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martes, 18 de marzo de 2025

El País y la heladería

En 1969 los primos Luis Aversa y Juan Guarracino abrieron la heladería Freddo en la esquina de Callao y Pacheco de Melo, pleno Barrio Norte de Buenos Aires. Después abrieron algunas sucursales, siempre en Buenos Aires, en las que se mantenía la calidad artesanal de un producto excelente. 

Pero en estos 56 años pasaron cosas...

La historia de Freddo puede leerse en muchos sitios. Esto es de La Nación en 2018: 
En marzo de 1999, las familias Aversa y Guarracino vendieron Freddo a The Exxel Group por US$ 82,5 millones. El grupo de inversores liderado por el empresario Juan Navarro tomó fuerza también en la década del ‘90, y llegó a manejar 75 compañías. Al año siguiente, el Exxel Group comenzó a perder fuerza. 

Poco tiempo después, comenzó a desprenderse de algunas empresas. La primera fue Freddo, en 2001, que pasó a manos del Banco Galicia. En ese momento, el banco era el principal acreedor de Freddo, que acumulaba una deuda de US$30 millones. El plan de Galicia era comprar la cadena, levantarla y después venderla. 

Tres años después, apareció el comprador: Pegasus, el fondo creado por el exvicejefe de Gabinete, Mario Quintana, que la impulsó a nivel internacional. 
Hoy está en manos de diversos grupos de inversores -entre ellos Pegasus- pero vive una realidad distinta: la heladería decidió cerrar su fábrica en Balvanera y tercerizar su producción. Además se desprenderá de los 20 locales propios para convertirlos en franquicias. Así, el total de las 120 bocas de la marca quedará en manos de terceros.

El día que los primos vendieron, Freddo dejó de ser la mejor heladería de Buenos Aires y pasó a ser una marca. Los grupos que buscan rentabilidad y Exxel Group empezó a escatimar los ingredientes para ganar más. Los helados de Freddo ya no eran los mismos y la atención en las heladerías tampoco. Ni los cucuruchos ni las cucharitas se salvaron. Y para colmo aparecieron otras heladerías que aprovecharon la ocasión para quedarse con los exigente clientes porteños, los mejores tomadores de helados del mundo (en la Argentina los helados no se beben ni se comen, se toman).

La historia de Freddo se repite en la misma y en otras industrias y hoy parece que está pasando con El País de Madrid, en manos de un grupo que buscará la rentabilidad a costa de lo que sea. Esto es lo que se me ocurre cuando veo en las noticias de estos días que Joseph Oughourlian se ha hecho cargo de la presidencia de El País (ya lo era de Prisa), después de la renuncia de Antonio Caño en febrero pasado.

Subo la nota publicada ayer en El País con la firma de su nuevo presidente. Ahora hay que esperar a ver si es verdad que apuesta realmente por la libertad y la independencia en cambio de ordeñar al gobierno del PSOE; o quizá se está anticipándose a la caída de Pedro Sánchez; o va a ponerle agua al helado...

Mi compromiso con EL PAÍS: libertad editorial e independencia

Supone para mí un auténtico orgullo asumir la presidencia de EL PAÍS. Y no solo por lo que significa representar al líder de la prensa en el mundo de habla hispana, sino por los valores que lo adornan. Mi trayectoria tanto personal como profesional siempre ha estado muy vinculada a España y a Latinoamérica, por lo que cuando decidí invertir en Prisa casi nada me era desconocido dentro del Grupo, y mucho menos EL PAÍS.

La admiración que sentía entonces por su historia no ha hecho más que acrecentarse cuando he visto cómo se trabaja dentro del periódico. Desde la directora a todos los redactores y redactoras, pasando por el equipo de gestión, todo funciona como una maquinaria de precisión en EL PAÍS. Esa es la clave de su éxito ininterrumpido desde que el 4 de mayo de 1976, hace ya casi 50 años, su primer número viera la luz. Fue una aventura arriesgada, emprendida por un grupo de inversores y profesionales capitaneados por el inolvidable Jesús de Polanco, con quien todos estamos en deuda, yo el primero, por la magnífica obra que ha dejado en nuestras manos. Una obra que ahora ha de afrontar nuevos retos, como el de profundizar en el proceso de digitalización o la expansión por Latinoamérica. Cómo afrontemos y resolvamos ambos asuntos marcará el futuro de EL PAÍS. La cifra de 400.000 suscriptores que acabamos de rebasar es muy relevante, pero debemos seguir incrementándola, y para ello nuestro desempeño en los países latinoamericanos es crucial.

