primer número, que salió a la calle el 2 de junio de 1925. El Territorio nació en Posadas y en una imprenta llamada La Lucha, que es nombre de periódico y no de imprenta, pero su fundador, el reincidente Sesostris Olmedo, había tenido antes publicaciones en otras ciudades argentinas.

Hace tiempo que venimos diciendo que El Territorio ya no es un diario. Era el título de esta misma columna el domingo 29 de mayo de 2016, cuando estaba por cumplir 91 y los días coincidían con 2022. Ahora, y por las mismas razones que exponía en 2016, me atrevo a gritar a los cuatro vientos que El Territorio nunca fue un diario. Decía entonces que si Olmedo hubiera vivido en nuestros días, no habría fundado un diario pero sí habría llamado La Lucha a lo que hacía. El diario, el papel, la imprenta, son tan circunstanciales como la radio, la televisión... el teléfono, la tablet o la computadora.

El Territorio es periodismo y el periodismo es una pasión a la que le da igual el soporte o la plataforma por la que nos llegue. Y esa pasión del periodismo no es ni más ni menos que la pasión por la verdad, algo tan necesario para vivir en sociedad como el aire para respirar. Ya sabe que los periodistas no somos los únicos que buscamos la verdad, pero sí somos los únicos que la buscamos con urgencia, porque a la sociedad le urge saber qué pasa. Por eso, la verdad del periodismo nunca es una verdad terminada: está siempre en desarrollo.

Pero hay una diferencia que puede haber distorsionado el negocio del periodismo durante todo el siglo XX. La publicidad alimentó las arcas de las empresas periodísticas hasta hacerlas ricas y poderosas: es que la gran circulación –que fue producto de un par de inventos y de la alfabetización generalizada– provocó el gran soporte publicitario que fueron los diarios impresos. Pero esa ecuación se terminó hace rato y hoy el periodismo vuelve a ser solventado por el periodismo. Es una gran noticia, porque nos da la independencia que necesitamos y que la publicidad nos podía cercenar.

En 1982, durante la guerra de las Malvinas, el diario llegó a al punto máximo de circulación de su historia, con unos 33.000 ejemplares. Puede multiplicarlo por cuatro, que es el número de lectores que se calculaba entonces por cada ejemplar y aún así es muy poco comparado con la cantidad de seguidores de distintas plataformas, que hoy son quince veces más: suman más de 500.000 y siguen creciendo. Sin embargo y a pesar de esos números, el gran negocio del periodismo dejó de ser la venta de publicidad que le proporcionaba la circulación de casi el único soporte que existió durante gran parte del siglo XX.

El siglo XXI hará del periodismo una actividad mucho más genuina que la del XX. Ya no habrá que comprar el diario, o suscribirse a alguna de sus versiones para leer solo una parte de lo que se paga. Llegará un día en el que se pagará solo lo que se consume, y será mucho más barato porque nada es tan caro como pagar por lo que no se usa.

Publicado en El Territorio el 29 de mayo de 2022

domingo, 11 de junio de 2023

Periodismo y punto*

El post anterior subí el artículo que publicó Infobae con motivo del Día del Periodista. Es de Fernando Ruiz, gran profesor de Periodismo y Democracia en la Universidad Austral, que también fue presidente de FOPEA (Foro de Periodismo Argentino) y es miembro de la Academia Nacional de Periodismo. Se llama El periodismo y las medias verdades (todavía es gratis). Se lo resumo en algunas frases: Decimos medias verdades porque estamos demasiado preocupados por el poder y cubrimos mucho más la política que las consecuencias de la política. Ponemos más énfasis en la defensa de los derechos civiles y políticos que en los derechos sociales. Nuestra práctica de monitorear al poder nos lleva a entablar diálogos cerrados con las elites del poder y perdemos conexión con quienes sufren la injusticia social. El periodismo está cambiando y crece el consenso en la profesión acerca de que la construcción democrática tiene que ser integral. Ese nuevo periodismo debería llamarse periodismo de inclusión.

No soy partidario de ponerle adjetivos a la profesión, pero le recuerdo algunos relacionados con el área de cobertura del profesional, como periodismo deportivo, político, económico, turístico, religioso, policial, agropecuario, de espectáculos... También están los ideológicos, como periodismo militante, independiente, cívico, ciudadano... El periodismo de investigación y el de datos son una tontería que supone que el periodismo a secas no investiga o que sus datos son borrosos. Algo parecido pasa con los periodismos de género o lenguaje: periodismo de opinión, de crítica, de panel, comentarista, gráfico, radial, digital, televisivo, fotoperiodismo... Y dejo para el final los adjetivos para los vendeplumas, como el booked journalism del mundo anglosajón (el que paga por las primicias); pero habría más, como periodismo mercenario, faldero, ensobrado, chupamedias, pelotillas, lamebotas, chivo, quiosco, chapuza... bueno, mejor no sigamos.

No deberíamos llamar periodismo al que viene con adjetivos que rebajan la calidad de su verdad o su respeto por la realidad, porque esa calidad y ese respeto son esenciales a la profesión. Por eso mismo basta y sobra con el periodismo a secas, sin más vueltas ni adjetivos. Aclaro que el que tiene que ver con el área de cobertura casi siempre es temporal, ya que pasamos de una sección a otra y se acaba el adjetivo, así que tampoco por ahí.

Volviendo al artículo de Ruiz, hay que decir que después de muchos años del paradigma de la asepsia hemos caído en la cuenta de que el periodismo no debe ser distante de los problemas, de las mentiras, de la corrupción, de la inseguridad, de la pobreza, o de la violencia y de muchas otras lacras humanas. El periodismo debe involucrarse con la realidad, porque es parte de esos problemas y parte de su solución.

La otra consecuencia del Día del Periodista fue el debate generalizado entre los profesionales preocupados por la precariedad laboral o por los bajos sueldos, ni más ni menos que las consecuencias de la crisis económica que afecta a todas las profesiones, a todos los salarios y a todas las industrias. El periodismo es una pasión, es el arte afiebrado de buscar la verdad, encontrarla contrarreloj y expresarla con maestría. El dinero es lo que menos nos importa, aunque haya una industria que explota esa pasión y de algo haya que vivir. Y está confirmado por muchos casos que cuando un periodista decide ser a la vez periodista y empresario, entonces se pierda una de las dos condiciones.

