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martes, 22 de octubre de 2024

El tour de Martin Baron

Martin Baron ha seguido su tour por la Argentina con sus consiguientes apariciones en los medios. Los temas han sido los mismos –y también la monserga por los embates del poder– en cada una de sus presentaciones que se publicaron en los medios del país. Aunque sea decadente y lamentoso, Baron representa lo mejor del periodismo norteamericano de las últimas décadas y pienso que vale la pena registrarlo en este blog. 

Ayer presentó su libro Frente al poder en salón de actos del Malba:


Al terminar, en el mismo escenario, Mariel Fitz Patrick lo entrevistó para Infobae.


Insisto en la misma idea de los últimos posts: el problema y el defecto más grande del periodismo de nuestros días es la brecha cada vez más acentuada con las audiencias. Baron ayer lo dijo así:
La aprobación del pueblo de los medios de comunicación ha bajado mucho. La sociedad ahora tiene la oportunidad, con Internet, de ir a cualquier sitio para encontrar mala información, falsedades, con las que refuerza sus puntos de vista. El peligro que tenemos es un descenso del apoyo a la prensa en la sociedad.

Nuestra cobertura será validada a largo plazo porque al final de cuentas muchas personas van a ver que están recibiendo mentiras que no pueden ser validadas. No deberíamos caer en el derrotismo, tenemos que mantener nuestro optimismo sobre el rol de la prensa en la sociedad y convencer al público de la fiabilidad de nuestras coberturas.

sábado, 19 de octubre de 2024

El público ya no es lo que era

Este es el párrafo de la entrevista a Martin Baron que prometí comentar. La entrevista está completa en el post inmediato anterior. En negrita la segunda parte, la que me interesa especialmente. Baron menciona la religión como una parte muy importante de las vidas de los norteamericanos, y comenta que no cubrimos mucho eso y los tratamos como si fueran animales de zoológico. 

La realidad es que hay muchas comunidades en este país que están pasando por dificultades, donde la gente trabaja en empleos que pagan salarios más bajos que los que ganaban en el pasado, donde no hay oportunidades para sus hijos y, como resultado, hay todo tipo de problemas sociales en sus pueblos, en sus ciudades, y no sienten que los políticos y otras elites, incluida la prensa, entiendan por lo que están pasando. Eso es lo primero. Tenemos que cubrirlos y tenemos que asegurarnos de que realmente entendemos por lo que están pasando y cómo son sus vidas, y en qué creen. Para muchos de ellos, por ejemplo, en Estados Unidos, la fe y la religión son una parte muy importante de sus vidas, y no cubrimos mucho eso, y hay muchos que son, ya sabes, creyentes profundos, particularmente evangélicos y católicos devotos, y sienten que la prensa los trata como animales de zoológico, así que es una curiosidad y algo extraño, y la gente lo detecta y se resiente. Es muy importante que no tratemos a nadie con desprecio, que tengamos respeto por quiénes son y cómo quieren que sean sus vidas y cuáles son sus creencias fundamentales.

La gente no lee periódicos primero que nada porque los hemos abandonado. Estamos muchísimo más preocupados por las necesidades del poder que por las de nuestras audiencias. Como diría Allen Neuharth, hemos tomado demasiadas copas con nuestras fuentes y acabamos convertidos en ellos. Ponga poder donde dice fuentes y entenderá mejor el complejo de Estocolmo. Demasiadas copas con el poder y demasiado pocas con nuestros lectores. Nos hemos olvidado de sus creencias, pero también de sus ilusiones, de sus esperanzas, de sus emociones. Pero eso no es nada: los dejamos solos con sus problemas, sobre todo cuando son más jóvenes y se enfrentan sin experiencia a las grandes decisiones de la vida.

Las redacciones –también las gerencias– se volvieron endogámicas, aburridas, autorreferentes... nada que no hayamos dicho en esta casa infinidad de veces, las últimas cuando comentaba el onanismo en una portada de La Vanguardia o el autohomenaje en la última asamblea de ADEPA.

Y lo mencionaba también en este post reciente en el que explicaba que las redacciones no suelen representar proporcionalmente a sus audiencias y por eso no las entendemos, como si quisiéramos hacer periodismo para cristianos con musulmanes. Digo en ese título que progresistas eran los de antes, pero la verdad es que estamos por descubrir, asombrados, que el público ya no es lo que era.

Es el problema y el defecto más grande del periodismo de nuestros días.

lunes, 14 de octubre de 2024

Martin Baron y el periodismo de siempre

La Nación de hoy publica esta entrevista a Martin Baron. Hay de todo y quizá no le ineterese su análisis político sobre una realidad que no conoce bien, pero como creo que vale la pena, la subo para que quede aquí mismo. Aviso, como siempre, que lo hago en el permiso presunto de La Nación. Baron confirma aquí lo de siempre: el periodismo no ha cambiado en su esencia. Agrego el texto abajo de las imágenes y aviso que hay una respuesta que pienso aprovechar en el próximo post.

Martin Baron. “Creo que hay muchas similitudes entre Trump y Milei”
El exdirector de The Washington Post habla de los logros y desafíos de la prensa global; esta semana llega al país
Rafael Mathus Ruiz, Corresponsal en EE.UU.

No hay otra carrera en el periodismo norteamericano como la de Martin Baron. Al frente del Miami Herald, timoneó la cobertura del recuento de votos que decidió la elección de 2000 y la crisis por Elián González. Luego se mudó al Boston Globe, donde lideró el equipo de investigación Spotlight, que destapó el escándalo de los abusos en la Iglesia. Ya en Washington, Baron fue testigo de una transición única en la historia: el traspaso de The Washington Post de la familia Graham a Jeff Bezos, y le tocó cubrir la de Donald Trump. Aunque admite que no es un experto en la Argentina, ve similitudes entre el expresidente norteamericano y Javier Milei.
 
Retirado desde su salida del Post a principios de 2021, Baron volcó sus años en Washington en su primer libro, Collision of power, Trump, Bezos and The Washington Post, un recuento de primera mano de los eventos que marcaron el presente del país y el mundo, y de una de las instituciones periodísticas más importantes del planeta. Esta semana presentará el libro en la Argentina.
 
–¿Qué lecciones aprendió de esos años cubriendo a Donald Trump?
 
–En primer lugar, debemos seguir haciendo nuestro trabajo sin importar las presiones. Trump consistente y agresivamente estaba tratando de atacarnos, socavarnos, y socavar la confianza en nuestro trabajo. Y creo que es importante que entendamos cuál es nuestra misión. Y parte de eso es cubrir a la persona más poderosa de la Tierra, el presidente de los Estados Unidos, y asegurarnos de que el público sepa lo que está haciendo y por qué lo está haciendo, y qué tipo de impacto tiene. Lo segundo es decir las cosas como son cuando simplemente no está diciendo la verdad. Cuando podamos documentar que él sabe que no es verdad, deberíamos llamarlo mentira y dejar en claro que él no está siendo sincero con el público. En tercer lugar, diría que necesitamos incluso más recursos de investigación, dado el poder del gobierno federal, dada la influencia del presidente y dado que gran parte de lo que está haciendo está tras bambalinas, detrás del telón, debajo de la superficie y, por lo tanto, es realmente importante que tengamos los recursos para hacer ese tipo de investigación. En cuarto lugar, salir al país y realmente entender la mentalidad de la gente, entender realmente sus preocupaciones, sus aspiraciones, sus expectativas, sus vidas, completamente al margen de la política, simplemente entender sus luchas y sus esperanzas y tratar de reflejar eso de manera completa y justa en nuestra cobertura todo el tiempo. Y finalmente, asegurarnos de que en nuestra cobertura nunca tratamos a nadie con desprecio, que nunca seamos condescendientes y que tengamos respeto por todos a quienes cubrimos.
 
–En su libro menciona fallas en la cobertura de las elecciones de 2016. ¿Los medios están haciendo un mejor trabajo ahora cubriendo a Trump?
 
–Bueno, la falla principal fue que no anticipamos a un candidato como Donald Trump. Creo que una vez que anunció su candidatura a la presidencia, al menos nosotros en The Washington Post hicimos nuestro trabajo en términos de cubrirlo, y cubrirlo de manera apropiada y agresiva, analizando toda su trayectoria profesional y personal, y dando al público una idea de qué tipo de presidente sería. Incluso publicamos un libro completo sobre eso llamado Trump revealed, hicimos una larga serie de artículos sobre todo eso. Y creo que si mira esas historias y ese libro, verá que fue una representación muy precisa del tipo de persona que es y del tipo de político que probablemente sería. Pero creo que nuestra falla realmente vino antes de que anunciara su candidatura a la presidencia en el verano de 2015, cuando no entendimos al público estadounidense lo suficientemente bien como para comprender que elegiría a una persona como Donald Trump. Y eso fue una falla de nuestra parte; es que simplemente no salimos al país lo suficiente para entender el nivel de quejas entre tantos sectores del país que estaban buscando a alguien que fuera tan combativo como él, alguien que desafiara a las elites, las llamadas elites, incluida la prensa, y esencialmente les diera una trompada en la nariz y fuera una suerte de pirómano, y rompiera y derribara cosas, y eso es lo que querían.
 
Baron acuñó una frase durante esos años que ahora está colgada en las paredes de The Washington Post: “No estamos en guerra, estamos trabajando”. Eran los años en los que Trump llamaba a la prensa “el enemigo del pueblo”, y la respuesta de Baron para esa ofensiva era, simplemente, más periodismo.
 
