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sábado, 4 de julio de 2020

El año que vivimos entre espías

Bajo del New York Times en castellano este comentario de Hugo Alconada Mon, publicado el martes pasado (30 de junio). Aunque está libre el el NYT, se lo transcribo mientras me dejen.

Hugo Alconada Mon es abogado, prosecretario de redacción del diario La Nación y miembro del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ). Es autor de La raíz (de todos los males).
Las lecciones que aprendí del año que me espiaron
El espionaje ilegal a periodistas, políticos y críticos del poder en la Argentina revela el debilitado estado de la libertad de prensa y de nuestra democracia. Hay aprendizajes en esta experiencia. 
Me espiaron. La justicia federal argentina ya confirmó que agentes de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) me tuvieron en la mira al menos durante 2018. Me fotografiaron y me grabaron en la vía pública.

Me espiaron mientras trabajaba una investigación que incomodaba al poder político y empresarial. Ahora sé que, mientras buscaban identificar las fuentes periodísticas que me ayudaron a revelar cómo fue el capítulo argentino del Lava Jato, una pesquisa sobre la corrupción en el país, me siguieron, analizaron dónde vivo, en qué automóviles me muevo, cuál era mi nivel de vida y hasta fueron a la casa de mis padres —dos jubilados por arriba de los 70 años—. Queda más por salir a la luz; por ejemplo, si evaluaron colocar una bomba en la puerta de mi casa.

El espionaje en la Argentina —como en otros países de América Latina— poco y nada tienen en común con las películas de James Bond. Y sí tienen mucho que ver con el debilitado estado actual de la libertad de prensa y de la democracia en nuestro hemisferio.

Este proceso me ha enseñado por lo menos cinco lecciones.

1. El espionaje es un atajo para los tramposos 
Me enteré de que me espiaban de manera ilegal por un expediente que impulsa la justicia argentina. No fui el único objetivo. Las tareas de inteligencia indebida también alcanzaron a la expresidenta —y actual vicepresidenta— Cristina Fernández de Kirchner, a otros políticos —incluidos algunos del mismo bando político que el entonces presidente Mauricio Macri (como el jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta)— y a sindicalistas, jueces, obispos, líderes sociales y otros periodistas.

Los espías querían acceder a lo que de otro modo no tenían forma de saber de sus “objetivos”. Se trata de la tentación de obtener beneficios, muy rápido, por la vía de un atajo. Si sos un político, una escucha telefónica clandestina, te permitirá conocer y contrarrestar los planes del candidato rival en la campaña. Si sos un empresario, te dará la oportunidad de saber cuánto ofertará un competidor, presentar un valor más bajo y derrotarlo en la licitación. Y si la prensa te investiga, acaso encuentres la fórmula secreta para amedrentar o silenciar a ese periodista tan molesto.

