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viernes, 26 de enero de 2018

Cuando todo es secreto, nada es secreto

Copio esta excelente nota de José Claudio Escribano en La Nación de hoy sobre The Post, la película de Steven Spielberg que se estrena el jueves 1 de febrero.

 

El día que la libertad de expresión pudo más que los secretos de estado
The Post: los oscuros secretos del Pentágono se estrena el próximo jueves en la Argentina. Como aficionado al cine, recomiendo verla. Alcanza para deleitarnos la actuación admirable de Meryl Streep en la personificación de Katharine Graham (1917-2001), la célebre propietaria editora de The Washington Post. El film ahínca en las tensiones internas que precedieron a la decisión del diario de publicar, en 1971, documentos secretos sobre el involucramiento de los Estados Unidos en Vietnam entre 1945 y 1967.

En todas las redacciones, ese extraordinario proceso político, diplomático y sobre todo militar del siglo XX ha pasado a la historia como "Los papeles del Pentágono". Algunas de sus más conmovedoras consecuencias hicieron blanco en las relaciones entre la prensa y el gobierno de los Estados Unidos. Derivaron incluso en la doctrina judicial invocada a menudo por tribunales de todo el mundo sobre la naturaleza estratégica del derecho a la libertad de prensa y el de la gente a estar informada. Se lo debemos a editores de la templanza de la señora Graham.

Los orígenes del asunto se remontaban a la decisión de Robert McNamara, secretario de Defensa del entonces presidente Lyndon Johnson, de encomendar a una treintena de académicos el acopio de las razones por las que los Estados Unidos se habían implicado en la antigua Indochina. Al hacer pie en Vietnam, los Estados Unidos lo habían hecho con la certeza de que a Francia le resultaba insostenible preservar el dominio de sus colonias en esa parte del mundo y conjurar el avance comunista en el sudeste asiático.

Los franceses estaban fuera de forma para contener desde fines de los cuarenta a las fuerzas de liberación nacional de Vietnam, en las que predominaban los comunistas de Ho Chi Minh. Poco a poco la intervención militar norteamericana se había acrecentado en términos tan inauditos que al promediar los sesenta ya nadie en Washington sabía bien si acentuar aún más la presencia desplegada en Vietnam o disponer cómo y cuándo salir de lo que se había convertido en un atolladero infernal.

El estudio de esclarecimiento ordenado por McNamara debía compendiar planes y asesoramientos a sucesivos presidentes norteamericanos -Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson- por la Junta de Comandantes en Jefe y atesorar informes de inteligencia e instrucciones presidenciales a lo largo de veintidós años. O sea, todo lo necesario para saber por qué demonios los Estados Unidos estaban donde estaban.

McNamara había sido como presidente de Ford una de las luminarias de la industria automovilística norteamericana y se sumía, como responsable de la Defensa, en indagaciones introspectivas sobre los errores estratégicos perceptibles en la conducción de la guerra. Se interrogaba si aquellos presidentes habían tenido suficientemente en claro lo que iba ocurriendo, según testimonió más tarde en sus memorias, o si habían actuado bajo la sedación narcótica de una política de pasmosos secretos militares.

Una generación marcada

Los franceses habían quedado fuera de juego después de la encerrona de l954, en Dien Bien Phu. Allí cayó, en combate convencional, su ejército expedicionario en Extremo Oriente. Vietnam, parte sustancial de la antigua Indochina, que también integraban Laos y Camboya, quedaría ceñido en adelante a tema del resorte de la política militar y diplomática de los Estados Unidos. Acompañarían a los norteamericanos en combate las modestas tropas de un puñado de países aliados. El giro marcó a una generación de norteamericanos: más de 55.000 soldados abatidos y muchos con heridas que los desfiguraron y dejaron sin brazos o sin piernas. Al terminar la guerra, las bajas vietnamitas sobrepasaban el millón de hombres.

La lucha se prolongó hasta abril de 1975. Las fuerzas norteamericanas se retiraron para no volver mientras los comunistas asumían el control total del territorio vietnamita. Todo sucedió en el escenario familiar de la Guerra Fría, instalado al fin de la Segunda Guerra, pero particularizado en un ámbito geográfico incomprensible para los norteamericanos, sobre el que lanzaron más bombas de las que habían disparado durante la conflagración mundial. Los actores locales de la tragedia eran, por un lado, Vietnam del Sur, con capital política en Saigón, gobernada por una casta de políticos corruptos sostenidos como "el mal menor" desde Washington, y por el otro, Vietnam del Norte. Desde su capital, Hanoi, se expandía el poder personal de un líder de implacable obstinación estalinista, Ho Chi Minh, héroe principal de la independencia vietnamita del coloniaje francés.

