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domingo, 20 de octubre de 2024

Proveedor de certezas


Subo el artículo de Fernán Saguier que publica La Nación de hoy. Es un relato/resumen de la Asamblea de la Sociedad Interamericana de la Prensa que terminó ayer en la ciudad de Córdoba (República Argentina). El título es una expresión muy acertada, lo dice todo y no me resisto a resaltar en negritas los párrafos que lo desarrollan. Las elucubraciones acerca de la libertad de prensa y la situación de esas libertades en nuestra América son la monserga de siempre, relacionada con la incapacidad de los medios tradicionales de entender a las audiencias y a la política. El último párrafo es fiel reflejo de ese complejo. ¿Qué tienen que hacer los políticos en la Asamblea de la SIP? ¿Podemos quejarnos porque no van? ¿No es mucho mejor que no estén? ¿Tienen que ir a agradecernos que hayamos hecho nuestro trabajo en favor de la democracia y las libertades públicas? ¿Hacemos ese trabajo para que nos lo agradezcan? ¿Será que el Presidente de la República tiene que hacer lo que dice el diario La Nación, ADEPA o la SIP?

Influencers e IA: el periodismo como proveedor de certezas 
por Fernán Saguier 

Todos hablan de ella, de su extraordinario atractivo, magia y de la infinidad de posibilidades que abre. No brilla con plumas ni escotes, pero resulta imposible resistirse a sus encantos. La vedette deslumbrante de la reunión de editores de las Américas que termina hoy aquí ha sido la inteligencia artificial (IA).

Su irrupción es vista como un punto de inflexión para el periodismo tal como lo conocimos hasta ahora. Estamos ante un cambio radical, brutal, que viene a trastocarlo todo, coinciden los expositores más autorizados que asistieron a la 80ª Asamblea de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP).

El uso de la IA ya es moneda corriente en los medios de comunicación del planeta.

Aquí se han brindado ejemplos deslumbrantes ante rostros absortos por sus hechizos y fantasías. Uno de los casos más cautivantes, una verdadera demostración de astucia ante uno de los regímenes más sanguinarios que proliferan en las Américas, es el de los editores venezolanos de Operación Retuit, que informa en redes sociales mediante avatares, figuras “humanas” que son casi imposibles de distinguir de las personas de carne y hueso, mediante las cuales protegen la integridad física de los periodistas en un país donde la libertad de expresión no existe, con medios cerrados, bloqueados y una larga lista de colegas asesinados, torturados y detenidos por la dictadura de Nicolás Maduro. Así, mediante esos avatares Operación Retuit reportó 1000 detenidos y al menos 23 muertos durante las protestas de los últimos meses. Su éxito es una brisa de aire fresco, una luz de esperanza para el periodismo en esos territorios desamparados. Tuvieron 41 millones de interacciones en redes sociales y, lo más importante, con sus autores intelectuales a salvo.

Otro modelo expuesto fue el de Semafor, un sitio nativo digital norteamericano que con solo un año de vida utiliza la IA para identificar con precisión milimétrica desde dónde se conectan los usuarios. Así, les ofrece información y contenidos personalizados de acuerdo con el lugar de conexión. Fue creado por dos experiodistas de The New York Times y de Bloomberg bajo el lema “Inteligente, transparente y global”. Ofrece así lo que resulta cercano, familiar y próximo a sus intereses. Un menú a la medida de cada usuario.

En lo que a nosotros concierne, La Nación se vale a la IA desde hace tiempo ya. En el debate presidencial del año pasado entre Sergio Massa y Javier Milei esta herramienta logró capturar los gestos y las emociones de cada uno, identificando sus momentos de entusiasmo, alegría, tensión y enojo. También sirve para analizar la equidad de género en las fuentes de los artículos de modo de conocer cuán equilibrado es el origen de nuestros informantes. Pero la más grata y útil novedad la ofrecerá próximamente: la nacion permitirá que los lectores escuchen las columnas de sus principales periodistas con la voz de los propios autores. La inteligencia artificial lo hará posible clonando las voces de nuestras plumas más destacadas, ya sea la de Joaquín Morales Solá, Carlos Pagni, Jorge Fernández Díaz, José Del Rio, Jorge Liotti, Inés Capdevila o Martín Rodríguez Yebra, por citar solo algunas firmas.