“Creo que tenemos que entender cuál es nuestro trabajo”, dice, al hablar de esa frase. “No somos taquígrafos, no somos defensores ni activistas. Examinar significa que vamos detrás de la cortina, y que deberíamos ir más allá de la superficie. Necesitamos entender qué políticas se están implementando, y por qué y a quién afectan, quién influyó en esas políticas, y con qué intención y cómo, y ese tipo de cosas debemos hacer; especialmente cuando se trata de la persona más poderosa del país, y también la persona más poderosa del mundo, que es el presidente de Estados Unidos. Y por eso veo que esa es la misión original asignada a los periodistas en este país por sus fundadores, y que conlleva una responsabilidad casi sagrada de cumplir esa misión para el público. Eso es lo que quiero decir con nuestro trabajo. Ese es nuestro trabajo, y siempre lo ha sido. Y es por eso que tenemos una prensa independiente y libre en este país. Esa es la idea detrás de esto”, señala.
 
Baron cree además que la prensa debe trabajar cada historia con una “transparencia radical”.
 
–Hay quienes le creen a Trump sin importar qué diga la prensa, ¿cómo se lidia con eso?
 
–Es un gran desafío. La respuesta es de una naturaleza a muy largo plazo. No hay una solución instantánea para nada de eso. Primero creo que tenemos que cubrir la totalidad del país. Tenemos que reflejar de manera completa y justa a todas las personas en nuestra cobertura para que la gente vea que realmente entendemos cómo son sus vidas, por lo que están pasando. La realidad es que hay muchas comunidades en este país que están pasando por dificultades, donde la gente trabaja en empleos que pagan salarios más bajos que los que ganaban en el pasado, donde no hay oportunidades para sus hijos y, como resultado, hay todo tipo de problemas sociales en sus pueblos, en sus ciudades, y no sienten que los políticos y otras elites, incluida la prensa, entiendan por lo que están pasando. Eso es lo primero. Tenemos que cubrirlos y tenemos que asegurarnos de que realmente entendemos por lo que están pasando y cómo son sus vidas, y en qué creen. Para muchos de ellos, por ejemplo, en Estados Unidos, la fe y la religión son una parte muy importante de sus vidas, y no cubrimos mucho eso, y hay muchos que son, ya sabes, creyentes profundos, particularmente evangélicos y católicos devotos, y sienten que la prensa los trata como animales de zoológico, así que es una curiosidad y algo extraño, y la gente lo detecta y se resiente. Es muy importante que no tratemos a nadie con desprecio, que tengamos respeto por quiénes son y cómo quieren que sean sus vidas y cuáles son sus creencias fundamentales. Ese es el punto número uno. El número dos es que creo que cuando hacemos nuestro trabajo, cuando hacemos nuestros informes, debemos mostrarle a la gente cómo lo hicimos. Necesitamos ser radicalmente transparentes. Por lo tanto, si nos referimos a un documento judicial, debemos proporcionar ese documento judicial. Podemos proporcionar la parte a la que nos referimos, pero debemos proporcionar el documento judicial completo para que podamos demostrar que no lo sacamos de contexto. Si nos referimos a un video, podemos tener un extracto de eso, un clip del video, pero deberíamos mostrar el video completo para que la gente pueda verlo, mirarlo por sí misma y ver que no lo sacamos de contexto. Lo mismo con un audio, audio completo, un clip del audio, pero un audio completo. Y luego lo mismo con los datos. Utilizando los datos, deberíamos mostrar a la gente de dónde proceden y llevarla a través de un enlace a de dondequiera que vengan, datos del gobierno o lo que sea, otros datos privados, lo que sea, de donde sea que vengan. Deberíamos permitir que la gente compruebe nuestro trabajo, y el mensaje al público debería ser: comprueben nuestro trabajo. Pueden ver lo que hicimos. No nos quedamos aquí sentados imaginando esto. No lo inventamos. Trabajamos mucho para esta historia, y pueden comprobarlo y hacerlo con mucha más frecuencia y de forma mucho más completa de lo que lo hacemos hoy.
 
–No deberíamos dar por sentada la confianza de la audiencia.
 
–Exactamente, absolutamente.
 
–¿Y deberíamos trabajar con transparencia radical todos los días?
 
–Cada historia, cada una de las historias, absolutamente.
 
–¿Qué recomendación les daría a editores y periodistas en América Latina que enfrentan líderes hostiles con la prensa, incluido Javier Milei en la Argentina?
 
–Bueno, soy reacio a dar consejos a los demás. No estoy allí, y creo que lo último que la gente de América Latina necesita es que alguien en Estados Unidos le dé consejos sobre cómo afrontar sus propios desafíos. No tengo ningún consejo más que el mismo consejo que tengo para los periodistas aquí en Estados Unidos, es decir, asegurarnos de que cubrimos todos los segmentos de nuestra sociedad de manera completa y justa, que se vean adecuadamente representados en nuestra cobertura, y que vean que entendemos cómo son sus vidas y por qué creen lo que sea que crean. Y en segundo lugar, que seamos lo más transparentes posible en la forma en que llevamos a cabo nuestro trabajo, y que lo hagamos de manera rutinaria, todos los días, en cada historia, lo que no tenemos que hacer ahora, porque esperamos que la gente confíe en nosotros. Siempre nos hemos dedicado a contar a la gente lo que está sucediendo y no a mostrarle nuestro trabajo, y tenemos que mostrarle nuestro trabajo.
 
–¿Ve similitudes entre Milei y Trump?
 
–No sería el primero en decir que hay similitudes, ¿verdad? Parece que es así. No soy un experto en Milei, pero parece que es muy directo, parece que condena a todos sus enemigos, trata a sus enemigos no solo como sus enemigos políticos, sino como enemigos de todo el país. Condena a la prensa. Hace todo lo posible para socavarla. Así que, sí, creo que hay muchas similitudes. Es un disruptor. Se enorgullece de ser un disruptor. Trump también lo hace. Desestima los supuestos consejos de los expertos. Trump también lo hace. Así que sí, creo que hay muchas similitudes. Quiero decir, personalmente, Trump ha llevado una vida muy diferente a la de Milei, por lo que yo sé, en términos de sus propias vidas personales; pero todavía estoy esperando que Trump se convierta al judaísmo ortodoxo o diga que lo hará. No lo ha declarado todavía.

–En su libro, usted se define como tradicionalista y defiende la objetividad en el periodismo. ¿Cómo se busca la objetividad?
 
–No creo que nos hagamos ningún favor si abandonamos todas las normas, principios, estándares y prácticas de nuestra profesión. No creo que estemos en una buena posición para cuestionar el abandono de las normas, estándares, prácticas y tradiciones de los políticos si nosotros mismos no nos atenemos a ningún estándar. Eso es lo primero. En segundo lugar, creo que debemos entender lo que realmente significa la objetividad. Creo que ha sido mal caracterizada como una falsa equivalencia, o las dos campanas. El objetivo no es disfrazar la verdad, sino llegar a ella. La pregunta es: ¿cómo se hace eso? ¿Cómo se descubre la verdad? La premisa de la objetividad, con la que estoy de acuerdo, es que hay que abordar las historias con una mente abierta, no con la suposición de que ya se saben las respuestas antes de empezar a informar, porque si ya se saben las respuestas, lo que se dice que se está informando no es realmente un informe genuino, sino un ejercicio de confirmación de sesgo. La idea es abordar el tema con una mente abierta, con la voluntad, la disposición, la disposición genuina de escuchar a todos los que son relevantes, de analizar todas las pruebas que hay y de hacerlo con cierta humildad, sabiendo que no se saben las respuestas, y luego hacer el trabajo. Rigurosamente, a fondo, de manera independiente, objetivamente, que es la palabra que se usa para llegar a la verdad. Creo que la gente ha caracterizado erróneamente la objetividad por varias razones, y a veces, ya sabes, creo que solo porque quieren ser militantes, eso es todo. Quieren ser periodistas militantes, y si quieren serlo, está bien. Pueden decir que lo son. Pero cada institución periodística tiene el derecho de establecer su propia marca, su identidad y su reputación, y tiene el derecho de emitir sus propios estándares.
 
–¿Qué les diría a quienes dicen que el periodismo centrado en la objetividad ya no funciona?
 
–No estoy de acuerdo. Veo mucho periodismo que ha tenido un impacto enorme, como mencioné en el libro. Mire, mientras la gente decía que el periodismo no estaba funcionando y que nadie escuchaba, el resultado fue que los republicanos perdieron la Cámara de Representantes en 2018, perdieron la presidencia en 2020 y luego perdieron el Senado en 2020 y todo se trató de Trump. La gente tomó una decisión basada en lo que sabían sobre la política de Trump y sus políticas y su personalidad, y así lo hicieron. ¿De dónde obtuvieron esa información? Bueno, de la prensa convencional, y de ahí es de donde la obtuvieron principalmente. Alguien podría decir: “Bueno, si Trump gana las elecciones, entonces la cobertura no ha tenido ningún impacto”. Pero la gente vota por un presidente o cualquier candidato por una variedad de razones. Pueden votar por Trump aunque no les guste su personalidad, no crean que sea sincero, no crean que sea disciplinado. Desearían otro candidato, pero no lo tienen, y no les gusta [Joe] Biden, y no les gusta la administración Biden, de la que [Kamala] Harris obviamente era parte, y tal vez estén molestos por la cantidad de inmigrantes que cruzan la frontera ilegalmente. Puede que estén molestos por el alto precio de la gasolina, de los alimentos, de la vivienda y de las altas tasas de interés para una hipoteca. Puede que estén profundamente frustrados porque tanto dinero se está destinando a Ucrania o porque, ya saben, la situación en Medio Oriente fue mal manejada. No digo que personalmente esté de acuerdo con nada de eso, pero así es como se siente la gente, y va a votar en función de eso, y no de si cree en Trump, si cree o no en lo que escribió la prensa. No estoy de acuerdo en que no tenga un impacto. Hay muchos en los que sí tiene un impacto y siempre lo ha tenido. Y para todos los periodistas que deciden ser esencialmente defensores publicando opiniones en Twitter, sigo esperando que alguien me muestre el tuit de un periodista que haya cambiado el mundo. No conozco ninguno, ni nadie me lo ha dicho, pero puedo señalar muchos trabajos periodísticos que han cambiado el mundo y han tenido un gran impacto.
 
