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viernes, 26 de enero de 2018

Cuando todo es secreto, nada es secreto

Copio esta excelente nota de José Claudio Escribano en La Nación de hoy sobre The Post, la película de Steven Spielberg que se estrena el jueves 1 de febrero.

 

El día que la libertad de expresión pudo más que los secretos de estado
The Post: los oscuros secretos del Pentágono se estrena el próximo jueves en la Argentina. Como aficionado al cine, recomiendo verla. Alcanza para deleitarnos la actuación admirable de Meryl Streep en la personificación de Katharine Graham (1917-2001), la célebre propietaria editora de The Washington Post. El film ahínca en las tensiones internas que precedieron a la decisión del diario de publicar, en 1971, documentos secretos sobre el involucramiento de los Estados Unidos en Vietnam entre 1945 y 1967.

En todas las redacciones, ese extraordinario proceso político, diplomático y sobre todo militar del siglo XX ha pasado a la historia como "Los papeles del Pentágono". Algunas de sus más conmovedoras consecuencias hicieron blanco en las relaciones entre la prensa y el gobierno de los Estados Unidos. Derivaron incluso en la doctrina judicial invocada a menudo por tribunales de todo el mundo sobre la naturaleza estratégica del derecho a la libertad de prensa y el de la gente a estar informada. Se lo debemos a editores de la templanza de la señora Graham.

Los orígenes del asunto se remontaban a la decisión de Robert McNamara, secretario de Defensa del entonces presidente Lyndon Johnson, de encomendar a una treintena de académicos el acopio de las razones por las que los Estados Unidos se habían implicado en la antigua Indochina. Al hacer pie en Vietnam, los Estados Unidos lo habían hecho con la certeza de que a Francia le resultaba insostenible preservar el dominio de sus colonias en esa parte del mundo y conjurar el avance comunista en el sudeste asiático.

Los franceses estaban fuera de forma para contener desde fines de los cuarenta a las fuerzas de liberación nacional de Vietnam, en las que predominaban los comunistas de Ho Chi Minh. Poco a poco la intervención militar norteamericana se había acrecentado en términos tan inauditos que al promediar los sesenta ya nadie en Washington sabía bien si acentuar aún más la presencia desplegada en Vietnam o disponer cómo y cuándo salir de lo que se había convertido en un atolladero infernal.

El estudio de esclarecimiento ordenado por McNamara debía compendiar planes y asesoramientos a sucesivos presidentes norteamericanos -Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson- por la Junta de Comandantes en Jefe y atesorar informes de inteligencia e instrucciones presidenciales a lo largo de veintidós años. O sea, todo lo necesario para saber por qué demonios los Estados Unidos estaban donde estaban.

McNamara había sido como presidente de Ford una de las luminarias de la industria automovilística norteamericana y se sumía, como responsable de la Defensa, en indagaciones introspectivas sobre los errores estratégicos perceptibles en la conducción de la guerra. Se interrogaba si aquellos presidentes habían tenido suficientemente en claro lo que iba ocurriendo, según testimonió más tarde en sus memorias, o si habían actuado bajo la sedación narcótica de una política de pasmosos secretos militares.

Una generación marcada

Los franceses habían quedado fuera de juego después de la encerrona de l954, en Dien Bien Phu. Allí cayó, en combate convencional, su ejército expedicionario en Extremo Oriente. Vietnam, parte sustancial de la antigua Indochina, que también integraban Laos y Camboya, quedaría ceñido en adelante a tema del resorte de la política militar y diplomática de los Estados Unidos. Acompañarían a los norteamericanos en combate las modestas tropas de un puñado de países aliados. El giro marcó a una generación de norteamericanos: más de 55.000 soldados abatidos y muchos con heridas que los desfiguraron y dejaron sin brazos o sin piernas. Al terminar la guerra, las bajas vietnamitas sobrepasaban el millón de hombres.

La lucha se prolongó hasta abril de 1975. Las fuerzas norteamericanas se retiraron para no volver mientras los comunistas asumían el control total del territorio vietnamita. Todo sucedió en el escenario familiar de la Guerra Fría, instalado al fin de la Segunda Guerra, pero particularizado en un ámbito geográfico incomprensible para los norteamericanos, sobre el que lanzaron más bombas de las que habían disparado durante la conflagración mundial. Los actores locales de la tragedia eran, por un lado, Vietnam del Sur, con capital política en Saigón, gobernada por una casta de políticos corruptos sostenidos como "el mal menor" desde Washington, y por el otro, Vietnam del Norte. Desde su capital, Hanoi, se expandía el poder personal de un líder de implacable obstinación estalinista, Ho Chi Minh, héroe principal de la independencia vietnamita del coloniaje francés.