Desde mi nueva responsabilidad me comprometo a cimentar que EL PAÍS siga manteniendo esa trayectoria y, por supuesto, a preservar lo más valioso que tiene: su independencia y su libertad editorial. Algo que quedó perfectamente reflejado ya en los principios fundacionales del diario. En ellos se dice, entre otras cosas, que “EL PAÍS debe ser un periódico independiente, que no pertenezca ni sea portavoz de ningún partido, asociación o grupo político, financiero o cultural, y aunque deba defender la necesidad de la libre empresa, y aunque su economía dependa del mercado publicitario, el periódico rechazará todo condicionamiento procedente de grupos económicos de presión”.

Durante sus casi 50 años de vida, la libertad editorial ha sido el pilar sobre el que se ha construido este diario, que ha sido testigo y, a veces, protagonista de los acontecimientos más relevantes de la historia reciente. En este periodo, EL PAÍS se ha ganado a pulso la confianza de los lectores y de la sociedad gracias a su continuo ejercicio de independencia que, además, ha reforzado con mecanismos de gobernanza interna tales como el Estatuto de la Redacción o el Libro de Estilo, la Biblia de nuestros profesionales.

Esa defensa de la libertad editorial y de la independencia por encima de cualquier cosa ha colocado a nuestra cabecera en situaciones críticas, tal y como sucedió, por ejemplo, la noche del 23 de febrero de 1981. EL PAÍS fue el único diario español que sacó el periódico a la calle oponiéndose al intento de golpe de Estado, con su histórico titular de portada: “Golpe de Estado. El País, con la Constitución”.

La demostrada firmeza del Grupo Prisa a la hora de preservar y defender sus principios y sus valores también le ha provocado muy duros enfrentamientos con gobiernos y partidos políticos de todas las ideologías. Conviene en este punto echar la vista atrás para recordar cómo el Ejecutivo del Partido Popular presidido por José María Aznar emprendió una auténtica cruzada contra Prisa que estuvo a punto de mandar a la cárcel al entonces presidente del Grupo, Jesús de Polanco, y a su consejero delegado, Juan Luis Cebrián.

Los grupos de comunicación libres y que cumplen escrupulosamente con su función de vigilancia social acaban por convertirse en molestos para los centros de poder, sean del cariz que sean.

Una sociedad sana, democrática, necesita unos medios de comunicación fuertes e independientes que defiendan los derechos y las libertades de los ciudadanos, más allá de intereses políticos o económicos. Una necesidad que ahora se ha puesto más de manifiesto que nunca para tratar de contrarrestar el aluvión de las fake news, de los excesos que se producen en una sociedad que vive enajenada por la crispación que nace de la polarización política y cultural. Pero, sobre todo, para responder a las injerencias gubernamentales que cada día se hacen más evidentes en todo el mundo y que van en contra de la buena praxis democrática.

En este contexto, sería inaceptable que, cuando estamos recordando que hace ya 50 años murió el dictador Francisco Franco, alguien cayera en la tentación de tratar de adueñarse de un medio de comunicación independiente desde el poder, bien directamente, bien utilizando alguna empresa estatal como instrumento.

EL PAÍS lleva casi medio siglo defendiendo la democracia, las libertades y los derechos humanos. Y yo me comprometo a que seguirá adelante con esta misión. Hoy es más necesario que nunca que mantengamos firmes nuestros valores y nuestra cerrada defensa del periodismo de calidad, pese a las presiones de todo tipo que contaminan el ejercicio de una labor honesta y profesional, basada en la libertad editorial y en la independencia. Porque, en definitiva, y recordando la frase tantas veces atribuida a George Orwell: “Periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques. Todo lo demás son relaciones públicas”.