Ho Chi Minh contaba con el respaldo de la Unión Soviética y de China. A su lado brillaba el genio táctico en guerra de guerrillas y emboscadas del general Vo Nguyen Giap, jefe del ejército y leyenda viva desde Dien Bien Phu en los círculos intelectuales y políticos izquierdistas y anticolonialistas de Occidente. Sus laureles de guerrero perduran hasta hoy. En 1968, en el apogeo de la intervención en Vietnam, los Estados Unidos tenían comprometidos en el teatro de la guerra medio millón de soldados, muchos en la adversidad de junglas y manglares que el enemigo dominaba en laberintos infranqueables y túneles bajo la selva.

En los primeros meses de 1969, para la primera presidencia de Richard Nixon, estaba terminada la reconstrucción histórica encargada por McNamara. Se desplegaba en 47 volúmenes, con un total de 7000 páginas: 3000 de análisis histórico y 4000 de documentos. Se extrajeron del original varias copias. La que de verdad cuenta en el drama cinematográfico dirigido por Steven Spielberg -con Tom Hanks en el papel de Ben Bradlee como jefe de la redacción del Post- es la que se guardaba en los archivos de Rand Corporation, un think tank que había aportado especialistas y coordinado el trabajo.

Uno de esos expertos en cuestiones políticas y militares era Daniel Ellsberg, graduado en Economía en Harvard y Cambridge y ex militar. Entre sus rasgos académicos sobresalía el interés por la teoría de la decisión. Se le ha reconocido haber hecho contribuciones de valor sobre cómo influyen las condiciones de incertidumbre, desinformación y ambigüedad a la hora de las definiciones. Tales condicionamientos abundaban, justamente, en los papeles del Pentágono que Ellsberg tomó de forma subrepticia utilizando claves que le habían confiado, y copió, tomo por tomo, por meses, en la Xerox instalada en las oficinas de una pequeña agencia de publicidad. Copió con la ayuda de Anthony Russo, un ex empleado de Rand Corporation. Logró estremecer a Washington sin impedir que la guerra prosiguiera cuatro años más.

Herbert Simon, doctor en Economía por la Universidad de Chicago y luego profesor de Carnegie Mellon University en Administración y Psicología y en Ciencias de la Computación y Psicología, obtuvo en 1978 el Premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre procesos decisorios, por los que Ellsberg sentía devoción. El finado Simon fue doctor honoris causa por la Universidad de Buenos Aires. Tan interesado como Ellsberg en los fenómenos políticos y económicos, Simon escribió en sus memorias que "para entender la política tenemos que entender cómo es que las cuestiones reciben la atención de la gente y se convierten en parte de la agenda activa.". Otro premio Nobel de Economía, Richard Thaler, distinguido en 2017, también pertenece, de acuerdo con la opinión de Juan Carlos de Pablo, a esa corriente de pensamiento a la que Ellsberg había dedicado años de análisis.

Las críticas contra la guerra

Si Ellsberg era un lunático, como suponían quienes lo maldijeron por la filtración de secretos de Estado, era, bueno, un lunático ilustrado. Se había especializado como Simon en la psicología de los procesos humanos en la resolución de arduos problemas. En la Argentina, De Pablo es uno de los economistas de relieve que más atención han puesto, junto con Martín Tetaz, en entender el impacto de la racionalidad y las emociones humanas en el comportamiento económico. El profesor Simon, por su parte, escribió en su autobiografía que al concentrarse en el proceso simbólico mediante el cual la gente piensa, él se convirtió rápidamente en un psicólogo conductista y en un científico de la computación.

En ese mundo de las ideas había madurado el pensamiento del académico de Rand Corporation que, al apoderarse de los papeles del Pentágono y enardecer con su divulgación las críticas contra la guerra, dejaría un sello en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Hasta por una de sus derivaciones centrales, el asunto bien merecía la película de Spielberg.