Ho Chi Minh contaba con el respaldo de la Unión Soviética y de China. A su lado brillaba el genio táctico en guerra de guerrillas y emboscadas del general Vo Nguyen Giap, jefe del ejército y leyenda viva desde Dien Bien Phu en los círculos intelectuales y políticos izquierdistas y anticolonialistas de Occidente. Sus laureles de guerrero perduran hasta hoy. En 1968, en el apogeo de la intervención en Vietnam, los Estados Unidos tenían comprometidos en el teatro de la guerra medio millón de soldados, muchos en la adversidad de junglas y manglares que el enemigo dominaba en laberintos infranqueables y túneles bajo la selva.

En los primeros meses de 1969, para la primera presidencia de Richard Nixon, estaba terminada la reconstrucción histórica encargada por McNamara. Se desplegaba en 47 volúmenes, con un total de 7000 páginas: 3000 de análisis histórico y 4000 de documentos. Se extrajeron del original varias copias. La que de verdad cuenta en el drama cinematográfico dirigido por Steven Spielberg -con Tom Hanks en el papel de Ben Bradlee como jefe de la redacción del Post- es la que se guardaba en los archivos de Rand Corporation, un think tank que había aportado especialistas y coordinado el trabajo.

Uno de esos expertos en cuestiones políticas y militares era Daniel Ellsberg, graduado en Economía en Harvard y Cambridge y ex militar. Entre sus rasgos académicos sobresalía el interés por la teoría de la decisión. Se le ha reconocido haber hecho contribuciones de valor sobre cómo influyen las condiciones de incertidumbre, desinformación y ambigüedad a la hora de las definiciones. Tales condicionamientos abundaban, justamente, en los papeles del Pentágono que Ellsberg tomó de forma subrepticia utilizando claves que le habían confiado, y copió, tomo por tomo, por meses, en la Xerox instalada en las oficinas de una pequeña agencia de publicidad. Copió con la ayuda de Anthony Russo, un ex empleado de Rand Corporation. Logró estremecer a Washington sin impedir que la guerra prosiguiera cuatro años más.

Herbert Simon, doctor en Economía por la Universidad de Chicago y luego profesor de Carnegie Mellon University en Administración y Psicología y en Ciencias de la Computación y Psicología, obtuvo en 1978 el Premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre procesos decisorios, por los que Ellsberg sentía devoción. El finado Simon fue doctor honoris causa por la Universidad de Buenos Aires. Tan interesado como Ellsberg en los fenómenos políticos y económicos, Simon escribió en sus memorias que "para entender la política tenemos que entender cómo es que las cuestiones reciben la atención de la gente y se convierten en parte de la agenda activa.". Otro premio Nobel de Economía, Richard Thaler, distinguido en 2017, también pertenece, de acuerdo con la opinión de Juan Carlos de Pablo, a esa corriente de pensamiento a la que Ellsberg había dedicado años de análisis.

Las críticas contra la guerra

Si Ellsberg era un lunático, como suponían quienes lo maldijeron por la filtración de secretos de Estado, era, bueno, un lunático ilustrado. Se había especializado como Simon en la psicología de los procesos humanos en la resolución de arduos problemas. En la Argentina, De Pablo es uno de los economistas de relieve que más atención han puesto, junto con Martín Tetaz, en entender el impacto de la racionalidad y las emociones humanas en el comportamiento económico. El profesor Simon, por su parte, escribió en su autobiografía que al concentrarse en el proceso simbólico mediante el cual la gente piensa, él se convirtió rápidamente en un psicólogo conductista y en un científico de la computación.

En ese mundo de las ideas había madurado el pensamiento del académico de Rand Corporation que, al apoderarse de los papeles del Pentágono y enardecer con su divulgación las críticas contra la guerra, dejaría un sello en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Hasta por una de sus derivaciones centrales, el asunto bien merecía la película de Spielberg.

Había otros elementos más de significación en la compleja contextura temperamental de Ellsberg y, por igual, de su asociado, Tony Russo: se caracterizaban por una discreta sensibilidad respecto de los movimientos protestatarios de la época, tan en boga a fines de los sesenta. Esa identidad psicológica y política no llamó la atención cuando los contrató una empresa acostumbrada como la Rand a manejar secretos que el Estado le participaba para su asesoramiento. Se suponía que siempre lo haría con no menos profesionalismo con el que fríen papas en un restaurante de categoría.

Tanto a Ellsberg como a Russo los aunaba el juramento vindicativo de que varios presidentes, y en particular Johnson, habían mentido sistemáticamente a la opinión pública y al Congreso de los Estados Unidos sobre temas de la mayor trascendencia institucional y debían pagar por ello. Algo tan capital como los bombardeos por saturación sobre zonas rurales de Camboya y Laos, en cuyos límites con Vietnam se desplazaba el enemigo, se había realizado como misiones encubiertas, en medio de la tergiversación general de las informaciones.