Nadie es periodista para ganar dinero sino para buscar apasionadamente la verdad –esa verdad que todos necesitamos como el aire para respirar– aun a costa de sufrir las consecuencias de enfrentarse con el poder, porque la verdad molesta a quienes la esconden, que casi siempre es el poder en cualquiera de sus formas. Debería llamarse periodismo prócer, pero prefiero solo periodismo, sin adjetivos.

*Publicado en El Territorio el 11 de junio de 2023.

lunes, 6 de julio de 2020

Las redacciones rebeldes y la dirección del NYT


Con el permiso presunto de Antonio Caño y de El País, les paso este artículo de Antonio Caño sobre la renuncia del director de opinión del New York Times. El artículo salió originalmente ¡dentro de 24 días! en El País de Madrid, pero luego fue reproducido por varios diarios americanos que tienen sindicadas sus columnas.

Todavía no sé si la dirección del New York Times estuvo bien o mal, pero, como Caño, me inclino a pensar que no fue una buena idea. Sebastián Fest está claramente en contra.

Aquí la nota de esta misma casa el día en que la redacción de La Nación de Buenos Aires se rebeló contra una decisión editorial de la dirección del periódico.
En defensa del periodismo 
La dimisión del director de Opinión de The New York Times confirma el poder del supuesto “periodismo comprometido”, que exige a los medios la búsqueda de la verdad que favorezca una determinada causa
De todos los acontecimientos inquietantes que en los últimos meses se acumulan en Estados Unidos, el más grave me parece, quizá por mi deformación profesional, la dimisión a comienzos de junio del director de Opinión del periódico The New York Times. Es un alarmante indicador del avance del activismo sobre el periodismo y una señal más de la degradación de las democracias modernas , que sacrifican sin pudor el derecho a la discrepancia y al libre pensamiento en aras de un poder identitario que cada día se hace más incontenible con las tradicionales armas del debate y la razón. Incluso el hecho de que el episodio haya pasado relativamente inadvertido, tanto en Estados Unidos como en España, es una prueba de lo secundaria que empieza a resultar ya la libertad de expresión.

Por situar las cosas en su contexto, es conveniente señalar que el director de Opinión de un periódico norteamericano actúa con plena independencia del director y a su mismo nivel jerárquico. Representa la garantía de que, sean cuales sean las prioridades informativas que el director marque, la opinión será siempre plural, abierta y no se verá condicionada por los caprichos de la actualidad ni por las inclinaciones de los reporteros. El director de Opinión ocupa, por tanto, una posición institucional aún más relevante que la del director como referente de la línea editorial y la imparcialidad del periódico.

James Bennet ocupaba ese cargo en The New York Times hasta que el 6 de junio presentó su renuncia por la publicación tres días antes de un artículo del senador republicano Tom Cotton en el que apoyaba el empleo de tropas militares para hacer frente a las protestas que se sucedían en las calles de varias ciudades del país por la muerte de George Floyd. Entre la aparición del texto y la dimisión de Bennet se produjeron presiones de los periodistas del diario, quienes en una asamblea expresaron su indignación por un artículo que, aparentemente, representaba un insulto para sus compañeros negros. A eso se sumó una intensa campaña en Twitter contra lo que se presentó como una indecencia moral por parte de The New York Times y una auténtica afrenta para todos aquellos que protestaban contra el racismo en las calles. Bennet se quedó solo en la Redacción, la empresa decidió ceder a esa presión y el periodista, un ilustre colega al que se pronosticaba un brillante futuro en el oficio, accedió a dejar el puesto admitiendo públicamente su error, agravado, al parecer, por no haber leído personalmente el texto antes de su publicación. Sí lo leyó, según ha trascendido, su número dos, James Dao, que le dio el visto bueno y ha sido después trasladado a otra posición en el periódico.

El delito de ambos es haber publicado un artículo, no de un desconocido que pretendía llamar la atención, sino de un senador de Estados Unidos, de un senador, además, a quien se le atribuyen ambiciones presidenciales. Por lo demás, su propuesta de movilizar al Ejército para contener las protestas, por equivocada que me parezca, no es en absoluto un desatino. Varias ciudades, entre ellas Washington, con una alcaldesa demócrata y negra, sacaron a la calle a la Guardia Nacional, un cuerpo que participa en la guerra y dispone de la misma preparación y armamento que cualquier unidad del Ejército. Tampoco le parece un desatino a un 52% de norteamericanos que, según una encuesta de ABC News, apoyaba el despliegue de tropas.

Incluso aunque el artículo sí fuera, en realidad, un disparate, ¿cuál es la razón para impedir su publicación? ¿No estaría el periódico contribuyendo a mejorar la información de sus lectores al ofrecerles un artículo sobre el pensamiento disparatado, nada más y nada menos que de un senador que quiere ser presidente del país? ¿A quién se ayuda con su prohibición? Solo a Cotton, que es ahora mucho más famoso.

Pero, no nos engañemos, no es eso lo que provocó la dimisión de este periodista. Bennet fue víctima, simplemente, de la caza a la disidencia que se ha desatado en tantos ámbitos e instituciones de las democracias occidentales, incluidos los periódicos. Bennet cayó porque ni sus compañeros ni la empresa tuvieron el valor de resistirse a las hordas que imponen su causa, por justa que sea, sobre la libertad de expresión, por equivocadas que sean las ideas que se expresan. Como ha escrito la columnista del diario The Washington Post Kathleen Parker, "no hace falta mucho coraje para sumarse a la turba y prohibir un artículo o arruinar una carrera; lo que requiere coraje es quedarse solo frente a una avalancha de Twitter en la defensa del libre intercambio de ideas, incluso si son malas".

Obviamente, esto no es un problema exclusivo del NYT, aunque duele particularmente este terrible traspiés en un símbolo de la prensa libre. También The Washington Post se ha visto señalado en las redes por la salida de un periodista negro que exigía un mayor compromiso de su director con la causa de Black Lives Matter y escribió en Twitter sobre la necesidad de "reconstruir el periodismo para que opere en un espacio de claridad moral" contra "el experimento fracasado del periodismo objetivo y la atención a los dos lados de una noticia".