–¿Una eventual victoria de Trump entonces no sería una victoria del trumpismo?
 
–No estoy seguro de que lo diría de esa manera. Quiero decir, obviamente es Trump, y el trumpismo es lo que vamos a tener si Trump es elegido. Así que sería una victoria para el trumpismo, pero no sería una señal de que a la gente le guste Trump. No sería una señal de que la gente necesariamente confíe en él. Tampoco sería una señal de que estén de acuerdo con todas las políticas de las que habla. Pero será una victoria para el trumpismo, porque él podrá, bueno, dependiendo de lo que suceda en el Congreso, de quién controle la Cámara y quién controle el Senado, podría tener la capacidad de implementar todas estas políticas relativamente radicales de las que ha estado hablando abiertamente.
 
–En su libro cita a Bezos al hablar del Post diciendo que “los principios triunfan sobre las métricas”. ¿Ve un conflicto entre los contenidos populares y el periodismo de buena calidad? Y si es así, ¿cómo se resuelve?
 
–Bueno, creo que siempre hay un problema si todo lo que estás haciendo es complacer a tu audiencia, complacer al público, buscar clics fáciles, clics rápidos, donde no es sustancial, donde es información que puede no estar verificada o está distorsionada, no es contextual. Ya sabes, es engañoso de alguna manera. Pero no todo el periodismo de calidad tiene que ser largo. Hay una tendencia entre los periodistas tradicionales a pensar que la única calidad que tiene un periodismo de calidad es el periodismo largo, y ese no es el caso. Creo que es posible, es difícil, pero estamos viviendo en una época en la que la mayoría de los jóvenes tienen poca capacidad de atención y tenemos que lidiar con eso. Y entonces la pregunta es: ¿cómo podemos llegar a ellos con cosas que sean más cortas y que sirvan esencialmente como un aperitivo que pueda animarlos a querer consumir el plato principal completo? Por eso creo que necesitamos nuevas líneas. Y el hecho de que estés haciendo algo que sea más corto no significa necesariamente que no sea de calidad. Necesitamos pensar cómo hacer cosas cortas de alta calidad.
 
–¿Y qué tendencias o ideas originales, como la que acaba de mencionar, está viendo en los medios estadounidenses?
 
–Bueno, tenemos, quiero decir, si mira la cobertura del huracán en Florida, lo que hemos llamado blog en vivo. Muchos de ellos existen desde hace algunos años. Todas son actualizaciones muy breves sobre lo que está sucediendo. Y si uno desea leer más, hace clic en leer más si lo hay, y simplemente le brinda la actualización actualizada sobre lo que está sucediendo. Y eso ha sido muy exitoso. Podemos pensar: ¿qué pasaría si pudiéramos hacer eso solo con video en lugar de texto? No hay nada, nada inherentemente de menor calidad en el video en comparación con el texto, por lo que podríamos hacerlo estrictamente con video, siempre y cuando tuviéramos el video. Ese es un ejemplo. Ciertamente, hay organizaciones de noticias que ya están experimentando mucho con TikTok y cómo pueden presentar noticias en TikTok. Hay muchas organizaciones de noticias que ya están muy metidas en Instagram y también presentan noticias y periodismo de servicios en Instagram. No creo que lo hayamos convertido en una gran prioridad, como tal vez estamos comprometidos, y es simplemente difícil para las organizaciones periodísticas tradicionales dar un giro y aceptar que tal vez necesitamos presentar nuestro periodismo de una manera completamente diferente, y muchos lectores a quienes les gustan las cosas como son, y así sería, podrían sentirse ofendidos y podrían rechazar lo que hacemos. Es un desafío, pero creo que es posible, y creo que hay ejemplos por ahí, de lo que la gente está haciendo en Instagram, lo que está haciendo en TikTok, lo que está haciendo con los blogs en vivo.
 
–¿Los medios deberían hacer más periodismo visual?
 
–Creo que sí. No es como yo consumo las noticias, pero tengo casi 70 años, así que tenemos que agradecerles eso a las personas que son más jóvenes, porque son nuestro futuro. Creo que vivimos en una sociedad mucho más visual. Todo lo que necesitas hacer es ver a una persona joven usando TikTok para entender que la forma en que consume información es completamente diferente de cómo mi generación consumía información. Y puedo mirar eso con total desdén, o debería mirar eso y decir: “qué debemos hacer para atraer a esa persona y sin sacrificar todo y la verdadera calidad?”. La gente se orienta mucho a lo visual y también le gusta la autenticidad de escucharlo de alguien que no es como nosotros y que no representa una institución importante, que se parece más a ellos, ya sabes, los llamados influencers. Tenemos que pensar en quién puede hacer eso, quién puede hacerlo bien, quién está dispuesto a hacerlo, y no tratarlos como si fueran periodistas de menor calidad.
 
–Su paso por The Washington Post fue exitoso, subieron las suscripciones, sumaron lectores, pero ahora el diario ha tenido dificultades, hubo despidos, cambios en la dirección. ¿Cómo ve su presente y su futuro?
 
–Siguen haciendo un trabajo realmente excelente. Y continuaron embarcándose en investigaciones muy serias y difíciles. Tuvieron dificultades, creo, por una variedad de razones. No se prepararon adecuadamente para la era posterior a Trump. The New York Times se diversificó en cosas que no tenían nada que ver con noticias, juegos, cocina o recomendaciones de productos, servicios, cosas así. Así que muchos de los suscriptores de The New York Times son suscriptores de esos otros productos. Y el Post no hizo eso al mismo tiempo, se expandió agresivamente en términos de contratación, incluso cuando el mercado de publicidad digital se estaba debilitando. Y creo que se expandieron demasiado, se sobrepasaron. Crecieron demasiado rápido e incurrieron en muchos costos, y tuvieron que reducir su tamaño. Tienen un desafío en términos de definirse a sí mismos, particularmente en oposición al Times.
 
¿Cómo se definen a sí mismos? Creo que Bezos está comprometido con eso y sigue comprometido con eso, y estoy seguro de que encontrarán una manera de superar sus dificultades actuales. No es extraño que las principales instituciones periodísticas pasen por momentos difíciles. Cuando llegué al Post, eran tiempos muy difíciles. Mucha gente descartaba a The Washington Post, diciendo que se estaba volviendo irrelevante. Solo teníamos 580 personas en la sala de redacción; eso es un buen número de empleados en muchos lugares, pero ahora son algo así como 950 y eran más de 1000, así que tuvieron que despedir unas 100 personas, pero la sala de redacción es mucho más grande hoy que cuando Bezos nos compró. Creo que pueden encontrar su camino, pero continúan haciendo un buen trabajo, continúan teniendo impacto y tienen un personal excelente.
 
–¿Todavía confía en la gestión de Bezos?
 
–Sí. Ha sido un buen propietario. Me di cuenta de que hay muchas quejas dirigidas hacia él debido a estos recortes, pero tenga en cuenta que estaban perdiendo mucho dinero y, si bien tuvo recortes, no fueron recortes lo suficientemente grandes como para cerrarlos y eliminar todas las pérdidas, por lo que él ha absorbido las pérdidas personalmente. Ojalá estuviera más involucrado en lo que está sucediendo allí. Ojalá pasara más tiempo allí. Ojalá pasara más tiempo hablando con la gente del personal, me gustaría que lo hiciera con gente de toda la organización, simplemente no pasa mucho tiempo allí. Y creo que eso es un error. Si yo estuviera hablando con él, que no es mi caso, lo instaría a que pasara más tiempo allí y hablara con la gente. Sería una inversión de tiempo muy, muy productiva.
 
–Fue jefe en el Miami Herald, el Boston Globe y el Post, siempre prestó mucha atención a la investigación. ¿Hay algo que haría diferente?
 
–En cuanto al periodismo de investigación, no, realmente no hay nada que haría diferente. Ampliamos significativamente nuestros recursos para el periodismo de investigación en el Post y también en el Boston
Globe
antes de que yo estuviera allí, y estoy muy contento con los resultados que obtuvimos. Hicimos un gran trabajo. Ganamos premios Pulitzer por eso. Fue reconocido. Y hubo mucho trabajo excelente que no ganó premios Pulitzer y, en mi opinión, debería haberlo hecho. Lo único que menciono al final del libro es que después del asesinato de George Floyd, en 2020, me quedó claro que la gente, los periodistas de color en el personal sentían que no tenían una representación adecuada en las filas de liderazgo del Post. Y creo que tenían razón. Y si tuviera que hacerlo todo de nuevo, dedicaría más tiempo a intentar asegurarme de que tuviéramos una representación adecuada en esas filas del Post.
 