Se propusieron así propulsar una denuncia pública que revelara la trama oculta de la guerra y terminara de tal modo la situación engrosada en serie por varias presidencias de los Estados Unidos. El film de Spielberg narra cómo el primer diario al que Ellsberg interesó en las revelaciones fue The New York Times. Contactó a un conocido, el reportero Neil Sheegan.

El libreto de la película pasa por alto, sin embargo, que eso ocurrió después de que Ellsberg hubiera pretendido complicar en la divulgación de los papeles del Pentágono a dos senadores del Partido Demócrata, ambos con credenciales de incuestionable militancia liberal: William J. Fulbright, presidente de la influyente Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, y George McGovern, el candidato presidencial de oposición a quien Nixon aplastaría en las elecciones de 1972. Los dos se excusaron. Evaluaron seguramente la naturaleza del destape y los riesgos políticos y legales del caso. Se sabe que McGovern sugirió a Ellsberg golpear las puertas del Times.

Las licencias de una obra cinematográfica de indudable jerarquía no empalidecen por el señalamiento de que el desempeño de mayor valor periodístico en la cuestión correspondió en un sentido al Times, no al Post. Fue el que dio la primicia, nada menos. ¿Pero cómo enrostrar a Spielberg y los guionistas haberse cautivado con el comportamiento ejemplar de Graham y Bradlee, cuyos nombres agigantó todavía más en la consideración mundial la revelación ulterior del affaire Watergate?

De hecho, fue el Times el que se adjudicó el Pulitzer por la publicación de los papeles del Pentágono. Un equipo de redactores y abogados los examinaron durante tres meses enclaustrados en una suite del Hilton de Nueva York. Eso en el periodismo de clase se llama trabajar a conciencia. Solo al final de la sesuda tarea el Times autorizó a la redacción a que ordeñara en sucesivas ediciones el material recibido. La serie comenzó a editarse en junio de 1971 con la consigna de que ninguna palabra arriesgara vidas u operaciones militares en curso. Ellsberg facilitó ese objetivo, pues retuvo tres o cuatro volúmenes entre los que se mencionaban negociaciones secretas sobre intercambio de prisioneros.

El presidente Nixon contraatacó. Ordenó al fiscal general, John Mitchell, que persiguiera judicialmente al Times por violación de la ley sobre secretos de Estado y seguridad nacional. Un tribunal federal ordenó al Times el cese de las publicaciones; otro tribunal había opinado en contrario. El Times apeló a la Corte Suprema de Justicia mientras los papeles del Pentágono llegaban a The Washington Post y otros diecisiete diarios.

A partir de esa encrucijada empieza a desarrollarse la trama del film. ¿Qué hacer cuando una empresa periodística que se ha abierto a la cotización bursátil se halla presionada por abogados y accionistas y por funcionarios de primer rango gubernamental para callar? ¿Qué hacer cuando la persecución puede ser hasta de cárcel para los editores? ¿Y qué hacer cuando uno se halla al mismo tiempo ante un cruce de la historia, con la oportunidad de coronar servicios periodísticos de excepcional honra, que expandirán su prestigio en la sociedad y el mundo? El Times ya había hecho su apuesta en la dirección con la que se compromete a diario bajo el águila icónica, tan vieja como la Constitución, tan determinante como símbolo de autoridad y supremacía en los sueños norteamericanos: "Todas las noticias que sean dignas de imprimirse".

La señora Graham adoptó al fin la decisión de publicar lo que en esos días estaba prohibido por un tribunal al Times. La siguieron otros diarios. En días, la Corte Suprema declaró, por seis votos contra tres, en "The New York Times Company vs. United States", que es lícita la publicación de documentos oficiales referentes a la política militar desarrollada con motivo de una guerra a menos que se acredite que el medio de prensa ha incurrido en un acto de espionaje para obtener la información.

"Cuando todo es secreto, nada es secreto", escribió, iluminado, uno de los jueces de la mayoría. Fue una revalidación notable de la primera enmienda de la Constitución de 1787 y de su configuración para asegurar la libertad de prensa y cerrar puertas a la censura previa.

Esa doctrina inspiró más de una decisión judicial en la Argentina. En 200l, la Sala II de la Cámara Criminal y Correccional Federal falló que no correspondía responsabilizar al periodista que había difundido una información fiscal reservada en un caso de interés institucional. Los jueces hicieron saber que preservaban el derecho a la libertad de informar aunque la filtración de la noticia hubiera sido hecha por un funcionario responsable de preservar el secreto.

Ellsberg y Russo afrontaron imputaciones por robo de documentos, conspiración y espionaje, entre otros delitos. Ellsberg pudo haber sido condenado hasta con 115 años de prisión. Pero la Justicia los sobreseyó como consecuencia de que el gobierno de Nixon y la Fiscalía General habían cometido contra ellos delitos de prevaricación, supresión de pruebas, ocultamiento de testigos y obstruido, en suma, el debido proceso.