¿Claridad moral? ¿De quién? ¿Para qué? Nunca he creído en la objetividad del periodista, pero sí en su honestidad intelectual y su integridad ética para no deformar la realidad e imponer "claridad moral" de acuerdo con los intereses de su ideología o de su causa. Hemos de admitir, sin embargo, que se ha abierto paso con fuerza desde ya algún tiempo el supuesto periodismo "comprometido", que exige a los profesionales algo más que la búsqueda de la verdad, su único y verdadero compromiso; exige la búsqueda de la verdad que favorezca una determinada causa.

Desgraciadamente, cuando se trata de acomodar el periodismo y la verdad a las necesidades de una causa -sea cual sea esta causa-, se está prostituyendo la verdad, y cuando la verdad desaparece, prevalece el totalitarismo.

Ninguna causa vale más que la verdad porque ninguna causa puede avanzar legítimamente sin la verdad, porque cuando se tapa la verdad con técnicas propagandísticas o intimidatorias se pone en riesgo también la validez de la causa que se pretende defender. Se ha hablado mucho en España de la manifestación del 8 de marzo y su repercusión en la extensión de la epidemia. ¡Cuánto más útil hubiera sido tener esa discusión antes de la manifestación! ¡Cuánto mejor hubiera sido tener en su momento la libertad de opinar sobre la conveniencia de celebrar ese evento sin miedo al linchamiento que se produciría con certeza!

Valga esa calamidad en las redes, por alto que sea el precio que pagamos. Pero preservemos al menos los periódicos. Los periódicos están para publicar artículos que nos gustan y los que nos irritan, y son mejores cuantos más de estos últimos ofrecen. Son mejores porque hacen mejores lectores, más críticos, más libres.

Por supuesto que necesitamos saber lo que piensa el senador Cotton. Y necesitan saberlo sobre todo los que discrepan de él. No solo para conocerlo mejor y votar acorde con ese conocimiento, sino porque escuchar respetuosamente al senador Cotton o a cualquiera situado en el frente contrario a nuestro pensamiento es la expresión más elemental y básica de la convivencia civilizada y de esa difusa y frágil criatura que llamamos democracia.

miércoles, 24 de enero de 2018

Francisco y las fake news


Mensaje del Francisco para la 52º Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, dado a conocer hoy, día de san Francisco de Sales, patrono de los periodistas:

«La verdad os hará libres» (Jn 8, 32).
Fake news y periodismo de paz
Queridos hermanos y hermanas:

En el proyecto de Dios, la comunicación humana es una modalidad esencial para vivir la comunión. El ser humano, imagen y semejanza del Creador, es capaz de expresar y compartir la verdad, el bien, la belleza. Es capaz de contar su propia experiencia y describir el mundo, y de construir así la memoria y la comprensión de los acontecimientos.

Pero el hombre, si sigue su propio egoísmo orgulloso, puede también hacer un mal uso de la facultad de comunicar, como muestran desde el principio los episodios bíblicos de Caín y Abel, y de la Torre de Babel (cf. Gn 4,1-16; 11,1-9). La alteración de la verdad es el síntoma típico de tal distorsión, tanto en el plano individual como en el colectivo. Por el contrario, en la fidelidad a la lógica de Dios, la comunicación se convierte en lugar para expresar la propia responsabilidad en la búsqueda de la verdad y en la construcción del bien.

Hoy, en un contexto de comunicación cada vez más veloz e inmersos dentro de un sistema digital, asistimos al fenómeno de las noticias falsas, las llamadas «fake news». Dicho fenómeno nos llama a la reflexión; por eso he dedicado este mensaje al tema de la verdad, como ya hicieron en diversas ocasiones mis predecesores a partir de Pablo VI (cf. Mensaje de 1972: «Los instrumentos de comunicación social al servicio de la verdad»). Quisiera ofrecer de este modo una aportación al esfuerzo común para prevenir la difusión de las noticias falsas, y para redescubrir el valor de la profesión periodística y la responsabilidad personal de cada uno en la comunicación de la verdad.

1. ¿Qué hay de falso en las «noticias falsas»?

«Fake news» es un término discutido y también objeto de debate. Generalmente alude a la desinformación difundida online o en los medios de comunicación tradicionales. Esta expresión se refiere, por tanto, a informaciones infundadas, basadas en datos inexistentes o distorsionados, que tienen como finalidad engañar o incluso manipular al lector para alcanzar determinados objetivos, influenciar las decisiones políticas u obtener ganancias económicas.

La eficacia de las fake news se debe, en primer lugar, a su naturaleza mimética, es decir, a su capacidad de aparecer como plausibles. En segundo lugar, estas noticias, falsas pero verosímiles, son capciosas, en el sentido de que son hábiles para capturar la atención de los destinatarios poniendo el acento en estereotipos y prejuicios extendidos dentro de un tejido social, y se apoyan en emociones fáciles de suscitar, como el ansia, el desprecio, la rabia y la frustración. Su difusión puede contar con el uso manipulador de las redes sociales y de las lógicas que garantizan su funcionamiento. De este modo, los contenidos, a pesar de carecer de fundamento, obtienen una visibilidad tal que incluso los desmentidos oficiales difícilmente consiguen contener los daños que producen.

La dificultad para desenmascarar y erradicar las fake news se debe asimismo al hecho de que las personas a menudo interactúan dentro de ambientes digitales homogéneos e impermeables a perspectivas y opiniones divergentes. El resultado de esta lógica de la desinformación es que, en lugar de realizar una sana comparación con otras fuentes de información, lo que podría poner en discusión positivamente los prejuicios y abrir un diálogo constructivo, se corre el riesgo de convertirse en actores involuntarios de la difusión de opiniones sectarias e infundadas. El drama de la desinformación es el desacreditar al otro, el presentarlo como enemigo, hasta llegar a la demonización que favorece los conflictos. Las noticias falsas revelan así la presencia de actitudes intolerantes e hipersensibles al mismo tiempo, con el único resultado de extender el peligro de la arrogancia y el odio. A esto conduce, en último análisis, la falsedad.