Hay de todo en los medios españoles de estos días, pero me quedo con esta columna filosa de Arcadi Espada publicada hoy mismo en El Mundo:

Pero si es 'Lily', con cuatro páginas de hierro sanchista 
El presidente de El País, Joseph Oughourlian, acusó ayer al presidente del país de tratar de apoderarse de su empresa. Este párrafo inequívoco de un artículo publicado en el diario, que se adhería, además, a las celebraciones vigentes: «Sería inaceptable que, cuando estamos recordando que hace ya 50 años murió el dictador Francisco Franco, alguien cayera en la tentación de tratar de adueñarse de un medio de comunicación independiente desde el poder, bien directamente, bien utilizando alguna empresa estatal como instrumento». Dada la magnitud técnica y el riesgo ético de la iniciativa presidencial cabría esperar que detrás hubiera una sólida necesidad ideológica. Una urgencia apocalíptica. La certeza de que el periódico había caído en manos de usurpadores, de la estirpe de Antonio Caño y otros periodistas fumigados. 
Pero no hay nada de eso. Dirigido desde hace años por una locutora ágrafa, el periódico que fue -y en el que hasta su sectarismo indeleble era útil e intelectualmente excitante- se ha convertido en una suerte de Lily para adolescentas, con cuatro páginas de hierro, de obligada inserción diaria y redactadas por cualquier terminal del llamado sanchismo, tan polifacético. El cesarismo del presidente del Gobierno está de sobras descrito. Y es posible que, como escribía profético, en tiempos, el difunto Montalbán, la lucha final pudiera darse entre sanchistas y ultrasanchistas. Pero aun con tales ponderaciones resulta impensable que el entrometimiento del presidente en el accionariado del periódico obedezca a una discusión política. El artículo de Oughourlian, legítimamente escrito en defensa propia y de su dinero, tiene un aparte retórico que no puede sostenerse. Y es que El País se haya ganado, como dice, «la confianza de los lectores y de la sociedad gracias a su continuo ejercicio de independencia». ¡Quia la independencia! Es desde la ausencia absoluta y constatable de ese rasgo de carácter como deben juzgarse las intenciones del presidente Sánchez. Su voluntad de control del periódico es una extensión particularmente obscena de una política patrimonializadora donde solo cuentan el poder y, contante, sonante y tajante, el dinero. Y no responde a otro plan que el descrito famosamente por aquel Natalio Rivas, cuando en una de sus visitas a su Órgiva caciquil logró desatar el paroxismo de sus partidarios, que una y otra vez le gritaban: «Natalico, ¡colócanos a todos!». 
Sin más titular, entradilla ni cuerpo del artículo.

jueves, 15 de julio de 2021

El despido de Antonio Caño y la libertad de expresión

Cualquiera que haya sido el motivo del despido de Antonio Caño del Grupo PRISA, nunca puede ser un atentando a la libertad de expresión, toda vez que el Grupo PRISA, publisher de El País, tiene la libertad y la capacidad legal para hacerlo. 

lunes, 6 de julio de 2020

Las redacciones rebeldes y la dirección del NYT


Con el permiso presunto de Antonio Caño y de El País, les paso este artículo de Antonio Caño sobre la renuncia del director de opinión del New York Times. El artículo salió originalmente ¡dentro de 24 días! en El País de Madrid, pero luego fue reproducido por varios diarios americanos que tienen sindicadas sus columnas.

Todavía no sé si la dirección del New York Times estuvo bien o mal, pero, como Caño, me inclino a pensar que no fue una buena idea. Sebastián Fest está claramente en contra.

Aquí la nota de esta misma casa el día en que la redacción de La Nación de Buenos Aires se rebeló contra una decisión editorial de la dirección del periódico.
En defensa del periodismo 
La dimisión del director de Opinión de The New York Times confirma el poder del supuesto “periodismo comprometido”, que exige a los medios la búsqueda de la verdad que favorezca una determinada causa
De todos los acontecimientos inquietantes que en los últimos meses se acumulan en Estados Unidos, el más grave me parece, quizá por mi deformación profesional, la dimisión a comienzos de junio del director de Opinión del periódico The New York Times. Es un alarmante indicador del avance del activismo sobre el periodismo y una señal más de la degradación de las democracias modernas , que sacrifican sin pudor el derecho a la discrepancia y al libre pensamiento en aras de un poder identitario que cada día se hace más incontenible con las tradicionales armas del debate y la razón. Incluso el hecho de que el episodio haya pasado relativamente inadvertido, tanto en Estados Unidos como en España, es una prueba de lo secundaria que empieza a resultar ya la libertad de expresión.