En 2011, Ellsberg fue detenido por protestar en la calle contra la detención del soldado Bradley Manning, o la ex soldado Chelsea Manning, por decirlo en términos ajustados al último curriculum vitae. Manning, a quien por piedad el presidente Obama salvó al final de la cárcel, había posibilitado la difusión de una infinidad de documentos sobre Afganistán que conocía como analista del ejército. En un artículo de 2013, en The Guardian, y acorde con preocupaciones inveteradas, Ellsberg otorgó apoyo público a Edward Snowden, que está refugiado desde hace años en Rusia. Como analista de sistemas de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, Snowden había divulgado por la red global documentos de Estado de máxima confidencialidad.

Documentos clasificados

Se ha escrito lo suficiente sobre la diferencia entre un leaker, es decir, un soplón como Ellsberg según la definición vulgar, y un hacker, o experto en quebrantar sistemas de seguridad informática, como Snowden. O como los amigos del creador de WikiLealks, Julian Assange, que acaba de asumir la nacionalidad ecuatoriana. Este australiano por nacimiento debe conocer como pocos a sus nuevos conciudadanos, pues lleva años de encierro asilado en la embajada de Ecuador en Londres. Gran Bretaña y los Estados Unidos lo acorralan por sacar a luz unos 250.000 documentos clasificados sobre la guerra de Irak y Afganistán.

En más de cuarenta años de violaciones de secretos de Estado no caben dudas de que por alguna concertación especial de los astros han sido gobiernos norteamericanos los que han pagado en general las cuentas por ese tipo de fenómenos. Los rusos han sido más afortunados: todavía estamos esperando que alguien nos cuente las directivas que recibía del Kremlin el Ejército Rojo invasor que terminó huyendo de Afganistán en 1988. En cuanto a los comunistas, siempre hemos sabido que apoyan con firmeza la publicidad de los actos de gobierno en los países que no son comunistas.

A quienquiera encuentre motivos para estudiar conductas como la de Ellsberg lo fascinará la leyenda de una votación realizada entre estudiantes universitarios de Estados Unidos. Preguntaron a los muchachos por Ellsberg: como ciudadano e intelectual y como empleado de Rand Corporation. ¿Lo aplauden? La mayoría votó por sí. ¿Lo contratarían? La mayoría votó por no. Es eso lo que muestran las buenas gentes cuando bajan la guardia y revelan lo que se esconde de libertario y conservador en la contradictoria naturaleza humana. Oh, sí, un buen vertedero de temas para clases sobre procesos decisorios y dirección de grandes organizaciones como las que impartía Ellsberg.

En 2011, el gobierno de los Estados Unidos publicó de modo oficial los papeles del Pentágono. Con 86 años, Daniel Ellsberg vive en California junto con su segunda mujer. Sigue convencido de que hizo lo mejor por su país.

domingo, 9 de octubre de 2016

Hoy para mañana


Les paso esta columna genial de Pablo Gianera que apareció en el diario La Nación el pasado 22 de septiembre. En cada diario se dice de un modo diferentes –en El Territorio decimos hoy para mañana.

Es de esos artículos sobre la historia del periodismo, cuando salíamos una vez por día, a la mañana del día siguiente, como lo siguen haciendo los diarios (diario de papel es un pleonasmo). Si nos preguntaban entonces si queríamos cerrar cada minuto, lo hubiéramos aprobado volando y hubiéramos mentado a Joe Alex Morris. Esperar la salida del diario a la mañana siguiente era un lastre muy pesado y hasta nos quejábamos cuando las radios nos soplaban una primicia.

Ahora lo extrañamos...

sábado, 5 de diciembre de 2015

Editoriales en la portada del New York Times


El 13 de junio de 1920 The New York Times publicó en portada este editorial (PDF) en el que lamentaba la nominación de Harding como candidato republicano. Hoy, 95 años después, publicó en el mismo sitio este sobre la epidemia de armas en los Estados Unidos.

miércoles, 2 de julio de 2014

Infografías de la época de Napoleón


Entre los que dibujan datos en periódicos nadie discute la condición fundadora de la infografía del magnífico trabajo de Charles Minard sobre la campaña de Napoleón a Rusia. Eldiario.es elige y muestra junto con otros cuatro como los incunables de la visualización de datos, con una impecable explicación de Alberto Cairo.

martes, 26 de noviembre de 2013

50 años no es nada

El 22 de noviembre dos periódicos de Nueva York y muchos de todo el país eligieron dar una noticia de hace 50 años, tal como la dieron ellos mismos el 23 de noviembre de 1963...