Pero ojo. La IA es un arma de doble filo, que tanto puede seducir como también engañar a los más desprevenidos. También entrega respuestas sin sentido, descontextualizadas, y puede ser vehículo para adulterar fotos o videos que consumimos sin dudar. ¿Cómo olvidar aquella imagen fraguada del Papa con una campera blanca acolchada, parecida a una sotana, que recorrió el mundo hace un año, generada por la IA? ¿O aquella campaña de desinformación del propio Donald Trump al compartir imágenes de la IA que sugerían una ola de apoyo de fans de Taylor Swift, que adhiere a Kamala Harris, o la de Ryan Reynolds fotografiado con una camiseta de Harris, o el falso apoyo del Partido Comunista a la extinta campaña del presidente Joe Biden?

Las tecnologías digitales modificaron drásticamente la forma de producir, distribuir y consumir contenido periodístico. La oferta se expande con actores impensables años atrás, que convocan audiencias y compiten con los medios tradicionales procurando equipararlos en condiciones de igualdad y relevancia. Una nueva especie son los influencers, microcelebridades que muchas audiencias no distinguen de los periodistas y disputan tanto nuestra atención como la de las marcas comerciales.

¿Qué tienen los influencers que no tenemos los medios de comunicación y qué tenemos nosotros que no tienen ellos?, se preguntó el director de la carrera de Comunicación de la Universidad Católica Argentina (UCA) y periodista de La Nación Hernán Cappiello.
 
“Ellos tienen un ritmo de publicación constante, generan audiencia joven, tendencias, comunican en primera persona, algunos tienen credibilidad, crean relaciones a largo plazo, valoran las relaciones interpersonales, crean contenidos patrocinados no declarados, no tienen jefes sino managers o representantes comerciales. Son figuras que logran popularidad de nichos específicos que no solo producen materiales virales, sino que establecen relaciones de confianza y cercanía con sus seguidores”, dijo Cappiello.

Puso como ejemplo el del activista ultraconservador Tucker Carlson, que tiene 11,6 millones de seguidores en X y es un medio en sí mismo, más allá de la escasa credibilidad que esa figura tan controvertida merece. Habitantes de las redes sociales, los influencers logran popularidad en nichos específicos que no solo generan contenidos, sino que establecen relaciones de confianza y cercanía con sus seguidores, convirtiéndose así en actores influyentes en la creación de tendencia y narrativas. En cambio, en las redes los periodistas estamos obligados a no ir más allá de lo que informamos por nuestros medios, no damos a conocer nuestra vida personal y seguimos ciertas prácticas inflexibles de rigor y chequeo de la información, sin caer en el error de editorializar, lo que sucede con desgraciada frecuencia. Como dijo aquí el exdirector de The Washington Post Martin Baron, “la gran diferencia con los influencers es nuestra determinación de buscar la verdad”. Está claro que no somos, no queremos ser ni seremos lo mismo.

Entre la creciente competencia, un modelo de negocios bajo constantes desafíos y el atropello de líderes autoritarios que buscan desacreditar nuestra tarea, ¿está en riesgo el periodismo?, se preguntó un editor aquí. Rosental Calmon Alves, el respetado profesor brasileño del Centro Knight para el Periodismo en las Américas, radicado desde hace 30 años en Austin, Texas, se remitió con sabiduría a la prehistoria para brindar una mirada optimista. “A pesar de los cambios radicales, el periodismo siempre existió. Desde la época de las cavernas el hombre viene contando historias sobre las piedras”.

Ante el mar de incertezas que figuran las redes sociales, los medios tradicionales estamos llamados a ser hoy, más que nunca, proveedores de certeza. Acaso una anécdota sirva como ejemplo. Durante la última visita de Coldplay a nuestro país, en medio de la multitud del estadio de River, un importante empresario se encontró con este cronista y le preguntó atribulado: “¿Viste que Lula tuvo un ACV y está al borde de la muerte?”. Tras algún titubeo por el shock de la noticia, solo atinamos a responder: “¿Te metiste en O Globo o Folha de S. Paulo?” El interlocutor garabateó su celular y, tras un instante, nos miró atónito. Allí no había nada. “Si no está ahí es porque no ocurrió”, recibió como respuesta. Eso es la prensa seria. Punto.