Por situar las cosas en su contexto, es conveniente señalar que el director de Opinión de un periódico norteamericano actúa con plena independencia del director y a su mismo nivel jerárquico. Representa la garantía de que, sean cuales sean las prioridades informativas que el director marque, la opinión será siempre plural, abierta y no se verá condicionada por los caprichos de la actualidad ni por las inclinaciones de los reporteros. El director de Opinión ocupa, por tanto, una posición institucional aún más relevante que la del director como referente de la línea editorial y la imparcialidad del periódico.

James Bennet ocupaba ese cargo en The New York Times hasta que el 6 de junio presentó su renuncia por la publicación tres días antes de un artículo del senador republicano Tom Cotton en el que apoyaba el empleo de tropas militares para hacer frente a las protestas que se sucedían en las calles de varias ciudades del país por la muerte de George Floyd. Entre la aparición del texto y la dimisión de Bennet se produjeron presiones de los periodistas del diario, quienes en una asamblea expresaron su indignación por un artículo que, aparentemente, representaba un insulto para sus compañeros negros. A eso se sumó una intensa campaña en Twitter contra lo que se presentó como una indecencia moral por parte de The New York Times y una auténtica afrenta para todos aquellos que protestaban contra el racismo en las calles. Bennet se quedó solo en la Redacción, la empresa decidió ceder a esa presión y el periodista, un ilustre colega al que se pronosticaba un brillante futuro en el oficio, accedió a dejar el puesto admitiendo públicamente su error, agravado, al parecer, por no haber leído personalmente el texto antes de su publicación. Sí lo leyó, según ha trascendido, su número dos, James Dao, que le dio el visto bueno y ha sido después trasladado a otra posición en el periódico.

El delito de ambos es haber publicado un artículo, no de un desconocido que pretendía llamar la atención, sino de un senador de Estados Unidos, de un senador, además, a quien se le atribuyen ambiciones presidenciales. Por lo demás, su propuesta de movilizar al Ejército para contener las protestas, por equivocada que me parezca, no es en absoluto un desatino. Varias ciudades, entre ellas Washington, con una alcaldesa demócrata y negra, sacaron a la calle a la Guardia Nacional, un cuerpo que participa en la guerra y dispone de la misma preparación y armamento que cualquier unidad del Ejército. Tampoco le parece un desatino a un 52% de norteamericanos que, según una encuesta de ABC News, apoyaba el despliegue de tropas.

Incluso aunque el artículo sí fuera, en realidad, un disparate, ¿cuál es la razón para impedir su publicación? ¿No estaría el periódico contribuyendo a mejorar la información de sus lectores al ofrecerles un artículo sobre el pensamiento disparatado, nada más y nada menos que de un senador que quiere ser presidente del país? ¿A quién se ayuda con su prohibición? Solo a Cotton, que es ahora mucho más famoso.

Pero, no nos engañemos, no es eso lo que provocó la dimisión de este periodista. Bennet fue víctima, simplemente, de la caza a la disidencia que se ha desatado en tantos ámbitos e instituciones de las democracias occidentales, incluidos los periódicos. Bennet cayó porque ni sus compañeros ni la empresa tuvieron el valor de resistirse a las hordas que imponen su causa, por justa que sea, sobre la libertad de expresión, por equivocadas que sean las ideas que se expresan. Como ha escrito la columnista del diario The Washington Post Kathleen Parker, "no hace falta mucho coraje para sumarse a la turba y prohibir un artículo o arruinar una carrera; lo que requiere coraje es quedarse solo frente a una avalancha de Twitter en la defensa del libre intercambio de ideas, incluso si son malas".