RS* ha recogido en "Las portadas de la muerte de JFK valen por dos" los diarios que optaron por repetir la portada, de esos destaco tres de los más notables:



viernes, 8 de noviembre de 2013

Antonio Franco, culpable. Mensaje de un hincha agradecido


Antonio Franco lee el primer número de El Periódico 35 años después (Foto: Jordi Cotrina)


Una de las preguntas que más le han hecho a uno –fuera de cómo estás, qué hora es, tienes fuego y esas– era por qué dedicaba a El Periódico cuatro horas cuatro de las 70 del curso de Proyectos. Por qué a ese diario y no a otros de Barcelona o de Madrid que vendían más, tenían más historia, eran más glamurosos o colocaban más tertulianos en radios y teles.

Para hacerla corta e ingenua, le diré que hay dos razones. Una, que nació para ser el diario de los que no tenían diario. De la gente del cinturón industrial de Barcelona, muchos inmigrantes con pocos estudios y menos medios. Sí, también de los progres de los 80 y 90 que no tenían dónde parar. Pero sobre todo de aquellos trabajadores a quienes los medios apenas prestaban atención y eran decisivos en un país que estrenaba democracia y los había transformado en votantes, en pueblo, en ciudadanos, algo a lo que no estaban acostumbrados ni sabían cómo se comía tras 40 años de dictadura. El Periódico les dio presencia, argumento y atención. Fue decisivo para hacer que, en Catalunya, los de fuera y los de aquí seamos un solo pueblo, un sol poble, como decimos ahora y no dos comunidades separadas por la lengua, las raíces o la plata. Así que cuando se escriba como se debe la historia reciente de este país, El Periódico ocupará –debe ocupar– un capítulo así de grande, porque fue una herramienta de inclusión social y política formidable, crucial, determinante.

En segundo lugar, porque hacer periodismo popular no está al alcance de cualquiera. Es un periodismo difícil, poco agradecido, maltratado. Hay que traducir dos veces la realidad: la primera para entenderla uno y la segunda para facilitársela a lectores que no son como uno. Es complicado. El Periódico dignificó la categoría mientras se degradaban sus diarios fundadores, desde el Daily Mirror británjco al Daily News de Nueva York pasando por France-Soir y Bild. La dignificó tanto que algunos teóricos lo llaman popular de calidad. Su influencia fue enorme: obligó al diario-serio-de-toda-la-vida de Barcelona a reformarse acercándose a él y no al revés. Amén de que todos los diarios nuevos aparecidos en Barcelona siguen sus huellas más que las del competidor.

De ahí las cuatro horas. Es justo.

Bien. El director fundador de ese diario fue Antonio Franco.

Él dirá que no estaba solo, que Antonio Asensio, el dueño, ya fallecido, fue la clave. Querrá quitarse el foco de encima. Que le dejen en paz. Siempre lo hace. Está bien así. Pero él era el primer director de la cosa. Eso no se lo quita nadie.


Antonio Franco y Antonio Asensio con el primer ejemplar del diario, 26 de octubre de 1978

Ahora que su criatura cumple 35 años, conversó con Franco esa magnífica entrevistadora que es Núria Navarro. No debe perderse esta pieza ("El periódico nació rojo"). Aquí en español y aquí en catalán. Les dejo unas muestras (sabrán disculpar algunas expresiones del entrevistado en lengua francesa):
Soy expansivo, soy grande, soy mandón. Pero siempre he respetado mucho a la gente. Los jefes de área fueron muy independientes. Hasta el día siguiente no les decía lo que no me gustaba. Nunca bajaba antes a tocar los cojones. Y confesaré que nunca supe dedicar horas a llamar a ministros y a jueces –cada vez que hablaba con ellos, me sentía condicionado–, pero quería que los especialistas lo hicieran y me lo contaran. También entendí que el director era el interlocutor con la empresa de lo que pensaba la redacción. […]

Siempre fui con mucho cuidado de marcar distancias con los que tenía afinidad ideológica. Viví mal con el tripartito [el gobierno catalán de izquierda entre 2003 y 2010], porque aproveché la oportunidad para hablar claro. Y tuve una buena relación personal, pero muy tormentosa, con el PSOE [el partido socialista español]. Es verdad que el caso Filesa [un grave caso de corrupción de ese partido] salió el mismo día que en El Mundo. También lo es que rompí la amistad con Felipe González [presidente del gobierno de España, 1982-1996] por el terrorismo de Estado. Yo entendía que la derecha hiciera terrorismo de Estado, pero no los míos. Felipe intentó darme explicaciones sobre el GAL [banda terrorista organizada desde el Ministerio del Interior] en la Moncloa y yo no quise saberlo. No quería saber cosas que iban a condicionar lo que iba a escribir. Me levanté y me fui. Ahí acabó una amistad cojonuda.
He sido un cojonudo lector de diarios. Eso me permitía hacer la auditoría del periódico. Como director de papel no me engañaba. Empujé el cambio de tecnología, pero ya se nos habían escapado los jóvenes. Vi que ya no era el director idóneo.
A ver si se nos pega algo, aunque es difícil estar a esa altura.

Enhorabuena a El Periódico por esos 35 años y a ver cuándo le dedican una plaza a Antonio Franco en esta ciudad –y en Lleida, de donde somos los dos.