2. ¿Cómo podemos reconocerlas?

Ninguno de nosotros puede eximirse de la responsabilidad de hacer frente a estas falsedades. No es tarea fácil, porque la desinformación se basa frecuentemente en discursos heterogéneos, intencionadamente evasivos y sutilmente engañosos, y se sirve a veces de mecanismos refinados. Por eso son loables las iniciativas educativas que permiten aprender a leer y valorar el contexto comunicativo, y enseñan a no ser divulgadores inconscientes de la desinformación, sino activos en su desvelamiento. Son asimismo encomiables las iniciativas institucionales y jurídicas encaminadas a concretar normas que se opongan a este fenómeno, así como las que han puesto en marcha las compañías tecnológicas y de medios de comunicación, dirigidas a definir nuevos criterios para la verificación de las identidades personales que se esconden detrás de millones de perfiles digitales.

Pero la prevención y la identificación de los mecanismos de la desinformación requieren también un discernimiento atento y profundo. En efecto, se ha de desenmascarar la que se podría definir como la «lógica de la serpiente», capaz de camuflarse en todas partes y morder. Se trata de la estrategia utilizada por la «serpiente astuta» de la que habla el Libro del Génesis, la cual, en los albores de la humanidad, fue la artífice de la primera fake news (cf. Gn 3,1-15), que llevó a las trágicas consecuencias del pecado, y que se concretizaron luego en el primer fratricidio (cf. Gn 4) y en otras innumerables formas de mal contra Dios, el prójimo, la sociedad y la creación.

La estrategia de este hábil «padre de la mentira» (Jn 8,44) es la mímesis, una insidiosa y peligrosa seducción que se abre camino en el corazón del hombre con argumentaciones falsas y atrayentes. En la narración del pecado original, el tentador, efectivamente, se acerca a la mujer fingiendo ser su amigo e interesarse por su bien, y comienza su discurso con una afirmación verdadera, pero sólo en parte:«¿Conque Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del jardín?» (Gn 3,1). En realidad, lo que Dios había dicho a Adán no era que no comieran de ningún árbol, sino tan solo de un árbol: «Del árbol del conocimiento del bien y el mal no comerás» (Gn 2,17). La mujer, respondiendo, se lo explica a la serpiente, pero se deja atraer por su provocación:«Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; pero del fruto del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: “No comáis de él ni lo toquéis, de lo contrario moriréis”» (Gn 3,2). Esta respuesta tiene un sabor legalista y pesimista: habiendo dado credibilidad al falsario y dejándose seducir por su versión de los hechos, la mujer se deja engañar. Por eso, enseguida presta atención cuando le asegura: «No, no moriréis» (v. 4). Luego, la deconstrucción del tentador asume una apariencia creíble: «Dios sabe que el día en que comáis de él, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal» (v. 5). Finalmente, se llega a desacreditar la recomendación paternal de Dios, que estaba dirigida al bien, para seguir la seductora incitación del enemigo: «La mujer se dio cuenta de que el árbol era bueno de comer, atrayente a los ojos y deseable» (v. 6). Este episodio bíblico revela por tanto un hecho esencial para nuestro razonamiento: ninguna desinformación es inocua; por el contrario, fiarse de lo que es falso produce consecuencias nefastas. Incluso una distorsión de la verdad aparentemente leve puede tener efectos peligrosos.

De lo que se trata, de hecho, es de nuestra codicia. Las fake news se convierten a menudo en virales, es decir, se difunden de modo veloz y difícilmente manejable, no a causa de la lógica de compartir que caracteriza a las redes sociales, sino más bien por la codicia insaciable que se enciende fácilmente en el ser humano.

Las mismas motivaciones económicas y oportunistas de la desinformación tienen su raíz en la sed de poder, de tener y de gozar que en último término nos hace víctimas de un engaño mucho más trágico que el de sus manifestaciones individuales: el del mal que se mueve de falsedad en falsedad para robarnos la libertad del corazón. He aquí porqué educar en la verdad significa educar para saber discernir, valorar y ponderar los deseos y las inclinaciones que se mueven dentro de nosotros, para no encontrarnos privados del bien «cayendo» en cada tentación.

3. «La verdad os hará libres» (Jn 8,32)

La continua contaminación a través de un lenguaje engañoso termina por ofuscar la interioridad de la persona. Dostoyevski escribió algo interesante en este sentido: «Quien se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega al punto de no poder distinguir la verdad, ni dentro de sí mismo ni en torno a sí, y de este modo comienza a perder el respeto a sí mismo y a los demás. Luego, como ya no estima a nadie, deja también de amar, y para distraer el tedio que produce la falta de cariño y ocuparse en algo, se entrega a las pasiones y a los placeres más bajos; y por culpa de sus vicios, se hace como una bestia. Y todo esto deriva del continuo mentir a los demás y a sí mismo» (Los hermanos Karamazov, II,2).

Entonces, ¿cómo defendernos? El antídoto más eficaz contra el virus de la falsedad es dejarse purificar por la verdad. En la visión cristiana, la verdad no es sólo una realidad conceptual que se refiere al juicio sobre las cosas, definiéndolas como verdaderas o falsas. La verdad no es solamente el sacar a la luz cosas oscuras, «desvelar la realidad», como lleva a pensar el antiguo término griego que la designa, aletheia (de a-lethès, «no escondido»). La verdad tiene que ver con la vida entera. En la Biblia tiene el significado de apoyo, solidez, confianza, como da a entender la raíz ‘aman, de la cual procede también el Amén litúrgico. La verdad es aquello sobre lo que uno se puede apoyar para no caer. En este sentido relacional, el único verdaderamente fiable y digno de confianza, sobre el que se puede contar siempre, es decir, «verdadero», es el Dios vivo. He aquí la afirmación de Jesús: «Yo soy la verdad» (Jn14,6). El hombre, por tanto, descubre y redescubre la verdad cuando la experimenta en sí mismo como fidelidad y fiabilidad de quien lo ama. Sólo esto libera al hombre: «La verdad os hará libres» (Jn 8,32).