La SIP es la más importante voz institucional en defensa de la libertad de expresión en las Américas y representa a unas 1300 publicaciones del continente desde Alaska hasta la Patagonia. Al cúmulo de medios clausurados, periodistas muertos y encarcelados, se suma hoy, como una epidemia, una peregrinación incesante de colegas que huyen de sus países hacia el exilio. Fabián Medina, jefe de Información de La Prensa, de Nicaragua, diario con casi un siglo de vida, escapó hacia Costa Rica en 2021, tras numerosas irrupciones en su domicilio y la sede del diario por parte de la policía del dictador Daniel Ortega. Ejemplo modélico de resistencia contra la brutalidad del régimen, La Prensa dejó de editarse en papel, su edificio fue confiscado y hoy reporta estrictamente en el terreno digital con suscripciones. Pero para Medina los problemas no terminaron. Si bien buena parte de su familia pudo salir del país, Medina se vio obligado a bajar notablemente su perfil y la periodicidad de sus columnas críticas para preservar la seguridad de los parientes que aún permanecen en Nicaragua. Las patrullas de Ortega están al acecho a cualquier hora del día. Casos como de Medina son la norma en vez de la excepción en Venezuela, Cuba, El Salvador y Guatemala.

En lo que va de este año varias naciones americanas eligieron o elegirán presidente, entre ellas dos de las más pobladas: Estados Unidos y México. Ya se pronunciaron El Salvador, Panamá, República Dominicana y Venezuela, esta última con un resultado fraudulento, en el que nadie cree. Pronto lo harán Uruguay y EE.UU. “Esa intensidad y masividad comicial –según la mirada de Carlos Jornet, director de La Voz del Interior– y el hecho de que las Américas no registren conflictos bélicos desde hace años pueden hacernos hablar de ‘fiesta democrática’. Pero cuando revisamos el escenario, vemos que es apenas una ilusión”. Sobran las razones para preocuparnos por el deterioro de la democracia en la región. Y, acota Jornet, este debilitamiento del sistema político tiene estrecho vínculo con la escalada de ataques a las libertades de expresión y de prensa.

Para terminar, el caso argentino. En lo que lleva de su mandato, periodistas y medios de comunicación sufrieron fuertes agresiones e insultos de parte del presidente Javier Milei. El episodio más grave se registró el último 28 de septiembre, cuando en un acto proselitista Milei dedicó algunos de los párrafos más enfáticos de su discurso a desacreditar a los periodistas. Terminó dirigiendo un coro de miles de militantes que repetía “hijos de puta”. Y acaso, más grave aún, cuando el Presidente se refiere en términos ofensivos contra los hombres de prensa, sus audiencias, a veces integradas por altos empresarios, lo festejan con risas y aplausos. ¿O acaso olvidaron esos empresarios el rol que jugó la prensa independiente en la defensa de la propiedad privada, las instituciones democráticas, las libertades públicas y la lucha contra la corrupción durante los 20 años del kirchnerismo? El presidente de IDEA, Santiago Mignone, al clausurar anteayer el Coloquio de Mar del Plata, hizo un acto de reparación cuando reivindicó el papel de las instituciones democráticas y, con un claro destinatario, llamó a interactuar “a través del diálogo respetuoso sin agravios ni descalificaciones”. Varios deberían tomar nota de ese mensaje.

Milei no asistió a la inauguración de la SIP, contradiciendo la larga tradición de los mandatarios que sirven de anfitriones del mitin de editores de la región (el entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, feroz detractor de la prensa independiente, tampoco estuvo presente en la reunión en México el año pasado). Perdió la oportunidad de incorporarse a una ilustre galería de altos mandatarios, como Dwight Einsenhower, Richard Nixon y John Fitzgerald Kennedy, quienes honraron a la prensa con su participación en la SIP, el último tres días antes de ser asesinado. El Presidente hizo llegar una carta de agradecimiento por la invitación cursada, que fue leída y recibida con un respetuoso aunque austero aplauso por los asistentes. Esa misiva incluyó las palabras más amables que le dedicó al periodismo últimamente, al “reconocer la valiosa labor que realiza la organización en la promoción y en la defensa de la libertad de prensa”. Una formalidad. Nunca es tarde para la sensatez y el buen juicio.

domingo, 2 de octubre de 2022

Pagar por periodismo

Con el permiso presunto de Fernán Saguier les subo este resumen del ecuntro de la WAN de Zaragoza.