ACTUALIZACIÓN a 09/11/13: El hombre ha reaccionado: "a mí solo me gustaría que me dedicasen un pasaje o un callejón sin asfaltar en el que hubiese niños jugando a fútbol, cambiando cromos o leyendo tebeos. En el cinturón, por supuesto". Queda dicho. Y recuerdo que en estas cosas siempre se debe respetar la voluntad del mandante. Es de ley.

miércoles, 30 de octubre de 2013

30 años de democracia y periodismo en la Argentina



Interesantísimo aporte de Fernando Ruiz que encuentro por casualidad en el sitio de CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina). Hoy se cumplen 30 años de la elección de Raúl Alfonsín que marcó la vuelta a la democracia después de 53 de alternancia de gobiernos legales más o menos débiles con regímenes cívico-militares de facto nacidos de golpes de estado.

jueves, 3 de octubre de 2013

Tres portadas curiosas

Hace unos días que quiero mostrarles algunas portadas de diarios. La primera es la del Sunday Nation de Nairobi (la edición dominical del Daily Nation) del pasado 22 de septiembre, el día siguiente al ataque al Westgate mall. Es difícil juzgar un diario de Kenia con parámetros iberoamericanos. Lo cierto es que publicaron la foto que ninguno de nosotros publicaría.


La segunda es la tapa de Uno de Paraná (Entre Ríos, Argentina) del domingo siguiente, el 29 de septiembre. Ya ve la noticia principal (gracias CADL).


Y finalmente la tapa de El Territorio del domingo pasado ilustrada con un dibujo de Latrée (Antonio Latreccino). Es común en el ABC Color del Paraguay y en el ABC de Madrid y tiene que ver con una vieja historia, relacionada también con la venta de autos usados. En Junín (provincia de Buenos Aires) un gitano había sido engañado por el comprador de un auto. Cuando lo estaban probando le dijo que sentía un ruido extraño en el caño de escape y le pidió que se bajara a ver qué era. El gitano entró en la trampa y cuando buscaba el escape el comprador arrancó con el Ford Falcon para siempre. Le pedimos al Pata Buonanote -un publicitario que trabajaba con el diario La Verdad- que nos dibuje al gitano agarrándose la cabeza y el auto huyendo con un gesto sobrador del ladrón. Allí estará, en el archivo del diario del año 1988.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Lloyd's List jubila su rotativa


Mírelo bien. Es un ejemplar del diario más antiguo del mundo, por ahora... Se imprime desde 1743 en el puerto de Londres y hoy vende unos... 25 ejemplares. El 20 de diciembre dejará el papel y empezará a cobrar 2.600 euros al año para acceder a sus servicios vía web. Aquí la información. Gracias MRA.

Está genial el logo viejo, con su punto, como el WSJ. Un mal día lo perdieron por el camino.

sábado, 24 de agosto de 2013

Todas las tapas de Clarín


Arriba la primera portada de Clarín. Si usted pone la fecha en el cuadro de abajo consigue la de ese día, siempre que sea después del 28/8/1945 (la foto de fondo no es siempre la misma). Innovador y divertido juego de Clarín; quizá existe en otro lugar y con otro diario, pero a eso ya lo sabremos.


Una lástima que Clarín no muestre sus primeras tapas tal como salieron. El rojo era un golpe a la monotonía de los diarios de aquella época y una apuesta importante de su fundador.

lunes, 12 de agosto de 2013

La obsecuencia del Washington Post con ellos mismos


Son las ediciones del martes 6 y de ayer, domingo 11. En la primera anuncian que los Graham vendieron The Washington Post a Jeff Bezos. Como se ve, es la noticia más importante del mundo de ese día. En la segunda que para Bezos -que no dijo nada más que eso- el diario representa una nueva frontera. The Washington Post siempre fue un poco provinciano con sus antiguos dueños, pero lo curioso es que el mismo Bezos les recordó:
The paper’s duty will remain to its readers and not to the private interests of its owners.
Sí. Está parafraseando a Eugene Meyer, el banquero que compró The Washington Post en 1933 (padre de Katharine Graham y abuelo de Donald, el que lo vendió).

domingo, 2 de junio de 2013

Roberto Civita, el Henry Luce brasileño


Lea. Es la columna de Jorge Fontevecchia en Perfil de hoy sobre Roberto Civita, que murió hace siete días en San Pablo (Brasil). Civita, dice Fontevecchia, quería cambiar el mundo. Todos los periodistas queremos cambiar el mundo, pero solo algunos conocen la fórmula para hacerlo ganando dinero. La receta está contenida en la vida del Henry Luce brasileño y en nota de Fontevecchia está por escrito. Por si no la entendió se la paso en limpio: hay que cambiarlo de verdad, que una cosa es decirlo y otra hacerlo.

sábado, 1 de junio de 2013

El último mohicano: Ruy Mesquita (1925-2013)


Llega uno tarde. Pero llega. "Doutor Ruy" era el Director de O Estado de São Paulo, en el sentido que se es Director en muchos países de América: el dueño, o uno de los dueños, que ejerce como Publisher. En este caso, además, dirigía desde 1996 la sección de Opinión ("Notas & Informações"), que está completamente separada, incluso físicamente, del resto de la redacción, al estilo de su admirado The New York Times. Era el último reducto ejecutivo de los Mesquita en Estadão desde que se apartaron, por decisión propia, de cualquier puesto de gestión.