Baron se muestra optimista sobre el futuro del periodismo. “No conozco a nadie que haya tenido éxito esperando fracasar”, dice. Ve señales alentadoras en nuevos medios, como Axios o Punchbowl, y organizaciones sin fines de lucro, como ProPublica o Chalkbeat. El Times y el Post pasaron tiempos difíciles, pero lograron revertirlos. Siempre habrá un elemento disruptivo, como ahora ocurre con la inteligencia artificial.
 
“En nuestro negocio, la inestabilidad es una condición permanente. No es una condición temporal. Y tenemos que sentirnos cómodos con la incomodidad”, define.
 
“Es difícil, incómodo, frustrante y exasperante, pero para otras personas es un desafío estimulante, emocionante, presenta oportunidades. Y ese es el negocio en el que estamos, y deberíamos afrontarlo y no empezar a sentir nostalgia por el pasado y a lamentar la desaparición de los buenos viejos tiempos. Tenemos que aceptar las cosas como son y decir: ‘¿cómo hacemos un trabajo de alta calidad en una época en la que los hábitos de consumo de los medios están cambiando y en la que la tecnología siempre avanza, nos guste o no?’. Hay algunas cosas que deberían cambiar, y algunas cosas que creo que no deberían cambiar. Y las cosas que no deberían cambiar son nuestros valores fundamentales, y las cosas que deberían cambiar son cómo narramos historias y cómo las difundimos”, cierra.

sábado, 7 de octubre de 2023

Otra vez el periodismo de siempre

Con el permiso presunto del autor y de La Nación que lo publicó en su edición de hoy, subo este capítulo de Collision of Power. Trump, Bezos and The Washington Post, de Martin Baron, que la editorial La Esfera de los Libros publicará en castellano.

El Post en la era Trump
El valor del periodismo frente al poder
No debería haberme sorprendido, pero me sigue maravillando lo fácil que fue meterse en la piel de Donald Trump y sus aliados. En febrero de 2019, ya llevaba seis años como editor ejecutivo de The Washington Post. Ese mes, durante la transmisión del Super Bowl, el diario emitió un anuncio de un minuto con la voz en off de Tom Hanks en defensa de la libertad de prensa, en homenaje a los periodistas capturados y asesinados, y que cerraba con el logo del Post y el mensaje “La democracia muere en oscuridad”. El anuncio destacaba el trabajo sólido y a menudo valiente que realizan los periodistas del Post y de otros medios –incluido Bret Baier, de Fox News– porque nuestra intención era remarcar que no era algo que nos afectara solo a nosotros y que el anuncio no era una declaración política.

“Alguien reúne los hechos para contarles la información, sin importar el costo que tenga que pagar”, decía Hanks. “Porque saber nos empodera. Saber nos ayuda a decidir. Saber nos hace libres.”

Pero para el clan Trump, hasta esa idea simple y fundamental de la democracia fue demasiado. El hijo del presidente, Donald Trump Jr., no pudo contenerse. “¿Sabes que tendrían que hacer los periodistas para ahorrarse millones de dólares en un comercial de #superbowl para ganar una credibilidad inmerecida?”, tuiteó con la típica beligerancia de esa red social. “¿Qué tal si comunican la información y dejan de transmitir sus tonterías izquierdistas?”

Dos años antes –a un mes de la asunción de Trump– el Post había puesto “La democracia muere en la oscuridad” debajo del nombre del diario en la edición impresa, así como en la parte superior de su sitio web y en todos sus productos.

Tal como lo imaginó el dueño del periódico, Jeff Bezos, no se trataba de un eslogan sino una “declaración de nuestra misión”. Y no se trataba de Trump, aunque sus aliados así lo creyeron. El Post venía trabajando en una declaración de misión desde dos años antes de la asunción de Trump: que haya surgido en ese momento simplemente es testimonio del complejo y tortuoso camino hasta encontrar algo suficientemente memorable y significativo como para contar con la aprobación de Bezos.

Bezos, fundador y ahora presidente ejecutivo de Amazon, había adquirido The Washington Post en 2013. A principios de 2015, había expresado su deseo de que el diario tuviera una consigna que resumiera su misión y su propósito: una frase que transmitiera una idea, no un producto, que quedara bien impresa en una remera, que fuera un reclamo exclusivamente nuestro, dado nuestro legado y nuestra sede en la capital de Estados Unidos, y que a la vez fuese aspiracional y disruptivo. “No de un periódico al que quiero suscribirme”, como dijo Bezos, sino más bien “una idea que quiero que me represente”. Y esa idea era: Amamos a este país y por eso le pedimos que rinda cuentas.

Encontrar una frase adecuada no es poca cosa. Y Bezos no se limitó a ser un observador distante. “En este tema me gustaría ser parte de todo el proceso de elaboración, y no se preocupen de si es o no un buen uso de mi tiempo”, dijo Bezos. “Simplemente creo que vamos a tener que apelar a nuestra intuición y nuestro instinto”. E insistió en que las palabras elegidas debían reconocer nuestra “misión histórica”, no una nueva. “No hay que tenerle miedo a la palabra democracia”, dijo Bezos, “porque es lo que hace que el Post sea único”.

Se armaron equipos de trabajo y fueron meses y meses de reuniones. Todo era frustración. Contratamos a consultores externos, pero fue en vano. (“Típico”, dijo Bezos). La desesperación llevó a una larga lista de opciones, y a aventurarse hasta el absurdo. La lista de ideas superaba el millar: “Sesgados por la verdad”, “Saber”, “El derecho a saber”, “Tu derecho a saber”, “Periodismo imparable”, “El poder es tuyo”, “La búsqueda incesante de la verdad”, “Los hechos importan”, “La democracia importa”, “Con el foco en la democracia”, “Una luz para la nación”, “La democracia vive a plena luz”, “La democracia exige trabajo. Haremos nuestra parte”, “Las noticias que la democracia necesita”, y la lista sigue…

En septiembre de 2016, Bezos ya estaba impaciente y metió presión para zanjar la cuestión. Teníamos que decidirnos por algo. Bezos se reunión con nueve ejecutivos del Post en una sala privada del Four Seasons de Georgetown para alcanzar finalmente la meta. Debido a la apretada agenda de Bezos, teníamos apenas media hora, a partir de las 7.45 de la mañana. Sobre la mesa quedaba un puñado de opciones: “Una luz brillante para un pueblo libre”, “La historia debe ser contada” (recordando las inspiradoras palabras del fallecido fotógrafo Michel du Cille), “Desafiar e informar”, “Por un mundo que exige saber”, “Para los que exigen saber”. Ninguna pasó la prueba.

Al final nos decidimos por “Un pueblo libre exige saber”. La decisión duró poco, y por suerte. Esa misma noche, Bezos envió un correo electrónico del estilo “no es lo que uno esperaría”, según sus propias palabras. Había consultado nuestra elección consensuada con su entonces esposa, la novelista MacKenzie Scott, y con “mi redactora personal”, y ambas la habían bochado. “Frankenslogan” fue la palabra que usaron.

A esa altura, necesitábamos que Bezos tomara una decisión unilateral, y finalmente lo hizo. “Vayamos con ‘La democracia muere en la oscuridad’,”, decretó. La frase había estado en nuestra lista desde el principio y Bezos ya la había usado anteriormente para referirse a la misión del Post. De hecho, él mismo la había oído de boca de una leyenda del Post, Bob Woodward. Era una variación de una frase de un fallo de 2002 del juez del tribunal federal de apelaciones Damon J. Keith, quien escribió que “las democracias mueren a puertas cerradas”.

“La democracia muere en la oscuridad” hizo su debut, sin previo aviso, a mediados de febrero de 2017. Y nunca habíamos visto un eslogan –perdón, una declaración de misión– que provocara semejante reacción. Incluso llamó la atención del People’s Daily de China, que tuiteó: “ ‘La democracia muere en la oscuridad’ @washingtonpost pone un nuevo eslogan el mismo día que @realDonaldTrump califica a los medios de comunicación de ’enemigos de los norteamericanos’.” El diccionario online Merriam-Webster registró un repentino aumento en las búsquedas de la palabra democracia. El presentador del programa “Late Show”, Stephen Colbert, bromeó diciendo que algunas de las frases rechazadas incluían “No, cerrá la boca” y “Volteamos a Nixon, ¿quién quiere ser el próximo?” Los comentaristas de Twitter destacaron la “nueva onda gótica” del Post. El crítico de medios Jack Shafer tuiteó algunos de sus propios “lemas rechazados por el Washington Post”, entre ellos “Solo hablamos de nosotros mismos” y “Sin protector solar, la democracia se quema con el sol”.

Bezos estaba encantado: su ansiada declaración de misión concitaba creciente atención. “Ser blanco de sátiras es una buena señal”, dijo un par de semanas después. Mucho peor habría sido un encogimiento de hombros colectivo. Al igual que otros integrantes del Post, yo había cuestionado que todo nuestro trabajo quedara asociado con las palabras “muerte” y “oscuridad”. Sin embargo, en lo único que podía pensar en ese momento era en la Plegaria de la Serenidad: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar”.

Pero los lectores adoptaron la frase y la hicieron suya, porque la sintieron perfecta para la era Trump, aunque esa no había sido la intención.

Sentados alrededor de la mesa de comedor del Salón Azul de la Casa Blanca debíamos parecer un grupo extraño: Bezos, siempre reconocible por su cabeza calva, su baja estatura, su risa estridente y su radiante intensidad; Fred Ryan, el editor del Post, veterano de la administración Reagan de brillante sonrisa; el editor de la página editorial, Fred Hiatt, con 36 años en el Post y excorresponsal extranjero con una mirada seria y litetaria; y yo, con mi barba gris recortada y una actitud que invariablemente era descrita como “severa y taciturna”.