2. El espionaje es sistemático, no un simple caso aislado 
Este mecanismo delictivo integra una investigación de la justicia que lleva ya meses y se inserta dentro de un rompecabezas más amplio que incluye varios expedientes judiciales y una investigación bicameral del Congreso nacional y que evidencia los métodos antidemocráticos a los que ha recurrido la inteligencia argentina. Combinados, permiten vislumbrar que el espionaje ilegal no se acotó a unos pocos casos aislados, propios de algún funcionario desquiciado, sino que resultó una operación sistemática. 
3. Promesas de cambio para que nada cambie 
Políticos de todos los partidos que llegaron a la Casa Rosada durante los últimos treinta años han tropezado con la misma piedra. Desde Carlos Menem, cuyo servicio de espionaje (conocido entonces como Secretaría de Inteligencia del Estado, SIDE) le pagó 400.000 dólares a un sospechoso para que incriminara a otros en tribunales y terminó arruinando, quizá para siempre, la investigación sobre el atentado contra la sede de la AMIA, a Cristina Fernández de Kirchner, quien disolvió la SIDE para recrearla como Agencia Federal de Inteligencia en los días que siguieron a la muerte del fiscal Alberto Nisman en 2015. El resultado ha sido el más puro gatopardismo: los gobiernos anunciaron reformas más o menos profundas, pero los problemas de fondo de la inteligencia argentina siguieron sin resolverse. 
4. El espionaje es anárquico 
El espionaje argentino está disperso. Ni todos los que trabajan en la AFI son espías, ni todos los espías que deambulan por las calles o el ciberespacio trabajan para la AFI. Hay quienes husmean o han husmeado durante los últimos tiempos para otras fuerzas de seguridad —sea la policía federal, la Gendarmería, la Prefectura o las policías provinciales—, los que fisgonean para las fuerzas armadas —Ejército y Armada, en particular— y los que ofrecen sus servicios en el sector privado. Prácticas de las que han dado cuenta varias investigaciones. 
5. Es mejor prevenir que lamentar 
Si el espionaje es sistemático, recurrente y anárquico, entonces la opción más sensata para una figura pública es moverse dando por sentado que lo espían. No para sumirse en las fauces de la paranoia, pero sí para redoblar los recaudos. Y en el caso de los periodistas, para proteger a sus fuentes y encriptar sus teléfonos y computadoras.

Semejante panorama explica por qué Alberto Fernández anunció la intervención y reforma de la AFI cuando asumió la presidencia en diciembre de 2019. “Tomamos la decisión de terminar con los sótanos de la democracia”, dijo cuando inauguró las sesiones del Congreso, el 1 de marzo, para ponerle “fin al oscurantismo”. Es hora de hacerlo.

De las cinco enseñanzas de este proceso, acaso la más difícil es que tenemos pocas herramientas legales para proteger la privacidad, libertad de expresión y el Estado de derecho. La prensa independiente y el disenso político son indispensables si queremos un mejor país.

El presidente enunció lo que organizaciones de la sociedad civil nucleadas en la llamada “Iniciativa Ciudadana para el Control del Sistema de Inteligencia (ICCSI)” reclaman desde hace muchos años: profesionalizar e institucionalizar la inteligencia argentina, establecer “mecanismos efectivos de control democrático” sobre sus acciones y su presupuesto, transparentar sus acciones todo lo que sea posible y acotar al mínimo indispensable la autonomía de los espías. Tomará años, acaso décadas, pero hay que dar el primer paso.

Eso, en la práctica, implicará depurar la nómina de espías, quedarse con los mejores, capacitarlos, limitar sus competencias, instaurar controles de vigilancia en el Congreso para evaluarlos de manera periódica, auditar sus gastos, reformar las leyes que regulan su trabajo y reforzar y potenciar las herramientas de quienes estén a cargo de su vigilancia, interna y externa.

Será difícil, pero es indispensable. Ningún periodista, opositor, juez o ciudadano debe mirar por encima del hombro para hacer su trabajo en plena vigencia del Estado de derecho. La inteligencia argentina debe servir a fortalecer la democracia y los derechos y garantías constitucionales, no a erosionarlos. Si no emprendemos esta reforma pendiente, tropezaremos con la misma piedra, otra vez.

sábado, 19 de enero de 2019

Más verdad y menos pillos

Aparece hoy en La Nación de Buenos Aires, pero si no está abonado probablemente no podrá leerlo, así que lo copio entero y espero que no me regañen desde la Hoja de Mitre.