Dirigió la reunión con los editorialistas hasta el día antes de su muerte. Y tenía 88 años. Era un periodista, no un patrón. Eso ponía en su tarjeta de visita y así se presentaba: "jornalista". Y punto. Punto.

Estas figuras de la aristocracia del periodismo solo las ha conocido uno en América Latina. Propietarios y directores que manejan los diarios privilegiando su misión y su carácter antes que la cuenta de resultados. Todo eso con todas sus consecuencias incluidas… todas las consecuencias: censura, ruina, excentricidades, trifulcas y valentías. Etcétera. Él mismo, sin modestia, se llamaba "o ultimo moicano". Tenía razón. Con su muerte se rompió el molde.

Uno ha leído las críticas a la persona, claro. Todas tan mezquinas. Me ha venido a la cabeza "La Reina", la película de Stephen Frears que retrata a Isabel II durante los días de la muerte de Diana de Gales. Concretamente, la frase con que Tony Blair pega en la cabeza de su jefe de prensa, Alastair Campbell, cuando este se queja de la frialdad de la soberana:
When you get it wrong, you really get it wrong. That woman has given her whole life in service to her people, 50 years doing the job. She never wanted a job she watched kill her father. She's executed it with honour, dignity, and as far as I could tell, without a single blemish. And now we're all baying for her blood! All because she's struggling to lead the world in mourning for someone who threw everything she offered back in her face, and who for the last few years seemed committed 24/7 to destroying everything she holds most dear.
Ruy Mesquita lo mismo. Cumplió de sobra. Su lugar está ahora en el panteón de próceres del Brasil contemporáneo.

En Esta Casa ya hicimos un bárbaro homenaje a Jornal da Tarde cuando cerró. Bien. Él fue quien auspició ese diario rebelde e innovador. Sirva ese homenaje para celebrar a Dr. Ruy.

Recomiendo, sobre todo, las piezas de Sandro Vaia, fe-no-me-nal, y de Luís Nassif. También valen la pena las de Roberto Salone y de José Serra.

Obrigado, Dr Ruy!

domingo, 21 de abril de 2013

En la muerte de un magnífico Hijo de Puta: Allen Neuharth


De Allen Neuharth solo necesita saber que él parió USA Today en 1982. Lo leen hoy 6,6 millones de personas. Fue el primer diario verdaderamente "nacional" de los Estados Unidos. Llegó a imprimirse en 32 plantas via satélite. Dio a la infografía la importancia que tenía. Fue concebido para la era de la televisión. Etcétera. Otros dirán, en el estilo USA Today: revolucionó la prensa diaria.

Todo eso es verdad. Pero no toda la verdad.

Neuharth fue el primero que entendió que la Prensa-Diaria-De-Siempre estaba entrando en su etapa de madurez y agonía y decidió someterla a una adaptación brutal. Nuestro hombre era el CEO de Gannett, entonces la mayor cadena de diarios de los Estados Unidos. Eran unos 80 periódicos repartidos por 30 estados, incluidas las Islas Vírgenes y Guam. Diarios mediocres, sin relieve profesional. Daban a la compañía un negocio bárbaro porque eran los dueños de la publicidad en sus zonas de difusión. En la inmensa mayoría de los casos eran el único diario de su ciudad. Exacto: el periodismo, a Gannett, le importaba un bledo.

Los diarios –en los EEUU, también en el mundo– son una institución esencialmente local, urbana. Entran –entraban– en la vida de las personas por costumbre, como parte del proceso de "hacerse mayor": uno se suscribía cuando se casaba, cuando se emancipaba, cuando comenzaba a buscar trabajo, cuando quería comprarse un auto de segunda mano, cuando necesitaba saber qué cuernos ocurría en el consejo escolar del que dependía la educación de sus hijos. Y así. El lugar de todo eso era el diario, que llegaba con el pan y la leche a la puerta de casa cada día, cada día, cada día.

Leer el periódico cada día, cada día, cada día era parte del proceso de socialización, de ciudadanía.

Neuharth advirtió que las cosas no seguirían así por mucho tiempo y aplicó su olfato de "newspaperman" para capturar a los últimos nuevos lectores norteamericanos. Tomó un par de datos al alcance de cualquiera –que el 20% de los yanquis cambian cada año de ciudad y que los informativos de tv eran ya la principal fuente de noticias de la gente– y fundó un diario para atender las necesidades de ese público.