Cinco meses después de la toma de posesión del cargo, el presidente Trump respondió a una solicitud de reunión de nuestro editor y nos invitó a cenar. Nos acompañaron la primera dama, Melania Trump, y el yerno y principal asesor de Trump, Jared Kushner. Por pura coincidencia, a las 7 PM en punto, justo cuando nos estábamos sentando a la mesa, el Post publicó la noticia de que el fiscal especial Robert Mueller estaba investigando los negocios de Kushner en Rusia, como parte de su investigación más amplia sobre la interferencia de ese país en las elecciones de 2016. La noticia era continuación de otro informe del Post que revelaba que Kushner se había reunido en secreto con el embajador ruso, Sergey Kislyak, a quien le había propuesto que se cubriera un puesto diplomático ruso con alguien que fungiera como línea de comunicación segura entre los funcionarios de Trump y el Kremlin. El Post también informó que más tarde Kushner se había reunido con Sergey Gorkov, director de un banco de desarrollo de propiedad rusa.

Hope Hicks, una joven asistente de Trump, le entregó su teléfono a Kushner. La alerta de noticias del Post acababa de ser emitida y estaba llegando a millones de dispositivos móviles, incluido el de Hicks. “Muy shakesperiano: cenando con el enemigo”, le susurró a Kushner. Hiatt, que había escuchado, le susurró: “No somos tus enemigos”.

Entre el soufflé de queso, el lenguado de Dover asado y la tarta de chocolate, Trump se jactaba de su victoria electoral, se burlaba de sus rivales y hasta de personas de su propia órbita, fanfarroneaba de logros imaginarios, calculaba cómo podría ganar una vez más otros cuatro años en la Casa Blanca, y describía a The Washington Post como el peor de todos los medios de comunicación, con The New York Times justo detrás de nosotros, al menos en su ranking de ese momento.

Trump, su familia y su equipo habían incluido al Post en su lista de enemigos y nada haría cambiarlos de opinión. No habíamos sido ni serviles ni aduladores con Trump, ni pensábamos serlo. Nuestro trabajo consistía en informar duramente sobre el presidente y hacer que su administración, como todas las demás, rindiera cuentas de su gestión. En la mente del presidente y de quienes lo rodeaban, eso nos transformaba en opositores.

Trump fue incluso más allá, por beneficio político: no éramos solo su enemigo, sino enemigos del país. Según él, éramos traidores. Menos de un mes después de asumir, había denunciado a la prensa como “enemiga del pueblo estadounidense” a través de Twitter. Era un eco siniestro de la frase “enemigo del pueblo”, invocada por Joseph Stalin, Mao y el propagandista de Hitler, Joseph Goebbels, y utilizada para justificar la represión y el asesinato. Pero a Trump no le importaba en absoluto que ese lenguaje incendiario pudiera incitar ataques físicos a periodistas.

Cada vez que me preguntaban sobre la retórica de Trump, mi respuesta era directa: “No estamos en guerra con el gobierno, estamos trabajando”. Pero estaba claro que para Trump todos los sentados a esa mesa éramos sus enemigos, especialmente Bezos, porque era el dueño del Post y, en la mente de Trump, era quien movía los hilos o podía moverlos si así lo deseaba.

Por momentos, sin embargo, Trump también intentó mostrarse encantador. Era un encanto superficial, sin calidez ni autenticidad. Hablaba él, casi todo el tiempo. Nosotros apenas metimos bocadillo, y yo dije lo mínimo, por incomodidad de estar ahí y para evitar cualquier confrontación por nuestra cobertura de su gobierno. Entendí de inmediato que cualquier cosa que dijera podía desatar su furia.

Soltó una parrafada con una larga lista de enemigos y desaires percibidos: el director ejecutivo de Macy’s era un “cobarde” por retirar productos de Trump de los estantes de sus locales en repudio a los comentarios de Trump, que calificaba a los inmigrantes mexicanos como violadores. Trump tenía mejores relaciones con los líderes extranjeros que el expresidente Barack Obama, “que era un vago y nunca los llamaba”. Obama había dejado desastres en todo el mundo para que él los resolviera. Obama había titubeado a la hora de darle luz verde a los militares para matar gente en Afganistán: él les había dicho que lo hicieran y punto, y que se dejaran de pedir permiso. Mueller, el fiscal general Jeff Sessions, el director despedido del FBI, James Comey, y el subdirector del FBI, Andrew McCabe, también recibieron una lluvia de críticas, por razones que recién ahora conocemos.

Dos cosas me quedaron de esa cena con Trump. Primero, que Trump gobernaría básicamente para retener el apoyo de su base electoral. Una vez sentados a la mesa, sacó una hoja de papel del bolsillo con la cifra “47%” encima de su foto. “Esta es la última encuesta de Rasmussen. Con esto me alcanza para volver a ganar”. El mensaje era claro: con ese nivel de apoyo en los estados clave, era suficiente para asegurarse un segundo mandato. Y lo que pensaran de él los demás votantes, no tendría la menor relevancia.

En segundo lugar, su lista de agravios parecía ilimitada. A la cabeza de todos estaban los agravios de la prensa, con el Post en primer lugar. Durante la cena, se burló de nuestro informe sobre el fiscal especial y su yerno, sugiriendo incorrectamente que el fiscal le imputaba un supuesto lavado de dinero. “Es un buen chico”, dijo de Kushner, que estaba sentado ahí mismo en la mesa. Pero el Post era de lo peor, y no se cansaba de repetirlo. Lo tratábamos injustamente. Y cada vez que lo decía, me codeaba en el hombro derecho.

Varias veces durante esa cena, Trump mencionó que Melania era una gran compradora a través de Amazon, al punto que Bezos lanzó una broma: “Considéreme su representante personal de servicio al cliente”, le dijo a la entonces primera dama. La preocupación de Trump, por supuesto, no eran los tiempos de entrega de Amazon: quería que Bezos lo librara de la cobertura del Post.

El embate se aceleró al día siguiente. Kushner llamó a Fred Ryan por la mañana para saber si la habíamos pasado bien. Ryan agradeció la hospitalidad y la generosidad con su tiempo, y a continuación Kushner le preguntó si la cobertura del Post mejoraría en consonancia. Ryan lo rechazó diplomáticamente, recordándole que no debía haber expectativas sobre la cobertura de los medios. “No es una perilla que podamos girar para un lado o para el otro”, le dijo Ryan.

Pero a las ocho de la mañana el propio Trump había llamado a Bezos a su celular personal para pedirle que el Post fuera “más justo conmigo”. Le dijo: “No sé si estás involucrado en las decisiones de la sala de redacción, pero hasta cierto punto seguramente es así”. Bezos le respondió que no, y a continuación pronunció una frase que había estado dispuesto a decir en la propia cena, si Trump hubiera apelado a él en ese momento: “Sería realmente inapropiado... De hacerlo, me sentiría muy mal por el resto de mi vida”. La llamada terminó sin “bullying” sobre Amazon, pero abriendo la puerta para que Bezos pidiera el favor que necesitara. “Si hay algo que pueda hacer por usted…”, le dijo Trump.

Tres días después, comenzó el acoso. Los líderes del sector tecnológico se reunieron en la Casa Blanca para una reunión del Consejo Tecnológico de Estados Unidos, creado por decreto presidencial un mes antes. Allí, Trump apartó por un momento a Bezos para quejarse amargamente por la cobertura del Post. Aparentemente, le dijo, la cena habían sido dos horas y media desperdiciadas.

Más adelante ese mismo año, cuatro días después de Navidad, Trump reclamó por Twitter que el Servicio Postal le cobrara a Amazon “MUCHO MÁS” por las entregas de paquetes, alegando que las tarifas de Amazon eran una estafa a los contribuyentes. Al año siguiente, intentó intervenir para obstruir un contrato de Amazon de computación en la nube por valor de 10.000 millones de dólares con el Departamento de Defensa. Por no controlar la cobertura del Post, quien iba a recibir el castigo era Bezos.

Y cuando se presentó una denuncia judicial antimonopolio contra Amazon, a Trump se le hacía agua la boca. En una entrevista con CNBC, el magnate de los fondos de cobertura Leon Cooperman reveló que ese verano, en una cena en la Casa Blanca, Trump le había preguntado dos veces si Amazon era un monopolio. El 24 de julio de 2017, Trump tuiteó: “¿Las noticias falsas del Washington Post se están utilizando como herramienta de presión contra el Congreso, para evitar que los políticos investiguen el monopolio libre de impuestos de Amazon?”.

Mientras Trump seguía apretando las tuercas, Bezos nos dejó en claro que no tenía la menor intención de capitular, y que en el diario no debíamos tener miedo. En marzo de 2018, cuando concluíamos una de nuestras reuniones de negocios, Bezos ofreció algunas palabras de despedida: “Es posible que hayan notado que Trump sigue tuiteando sobre nosotros”. El comentario fue respondido con silencio. “¡O tal vez no lo hayan notado!”, bromeó Bezos. Quería reforzar una declaración pública que yo había hecho públicamente antes. “No estamos en guerra con ellos”, dijo Bezos. “Puede ser que ellos estén en guerra con nosotros. Sólo tenemos que hacer nuestro trabajo”. En julio de ese año, volvió a hablar espontáneamente en una reunión de negocios. “No se preocupen por mí”, dijo. “Simplemente hagan su trabajo. Y les cubro las espaldas.”