El periodismo se reinventa en la era digital

Desafiados por la revolución tecnológica, los medios se aferran a la calidad y la excelencia para enfrentar nuevos retos

ZARAGOZA, España.- Silencio vaticano en el auditorio. Más de 1200 periodistas y ejecutivos de medios de comunicación de todo el mundo asisten, después de tres años de interrupción por la pandemia, a la reunión anual del Congreso Mundial de Editores de Noticias.

Con sus casi dos metros de altura y una estampa señorial que irradia autoridad, el orador toma el atril y lanza cuatro sentencias inapelables:

“Los medios son el enlace entre los ciudadanos y los hechos”.

“Las falsedades, la simplificación y la desinformación representan serias amenazas sobre nuestras sociedades”.

“La prensa soporta presiones, demandas y propaganda”.

“Más que nunca, se necesitan medios de comunicación independientes y responsables, centrados en el análisis y que exijan la mayor capacidad crítica por parte de sus profesionales”
.

No se trata de un disertante más. Quien ostenta el micrófono no es el presidente de la entidad que nuclea a los publishers del planeta ni el mandamás de una organización de defensa de la libertad de expresión. Tampoco un representante de The New York Times, The Washington Post o The Financial Times, acaso los máximos templos del periodismo de calidad, aquí presentes.

Quien asume como una máxima irrenunciable la defensa de la tarea periodística como garantía de la democracia en un mundo amenazado por guerras, una pandemia y autoritarismos de distinto pelaje es nada menos que el rey de España, Felipe VI.

No hace falta agregar más. Acaso recordar aquella sentencia del gran editor de The Washington Post, Marty Baron, hoy retirado: “La principal misión del periodismo es que sirva para que las instituciones y el poder rindan cuentas de sus actos a los ciudadanos”.

Con ese espíritu y en un clima de emoción desbordante por la presencia de colegas ucranianos de heroico desempeño en su país, sube inmediatamente al escenario para recibir la Pluma de Oro, el mayor reconocimiento mundial a un medio de prensa, Joanna Krawczyk, de la Fundación Gazeta Wyborcza, el primer diario independiente de la Polonia libre, creado en 1989, hoy bajo ataque permanente del gobierno de Mateusz Morawiecki, que se traduce, entre otras represalias, en no recibir publicidad oficial ni de compañías relacionadas con el Estado. Los últimos ocho años en Polonia están marcados por una atmósfera de opresión y adoctrinamiento de los estudiantes. Millones de refugiados ucranianos han escapado a su territorio y Gazeta Wyborcza ha dado asistencia a centenares de periodistas ucranianos. Polonia parece seguir el triste camino de la Hungría de Viktor Orban, convirtiéndose en una amenaza sistemática para todos aquellos que no siguen el discurso único. “Estamos bajo un escrutinio constante”, dice Joanna.

* * *

Diez o quince años atrás el futuro de los medios tradicionales, la llamada legacy media, asomaba jaqueado por la incertidumbre y los pronósticos sombríos. La industria de la información ha sido una de las más atravesadas por la revolución digital. Hábitos de lectura centenarios se han visto sacudidos en un pestañeo con la fuerza de un terremoto.

Hoy, el escenario depara menos incógnitas y luce más promisorio, ciertamente distinto. Nunca antes la población mundial tuvo al alcance de la mano tanta información en tiempo real. Nunca antes los medios tuvieron tanta audiencia. Nunca antes supimos al instante qué contenidos elige el lector y cuáles descarta rápidamente. Inauguraron la huella precursores como Spotify y Netflix, hoy acompañados por una legión infinita de aplicaciones y servicios de streaming. Así, lentamente, fue germinando otra cultura: el público está dispuesto a pagar por el periodismo digital que considera de calidad.

En las redacciones proliferaron las métricas sobre el consumo de las noticias y con ellas también irrumpieron actores originales: lectores de audiencias, intérpretes de buscadores, editores en redes sociales, especialistas en nuevas narrativas, creadores de mapas interactivos, seguidores de suscriptores, emisores de podcasts y newsletters, y realizadores de video, entre otros. El mundo noticioso cambió su nomenclatura en un santiamén y dejó de hablar de ejemplares para hablar de suscriptores digitales, usuarios únicos (dispositivos que entran a los sitios de noticias) y páginas vistas en los sitios web. La prensa escrita seguirá siendo sinónimo de orden y jerarquización, con toda la fuerza de la tradición, de distinción y prestigio, algo así como un libro de actas que resume lo más importante que pasó y está por ocurrir. Pero hoy el principal desafío consiste en cautivar a las audiencias entre los miles de entretenimientos y distracciones a los que se accede en el universo digital.