Liberación de la falsedad y búsqueda de la relación: he aquí los dos ingredientes que no pueden faltar para que nuestras palabras y nuestros gestos sean verdaderos, auténticos, dignos de confianza. Para discernir la verdad es preciso distinguir lo que favorece la comunión y promueve el bien, y lo que, por el contrario, tiende a aislar, dividir y contraponer. La verdad, por tanto, no se alcanza realmente cuando se impone como algo extrínseco e impersonal; en cambio, brota de relaciones libres entre las personas, en la escucha recíproca. Además, nunca se deja de buscar la verdad, porque siempre está al acecho la falsedad, también cuando se dicen cosas verdaderas. Una argumentación impecable puede apoyarse sobre hechos innegables, pero si se utiliza para herir a otro y desacreditarlo a los ojos de los demás, por más que parezca justa, no contiene en sí la verdad. Por sus frutos podemos distinguir la verdad de los enunciados: si suscitan polémica, fomentan divisiones, infunden resignación; o si, por el contrario, llevan a la reflexión consciente y madura, al diálogo constructivo, a una laboriosidad provechosa.

4. La paz es la verdadera noticia

El mejor antídoto contra las falsedades no son las estrategias, sino las personas, personas que, libres de la codicia, están dispuestas a escuchar, y permiten que la verdad emerja a través de la fatiga de un diálogo sincero; personas que, atraídas por el bien, se responsabilizan en el uso del lenguaje. Si el camino para evitar la expansión de la desinformación es la responsabilidad, quien tiene un compromiso especial es el que por su oficio tiene la responsabilidad de informar, es decir: el periodista, custodio de las noticias. Este, en el mundo contemporáneo, no realiza sólo un trabajo, sino una verdadera y propia misión. Tiene la tarea, en el frenesí de las noticias y en el torbellino de las primicias, de recordar que en el centro de la noticia no está la velocidad en darla y el impacto sobre las cifras de audiencia, sino las personas. Informar es formar, es involucrarse en la vida de las personas. Por eso la verificación de las fuentes y la custodia de la comunicación son verdaderos y propios procesos de desarrollo del bien que generan confianza y abren caminos de comunión y de paz.

Por lo tanto, deseo dirigir un llamamiento a promover un periodismo de paz, sin entender con esta expresión un periodismo «buenista» que niegue la existencia de problemas graves y asuma tonos empalagosos. Me refiero, por el contrario, a un periodismo sin fingimientos, hostil a las falsedades, a eslóganes efectistas y a declaraciones altisonantes; un periodismo hecho por personas para personas, y que se comprende como servicio a todos, especialmente a aquellos –y son la mayoría en el mundo– que no tienen voz; un periodismo que no queme las noticias, sino que se esfuerce en buscar las causas reales de los conflictos, para favorecer la comprensión de sus raíces y su superación a través de la puesta en marcha de procesos virtuosos; un periodismo empeñado en indicar soluciones alternativas a la escalada del clamor y de la violencia verbal.

Por eso, inspirándonos en una oración franciscana, podríamos dirigirnos a la Verdad en persona de la siguiente manera:

Señor, haznos instrumentos de tu paz.
Haznos reconocer el mal que se insinúa en una comunicación que no crea comunión.
Haznos capaces de quitar el veneno de nuestros juicios.
Ayúdanos a hablar de los otros como de hermanos y hermanas.
Tú eres fiel y digno de confianza; haz que nuestras palabras sean semillas de bien para el mundo:
donde hay ruido, haz que practiquemos la escucha;
donde hay confusión, haz que inspiremos armonía;
donde hay ambigüedad, haz que llevemos claridad;
donde hay exclusión, haz que llevemos el compartir;
donde hay sensacionalismo, haz que usemos la sobriedad;
donde hay superficialidad, haz que planteemos interrogantes verdaderos;
donde hay prejuicio, haz que suscitemos confianza;
donde hay agresividad, haz que llevemos respeto;
donde hay falsedad, haz que llevemos verdad.
Amén.+

martes, 7 de junio de 2022

Periodistas de copetín *

Hoy en la Argentina se celebra el Día del Periodista en conmemoración del primer número de La Gazeta de Buenos Aires, fundado por Mariano Moreno el 7 de junio de 1810 para difundir las políticas de la Junta que asumió el 25 de mayo luego de destituir al virrey. Lo del Día del Periodista fue una idea del Primer Congreso de Periodistas argentinos que se celebró en Córdoba en 1938. El 31 de mayo de 1942 se fundó en Posadas el Círculo de Periodistas de Misiones, en una reunión que tuvo lugar en la sede del diario La Tarde y que, como es costumbre entre los periodistas, terminó con un vermú en la confitería Tokio. Los reunidos aquel 31 de mayo decidieron, además, celebrar el inminente Día del Periodista con una buena cena; y al cumplirse un año de su fundación, empezaron la celebración en la tardecita el 6 de junio de 1943 con un cóctel en la confitería La Palma y esperaron el 7 con una cena en el restaurante Cervantes de Posadas. Esas celebraciones están confirmando que eran buenos periodistas: es parte de nuestro código genético, pero no es la única.

Periodista es una persona que ve historias donde los demás no ven nada. Esa puede ser una descripción bastante cabal de un periodista, pero hay más. El periodismo es la pasión por la verdad urgente, esa que comparaba la semana pasada con el aire para respirar. Y por ser urgente explicaba que la verdad del periodismo es siempre una verdad cruda, en proceso, sin terminar. Quiero decir que la verdad de los periodistas es una obligación como la de los jueces o la de los científicos, pero tiene otro ritmo, otra cadencia... y puede que nunca lleguemos a la verdad total, definitiva, a la que tampoco llegan los jueces o los científicos, por lo menos en este mundo.