La gran ventaja de Bezos al ser propietario del diario era que tenía la vista puesta en el horizonte a largo plazo. Y como era dueño del 100 por ciento de la empresa, no necesitaba consultar con nadie. Todo lo que gastaba salía directamente de su cuenta bancaria.

En mis interacciones con él, Bezos mostró integridad y agallas. Entendió intuitivamente desde un principio que una brújula ética del Post sería inseparable de su éxito empresarial. Había muchas cosas sobre Bezos y Amazon que el Post tenía que cubrir e investigar sin miramientos, como el creciente poder de mercado de su empresa, sus prácticas laborales de mano dura y las implicancias para la privacidad de las personas de su insaciable recopilación de datos. También se anunció que Bezos y MacKenzie Scott buscaban el divorcio, seguido inmediatamente por un explosivo informe en el National Enquirer que revelaba que Bezos había estado involucrado en una larga relación extramatrimonial con Lauren Sánchez, exreportera de televisión y presentadora de noticias. Estábamos decididos a cumplir con nuestras obligaciones periodísticas con total independencia y así lo hicimos, sin restricciones ni condicionamientos.

Desarrollé un verdadero aprecio por el dueño del Post como ser humano, y descubrí que es un personaje mucho más complejo, reflexivo y agradable de lo que suele pintarse. Hablar con él resulta sorprendentemente fácil: alcanza con bloquear cualquier pensamiento sobre su patrimonio neto. Nuestras reuniones se llevaban a cabo cada dos semanas, por teleconferencia y rara vez en persona.

En su charla, Bezos podía ser ingenioso y autocrítico –“Nada me hace sentir más tonto que una caricatura mía en el New Yorker–, reír con facilidad y plantear preguntas incisivas. Cuando un empleado del Post le preguntó si se uniría a la tripulación de su compañía espacial, Blue Origin, en uno de sus primeros lanzamientos, le respondió que no estaba seguro. “¿Por qué no esperás un poco a ver cómo salen las cosas?”, le aconsejé. “Es lo más amable que hayas dicho sobre mí”, me respondió.

“No estamos en guerra con el gobierno. Estamos trabajando.” Cuando hice ese comentario, muchos colegas periodistas abrazaron con entusiasmo la idea de que no deberíamos considerarnos guerreros sino simple profesionales que cumplimos con nuestro trabajo de mantener informado al público. Otros consideraron que esa postura era ingenua: cuando la verdad y la democracia están bajo ataque, la única respuesta adecuada es ser más feroces y descaradamente belicosos. Un crítico externo llegó incluso a calificar mi declaración de “atrocidad” cuando, después de mi retiro, Fred Ryan, el editor del Post, hizo colgar mi cita en la pared de la sala de redacción.

Creo que los periodistas responsables deben guiarse por principios fundamentales. Entre ellos, el deber de apoyar y defender la democracia. Los ciudadanos tienen derecho al autogobierno. Sin democracia no hay prensa independiente y sin prensa independiente no hay democracia. Los periodistas tenemos que trabajar duro y honestamente para descubrir la verdad y decirle al público lo que sabemos. Deberíamos apoyar el derecho de todos los ciudadanos a participar en el proceso electoral sin impedimentos, respaldar la libertad de expresión y comprender que el debate encendido sobre políticas públicas es esencial para la democracia. Deberíamos defender un trato equitativo para todos, de acuerdo a la ley y también por obligación moral, y que todos tengan abundantes oportunidades de lograr lo que esperan para ellos y sus familias. Debemos especial atención a los menos afortunados de nuestra sociedad y tenemos que darles voz a todos aquellos que de otro modo serían silenciados. Debemos oponernos a la intolerancia y el odio, y oponernos a la violencia, la represión y el abuso de poder.

También creo que la mejor manera de honrar esos ideales es que los periodistas adhieran a los principios profesionales tradicionales. La prensa no se hace ningún favor a sí misma ni a nuestra democracia si abandona sus históricos estándares fundamentales. Ya hemos pisoteado demasiadas normas del discurso cívico. Hoy, para poder exigirle al poder que rinda cuentas, tendremos que mantener estándares que demuestren que estamos practicando nuestro oficio de manera honorable, exhaustiva y justa, con una mente abierta y con reverencia por los hechos, por encima de nuestras propias opiniones. En resumen, deberíamos practicar un periodismo objetivo.

lunes, 12 de junio de 2023

Mucha gente confunde las creencias con los hechos

Con el permiso presunto de su autora y del elDiario.es subo esta entrevista de María Ramírez a Martin Baron. Mejor leerla en el sitio de elDiario.es por los links y resaltados y supongo que todavía es de libre acceso. Va la frase que me parece más interesante, aunque vale la pena cada palabra de lo que dice Baron: 


Estamos en una época en la que mucha gente confunde las creencias con los hechos, no puede o no quiere distinguir entre ambos.


María Ramírez es subdirectora del elDiario.es y autora de El Periódico. 25 años de auge y catarsis del periodismo en internet. Bueno, también es hija de Pedro J. Ramírez. Ella misma presenta a Marty Baron.


Marty Baron, exdirector del 'Washington Post': “Los periodistas no debemos ser el partido de la oposición” 

El periodista que ha dirigido las grandes investigaciones de las últimas décadas al frente del 'Washington Post' y el 'Boston Globe' publica en octubre su primer libro, sobre el 'Post', Jeff Bezos y Trump. Baron es una de las voces más firmes en la defensa de la objetividad como estándar periodístico
Marty Baron ha sido director del Washington Post, el Boston Globe y el Miami Herald. Antes de llegar a la cúspide del Herald en 2000, también trabajó en Los Angeles Times y el New York Times. En sus 45 años de carrera, la mayoría como editor, ha confiado en los estándares más esenciales del reporterismo y en el papel de la prensa para vigilar a cualquier poder incluso aunque le moleste a tu propietario o a tu audiencia.

Eso es lo que le llevó a dirigir las grandes investigaciones de las últimas décadas. Publicó los abusos sexuales de la Iglesia católica en Boston -es el serio y tenaz Liev Schrieber de la película Spotlight-, la vigilancia masiva de la Agencia de Seguridad Nacional, los chanchullos de Trump con sus donaciones, la interferencia rusa en las elecciones de 2016 y varios casos de acoso sexual de políticos. Bajo su dirección, el Post documentó más de 30.000 falsedades del presidente, y utilizó el verbo “mentir” para referirse a él, algo muy debatido entonces. El periodista ha dejado un reguero de premios Pulitzer a su paso.

Baron defiende el ideal de la objetividad como método para informar de manera rigurosa, sin conclusiones previas y con conciencia de los propios prejuicios contra los que el periodista debe luchar mientras aprende algo nuevo a través de su labor. En sus últimos meses como director -se retiró en 2021 después de más de ocho años al frente del Post- tuvo algún encontronazo con periodistas que, según él, opinaban demasiado en Twitter. Este marzo, Baron escribió en el Post un influyente artículo de opinión titulado Queremos jueces y médicos objetivos. ¿Por qué no periodistas también?

En octubre, publica en Estados Unidos su primer libro, Collision of Power: Trump, Bezos and The Washington Post. En nuestra conversación telefónica -él desde el campo en Massachusetts-, le digo que me sorprende el título por el hecho de poner al político, al empresario y al periódico juntos en el mismo sintagma, sobre todo para alguien como él, que siempre los ha separado y dio una lección de periodismo al informar con distancia sobre su dueño.

Me explica que el título viene del esfuerzo de Trump por perseguir a Jeff Bezos, propietario del Post y de Amazon, pensando que así le daría un toque a la redacción para que los periodistas dejaran de investigarle. Trump era el presidente que podía duplicar los costes de envío de Amazon o bloquear un contrato de 10.000 millones de dólares para la nube digital de almacenamiento del Departamento de Defensa. Bezos era la persona más rica de Estados Unidos. Y el Post, al fin y al cabo, “el periódico que había sido responsable de ayudar a derribar a otro presidente de Estados Unidos, Richard Nixon”, según subraya Baron. “El presidente creyó que podía impedir que hiciéramos nuestro trabajo atacándonos primero de manera implacable, cruel y personal, persiguiendo a los reporteros individualmente por su nombre para que fueran objeto de hostigamiento. Cuando eso no funcionó, decidió que tenía que ir tras el dueño. Y creyó que presionando al propietario, tratando de socavar su negocio, lo cual hizo, podría influir en nuestra cobertura”.

Esta es nuestra conversación editada por claridad y extensión.

¿Su vida, en cierto modo, habría sido más fácil si Bezos no hubiera sido el dueño del periódico?

El problema era que el periódico estaba en decadencia antes de que Bezos lo comprara. Estábamos recortando nuestro presupuesto y nuestro personal, no teníamos una estrategia para crecer. Así que la vida habría sido muy difícil en esas circunstancias. Nos habríamos enfrentado a lo mismo que muchos periódicos, es decir, seguir cortando, cortando y cortando. Bezos entró con una estrategia que aplicamos y resultó exitosa. En ese sentido, mi vida se hizo más fácil. Pero obviamente había otras presiones.

Sin Bezos, nos hubiéramos enfrentado a tremendas presiones financieras. Con Bezos, terminamos enfrentándonos a tremendas presiones políticas. De todos modos, habríamos afrontado esas presiones políticas porque habríamos cubierto a Trump y él nos habría atacado, y probablemente no habríamos tenido los recursos que necesitábamos para informar sobre Trump si no hubiéramos tenido éxito comercial con Bezos.