Había otros elementos más de significación en la compleja contextura temperamental de Ellsberg y, por igual, de su asociado, Tony Russo: se caracterizaban por una discreta sensibilidad respecto de los movimientos protestatarios de la época, tan en boga a fines de los sesenta. Esa identidad psicológica y política no llamó la atención cuando los contrató una empresa acostumbrada como la Rand a manejar secretos que el Estado le participaba para su asesoramiento. Se suponía que siempre lo haría con no menos profesionalismo con el que fríen papas en un restaurante de categoría.

Tanto a Ellsberg como a Russo los aunaba el juramento vindicativo de que varios presidentes, y en particular Johnson, habían mentido sistemáticamente a la opinión pública y al Congreso de los Estados Unidos sobre temas de la mayor trascendencia institucional y debían pagar por ello. Algo tan capital como los bombardeos por saturación sobre zonas rurales de Camboya y Laos, en cuyos límites con Vietnam se desplazaba el enemigo, se había realizado como misiones encubiertas, en medio de la tergiversación general de las informaciones.

Se propusieron así propulsar una denuncia pública que revelara la trama oculta de la guerra y terminara de tal modo la situación engrosada en serie por varias presidencias de los Estados Unidos. El film de Spielberg narra cómo el primer diario al que Ellsberg interesó en las revelaciones fue The New York Times. Contactó a un conocido, el reportero Neil Sheegan.

El libreto de la película pasa por alto, sin embargo, que eso ocurrió después de que Ellsberg hubiera pretendido complicar en la divulgación de los papeles del Pentágono a dos senadores del Partido Demócrata, ambos con credenciales de incuestionable militancia liberal: William J. Fulbright, presidente de la influyente Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, y George McGovern, el candidato presidencial de oposición a quien Nixon aplastaría en las elecciones de 1972. Los dos se excusaron. Evaluaron seguramente la naturaleza del destape y los riesgos políticos y legales del caso. Se sabe que McGovern sugirió a Ellsberg golpear las puertas del Times.

Las licencias de una obra cinematográfica de indudable jerarquía no empalidecen por el señalamiento de que el desempeño de mayor valor periodístico en la cuestión correspondió en un sentido al Times, no al Post. Fue el que dio la primicia, nada menos. ¿Pero cómo enrostrar a Spielberg y los guionistas haberse cautivado con el comportamiento ejemplar de Graham y Bradlee, cuyos nombres agigantó todavía más en la consideración mundial la revelación ulterior del affaire Watergate?

De hecho, fue el Times el que se adjudicó el Pulitzer por la publicación de los papeles del Pentágono. Un equipo de redactores y abogados los examinaron durante tres meses enclaustrados en una suite del Hilton de Nueva York. Eso en el periodismo de clase se llama trabajar a conciencia. Solo al final de la sesuda tarea el Times autorizó a la redacción a que ordeñara en sucesivas ediciones el material recibido. La serie comenzó a editarse en junio de 1971 con la consigna de que ninguna palabra arriesgara vidas u operaciones militares en curso. Ellsberg facilitó ese objetivo, pues retuvo tres o cuatro volúmenes entre los que se mencionaban negociaciones secretas sobre intercambio de prisioneros.

El presidente Nixon contraatacó. Ordenó al fiscal general, John Mitchell, que persiguiera judicialmente al Times por violación de la ley sobre secretos de Estado y seguridad nacional. Un tribunal federal ordenó al Times el cese de las publicaciones; otro tribunal había opinado en contrario. El Times apeló a la Corte Suprema de Justicia mientras los papeles del Pentágono llegaban a The Washington Post y otros diecisiete diarios.

A partir de esa encrucijada empieza a desarrollarse la trama del film. ¿Qué hacer cuando una empresa periodística que se ha abierto a la cotización bursátil se halla presionada por abogados y accionistas y por funcionarios de primer rango gubernamental para callar? ¿Qué hacer cuando la persecución puede ser hasta de cárcel para los editores? ¿Y qué hacer cuando uno se halla al mismo tiempo ante un cruce de la historia, con la oportunidad de coronar servicios periodísticos de excepcional honra, que expandirán su prestigio en la sociedad y el mundo? El Times ya había hecho su apuesta en la dirección con la que se compromete a diario bajo el águila icónica, tan vieja como la Constitución, tan determinante como símbolo de autoridad y supremacía en los sueños norteamericanos: "Todas las noticias que sean dignas de imprimirse".