Obviamente, esto no es un problema exclusivo del NYT, aunque duele particularmente este terrible traspiés en un símbolo de la prensa libre. También The Washington Post se ha visto señalado en las redes por la salida de un periodista negro que exigía un mayor compromiso de su director con la causa de Black Lives Matter y escribió en Twitter sobre la necesidad de "reconstruir el periodismo para que opere en un espacio de claridad moral" contra "el experimento fracasado del periodismo objetivo y la atención a los dos lados de una noticia".

¿Claridad moral? ¿De quién? ¿Para qué? Nunca he creído en la objetividad del periodista, pero sí en su honestidad intelectual y su integridad ética para no deformar la realidad e imponer "claridad moral" de acuerdo con los intereses de su ideología o de su causa. Hemos de admitir, sin embargo, que se ha abierto paso con fuerza desde ya algún tiempo el supuesto periodismo "comprometido", que exige a los profesionales algo más que la búsqueda de la verdad, su único y verdadero compromiso; exige la búsqueda de la verdad que favorezca una determinada causa.

Desgraciadamente, cuando se trata de acomodar el periodismo y la verdad a las necesidades de una causa -sea cual sea esta causa-, se está prostituyendo la verdad, y cuando la verdad desaparece, prevalece el totalitarismo.

Ninguna causa vale más que la verdad porque ninguna causa puede avanzar legítimamente sin la verdad, porque cuando se tapa la verdad con técnicas propagandísticas o intimidatorias se pone en riesgo también la validez de la causa que se pretende defender. Se ha hablado mucho en España de la manifestación del 8 de marzo y su repercusión en la extensión de la epidemia. ¡Cuánto más útil hubiera sido tener esa discusión antes de la manifestación! ¡Cuánto mejor hubiera sido tener en su momento la libertad de opinar sobre la conveniencia de celebrar ese evento sin miedo al linchamiento que se produciría con certeza!

Valga esa calamidad en las redes, por alto que sea el precio que pagamos. Pero preservemos al menos los periódicos. Los periódicos están para publicar artículos que nos gustan y los que nos irritan, y son mejores cuantos más de estos últimos ofrecen. Son mejores porque hacen mejores lectores, más críticos, más libres.

Por supuesto que necesitamos saber lo que piensa el senador Cotton. Y necesitan saberlo sobre todo los que discrepan de él. No solo para conocerlo mejor y votar acorde con ese conocimiento, sino porque escuchar respetuosamente al senador Cotton o a cualquiera situado en el frente contrario a nuestro pensamiento es la expresión más elemental y básica de la convivencia civilizada y de esa difusa y frágil criatura que llamamos democracia.

martes, 16 de junio de 2020

Segundas partes...


Está abajo a la derecha en la portada de hoy de El País de Madrid. Es el anuncio de la propuesta de Javier Moreno Barber como nuevo director para el diario. Pero hay un error en ese título que tampoco se explica en el texto del suelto de portada: Moreno ya fue director de El País entre 2006 y 1014. Vuelve a ocupar el mismo cargo después de los interinatos de Antonio Caño (2014-2018) y Soledad Gallego-Díaz (2018-2020), así que de nuevo no tiene un pelo. Y, como era de esperar, la propuesta fue aceptada y Javier Moreno a esta hora es el director de El País por segunda vez. 

Ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas y también que no hay que basar estrategias empresarias en refranes o dichos populares... pero justo este se cumple a rajatabla. 

Ya hablamos en esta casa cuando nombraron directora a Soledad Gallego-Díaz. Sorprendían sus 67 años, pero aleteaba clara la idea de que habían nombrado a una persona de la misma edad que los lectores del periódico. Ahora sabemos que fue un interinato igual al de Antonio Caño, pero no vale decirlo después. Complicado sigue siendo dirigir un periódico a los 69 o 70 años, porque a esa edad ya no estamos para estos trotes. 

La vuelta de Moreno Barber solo recuerda que El País de Madrid renuncia a reinventarse como periódico y a conseguir nuevos lectores, pero no renuncian a ordeñar el print mientras siga dando leche.