El modo de acercarse a la verdad de los periodistas es el de las artes y no el de las ciencias, aunque muchas veces se sirva de métodos científicos para alcanzarla. ¿Y cómo se acerca a la verdad un artista? Por el camino indirecto de la metáfora, de la proporcionalidad y la analogía. ¿Quién dice la verdad más cabalmente? ¿Gabriel García Márquez o Louis Pasteur? ¿Pablo Picasso o Marie Curie? ¿Wolfgang Amadeus Mozart o Albert Einstein? Todos los grandes artistas dicen verdades que quedarían sin decir si ellos no las dijeran. Son verdades tan grandes, tan puras, tan relevantes... que tienen la fuerza de conformar más nuestra sociedad que miles de tesis científicas.

El periodismo tiene siempre el deber de buscar la verdad y de hacerla pública. Esas dos obligaciones –que también son pasiones– definen y describen nuestra profesión. Pero lo que la diferencia de otras profesiones que también buscan la verdad es que nosotros la buscamos para publicarla a los cuatro vientos. Esta condición es la que nos pone tantas veces del otro lado de los que tienen cosas que esconder o de los que prefieren que no se sepa lo que hacen. También la que nos convierte en desalmados, sobre todo a los que todavía trabajamos en medios que se imprimen en una tira de papel, porque no solo publicamos la verdad: la imprimimos para que quede allí para siempre. Creo que esa condición de la prensa gráfica no se perderá nunca y que aunque un día dejen de venderse periódicos, imprimiremos uno, lo rubricaremos como notarios de la actualidad y quedará guardado en un lugar seguro, como los protocolos de una escribanía.

No hay profesión más humana ni más cercana a los dramas de la gente, pero también es una profesión de Zeligs, porque los periodistas nos mimetizamos con nuestros interlocutores. Es una desgracia que pasemos más tiempo cerca del poder que con quienes necesitan que los amparemos de los abusos de los poderosos. Es que no somos inmunes a las mieles lícitas del poder; y tampoco a la corrupción, al dinero, a los privilegios y prebendas del poder mal entendido.

Un periodista que vende su pluma, primero vendió su alma... y ese día dejó de ser periodista.

Publicado en El Territorio el 5 de junio de 2022

martes, 18 de octubre de 2011

El verdadero negocio del periodismo

Les comparto el final de la conferencia de Danilo Arbilla en la 67ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de la Prensa en Lima (las negritas son mías):
Pero la lucha continúa, los atentados contra torres más altas, como son la libertad de prensa y el derecho a la información continúan; los ataques contra edificios más valiosos erigidos sobre los fundamentos enunciados por el Barón de Montesquieu se repiten y el terrorismo no afloja. Tampoco aflojaremos nosotros. Que lo sepan. Que sepan que la SIP seguirá siempre siendo protagonista de momentos históricos y de plena dignidad. Que sepan que nuestro negocio no es otro que luchar por la libertad y que no conocemos ninguna ocupación más noble ni más gratificadora que luchar hasta donde sea y cueste lo que cueste por todos los derechos y todas las libertades. 
Maravillosa descripción del periodismo. Del verdadero negocio del periodismo, que no es difundir información: es muchísimo más que eso.

A los periodistas no les interesa ganar dinero ni hacer otro negocio que defender la libertad de sus ciudadanos, de sus comunidades, de sus países. Y lo hacen con la verdad (o con la información... si les gusta). Sin la verdad solo hay una libertad de mentirita.

Lo notable es que los que luchan por la libertad son los que ganan dinero. Hoy más que nunca, con la libertad de expresión amenazada en varios países del continente.

El negocio del periodismo (y 5), en Paper Papers, 27/2/09
El negocio del periodismo (4), en Paper Papers, 21/2/09
El negocio del periodismo (3), en Paper Papers, 18/2/09
El negocio del periodismo (2), en Paper Papers, 13/2/09
El negocio del periodismo (1), en Paper Papers, 13/2/09

sábado, 11 de febrero de 2023

La política tóxica

Con el permiso presunto de La Nación, transcribo esta excelente entrevista que Adriana Amado a David Jiménez que se publica hoy en la sección Ideas del diario. Si está suscrito a la Hoja de Mitre, puede verla aquí.


David Jiménez: “La política tóxica está ocupando todas las energías periodísticas”

Experimentado corresponsal y exdirector del diario El Mundo, el español sostiene que el periodismo no debe olvidarse de vigilar el sistema y sus abusos, y que deberá adaptarse para combatir las mentiras que proliferan
Las tensiones entre medios, empresa y política son teorizadas por académicos que nunca las vivieron, asumidas por quienes deben enfrentarlas como condición de supervivencia de esos mismos medios y padecidas por los periodistas, los eslabones más débiles de la cadena de la información. Pero pocas veces, alguien que las vivió recrea los detalles de esas tensiones en una crónica que desvela el entramado entre prensa y poder.

Para escribir El director: secretos e intrigas de la prensa narrados por el exdirector de El Mundo, David Jiménez se valió de la cláusula de conciencia, con rango constitucional en España desde 1978, que ampara el derecho de los periodistas a rechazar procedimientos no éticos. El libro, paradójicamente, está lleno de los dilemas éticos cotidianos que involucran la supervivencia de ese diario y las fuentes de trabajo, lo voluble de la credibilidad periodística o los límites de una profesión supuestamente poderosa, pero que se revela frágil cuando se conoce la historia de cada periodista, incluida la de quien alcanza el máximo escalafón, como fue el caso de Jiménez.

Como dicen las advertencias de las películas (y El director está en camino de convertirse en una), cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia. O no, si se entiende que la literatura permite ahondar la complejidad de los conflictos humanos de una manera como no permite la perentoriedad de la noticia. Por eso, el libro da pie, en esta conversación mantenida con el autor durante uno de sus tantos viajes a Asia, para hablar de lo que pasa hoy en el periodismo.

Para Jiménez, en estos tiempos críticos, el periodismo tiene que vigilar el sistema y sus abusos. “Si nos convertimos en parte del sistema, ¿cómo vamos a vigilarlo?”, se pregunta.

Además de El director, publicó las crónicas Los hijos del monzón (2007), premiado como el Mejor Libro de Literatura de Viajes en España, y El lugar más feliz del mundo (2013). En su experiencia cubriendo conflictos se inspiraron las novelas El botones de Kabul (2010) y la reciente El corresponsal, que es también un homenaje a los reporteros de guerra.