La señora Graham adoptó al fin la decisión de publicar lo que en esos días estaba prohibido por un tribunal al Times. La siguieron otros diarios. En días, la Corte Suprema declaró, por seis votos contra tres, en "The New York Times Company vs. United States", que es lícita la publicación de documentos oficiales referentes a la política militar desarrollada con motivo de una guerra a menos que se acredite que el medio de prensa ha incurrido en un acto de espionaje para obtener la información.

"Cuando todo es secreto, nada es secreto", escribió, iluminado, uno de los jueces de la mayoría. Fue una revalidación notable de la primera enmienda de la Constitución de 1787 y de su configuración para asegurar la libertad de prensa y cerrar puertas a la censura previa.

Esa doctrina inspiró más de una decisión judicial en la Argentina. En 200l, la Sala II de la Cámara Criminal y Correccional Federal falló que no correspondía responsabilizar al periodista que había difundido una información fiscal reservada en un caso de interés institucional. Los jueces hicieron saber que preservaban el derecho a la libertad de informar aunque la filtración de la noticia hubiera sido hecha por un funcionario responsable de preservar el secreto.

Ellsberg y Russo afrontaron imputaciones por robo de documentos, conspiración y espionaje, entre otros delitos. Ellsberg pudo haber sido condenado hasta con 115 años de prisión. Pero la Justicia los sobreseyó como consecuencia de que el gobierno de Nixon y la Fiscalía General habían cometido contra ellos delitos de prevaricación, supresión de pruebas, ocultamiento de testigos y obstruido, en suma, el debido proceso.

En 2011, Ellsberg fue detenido por protestar en la calle contra la detención del soldado Bradley Manning, o la ex soldado Chelsea Manning, por decirlo en términos ajustados al último curriculum vitae. Manning, a quien por piedad el presidente Obama salvó al final de la cárcel, había posibilitado la difusión de una infinidad de documentos sobre Afganistán que conocía como analista del ejército. En un artículo de 2013, en The Guardian, y acorde con preocupaciones inveteradas, Ellsberg otorgó apoyo público a Edward Snowden, que está refugiado desde hace años en Rusia. Como analista de sistemas de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, Snowden había divulgado por la red global documentos de Estado de máxima confidencialidad.

Documentos clasificados

Se ha escrito lo suficiente sobre la diferencia entre un leaker, es decir, un soplón como Ellsberg según la definición vulgar, y un hacker, o experto en quebrantar sistemas de seguridad informática, como Snowden. O como los amigos del creador de WikiLealks, Julian Assange, que acaba de asumir la nacionalidad ecuatoriana. Este australiano por nacimiento debe conocer como pocos a sus nuevos conciudadanos, pues lleva años de encierro asilado en la embajada de Ecuador en Londres. Gran Bretaña y los Estados Unidos lo acorralan por sacar a luz unos 250.000 documentos clasificados sobre la guerra de Irak y Afganistán.

En más de cuarenta años de violaciones de secretos de Estado no caben dudas de que por alguna concertación especial de los astros han sido gobiernos norteamericanos los que han pagado en general las cuentas por ese tipo de fenómenos. Los rusos han sido más afortunados: todavía estamos esperando que alguien nos cuente las directivas que recibía del Kremlin el Ejército Rojo invasor que terminó huyendo de Afganistán en 1988. En cuanto a los comunistas, siempre hemos sabido que apoyan con firmeza la publicidad de los actos de gobierno en los países que no son comunistas.

A quienquiera encuentre motivos para estudiar conductas como la de Ellsberg lo fascinará la leyenda de una votación realizada entre estudiantes universitarios de Estados Unidos. Preguntaron a los muchachos por Ellsberg: como ciudadano e intelectual y como empleado de Rand Corporation. ¿Lo aplauden? La mayoría votó por sí. ¿Lo contratarían? La mayoría votó por no. Es eso lo que muestran las buenas gentes cuando bajan la guardia y revelan lo que se esconde de libertario y conservador en la contradictoria naturaleza humana. Oh, sí, un buen vertedero de temas para clases sobre procesos decisorios y dirección de grandes organizaciones como las que impartía Ellsberg.