Lástima. Hubiera probado con una directora joven, una mujer con ganas de buscar la verdad y levantar las banderas del periodismo que hoy necesita España, alguien que no tenga nada que perder (como Javier Moreno), pero con mucho que ganar (no como Javier Moreno).

sábado, 20 de enero de 2018

La extinción del periodismo

Tengo que decir algo, de nuevo, sobre las escuelas de periodismo, pensaba mientras leía esta nota del boletín de la Universidad de Navarra. Es que lo que dice Antonio Caño es tan cierto como que las universidades hemos perdido la prerrogativa de formar el ser de los que buscan la verdad urgente y la no tan urgente. Peor todavía: cambiamos nuestras viejas escuelas de periodismo por facultades de comunicación y nos dedicamos a preparar el ser de los manipuladores de la realidad que son los comunicólogos, los relacionistas públicos, los marketineros políticos, los publicitarios, los lobbistas, los prenseros y los de asuntos corporativos. Le paso la nota tal como salió, pero también lo corrijo a Antonio Caño: lo que está en vías de extinción es El País, no el periodismo.

“En dos años la mitad de las noticias que consumiremos serán falsas”

“Es obligación del periodista crear lectores críticos y luchar contra el sectarismo político”, afirmó el director de El País en la Universidad

"El periodismo es más necesario que nunca pero paradójicamente estamos en peligro de extinción”, ha afirmado Antonio Caño, director de El País, en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra. “Se calcula que en menos de dos años la mitad de las noticias que consumirán los ciudadanos serán falsas”, aseguró. Fake news, posverdad… se trata, en su opinión, de un fenómeno posible por la tecnología y que se produce por desestabilizar o simplemente por entretenimiento. Según dijo, es necesario que los gobernantes actúen contra esto y que los periodistas luchemos contra el sectarismo que genera lectores pasivos dispuestos a creer todo. “Nuestra obligación es crear lectores críticos que sean capaces de defenderse de esta tendencia creciente”.

En su conferencia “El futuro del periodismo”, que impartió ante un aula repleta de alumnos y profesionales de la Facultad de Comunicación, señaló no hay que confundir periodismo de calidad con aburrido y que la búsqueda de la verdad hoy es más necesaria que nunca: “Los medios de comunicación solventes y referentes son a los que acuden los ciudadanos para estar bien informados”.

En este sentido, se refirió a la alianza con plataformas tecnológicas para combatir estos intentos de desestabilización. “Los grandes medios trabajamos con plataformas como Facebook y Google para combatirlo. Ahora esta alianza es imprescindible”.

Los medios, vehículo para el diálogo en democracia

Antonio Caño subrayó que los medios han perdido credibilidad por un exceso de sectarismo político. Esta debilidad, a su juicio, es una buena noticia para los políticos que recelan de la transparencia, pero “es necesario ser conscientes del daño que esto genera para la democracia”. “Los medios debemos actuar como vehículos para el diálogo y la discusión, pero desgraciadamente esto no ocurre de manera suficiente”.

“Hay que admitir sin tapujos que los periódicos hoy somos más débiles que en el pasado”, destacó Antonio Caño en la Universidad de Navarra. “El papel se muere sin acabar de morirse y el digital aumenta sin seguir teniendo un modelo alternativo claro”.

Sin embargo, el director de
El País confía en la supervivencia del periodismo, “sobre todo el de calidad”, unido a los avances tecnológicos. “Rechazar el cambio es condenarse a morir”, insistió. “Más del 70% de los actuales lectores de El País leen las noticias a través del teléfono móvil. Mantendremos el papel todo lo posible pero nuestro reto es hacer el periódico digital con la misma calidad”.

"Nosotros estamos y estaremos donde estén nuestros lectores. No trabajo para hacer un periódico rentable pero la rentabilidad es una garantía para poder trabajar en libertad", concluyó.

viernes, 4 de marzo de 2016

Queridos compañeros


Los dejo con la Carta abierta del director de El País a la Redacción del periódico. Está plagada de obviedades de lanzamiento, de lugares comunes, de algunas contradicciones y también de la típica apuesta por un futuro digital y global en un diario que todavía no cumple los 40 años. Es curioso que se llame El País un medio que ahora apuesta por un continente, pero así es la historia de todas las cabeceras: nacen como una declaración de principios y con los años se convierten en nombre de fantasía. La novedad es que esta vez el director no escribe a los lectores sino a los periodistas, pero para que la lean los lectores.