–Si alguien no supiera que se trata de un diario, el cargo “director de El Mundo” parece sacado de un superhéroe de las películas de Marvel.

–A mí me impresionó porque yo sabía que el director de un gran periódico tenía poder. En España siempre se trató a los directores como a ministros que van en sus coches con chofer, se ven con la gente importante, son tratados de manera especial. De hecho, el día que llegué me llamaron el rey, el presidente del gobierno, los grandes empresarios del país. Todo el mundo me quería conocer porque había sido un llanero solitario que había cubierto guerras, revoluciones, desastres naturales al que, de repente, nombraron director. Hubo una gran curiosidad porque normalmente el director de un gran diario en España es alguien que ha ido engrasando su escalada con contactos, trabajando en la redacción. Mi caso no era así. De hecho, el día que llegué para ocuparme de la dirección el guardia de seguridad no me reconoció y me pidió el carnet de identidad, que me había olvidado en casa.

–La cláusula de conciencia no existe en la Argentina, aunque sí en España, aunque el periodismo no haga ejercicio de ese derecho. ¿A qué puede atribuirse?

–La mayoría de los periodistas españoles desconocen la cláusula de conciencia que nos protege en la Constitución frente a algo que va en contra de la ética. Soy, de hecho, el primer director de un diario nacional en España que se acogió a esa cláusula, a pesar de que en los últimos años ha habido muchos despidos arbitrarios y mucha gente perdió su empleo, no por hacer mal su trabajo sino por lo contrario, por ejercerlo con dignidad y honestidad. Cuando yo salí, la empresa intentó desactivar esa cláusula haciéndome firmar un acuerdo de confidencialidad que, básicamente, decía que no podía mencionar nunca lo que había ocurrido en el año que fui director de El Mundo. Luché judicialmente para que no fuera así y durante un año, que fue más duro que el año al frente del diario, fui vetado prácticamente en todos los lugares. Me despidieron no solo de El Mundo. Me despidieron de Antena 3 Televisión, de Onda Cero. Hubo un intento de anulación de una persona que lo único que estaba haciendo era contar su historia. Si esa historia es incorrecta o calumnia a alguien, están los tribunales para poder defenderse.

–¿Cree que el periodista resigna más de lo que debería resignar?

–Yo hablo del periodismo que conozco y que he vivido, que es el español. Me parece que es un periodismo acobardado, sobre todo a raíz de la crisis del 2008-2009, cuando los medios vieron muy debilitados los números que los hacían sostenibles. Eso fue detectado por el poder tanto político como económico, que apretó las tuercas de los medios y, de repente, mucha gente fue despedida. Cuando yo era un joven reportero, en España el poder tenía miedo de la prensa y cuando volví, dos décadas después, era la prensa la que tenía miedo del poder. Hubo, por supuesto, gente que peleó contra esa situación, pero diría que, mayormente, el periodismo español se rindió al poder. Lo digo con mucha tristeza. Hubo gente que atacó El director diciendo que era una prueba de odio hacia el periodismo. Es todo lo contrario: una prueba de amor a una profesión que me lo dio todo, en la que he sido un privilegiado. Creía que le debía algo y que si había alguien que podía hablar y contar, con el objetivo de arreglar lo que iba mal, éramos los que nos había ido bien y podíamos soportar la presión. No escribirlo habría sido cobarde porque en mis veinte años como reportero vi a compañeros encarcelados en dictaduras. Vi cómo mataban a un compañero a escasos metros de mí en Birmania. Veo todos los días lo que pasa en tantos lugares donde los periodistas toman unos riesgos increíbles y admirables por contar la verdad. ¿Y vamos a callarnos porque a lo mejor no nos dan una promoción o nos pueden despedir?

–¿El corresponsal es también un acto de amor al periodismo?

–Sí, a una parte de la profesión que me dio mucho. Me hace gracia porque El director es un libro que me marcó. Eso tiene su parte buena, pero la mala es que no consigo quitármelo de encima. Fui director apenas un año y veinte años fui corresponsal. Siempre me consideré mucho más reportero que director, algo que considero un accidente en mi carrera. Pues tenía ganas de contar también cómo es de verdad la profesión de corresponsal, más allá del estereotipo: cómo es la vida de estos tipos que se la van a jugar a miles de kilómetros de distancia, cómo son sus amistades, cómo se traicionan, cómo se enamoran cuando puedes morir al día siguiente.

–¿Se pueden relacionar las tensiones que describe con el hecho de que los diarios empezaron a darle más espacio a la política?

–No sé si ocurre igual en la Argentina, pero en España es absurdamente desproporcionado el espacio que ocupa la política. Pero no la política de la propuesta o de la mejora de la situación de la gente, sino la política del enfrentamiento puro y duro, la de qué le dijo un político al otro, cómo lo insultó. La política tóxica ocupa todas las energías periodísticas. Y eso nos desvía de la educación, de la sanidad, del bullying, de las desigualdades que los últimos años han aumentado de una manera brutal. Creo que tiene que haber un equilibrio y que los periodistas tenemos que salir del gueto del establishment. El periodismo tiene que vigilar el sistema y sus abusos. Si nos convertimos en parte del sistema, ¿cómo vamos a vigilarlo?

–En el libro menciona también la dificultad de integrar lo digital, ¿por qué cree que esa transformación fue vista por la prensa como una amenaza antes que como una herramienta competitiva?

–Es curioso, ¿no?, porque el periodismo es en teoría una profesión que toma el pulso a la sociedad y a los cambios. Pero cuando esos cambios los iban a afectar, su reacción fue resistirse, y perdimos muchos años. Incluso hubo una época en que yo como corresponsal prefería que mis crónicas aparecieran en el papel. Veía la web como algo secundario. Me di cuenta en Birmania en 2007, en la revolución del Azafrán, cuando un jefe me convenció de que iba a tener más impacto en la web. Y así fue. Pero cuando llegué al periódico a dirigirlo en 2015 gran parte de la redacción todavía estaba en modo resistencia. Nunca vamos a decirle al lector dónde consumir el periodismo. Lo único que podemos hacer es darle el mejor periodismo posible. Si lo quieren consumir en redes sociales, en el celular, ya no es asunto nuestro. Nosotros lo tenemos que distribuir en todas las plataformas para llegar al mayor número.