Existen ejemplos de resonancia a escala planetaria, como The New York Times, con sus más de diez millones de suscriptores, o The Washington Post, con cerca de tres millones. La Argentina está adaptándose ágilmente a este nuevo modelo de negocios: entre los medios nacionales (LA NACIÓN, Clarín, El Cronista, Página 12 y Perfil) y varios del interior (La Gaceta, de Tucumán; La Voz del Interior; Los Andes, de Mendoza; La Capital, de Rosario, y El Día, de La Plata, entre otros) más de un millón de suscriptores digitales en total pagan diariamente para mantenerse informados, convirtiéndose en un faro de referencia para toda América Latina. La WAN invitó a exponer los casos argentinos al secretario general de Redacción de LA NACIÓN, José Del Rio, y al CEO de AGEA y vicepresidente del Grupo Clarín, Héctor Aranda.

De izquierda a derecha, la editora de The Sunday Times, el profesor Rosental Alves, de la Universidad de Austin
(Texas), el secretario general de Redacción de LA NACIÓN, José Del Rio, y el editor del Globe and Mail de Canadá.

Hablar de suscripciones implica necesariamente hablar de periodismo de relevancia, de investigación, análisis y opinión, de reportar desde el lugar donde ocurren los hechos y de interpelar al poder, básicamente a través de las dos herramientas de las que dispone la prensa: la información y la opinión, esta última muchas veces expresada en ámbitos hostiles a través de la sana irreverencia del humor y la sátira política, géneros de los cuales han sido objeto presidentes, reyes y hasta papas, y que tanto incomodan al poder.

Se advirtió aquí que una luz colorada se enciende en el horizonte. La carga de negatividad que muchas veces transmitimos los medios está ahuyentando a lectores, especialmente a los jóvenes, saturados de esa atmósfera tóxica que construye la polarización política en tantos países del mundo. Términos como “fatiga de noticias”, “no estresar al lector” o “evitar la información” se han impuesto en la industria y circulan con preocupación por los pasillos de este centro de convenciones. Obligan a preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente para ser también vehículos de esperanza y rescatar entre tanto infortunio experiencias de éxito y de progreso que puedan resultar inspiradoras. Las audiencias piden que ventilemos nuestros medios con más espacio para historias aleccionadoras, temas de salud, familia, el hogar, entretenimiento, deportes, cocina o simplemente juegos.

Vivimos tiempos de desinformación y noticias falsas, se argumentó también, en los que los medios de referencia estamos llamados a cumplir un papel fundamental: verificar y certificar aquello que circula por las redes sociales sin rigor alguno. Las redes están instaladísimas en nuestra vida diaria y a menudo dan cuenta de hechos reveladores, pero son una ruidosa avenida que trafica falacias e inventos, exageraciones y distorsiones, manipulaciones y “medias verdades”. Sorprenden muchas veces al lector desprevenido e imposibilitado de procesar sus contenidos, ya que están plagadas de emisores anónimos, en los que suelen prevalecer la emoción sobre el razonamiento y la velocidad sobre la veracidad. Carecen estas, además, de editores responsables que auditen las barbaridades que allí se vierten. Se expuso, sin embargo, un dato alentador: una encuesta hecha en veinte países reveló que el 70 por ciento de los suscriptores lo hacen para chequear y comprobar hechos que leyeron en algún lado y necesitan ratificar en medios creíbles.

La pandemia introdujo a la prensa en otro callejón de riesgo. “Debemos salir a la calle, volver al reporterismo”, advirtió Pepa Bueno, directora de El País, de Madrid, en alusión al abuso que se hace desde las redacciones de la búsqueda de información por internet o WhatsApp, atajos propios de esta era virtual, pero opuestos a lo que dictan las mejores y más elementales prácticas profesionales: el contacto personal, cara a cara, con las fuentes será siempre la vía irreemplazable para obtener la mejor información.