En 2011, el gobierno de los Estados Unidos publicó de modo oficial los papeles del Pentágono. Con 86 años, Daniel Ellsberg vive en California junto con su segunda mujer. Sigue convencido de que hizo lo mejor por su país.

lunes, 27 de octubre de 2014

El secreto para hacer un gran diario


A Good Life es el título de la autobiografía de Ben Bradlee. Pero además lean esto que dijo Bradlee a los graduados de Columbia en mayo de 2007 (es la barbaridad #18 para Jeff Himmelman en Vanity Fair):
The real spiel I have for you is to have a good time while you are in your jobs. Have a good time. The newspaper will be great if you’re having a good time. 
Sí. A los polacos le salen diarios en polaco. A los jóvenes le salen diarios jóvenes y si quiere hacer un diario para mujeres contrate mujeres. Gente aburrida hace diarios aburridos y gente divertida hace diarios divertidos.

Y el estándar bíblico sobre la verdad (la barbaridad #20):
As long as a journalist tells the truth, in conscience and fairness, it is not his job to worry about consequences. The truth is never as dangerous as a lie in the long run. I truly believe the truth sets men free.
El problema es que los accionistas también tienen que animarse a buscar la verdad con todas sus consecuencias (#17):
One of the lessons I learned in journalism is that you don't argue with the A shares.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Benjamin Bradlee 1921-2014


Aquí la nota en Washington Post, pero también lea esta otra de Vanity Fair de junio de 2012. Es una selección MUY BUENA de las 20 citas más jugadas (barbaridades) de Ben Bradlee.

domingo, 17 de junio de 2012

Detrás de las mentiras

Lea la columna de Jorge Fernández Díaz en la página 2 de La Nación de hoy. Es lo más lúcido que he leído sobre la relación del poder político, el periodismo y Jorge Lanata en la Argentina de estos días. Les resalto este párrafo que define el programa de televisión de Lanata los domingos a la noche (PPT - Periodismo para todos) en Canal 13, del Grupo Clarín:
Tal vez Lanata no esté de acuerdo, pero pienso que esa ideología podría traducirse de esta manera: "El kichnerismo es trucho y yo voy a probarlo". Jorge no aspira a construir una alternativa partidaria ni a inducir un cambio de modelo. Tampoco a plantear un debate cultural, ideológico o económico. Ni siquiera a pensar la política. Sólo pretende mostrar las mentiras y contradicciones del relato que se construye desde el Estado.
Ya lo decía Ben Bradlee en este párrafo que entresaco del libro de Gustavo González, Noticias bajo fuego (Planeta 2011, página 137):
Después de Watergate el periodismo cambió para siempre. Lo que lo cambió fue la presunción -ahora compartida por la mayoría de los periodistas- de que todos los políticos y miembros del gobierno miente instintivamente cuando son interpelados con relación a hechos embarazosos. Antes, para empezar una investigación periodística decíamos: "sigue la pista de la mujer" o "sigue el dinero". Desde Watergate decimos: "sigue las mentiras".
En estos estos otros párrafos Fernández Díaz describe el drama político de la Argentina, por lo menos desde hace 50 años:
Todo este asunto esconde, entonces, ya no la inexistencia de una oposición, sino la constancia de que tampoco existe una idea. Y me temo que el kirchnerismo es, por más que les duela a muchos lectores, la mejor idea del momento. Por default, porque no compite con ninguna otra.
Por una idea nueva debe entenderse un artefacto modernizador que no regrese a las recetas muertas y que no proponga un prekirchnerismo. Me refiero a una convicción flamante y poskirchnerista, una nueva lectura completa de la historia nacional, una articulación superadora. Mientras esto no aparezca, la sociedad se verá sometida a votar por el partido único, o a resignarse a elegir "al menos malo": un peronista con buenos modales, un neoliberal que atrasa o un socialdemócrata sin proyecto.

martes, 9 de noviembre de 2010

El Post recurre a sus iconos setenteros para vender su iPad app



Este anuncio no podía faltar en Esta Casa. Lo mejor: la línea final de Bradlee. ¿Quién? Sí, el mismo. Llama la atención que Bradlee y Woodward aún sean los ganchos más poderosos del Washington Post. ¿Por qué será? Los blogueros, gurús y profes ¿dónde están? Apuesto a que critican este clip, si es que no lo han hecho ya. Chincha & Rabia.

El propio WaPo critica su app y la deja en más o menos.

Via @carinanovarese

viernes, 9 de abril de 2010

Watergate, Wikileaks: alguien que me explique

¿Cuál es la diferencia entre Garganta Profunda/ The Washington Post y el Pentágono y WikiLeaks? La periodismofobia.