¿Es saludable que la tercera persona más rica del mundo tenga un periódico?
He estado en este negocio el tiempo suficiente como para haber escuchado críticas contra todas las estructuras de propiedad por una razón u otra. Cuando éramos propiedad de empresas en bolsa, la gente criticaba su inversión para maximizar las ganancias y satisfacer a los accionistas y no invertir lo suficiente en nuestro negocio. Cuando sufrimos presiones financieras, las empresas se pusieron a recortar. Luego cuando personas ricas compraron medios, la gente dijo “¿no es eso un conflicto de intereses?”. Después, fondos de inversión adquirieron medios y lo único que buscaban era ganar la mayor cantidad de dinero posible cortando gastos: trataron al sector de las noticias como si fuera un sector moribundo y buscaron efectivo lo más rápido que pudieron.

Incluso si miras a organizaciones sin ánimo de lucro, que representan una porción microscópica del ecosistema de noticias, ¿de dónde viene el dinero? ¿Quiénes son los filántropos? Gente rica y fundaciones. Las juntas de las fundaciones están dominadas por la élite y algunas tienen sus propias agendas políticas.

Así que he oído críticas sobre todas las formas de propiedad. Ya es hora de que la gente empiece a evaluar el trabajo que hacemos y cómo se comporta el dueño en lugar de cuál es la estructura de propiedad.

En nuestro caso, el dueño nos dio la independencia que necesitábamos y no interfirió en absoluto en nuestra cobertura. El resultado fue que le dimos la vuelta al Washington Post: nos convertimos en un medio más fuerte que pudo cubrir al presidente de Estados Unidos como debía y muchos otros temas, y encontró un camino económicamente sostenible a largo plazo.

Es bueno y es mejor que la alternativa. No creo en morir heróicamente. Eso no le hace ningún bien a nadie.

¿Hubiera hecho algo diferente en alguna de las historias que publicó el Post sobre Bezos o Amazon?

Informamos sobre Amazon y Bezos de la misma manera en que informamos sobre cualquier otra empresa y cualquier otra persona. Bezos nunca interfirió en nada, incluso cuando estábamos escribiendo sobre su divorcio y su aventura.

Cuando compró el Post, dijo que deberíamos informar sobre él y Amazon de la misma manera que sobre cualquier otro ejecutivo y cualquier otra empresa. Lo reiteró muchas veces y nunca se retractó de esa promesa. Creo que lo hicimos bastante bien.

¿Cuál es la mayor presión para los periodistas hoy?

Hay tantas presiones diferentes... Obviamente, estamos lidiando con presiones financieras implacables. Muchos medios carecen de los recursos que necesitan para hacer su trabajo correctamente. Y eso es una presión enorme.

Pero más allá de los números, el mayor problema es que estamos en un ambiente donde las personas no comparten un conjunto común de hechos. Y por ello hay una profunda sospecha sobre la información de los principales medios. Hay una gran difusión de información falsa, a menudo deliberadamente falsa. De hecho, es peor que no compartir un conjunto común de hechos: ni siquiera podemos ponernos de acuerdo sobre cómo establecer que algo es un hecho. Estamos en una época en la que mucha gente confunde las creencias con los hechos, no puede o no quiere distinguir entre ambos. Eso es un gran desafío.

¿Las redes sociales dificultan que los periodistas hagamos nuestro trabajo de manera imparcial por la presión del entorno?

Esa es una presión autoimpuesta. No es algo a lo que necesariamente tengamos que someternos. Esto requiere autodisciplina por parte de los periodistas. Por desgracia, demasiados periodistas no están ejerciendo la autodisciplina: no tienen cuidado ni moderación en sus publicaciones en las redes sociales.

Hay una larga historia de periodismo activista en el mundo. Pero no es lo que somos los principales medios de comunicación, no es lo que debemos ser. Debemos ser aliados de la verdad. Debemos ser aliados de los hechos. Debemos ser aliados del contexto. Debemos ser aliados del periodismo minucioso, de la idea de tener una mente abierta a medida que avanzamos en nuestra labor de reporterismo.

Eso no impide que lleguemos a conclusiones. No nos impide averiguar cuáles son los hechos y decirle a la gente sin pestañear cuáles son esos hechos, lo que hemos descubierto. Pero ir impulsivamente a las redes sociales a expresar opiniones, a menudo de manera sarcástica, no es útil para nosotros. Y va en contra de lo que tradicionalmente hemos tratado de ser, medios que hagan sistemáticamente información abierta, minuciosa y completa después de hablar con personas expertas, mirar documentos relevantes, recopilar toda la información posible, y luego decirle a la gente lo que hemos aprendido sobre los hechos.

Descubrir la verdad es un proceso, no se hace instantáneamente en cuestión de segundos y minutos. Lleva tiempo, dedicación y compromiso. Y las redes sociales van en contra de eso porque fomentan reacciones instantáneas e impulsivas.

Lo que pensamos al principio no es necesariamente cierto. Las primeras impresiones no están necesariamente bien fundadas. Nos debería llamar más la atención lo que no sabemos que lo que sabemos. Debemos tener más preguntas que respuestas. Desde luego los periodistas no debemos empezar con todas las respuestas porque no las tenemos.

Las redes sociales han alentado a las personas a participar en comportamientos que son inútiles y, de hecho, van en contra de los principios del mejor periodismo.

¿Los periodistas no deberíamos tuitear?

Me parece bien tuitear. Yo he tuiteado, aunque también he estado mucho tiempo en silencio. Los periodistas deben tener cuidado con sus tuits. Antes de tuitear algo, yo lo leía cinco veces sólo para asegurarme de que estaba diciendo lo que quería decir, para que no pudiera ser malinterpretado por ningún ser humano razonable, y para preguntarme si era útil decir algo y qué tipo de impacto tendría mi propio tuit en la reputación de nuestro medio. Ese es un proceso que la mayoría de los periodistas deberían hacer por sí mismos: ¿Es demasiado pronto para comentar sobre esto? ¿Sé realmente lo que creo que sé? ¿Qué tipo de impacto tendrá mi tuit para mi medio? ¿Es apropiado comentar sobre este tema en particular? Los periodistas deben ejercer la autodisciplina, con cuidado y moderación. Desafortunadamente, muchos no lo hacen.

¿Ve otros espacios que puedan ser más adecuados para la conversación más allá de escribir en un periódico?

Hay programas de radio y de televisión inteligentes en los que se puede tener una conversación real en lugar de personas que tuitean espontáneamente entre sí con un número limitado de palabras. Hay espacios para participar en un verdadero diálogo donde las personas hablan entre sí, no tuitean de un lado a otro. Hay paneles en los que podemos participar, y algunos de ellos están en streaming para todo el mundo, cualquier medio en el que puedas entablar una conversación en lugar de simplemente reaccionar instantáneamente a algo que acaba de ocurrir. Son medios relativamente tradicionales, pero la ventaja es que permiten comentarios reflexivos en lugar de instantáneos e impulsivos.

¿Le preocupa que la audiencia se esté moviendo fuera de esos medios tradicionales hacia espacios como TikTok?

La idea de que puedes aprender sobre el mundo a partir de un video de TikTok es desastrosa. Los libros o los medios pueden tratar las cosas en profundidad y te dan un sentido de la historia y el contexto. Puedes confiar en que hay personas detrás que dedicaron una cantidad considerable de tiempo a investigar su tema, saben algo al respecto y tienen experiencia en el área. No creo que la gente confíe en TikTok o Instagram. Ya veremos las consecuencias. Pero mucha gente simplemente no sabe de lo que está hablando y no se ha tomado el tiempo para saber.

¿Volverá esa audiencia a los medios?

Depende de cómo lo gestionamos. Cuando hay un desastre natural o una catástrofe nacional, la gente tiende a ir a los principales medios de comunicación para obtener información precisa, al menos al principio. Eso te dice que los medios son fundamentalmente los más fiables, sin importar lo que la gente pueda decir sobre en quién confía. De hecho, confían en estos medios porque cuando se trata de asuntos de vida o muerte, acuden a ellos para conseguir información. No recurren a TikTok para saber qué deben hacer ante un huracán. Eso es una ventaja para nosotros.

La pregunta es cómo pensamos en las formas cambiantes en que las personas consiguen y procesan información hoy y cómo nos adaptamos. Podemos estar comprometidos con una investigación exhaustiva, pero entregar esa información de una manera que sea más accesible para los jóvenes.

La gente recibe la información en un teléfono. Los reportajes largos del pasado pueden no ser la forma correcta de escribir una historia en ciertos casos. Es posible que podamos contar mejor una historia a través de un gráfico interactivo, un vídeo o una combinación de herramientas. Hoy tenemos más herramientas disponibles para comunicar información de las que hemos tenido en toda la historia. Debemos experimentar mucho. No debemos abandonar nuestros principios, pero no tenemos que apegarnos para ello a la forma de comunicar del pasado.

No significa que lo vayamos a hacer bien a la primera, pero no debemos desanimarnos. Los periodistas siempre deberíamos estar aprendiendo. Siempre deberíamos preguntarnos qué más podemos aprender y cómo han cambiado las cosas. Es la manera de abordar nuestra profesión y también nuestro negocio.

¿Es “objetividad” la mejor palabra para definir lo que debemos hacer?

Creo que es una buena palabra. Y nunca hemos tenido problemas para usarla al aplicarla a otras profesiones. No nos parece confusa cuando decimos que necesitamos jueces o investigadores científicos objetivos. Sólo tenemos dudas cuando se nos aplica la palabra.