USA Today era como los hoteles Holiday Inn: todos iguales cualquiera que fuera la ciudad donde estuvieras… para generar sensación de hogar. USA Today era el diario local de los que no tenían localidad o la cambiaban cada año: siempre igual, estuvieras donde estuvieras, se vendía en las mismas máquinas, al mismo precio, con los mismos cuatro cuadernillos… Una sociedad móvil necesitaba algún lugar fijo para sentirse "en casa": USA Today.

Además era todo aquello: sencillo, sintético, breve, ilustrado, colorido, ágil, modernísimo, alegre, positivo. El primer día dudaban si abrir con el tremendo accidente del DC10 de Spantax en Málaga, el asesinato de Bashir Gemayel (un señor de la guerra libanés) o la muerte de Grace Kelly. Los periodistas se decantaron por Gemayel. Típico. Neuharth se calentó, mandó el asunto a los breves del Newsline (es el segundo) y ordenó abrir con la actriz, la "Princesa de América". Cambió también el titular de la tragedia en positivo y sobre la foto del avión quebrado y ardiendo, en tono buena onda, hizo escribir este: "Milagro: sobreviven 327, mueren 55". Ese era el tono.

Neuharth, por una vez, exigió periodismo, pero también obligó a quebrar costumbres que muchos periodistas tenían por sacrosantas. Por ejemplo, el diario seguía la misma secuencia y las mismas piezas cada número, todos los números. Estaba terminantemente prohibido que ningún artículo superara las 250 palabras de extensión, salvo las "Cover Stories" de cada cuerpo, que podían llegar a 500. La edición era –y es– a machete, implacable como una guillotina, así que los temas debían ser buenos de verdad y los titulares calientes y cortantes como una broca. Le costó diez años alcanzar el punto de equilibrio en la cuenta de explotación. Pero Gannett apareció entre las primadonnas del periodismo norteamericano. Se había transformado en una compañía respetable, innovadora, comprometida e influyente, muy influyente.

Centenares de diarios se editan hoy con USA Today como telón de fondo: los formatos, el estilo, el lenguaje, el diseño, la página del tiempo, las tablas de resultados deportivos, los gráficos… lo que quiera. Hay cien cosas que a usted le deben parecer de los diarios de toda la vida y… no. Las inventó USA Today.

El año pasado, Gannett ganó 424 millones de dólares sobre unas ventas de 5.350 millones. Pas mal.

Allen Neuharth se retiró de Gannett en 1989 pero siguió dando guerra. Fundó en 1991 el Freedom Forum y el Newseum que de esa institución depende.

Murió el pasado 19 de abril. Para uno es el punto final simbólico a una época, casi dos siglos, en que el periodismo era, sobre todo, lo que se hacía en los diarios de papel.

¿Por qué "Hijo de Puta"? Porque él mismo se llama así, "Son of a Bitch", en sus memorias:


Les dejo con las primeras de los cuatro cuadernillos del número 1, del 15 de septiembre de 1982, y la mítica página del tiempo de ese día:






Como bonus y debido homenaje, va esta foto de los cracks que dieron el diseño de la idea de Allen Neuharth. Está tomada la noche del 14 de septiembre de 1982 mientras discuten la portada/tapa:


De izquierda a derecha: Mitch Koppelman, director de fotografía;
Richard Curtis, subdirector de arte; John Quinn, vicepresidente ejecutivo
y Jackie Greene, director adjunto de fotografía.

martes, 16 de abril de 2013

Periodismo hay uno solo y los datos son la realidad

No me gusta la expresión periodismo de datos (data journalism) y menos comparado con otros periodismos como el periodismo de opinión. Periodismo hay uno solo y los datos son la realidad, se los busque donde se los busque y se los encuentre como se los encuentre y a pesar de la máxima del Manchester Guardian que los inspira: Comment is free, but facts are sacred. Igual les paso estos excelentes videos producidos por esa misma casa que encontré en el blog de Simon Rogers. Donde dice data journalism ponga journalism a secas y ya está. En el segundo hay una prueba más de que la infografía no es nada nuevo en la historia de la prensa.



domingo, 16 de diciembre de 2012

Clarín: un invento argentino



Lo paso tal como está, en cuatro entregas y para que quede en Paper Papers. Es un documental de la TV Pública argentina sobre Clarín. Hasta ahora lo que vi está interesante. Mañana, cuando lo termine de ver, agrego alguna opinión.


lunes, 1 de octubre de 2012

El mejor obituario de Punch Sulzberger


"He picked the best editors, and then left the journalism to the journalists".

Nicholas Kristof en ‘Punch’ Sulzberger, R.I.P. en The New York Times.


En su despacho, 1973. Foto de Anthony Camerano (AP)