Fuera de sarcasmos, vale la pena leerla. La perla es:
Gracias a vuestro sacrificio y colaboración nos encontramos en una posición competitiva y en condiciones de prolongar el liderazgo de EL PAÍS. Pero eso no significa que la batalla esté ganada ni que nuestra supervivencia esté garantizada. La revolución que afecta a los medios no ha concluido aún, el panorama es todavía muy confuso. La crisis, probablemente, no ha tocado fondo todavía. El trasvase de lectores del papel al digital es constante. Se puede dar ya por hecho que el hábito de la compra del periódico en el quiosco ha quedado reducido a una minoría. La mayoría de las personas, fundamentalmente los más jóvenes, buscan la información en otros soportes y la consumen de forma diferente.

También en el ámbito digital la situación sigue siendo aún incierta. La masiva transferencia de lectores de la web a los teléfonos móviles, así como la aparición de nuevos dispositivos portátiles y de amenazas recientes como los bloqueadores de publicidad, junto a otras más conocidas como la instalación de la cultura de la gratuidad, hacen muy complejo también el horizonte en el terreno de los nuevos medios. Empiezo a tener la impresión de que el paso del papel a lo digital es solo uno y no el más grande de los muchos pasos que los periódicos tendremos que dar hasta alcanzar nuestro verdadero espacio futuro.
Debería leer esta erreada.

domingo, 29 de junio de 2014

Periódicos institucionales y el negocio del periodismo


Lea la entrevista que le hace Ana Pastor a Antonio Caño, el nuevo director de El País de Madrid para Jot Down. Resalto esta idea con la que coincido:
Cuando menciono alguno de los principales periódicos del mundo son muy institucionales. Le Monde es un símbolo de Francia. Los periódicos importantes acaban convirtiéndose en instituciones de su sociedad. El New York Times es un símbolo de Nueva York y mucha gente que va a la ciudad hasta va a la tienda del periódico y se compra una camiseta y una gorra que pone NYT.
Eso decimos hace tiempo en El Territorio de Posadas, que es patrimonio cultural de los misioneros. Todos los periódicos con cierta trayectoria en sus ciudades, provincias o países son instituciones de las sociedades a las que sirven. Perder esa condición es una calamidad.

Lea también lo que dice cuando Ana Pastor insiste en pedirle autocrítica:
Estoy de acuerdo en que los periódicos hemos prestado poca atención a los ciudadanos. Incluido El País. A los temas que preocupan a los lectores. Los hemos descuidado. Pero no somos una ONG. Las necesidades de las ciudadanos son una cosa y los intereses de los lectores son otra. Nuestra responsabilidad no es atender sus necesidades sino tener información y datos sobre los asuntos que son relevantes para los lectores. Y es verdad que hemos estado más pendientes de los poderosos de todos los ámbitos. Los periódicos de calidad están más pendientes de lo que dice la gente y hay gente muy interesante en España que no sale en la prensa. Hay muy buenos médicos, investigadores, científicos, etc.
Y esto otro, que da el título de la entrevista:
Este país lo primero que necesita es información porque tenemos también un exceso de opinión desmedido. Hay hambre de información en la sociedad para modernizarse, para volver a conectar. Necesitamos hechos y datos y menos opinión. Quiero que en El País haya más información y menos opinión. Cuando hablaba de que falta autocrítica me refiero a eso. Los periodistas hemos devaluado los hechos. Hemos entrado en una deriva literaria contando las cosas de forma bonita más o menos acorde con los hechos, pero interesando más que el hecho. Otros dando más importancia a la opinión y a la interpretación que yo hago de los hechos, que pasan a un segundo plano. Los periodistas llevamos años en España despreciando los hechos. Es penoso que desde las ocho de la mañana en la radio estés escuchando opinión. ¡Desde las ocho de la mañana!
...lo que pasa es que la opinión es barata y los hechos son caros (Andrew Mango). Martín Barizo, que es quien me pasa la entrevista, me pregunta desde cuándo a los periódicos tienen que llevar menos opinión. Contesto que el negocio de los periódicos no es la opinión ni la información, es el periodismo. Ojalá Caño lo sepa. Más argumentos en estos posts de Paper Papers.