Los periodismófobos –los resentidos con el periodismo y los periodistas, los hooligans 3.0– aprovechan el caso para castigar, despreciar y ridiculizar al periodismo. Preguntan con socarronería: Por-Qué-No-Le-Han-Dado-el vídeo-A-Reuters,-a-AP-o-al-NYT-y-Se-Lo-Ofrecieron-a-WikiLeaks-Que-Son-Unos-Desconocidos-Jé-Jé-Jú-Jú. Qué cansancio.

[El vídeo, Collateral Murder, muestra como un helicóptero militar norteamericano mata fríamente a una docena de personas, entre ellas un fotógrafo y un conductor de Reuters. Se tomó en Irak en 2007. Reuters pidió oficialmente esa información para aclarar el caso. El Pentágono se la negó alegando que los soldados actuaron de acuerdo con las normas de combate vigentes].

Para empezar, WikiLeaks no es de ayer –quizá sus palmeros sí y por eso se caen ahora del guindo. Ese sitio publica revelaciones sensacionales desde 2006. Un montón –las más jugosas– tienen que ver con el Pentágono. Qué casualidad. Ya ven: sólo hace falta sumar dos y dos para darse cuenta de Por-Qué-No-Le-Han-Dado-El-Vídeo-A-Reuters, etc. ¿Qué creen, que WikiLeaks no hace periodismo, que no tiene fuentes, que no se ensucia las manos (¡Puaj! dice el periodismófobo desde su atmósfera estéril), que no edita (Collateral Murder viene bastante editado)?

¿Creen que filtraron el vídeo a Wikileaks porque son todos aficionados a la Sam Adams o porque comparten servidor o porque son fieles de la Iglesia del Paraíso Digital Ciudadano o del lobby Acabemos Con las Mediaciones? Anda ya.

Wikileaks está en plena campaña de recaudación de fondos. La exposición pública que han ganado les vendrá muy bien. Una exposición que no conseguirían con lo que publican ordinariamente, que no es nada del otro mundo: unos correos electrónicos de Sarah Palin, papeleo de la Cienciología, la declaración de renta de Wesley Snipes (¿de quién?)…

También han publicado las normas de combate y unos cuantos inventarios del ejército norteamericano en Irak. Vaya.

Ni los inventarios ni las rules of engagement de los Marines (en plata: el manual para abatir al enemigo) son nada criminal.

Tampoco son nada que me guste. Pero la cuestión no es si la guerra o los ejércitos son justos, injustos o mediopensionistas. La cuestión es ¿a quién ayuda publicar todo eso? A los marines seguro que no. Quizá a la cuenta corriente de Julian Assange, fundador de WikiLeaks. Perdonen mi mala leche, pero me gustaría ver por el ojo de la cerradura cómo Assange explica a los padres de los soldados en Irak que la democracia, la libertad, etc. mejoran cuando se pone en riesgo la vida de sus hijos. ¿Son esos chicos culpables del oscurantismo del Pentágono y de la guerra injusta en Irak? ¿Quien paga la valentía de WikiLeaks?

Los periodistas, ya ven, siempre con la manía de preguntar.

En fin. No nos desesperemos. Algunos ha que han aprovechado el puenteo a los medios tradicionales en este caso para reflexionar, aprender y proponer:
“Es bueno que exista un canal de confianza y que pueda ser difícilmente manipulado para publicar información fiable. Pero hay una diferencia entre lo que legalmente puedes hacer, lo que técnicamente puedes hacer y lo que debes hacer”.
Este aserto es de Lawrence Lessig, profe de Derecho de Harvard a quien tópicamente describiríamos como progresista –ustedes perdonen–, entrevistado por Mother Jones, revista muy poco sospechosa.

El trabajo de WikiLeaks –tantas veces excelente– ¿no debería ayudarnos a eliminar esta obsesión tan periodística de mirarnos el ombligo? Sí, es difícil, ya sé, ya sé. Watergate hizo creer a tres generaciones de periodistas que los héroes éramos nosotros, los mensajeros. Que no teníamos límites ni freno.

Aprendimos la lección equivocada.