Echemos más luz sobre los mercaderes de noticias 
por Nicolás José Isola 
Investigador. Profesor y Licenciado en Filosofía. Especialista y Magíster en Educación. Doctor en Ciencias Sociales.
La Justicia parece estar avanzando en la investigación de casos de corrupción que involucran a funcionarios, empresarios, banqueros y periodistas. Estos últimos son personajes importantes en esta trama. Según el fiscal del Mani Pulite, Antonio Di Pietro, el sistema de información puede y debe actuar "como centinela para advertirle al público sobre lo que sucede en el poder". 
De ese modo, el periodismo informa y la población tiene herramientas para presionar y hacer temblar al poder, expresando su cansancio contra los actos turbios que desprecian la República. Por ello, como lo ha remarcado en varias ocasiones Hugo Alconada Mon, toma un cariz determinante el papel de los periodistas que callan o dan entrevistas en las cuales las indagaciones son centros para que el político de turno cabecee sus bondades. Todos notamos cuando las preguntas son caricias de azúcar que empalagan. A veces, la subestimación del espectador llega a ser insultante. 
El periodismo argentino, como en muchos otros países, es blanco de una crisis de credibilidad y quizás este sea uno de sus más grandes talones de Aquiles: los sobres que compran la voluntad de algunos de sus agentes (esos René Lavand de la mentira). La labor periodística es la membrana que conecta o aísla a los sótanos nauseabundos de la corrupción con la sociedad de masas. Cuando desinforma, oculta adrede o cuando va en cierta dirección para distraer, funciona como una epidermis engrosada que impide que salga a la superficie el pus de las acciones ilícitas. Es sabido, algunos centinelas a veces son alcahuetes. Ciertos seudoperiodistas y celebrities de radio y televisión son influencers que permiten que ese organismo putrefacto de mafias enquistadas no explote, ni muestre sus hedores. Mantenedores del statu quo. Cambistas del "que nada cambie". 
Si el periodismo es una profesión cuyo Grial a ser defendido es la verdad, si su función es ayudar a la población a conocer y comprender más acabadamente los procesos políticos y sociales, entonces la deshonestidad del accionar de aquellos que se dejan encuadernar es de primer orden. Esos mercaderes de la noticia que ensucian la profesión existen también en los países civilizados. Esto no es nuevo, ni lo inventamos nosotros. 
En la Argentina, hace décadas que existe esta metodología fraudulenta: vos me pagás, yo te hago quedar bien. En algunos casos, incluso, el acomodo ha llegado a estar tarifado: ser mencionado en el título de una nota implicaba un precio mayor. Sí, así como usted lo lee. Ciertamente, hay entrevistas pactadas cuyo único objetivo es embellecer el prontuario corrupto de un político. Son pagadas por ese mismo político a un conductor cariñoso. Extraordinario vericueto de corrupción cruzada: el dinero que recibe ese conductor es, muchas veces, la plata de los contribuyentes que fue robada. La suya, estimado lector. 
En el periodismo, los lazos espurios con políticos, empresarios y servicios de inteligencia se conocen. Sin embargo, el de los sobres es un comercio muy difícil de probar. En esta tómbola, a veces sucede que la mayoría de los justos pagan el desprestigio por culpa de estos intrusos pecadores. No está bueno. La pregunta es, entonces, ¿por qué salen tan poco a la luz los servicios de estos simuladores? ¿Por qué mientras políticos y empresarios van presos, poco se dice de sus interlocutores de cuello blanco y voz seductora en los medios de comunicación? O, yendo aún más lejos, uno podría preguntarse, ¿es posible semejante contradicción moral, la existencia de encubridores intocables en el periodismo? La ingenuidad es un derecho humano: no se le niega a nadie. 
Como en cualquier profesión, parece razonable que se torne difícil hacer periodismo de investigación sobre el compañero de banco, el colega de toda la vida, el amigote. Pero cuidado con esa solidaridad delictiva. Tal vez lo que está en juego sea algo más denso: la interpelación misma acerca de qué significa ser periodista y hacer periodismo. Quizás el mandato de esta profesión no sea como el de otras, sino que se trate de olfatear lo irregular, de escudriñar lo torcido, de develar lo recóndito, de investigar lo escondido.
Sería bueno no deponer tan fácilmente los sueños éticos que movilizaron a muchos a elegir esa vocación. Hacerlo significaría un guiño extremadamente triste para las generaciones entusiastas que vienen detrás. No podemos hacerles eso. Buena parte de los que nos informamos a través de los medios de comunicación necesitamos con urgencia que esos comportamientos inmorales salgan a la luz y se revelen. Para eso hacen falta profesionales con coraje y, por suerte, abundan. Hay esperanza.
 