–Otra de sus medidas fue bajar a la mitad la cantidad de publicaciones y hacer menos de mejor calidad. Sin embargo, muchos medios todavía insisten en el volumen.

–Ahora todos estamos hablando de la Inteligencia Artificial (IA) como nueva amenaza para el periodismo. Si uno le pide a la IA que le escriba una noticia con la información económica del día, lo hace mejor que muchos periodistas. Dentro de tres años lo hará infinitamente mejor. Ninguna IA va a reemplazar al periodista que crea un contenido original, investiga, destapa la corrupción. No va a estar en la guerra en Ucrania y describir lo que está pasando igual que el que está ahí. Pero hay muchas otras cosas que las va a hacer una máquina. Y eso va a obligar a reorganizar las redacciones, a potenciar la formación de los periodistas en lo que sí se va a necesitar. Estamos ante una grandísima revolución de la que todavía no sabemos las consecuencias.

–Esa revolución también impacta en las corresponsalías. Por caso, la guerra de Ucrania, tan cercana a Europa, es una guerra que se cuenta por redes sociales.

–El periodismo también se despistó ahí porque, en realidad, esa guerra empezó en 2014 y la invasión de Crimea pasó absolutamente desapercibida. Y a los corresponsales o los habían despedido o los habían precarizado. En ese abandono hemos olvidado una cosa fundamental y es que lo que pasa a miles de kilómetros de donde estamos nos afecta. Hemos tenido una crisis energética, nos han subido los precios y mucho de eso está relacionado con un conflicto que estaba sucediendo en otro país. Hoy en día es muy extraño que haya medios que apuesten por la información internacional. A los que lo hacen les está yendo muy bien, como The New York Times que nunca tuvo más corresponsales en su historia.

–Muy pocos periodistas tienen ese privilegio de haber estado en la trinchera y también en la redacción. Según su experiencia, ¿hacia dónde va el periodismo?

–El futuro de los medios está, en efecto, en hacer menos de más calidad. Va a haber gente que con dos empleados podrá tener un diario con información deportiva, social, cultural, política y demás gracias a la IA y las herramientas de internet. Lo que nos queda a los medios es ofrecer aquello que la tecnología no va a suplir. Veo claro que van a sobrevivir aquellos que sean capaces de generar ese contenido original. Para eso los medios van a tener que contratar a gente que tenga el talento suficiente para aportar ese contenido original que los diferencie del resto.

–¿Qué le diría a los jóvenes que insisten en dedicarse al periodismo después de todo?

–Voy mucho a las facultades de periodismo y los profesores antes de entrar siempre me dicen que los chicos están deprimidos, que creen que se han equivocado de profesión. Creo que los periodistas jóvenes también van a tener oportunidades. Hay un mundo nuevo que no tiene nada que ver con los medios generalistas y que cada vez está cobrando más importancia, con podcasts, con YouTube, con plataformas, con maneras de contar historias a través de redes. También creo que va a seguir siendo necesario ir a los lugares y que hay miles millones de historias por contarse en el mundo. Algunos medios tomarán el camino correcto y a otros les pasará como a Kodak, que llegó la fotografía digital, no supieron verlo y murieron. Adaptarse no quiere decir renunciar a los principios del periodismo del rigor, la credibilidad, la verdad. Es aliarse con la tecnología para que ganen en fuerza, potencia y distribución. Estamos en un momento en el que tengo miedo de que gane la mentira porque estas herramientas en manos de manipuladores, propagandistas, desinformadores, odiadores, propagadores de intolerancia son peligrosísimas, y cada vez van a tener más capacidad de crear contenido. O lo contrarrestamos con buen periodismo o va a ganar la mentira. Yo quiero que gane la verdad.

–¿Por qué es tabú que el periodista critique el periodismo?

–Uno de los problemas que encontró El director fue la reacción de algunos compañeros contraria a que contara la historia del año en que ocupé el puesto, pero para mí es absurdo porque de la misma manera que los periodistas hablamos de los políticos, de los deportistas, criticamos a los restaurantes, ¿por qué no vamos a hablar de una manera honesta y abierta de nosotros y de lo que nos ha llevado a la crisis del periodismo?

–Más allá de ese repudio inicial que algunos miembros del establishment hicieron del libro, ¿cuál es el balance?

–Es curioso porque el libro ha envejecido mejor que sus críticos. Con el paso de los años no solo ha mantenido actualidad, sino que incluso gente que lo vio de una manera negativa al principio, de repente dice vaya, todo lo que contó este tipo ha demostrado ser cierto. Porque llevábamos décadas con ese secreto que contábamos en las redacciones, al lado de la máquina del café, sobre lo que iba mal en el oficio. Pero nadie rompía la ley del silencio y creo que hacía falta romperla para empezar a cambiar y mejorar las cosas.

–Si volviera a tener veinte años, ¿elegiría de nuevo el periodismo?

–Si existiera la opción lo elegiría otra vez, incluso en esta época en la que todo ha cambiado y hay dificultades. Creo que cuando te lo dejan ejercer en libertad y con dignidad tanto en tus condiciones económicas como en el respeto a tu trabajo es, como dice el cliché, una de las mejores profesiones del mundo.
 
PERFIL: David Jiménez

■ David Jiménez desarrolló su carrera de periodista en el diario El Mundo, de España. Ingresó en 1994 y en 1998 propuso crear la corresponsalía en Asia, desde donde cubrió conflictos y catástrofes en más de treinta países.

■ Estaba en la Universidad de Harvard, gracias a la distinguida beca Nieman para periodistas, cuando recibió la invitación de asumir la dirección del diario, cargo que tomó en abril de 2015 hasta mayo de 2016. Ese año es el que relata en El director (2019), libro que va por su décima edición.

■ Ha colaborado con medios internacionales como The Guardian, Corriere della Sera, The Sunday Times, Esquire, CNN, BBC. Actualmente escribe en The New York Times.

■ Su último libro es El corresponsal, una novela centrada en su experiencia como reportero de guerra.