Vean. El año pasado murió W. Mark Felt, la Garganta Profunda de Watergate. Felt era entonces el número 2 del FBI. Ahí es nada. Su identidad sólo la conocía Woodward, y sólo él, hasta que el propio Felt se descubrió unos meses antes de su muerte. Felt se tomaba su trabajo de policía muy en serio. Woodward, Bernstein, Sussman, Simons y Bradlee se toman muy en serio el suyo como periodistas. Por eso confiaban unos en otros, porque todos se sabían servidores públicos, es decir, del pueblo. Esa es la lección de Watergate.

Así ocurre hoy ¿verdad? ¿O no?

Y un mensaje para los hooligans 3.0: ¡Tontorrones! Habéis hecho más noticia, más blogs y más tuits con WikiLeaks que con la muerte del fotógrafo y del conductor de Reuters, que estaban allí para… informar a los ciudadanos de atrocidades como la que les costó la vida. ¡Qué contraste su sacrificio con vuestra superficialidad, vuestro resentimiento y vuestro elitismo!

Más información: Who Whatches WikiLeaks?, de Chris McGreal en The Guardian.

Actualización del 10 de abril: Entrevista en El País a Daniel Schmitt, portavoz de WikiLeaks:
"Recibimos muchas filtraciones del Ejército de EE UU"

martes, 25 de agosto de 2009

EXTRA: ¡Los extraterrestres existen!

Lo dice Newsweek esta semana:
[…] the circumstantial evidence they've gathered has made it clear that we're probably not alone in the universe.
Vaya filfa. El Weekly World News se le adelantó ¡hace años! Es lo que tiene una redacción de auténticos especialistas con una extensa agenda de fuentes. PaperPapers desenmascara a esos impostores con la presentación de las primicias originales. Es una vergüenza. Si Bradlee levantara la cabeza...


sábado, 18 de julio de 2009

That's The Way It Is. Walter Cronkite, 1916-2009

Howard Kurtz publica un magnífico obituario en The Washington Post. El Times hace un despliegue fenomenal y a uno le gustaría destacar esta pieza: Cronkite explicado a la generación YouTube. Hasta la vista, Viejo.

El resumen biográfico de la CBS:



Asesinato de JFK:


Asesinato de MLK:


El hombre en la Luna:


Walter Cronkite y Ben Bradlee:

viernes, 19 de diciembre de 2008

Servidores del Pueblo

W. Mark Felt aka Deep Throat, Garganta Profunda, 95 años. Murió ayer. Decisivo para echar a Nixon. Guió a Bob Woodward por los vericuetos de Watergate. En realidad, Felt fue uno de los editores de la cobertura, junto a Barry Sussman, el gran tapado del caso (era el jefe de Local que advirtió el potencial de la historia), Howard Simons y Ben Bradlee.

La foto es de cuando entonces.

Felt era el número 2 del FBI. Toma castaña. El tipo se tomaba en serio su trabajo como servidor público. Y Woodstein, Sussman, Simons y Bradlee se tomaban en serio el suyo como periodistas. Por eso confiaban unos en otros, porque todos se sabían, de un modo u otro, servidores públicos.

Exactamente como ocurre hoy día. Igualito igualito. ¿O no? Si es que no hacemos más que mejorar.

El Washington Post lo cuenta via Woodward. Y el NY Times edita también unas buenas piezas. No se las pierdan.

viernes, 27 de junio de 2008

Uno menos en The Washington Post

Toni Piqué me pasa el video de la dimisión de Leonard Downie, el susesor de Ben Bradlee, que durante los últimos 17 años dirigió la redacción del Washington Post. Mañana lo veo con más tranquilidad, con ánimo de comentar algo. Aquí está de Reuters, que no enlazo para que no me lo cobren:

Leonard Downie Jr. se retira de la primera línea del periodismo estadounidense. El que ha sido desde hace 17 años el editor jefe del diario The Washington Post dice adiós a la profesión. Downie se convertirá en vicepresidente honorario de la compañía editora, Post Co.

Aun no se ha nombrado a su sucesor, según ha informado el periódico. La editora de la publicación, Katharine Weymouth, no ha anunciado quién será el sucesor de Downie y ha declinado hacer más declaraciones en espera de conocerse el nombre del nuevo editor.

Downie abandonará el puesto de editor en el mes de septiembre de este año, aproximadamente. Su retirada significa el final de más de 44 años de carrera, entre los que se encuentra su cobertura sobre el escándalo Watergate que acabó con la carrera del presidente estadounidense Richard Nixon, durante el cual estaba al frente del diario al legendario Ben Bradlee. Downie sustituyó a Bradlee en 1991 como director del Post.