El foro no ignoró acaso uno de los problemas más cruciales que enfrenta el periodismo independiente: la polarización. En una reunión a puertas cerradas, los principales editores de Singapur, Gran Bretaña, Francia, la India, Estados Unidos, México, Brasil y la Argentina pusieron en palabras lo que es una tendencia irreversible a nivel mundial. La polarización está en todas partes, al igual que la mirada hacia los medios como supuestos enemigos que emana desde el poder. Populismos de izquierda y de derecha buscan poner el foco en los mensajeros y no en los hechos como una fórmula para buscar su propia impunidad. El problema que procuran instalar no es la corrupción que denuncian los periodistas de investigación o los atropellos contra las instituciones de la democracia que se perpetran, sino la mera impugnación de la tarea periodística, todo esto acompañado por un coro de medios públicos que batallan ejerciendo un oficialismo recalcitrante. Se trata del mismo truco de siempre, que encuentra sustento en feligreses más que en lectores críticos que saben diferenciar deseos de opiniones. Pero impone el desafío de informar con precisión suiza los asuntos de Estado de modo de no ser susceptibles de caer bajo la propaganda oficial y los eslóganes de sus corifeos.

Ya ha sido dicho hasta el cansancio. Casi todo está cambiando en el periodismo, pero ciertos valores básicos permanecen inmutables: atenernos a las fuentes confiables, chequear hasta estar seguros antes de escribir una coma y rectificar los errores sin vergüenza ni disimulos.

viernes, 3 de agosto de 2018

El periodismo que no deja lugar a dudas


Saco de la zona de pago de La Nación esta columna de Fernán Saguier. Vale la pena.
El valor del periodismo se mantiene intacto
Vivimos en la era de las comunicaciones y de la hiperconectividad. A toda hora estamos bajo el influjo de los medios, que son seguidos y "escrutinizados" como nunca antes. Desde los 7500 millones de celulares que hay en el mundo se accede a cualquier medio, blog y red social por más efímero que sea el tiempo de navegación. 
Es natural, entonces, que el periodismo ejerza hoy cierta fascinación. Un error o una mala praxis viralizados pueden implicar desde un dolor de cabeza hasta poner en riesgo una carrera o una marca con años de recorrido. La década kirchnerista ha prostituido el ejercicio de cierto periodismo, al punto de querer reinventarlo bajo la impostura de "periodismo militante". Pero periodismo hay uno solo: el clásico, histórico y fundacional. El que narra los hechos en forma objetiva, desde un lugar neutral, sin tomar partido. El que prefiere perder una primicia a exponerse a una desmentida. El que necesita al menos dos fuentes para darle entidad a una versión. El que desde hace décadas ha colocado en el altar de excelencia a monstruos planetarios como The New York Times, The Washington Post o The Financial Times, exitosísimos precursores en calidad en la era digital.

Hoy vivimos una etapa disruptiva, nada parece ser como aprendimos durante nuestra existencia. La tecnología ha permitido el florecimiento de nuevos medios de comunicación con mínimos recursos. La competencia es infinita. Nos disputamos la atención y el tiempo libre del lector con portales, blogs, redes sociales, podcasts e infinidad de formatos al alcance del celular. Los grandes diarios ya no somos los reyes de la selva. Un tuitero, sin más recursos que viveza y buena pluma, alcanza cientos de miles de seguidores desde la pantalla de un celular con el mismo espacio que una centenaria cabecera informativa: hasta 280 caracteres.

Los diarios hemos perdido centralidad en esa jungla noticiosa. Sin embargo, investigaciones como la de LA NACION de ayer ratifican que la autoridad periodística se mantiene intacta. Ya sea en su versión web o papel, los diarios siguen siendo arquitectos fundamentales de la agenda noticiosa porque invierten tiempo y recursos para investigaciones milimétricas, extenuantes, que así como culminan en revelaciones escandalosas -como la de anteayer-, en su gran mayoría acaban en silencio en el cesto de basura por falta de resultados.

Existe un principio rector de responsabilidad en estas organizaciones de roble: doble chequeo, no publicar una palabra de la que no se esté seguro y, sobre todo, no entorpecer el trabajo de la Justicia. En las horas definitorias del caso de estos días, cuando los hechos estaban a punto de precipitarse, LA NACION, con toda la información documentada en su poder y con la decisión de aportar a la sociedad lo que sabía, prefirió esperar a que la Justicia hiciera su trabajo y, entonces, sí publicar, pues adelantar la existencia de esas bitácoras de la corrupción podía atentar contra la investigación judicial que estaba a punto de ordenarse.