Dicho esto, no me importa si alguien tiene una palabra mejor. Tom Rosenstiel dice que lo deberíamos llamar “investigación de mente abierta”. Bien, eso es la objetividad.

La objetividad no es lo mismo que el equilibrio, no es una falsa equivalencia. Nunca lo ha sido. Es un buen estándar para nuestra profesión reconocer que cada uno tiene sus puntos de vista preexistentes, sesgos y prejuicios. Es importante que reconozcamos cuáles son desde el principio. Y que no hagamos nuestro trabajo sólo tratando de reforzarlos, sino teniendo muy en cuenta que tenemos esas opiniones y que debemos mantener una mente abierta. A medida que avanzamos en nuestro trabajo, debemos comprobar que hablamos con todas las personas relevantes, reunimos la evidencia apropiada y estamos mirando lo que debemos. Es poco probable que las cosas sean exactamente como pensábamos que serían desde el principio, presumiblemente habremos aprendido cosas que no sabíamos antes.

Si no aprendes cosas que no sabías antes, entonces no sé a qué te refieres con el reporterismo. ¿Qué es el reporterismo sino salir a buscar respuestas a las preguntas? Y si tus preguntas son sólo un ejercicio para confirmar tus puntos de vista preexistentes, entonces no estás haciendo el trabajo del reportero de verdad. Solo estás incurriendo en un sesgo de confirmación.

¿Es parte del problema en Estados Unidos que medios de comunicación, sobre todo con puntos de vista de extrema derecha, se hayan alejado tanto de esos estándares?

Es más pronunciado en la extrema derecha, pero también es cierto en la extrema izquierda, y sucede en todas partes del espectro político. He conocido gente que piensa que algo es así desde el principio, sin haber hecho ningún tipo de reporterismo, sin haber emprendido ningún tipo de investigación abierta.

Es más pronunciado en la extrema derecha en Estados Unidos. No sé en otros países. Uno de los grandes problemas es que un segmento del público quiere que confirmes su punto de vista preexistente. Confían en las personas que lo hacen y no quieren que sus ideas preexistentes sean refutadas. Es un desafío para los periodistas tener que decirle a la gente cosas que no quiere escuchar y no quiere saber.

¿Cómo interactuar con la audiencia cuando no quiere los hechos o te acusa de ser parcial porque criticas a su candidato favorito?

Con el tiempo tienes que demostrar que eres independiente, que estás comprometido, que eres aliado de los hechos, la verdad y el contexto. Una gran parte del público quiere independencia genuina y objetividad por parte de los periodistas. No quiere que seamos sólo activistas políticos. No quiere que seamos antagonistas en el espectro político. Quiere que seamos periodistas que buscan la verdad. Creo firmemente en que hay un gran segmento del público estadounidense y del público en otros países que sólo quiere que hagamos nuestro trabajo de una manera honesta, justa y con la mente abierta. Y que reconozcamos nuestras propias debilidades.

La objetividad y la independencia son conceptos superpuestos, pero no son exactamente lo mismo. Necesitamos ser independientes y no estar asociados con ningún partido político.

En Estados Unidos, Trump trató de presentar a los principales medios como lo que Steve Bannon llamó el partido de la oposición. Debemos tener cuidado de no posicionarnos como el partido de la oposición.

Podemos refutar a Trump cuando lo merece. Si no dice la verdad, si está mintiendo abiertamente, debemos decirlo. Pero eso debe ser porque hemos hecho nuestra investigación, no porque seamos una extensión del Partido Demócrata o no nos guste Trump. Debe ser porque hemos hecho nuestra tarea. Si tiene razón en algo, también debemos decirlo. Y si el candidato demócrata no está diciendo la verdad, también lo diremos. Personalmente, no me siento alineado con nadie y nunca lo he hecho.

¿Trump hizo que fuera más difícil no parecer partidista? Su desafío a las elecciones y a las instituciones democráticas ha hecho que los periodistas sean parte de una lucha por la democracia…

Desde el principio, él quería que fuéramos percibidos como partidistas. Una periodista de la CBS le preguntó en 2016 por qué motivo denigraba a la prensa, y Trump dijo: “Lo hago para desacreditaros y denigraros a todos y así, cuando escribáis historias negativas sobre mí, nadie os creerá”. Y ese es su objetivo. No quiere un árbitro independiente de los hechos y la verdad. Quiere que la gente le sea leal. Él quiere que la gente piense que es la única persona que dice la verdad cuando dice mentiras.

Nos hizo el trabajo mucho más difícil. Nunca nos habíamos enfrentado a un presidente como Trump. No es tan extraño en otros países, pero desde luego fue nuevo en Estados Unidos tener a un presidente que claramente no creía en una prensa libre e independiente. Y, hasta cierto punto, Trump facilitó que los líderes de otros países hicieran exactamente lo mismo.

Él mintió sobre las elecciones de 2020. Mintió sobre las elecciones de 2016, a pesar de que ganó. También lo hizo cuando compitió en los caucus republicanos de Iowa, que ganó Ted Cruz. Cada vez que pierde dice que es fraude. No puede soportar la idea de perder.

¿Fue una buena idea el town hall (entrevista con audiencia partidista) con Trump de la CNN?

Era un poco pronto para tener un town hall con Trump. Todavía no es el candidato ni ha habido primarias. ¿Por qué declarar a alguien favorito sin una sola primaria? ¿Basado en qué encuestas cuando queda tanto tiempo?

¿Ha visto un cambio en la forma en que los medios cubren a Trump?

El town hall de CNN no fue una buena señal. Pero no sé. Es una persona muy difícil de cubrir. Veremos en el transcurso de la campaña.

¿Le preocupa el efecto que podría tener otra presidencia de Trump para la libertad de prensa?

Sí, me preocupa. Tiene impulsos autocráticos. Claramente no es un defensor de una prensa libre e independiente. Ha hecho declaraciones a lo largo del tiempo que sugieren que hará todo lo posible para degradar las libertades de prensa en este país. Trump no oculta su agenda. Tienes que tomar en serio lo que dice porque lo intentará hacer.

viernes, 19 de noviembre de 2021

El periodismo de confirmación y el amimegustismo

A partir del segundo 2:43:07 y hasta el 3:10:50, puede ver y oír la entrevista de Luis Novaressio a Daniel Hadad para el seminario IAB NOW'2021. Siempre son interesantes las cosas que dice Daniel Hadad sobre la industria del periodismo. IAB es Interactive Advertising Bureau

Hay dos expresiones intere: periodismo de confirmación (es una cita de Marty Baron) y el amimegustismo.

domingo, 13 de junio de 2021

Otra vez Marty Baron


Espero que pueda ver aquí la entrevista que le hizo Ricardo Kirschbaum a Martin Baron el jueves pasado y que aparece hoy en el sitio web de Clarín.

martes, 4 de julio de 2017

El periodismo es el futuro del periodismo


Desde que Jeff Bezos se lo llevó al Washington Post casi no lo puede ni ver en el diario. Martin Baron, la estrella de Spotlight no para de viajar. Aquí una nota en el sitio de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) sobre las presentaciones las jornadas de la Associação Brasileira de Jornalismo Investigativo (ABRAJI). En la foto Martin Baron comparte escenario con Rosental Calmon Alves, omnipresente en estos encuentros. Buena idea de ABRAJI, de ADEPA y de Rosental.

Ya sabrá que no me gusta llamar de investigación a ningún periodismo porque no hay periodismo sin investigación. Es al fin y al cabo lo que dice Baron cuando dice que el Washington Post siempre hace periodismo de investigación. Es que el periodismo es el futuro del periodismo.

lunes, 26 de junio de 2017

Wiener-Schnitzels con vino blanco


Lea esta nota de Miguel Wiñazki en Clarín de hoy. Relata el almuerzo de nueve editores que se encontraron en Viena en la reunión anual del GEN (Global Editors Network). Bueno, no todos son actualmente editores porque Rosental Calmon (el que toma la selfie) es profesor hace años y Carlos Guyot se está yendo de La Nación. No dice nada nuevo ni revolucionario Marty Baron cuando da con la esencia del periodismo:
Si fallamos en contar la verdad, los lectores no nos van a perdonar.
El resto tampoco es novedad: "tengamos historias propias"; hay que medir pero "los principios son más importantes que las métricas"; tenemos que saber para quién escribimos, el periodismo de calidad es lo que hace fuertes a los medios...

Tampoco es nuevo eso de pasarla bien los periodistas hablando de periodismo, esta vez en un restaurante de Viena comiendo Schnitzels con vino blanco.

lunes, 3 de octubre de 2016

Martin Baron se lo explica en castellano

Atienda el discurso en castellano de Marty Baron sobre el periodismo en los tiempos de corren. Baron es el editor del Washington Post, antiguo editor del Boston Globe, protagonizado por Liev Schreiber en la película Spotlight. Aquí abajo tiene el programa completo de Telemedellín, con la premiación del Festival García Márquez el pasado 29 de septiembre. Por el minuto 27 empieza el discurso de Baron. Pero si quiere saltarse la introducción véalo en YouTube.



En el blog de Miquel Pellicer tiene un excelente resumen y aquí el comentario de Juan Carlos Blanco.

jueves, 9 de abril de 2015

The Big Move


Mírelo o léalo, vale la pena (no logro insertarlo). Es la clase magistral de Martin Baron, Editor Ejecutivo del Washington Post, en la Universidad de California en Riverside hace dos días: Journalism’s Big Move: What to Discard, Keep, and Acquire in Moving From Print to Web.