En 2005 obtuvo uno tras dar a conocer la existencia de cárceles secretas de la CIA en Europa del Este, una noticia que el propio presidente de EE.UU., George W. Bush, había pedido que no se publicara.

Desde que asumió su puesto en 1991, The Washington Post ha ganado 25 premios Pulitzer, seis de ellos este mismo año.

Bajo su dirección, Downie ha visto una caída en la circulación, de los 813.000 ejemplares de 2000 a los 673.000 actuales. Aunque The Washington Post ha vivido una nueva juventud gracias a los lectores on line, que continúan in crescendo. Su web, lanzada hace más de una década, era muy considerada entre sus competidores, debido a su temprano éxito en atraer a los lectores.

miércoles, 30 de mayo de 2007

No tan dictador...

Seguí leyendo el prólogo de Mario Diament a Las palabras son acciones, la historia política y profesional de La Opinión de Jacobo Timerman, de Fernando Ruiz:

"La redacción de La Opinión no era, como pronto descubriría, un grupo precisamente armónico. Las personalidades y las ideologías, en un período de extraordinaria ebullición política, producían líneas divisorias tan anchas como profundas. Había peleas histéricas y bromas ácidas y feroces. Al poco tiempo de estar allí, vi a Martín Müller arrojarle un diccionario por la cabeza a Ricardo Halac, lo que interpreté como un acto altamente alegórico de una redacción donde lo que prevalecía era el intelecto. Pero había al mismo tiempo una energía creativa que impregnaba el aire y atizaba la imaginación. Raramente volvería a sentir una atmósfera así en una redacción".

Ya se ve que la dureza de un director es compatible con una redacción creativa. He comprobado que solo puede exigir el Director o el Jefe de Redacción que se exige a sí mismo. Así debía ser Jacobo Timerman, y Félix Laíño, y Allen Neuhrath, y Benjamin Bradlee...

El director/dictador, en Paper Papers, 29/5/07

martes, 29 de mayo de 2007

El director/dictador

Es el estándar que propone Jorge Fontevecchia, donde ubica a Jacobo Timerman y Allen Neuharth, y que es casi imposible intentar a esta altura de la historia. Recuerdo dos hechos que tienen que ver con este intento anacrónico de pelear contra el estilo actual de periodistas que se creen estrellas y son apenas ignorantes:

El primero sucedió en un diario del Ecuador. Su director y propietario me pidió un buen día que fuera más duro con los periodistas. Insistió con que debía "putearlos" y me aclaró que lo decía con ese término para que lo entendiera un argentino, así no quedaban dudas. Yo era entonces el Editor General, y como se ve, tenía el mismo estilo de gobierno que tengo ahora: confío en la responsabilidad de los periodistas y no sospecho nunca de su profesionalismo, hasta el día en que me demuestran que no lo tienen, entonces los echo. Lo aprendí de boca de Ben Bradlee, otro duro de la prensa. Me dejo convencer y me gusta cambiar de opinión cuando me doy cuenta de que estaba equivocado o que hay un criterio valioso o interesante a pesar de no ser el mio. Algunos lo ven como debilidad, pero no concibo otro modo de hacer un diario independiente si no es con periodistas inteligentes que trabajan con libertad.

Al poco tiempo se dio la oportunidad y traté con dureza a una escribiente (calificarla de periodista sería una afrenta a la profesión). A propósito, y por seguir el consejo del director, usé una interjección del estilo, "¡putamadre!". El mismo día el director me llamó a su despacho para recriminarme que había puetado a una periodista y que eso no era propio de un Editor General y todas esas cosas.

El segundo hecho ocurrió en el Paraguay. Me negué a publicar algo que pidió la Gerencia de Publicidad del diario en el que ocupaba la subdirección. Se lo dije de muy buen modo, hasta con humor, a la empleada que vino a la redacción a proponernos que engañemos a los lectores. Estaban presentes los jefes de la redacción. Le faltó tiempo para acusarme por "levantarle la voz".

En ambos casos esas personas fueron despedidas, pero el tiempo perdido en solucionar esos conflictos fue tan desproporcionado que se te van las ganas de ser director/dictador. Para colmo de males, en el Ecuador me encontré con la escribiente puteada y despedida en otro medio para el que suelo trabajar.