Si los periodistas ponen luz en las oscuridades de su propia casa, posiblemente consigan una mayor credibilidad a futuro. Ellos lo saben bien: la mayoría de las cosas del mundo pueden ser compradas, pero la reputación no. Cuando los ciudadanos sepamos quiénes nos mienten, quiénes transan para traficarnos falsedades y quiénes callan, entonces podremos ver más claramente en dónde depositamos nuestro capital sagrado llamado confianza. 
Necesitamos más periodismo sobre el periodismo. Más verdad y menos pillos. Eso nos hará una mejor sociedad.

jueves, 7 de abril de 2016

Una divertida clase de periodismo

No se lo pierda. Periodismo puro en la entrevista de Alejandro Fantino a Hugo Alconada Mon en Animales sueltos.

lunes, 21 de enero de 2013

Magnificar lo simple y hacer cotidiano lo grandioso


Lo dice de Gabriel García Márquez Alberto Salcedo Ramos en El Colombiano de Medellín de ayer y lo encuentro gracias a Hugo Alconada Mon (via Facebook):
El periodismo fue el taller en el cual García Márquez empezó a decantar algunas de sus obsesiones temáticas. Por ejemplo, lo real maravilloso, la soledad del poder, las nostalgias, las guerras civiles y los enigmas del destino.

En sus novelas y reportajes hay varias recurrencias comunes. El escritor, obviamente, le aportó mucho al periodista, tanto en su estética formal como en el hallazgo de los enfoques y las estructuras narrativas.

Lo adiestró en el uso de la sentencia reveladora y contundente, de la hipérbole extraordinaria; le enseñó a dosificar las cargas dramáticas, para que las narraciones resultaran más eficaces, le ayudó a descubrir el valor de la atemporalidad y la universalidad, dos de las virtudes superiores de su obra. Le sirvió para aprender a magnificar lo simple y hacer cotidiano lo grandioso.

García Márquez aprendió muy pronto que los datos básicos no cuentan toda la verdad: es necesario recrear la atmósfera, explorar la psiquis de los personajes, buscar el detalle asombroso. Ir, en suma, más allá de lo evidente.

domingo, 4 de julio de 2010

Otra vez el fascismo informativo

Otra vez Página 12 acata la orden de disparar contra alguien que le molesta al poder en la Argentina. Ya se cebó sobre el padre de una jueza que le incomodaba al poder. Ahora también lo hace con razonamientos tan típicos de los aprietes fascistas que no se puede creer (no puedo creer que haya periodistas capaces de firmar estos libelos malolientes). Hoy es Martín Granovsky el que ata cabos invisibles de tramas imposibles. Lea usted mismo esta asquerosidad de la que no me animo a poner un texto en este blog para que no huela a podrido. Baste con decir que Granovsky ni se tomó el trabajo de averiguar el nombre de pila del embajador Eduardo Sadous.

Sadous es un diplomático de carrera al que le tocaron destinos por decreto. Basta su presencia cerca de cualquier chanchullo real o imaginado por Granovsky para ensuciarlo. Cualquiera con un poco de ganas y dos o tres carpetas de la ex SIDE (inteligencia del estado) encuentra las mismas vecindades entre Granovsky y el almirante Massera.

Ante el fascismo informativo está siempre la maravillosa actitud de las audiencias. A los cínicos nadie les cree y nadie los quiere. Mientras, me da una lástima infinita comprobar la decadencia de Página 12.

Otra cosa: la derrota de Argentina en el Mundial en el friso de la portada indica lo que les duele perder la posibilidad de capitalizar el triunfo, como lo intentaron con el Bicentenario. Vale la pena la columna de Mariano Obarrio en La Nación de hoy. Y siga a Hugo Alconada Mon, en La Nación y en su blog. Mientras unos escarban en carpetas podridas, otros hacen periodismo.