El crecimiento en la web de los diarios no es solo un fenómeno propio de estos tiempos digitales. Hay también allí un reconocimiento a esa mirada jerarquizadora que diferencia lo importante de lo secundario, lo real de lo falso. Porque hoy el ecosistema informativo cambió dramáticamente. Las redes sociales han venido a "horizontalizar" la información -hasta hacerla caótica- y cada persona tiene voz en un espacio público. Vivimos una inmensa conversación abierta en la que con novedad o sorpresa se sale del anonimato en segundos. Pero ¿cómo identificar la verdad entre tanto palabrerío? ¿Cómo discriminar lo cierto de lo falaz cuando a veces parecen idénticos? ¿Cómo diferenciar a un emisor riguroso y responsable de otro temerario y falaz en el vértigo de estos tiempos?

Las redes sociales son un fenómeno principalísimo del mundo actual, pero nacieron con cuatro defectos centrales, y para nada menores: 1) están pobladas de autores anónimos, lo que desacredita el debate; 2) carecen del rigor propio del sistema de chequeo de los grandes medios, por eso están llenas de fake news, inventos que se devoran muchas veces sin dudar porque no hay tiempo para procesar tanta información; 3) contienen una hostilidad que aleja de la discusión a las voces moderadas (en las redes hay más emoción que razonamiento), y 4) carecen de un editor responsable, es decir, no hay quien responda por la sarta de falsedades que transmiten, lo que las convierte en fácil vehículo para la difamación.

En los últimos días, desde los más variados ámbitos políticos, empresarios y periodísticos, reconocieron calurosamente la investigación de Diego Cabot en LA NACION por su perseverancia y profesionalismo. Lo que prueba, una vez más, por si hacía falta, que aquel periodismo meticuloso e incontrastable, que no descansa hasta respaldar sus hallazgos con la contundencia de la documentación, ese periodismo que no deja lugar a dudas, siempre se termina encontrando en el mismo lugar.

sábado, 7 de enero de 2012

La Nación renueva contrato


Lo publica hoy La Nación de Buenos Aires con la firma de Fernán Saguier, su Subdirector, que de hecho es el Director del diario y uno de los hermanos propietarios. El pasado 4 de enero el diario cumplió 142 años y ese es el motivo de este decálogo que les paso ya mismo aquí abajo. Me gusta verlo como la renovación del contrato entre el periódico y sus lectores, que lo es:
1. Informar lo que pasa, ateniéndonos estrictamente a los hechos, que son sagrados.

2. Analizar e interpretar la realidad desde una mirada objetiva y profesional, sin segundas intenciones ni otro interés que el meramente periodístico.

3. Opinar conforme a principios basados en una línea editorial que exalta ante todo el diálogo, la concordia y la libertad en todos los órdenes, dentro de valores universales como la democracia republicana y el Estado de Derecho.

4. Dar lugar al más amplio abanico de opiniones e ideas, siempre y cuando se expresen con respeto y no incurran en provocaciones ni agravios.

5. Rectificarnos rápido ante el error, sin vergüenza ni temor por sus eventuales consecuencias. Ser constantemente autocríticos, revisar diariamente nuestro trabajo sin indulgencia, porque es fácil caer en el error y la superficialidad, y de ese riesgo no estamos exentos.

6. Procurar sorprender todos los días al lector con un diario novedoso, inteligente, profundo y cercano, que trate los temas con altura y sencillez a la vez.

7. Preguntar. Preguntar una y otra vez hasta entender y así poder explicar el significado de las cosas de la manera más comprensible posible.

8. Ponernos en el lugar de quien nos lee, estar allí donde él no puede estar para defender sus derechos, así como recordarle sus obligaciones.

9. Ser optimistas, transmisores de buenos ejemplos, reparar en aquellos casos aleccionadores que sirven de modelo y estimulan a la sociedad, porque en los diarios inevitablemente cargamos contenidos duros y descorazonadores que agrietan el ánimo del lector.

10. Contar historias. Tener siempre presente que nuestro papel es el de contarle algo a alguien, y que nuestras páginas deben referirse básicamente a las personas, con sus problemas, alegrías, angustias y vivencias cotidianas.