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miércoles, 26 de febrero de 2025

Jeff Bezos se pasa al periodismo militante

Hoy Jeff Bezos ha publicado este texto en su cuenta de Twitter.


Destaco en castellano el párrafo principal, el que lo dice todo: 

Escribiremos todos los días en defensa y apoyo de dos pilares: las libertades personales y el libre mercado. Por supuesto, también abordaremos otros temas, pero los puntos de vista que se opongan a esos pilares se publicarán en otros foros.

Como consecuencia de esta decisión y de la condición de le puso Bezos (si la respuesta no era ¡claro que sí! era no), ha renunciado el jefe de la sección opinión del WaPo, así que están buscando otro.

miércoles, 30 de octubre de 2024

Nadie nos cree porque hablamos con nosotros mismos

Bastante revuelo causó la decisión de Jeff Bezos de que el Washington Post no apoye a la candidata demócrata Kamala Harris. Es que históricamente el WaPo lo hacía con el Partido Demócrata, sea quien sea su candidato. La decisión provocó la reacción airada de Martin Baron, que trató a su antiguo diario de cobarde, y de unos 250.000 suscriptores que, según parece, dejaron de pagar y de leer el periódico. También renunciaron tres miembros de su Consejo Editorial.

 Anteayer Jeff Bezos, el dueño del Washington Post, publicó esta nota en su periódico:


The hard truth: Americans don’t trust the news media

Jeff Bezos is the owner of The Washington Post.

In the annual public surveys about trust and reputation, journalists and the media have regularly fallen near the very bottom, often just above Congress. But in this year’s Gallup poll, we have managed to fall below Congress. Our profession is now the least trusted of all. Something we are doing is clearly not working.

Let me give an analogy. Voting machines must meet two requirements. They must count the vote accurately, and people must believe they count the vote accurately. The second requirement is distinct from and just as important as the first.

Likewise with newspapers. We must be accurate, and we must be believed to be accurate. It’s a bitter pill to swallow, but we are failing on the second requirement. Most people believe the media is biased. Anyone who doesn’t see this is paying scant attention to reality, and those who fight reality lose. Reality is an undefeated champion. It would be easy to blame others for our long and continuing fall in credibility (and, therefore, decline in impact), but a victim mentality will not help. Complaining is not a strategy. We must work harder to control what we can control to increase our credibility.

Presidential endorsements do nothing to tip the scales of an election. No undecided voters in Pennsylvania are going to say, “I’m going with Newspaper A’s endorsement.” None. What presidential endorsements actually do is create a perception of bias. A perception of non-independence. Ending them is a principled decision, and it’s the right one. Eugene Meyer, publisher of The Washington Post from 1933 to 1946, thought the same, and he was right. By itself, declining to endorse presidential candidates is not enough to move us very far up the trust scale, but it’s a meaningful step in the right direction. I wish we had made the change earlier than we did, in a moment further from the election and the emotions around it. That was inadequate planning, and not some intentional strategy.

I would also like to be clear that no quid pro quo of any kind is at work here. Neither campaign nor candidate was consulted or informed at any level or in any way about this decision. It was made entirely internally. Dave Limp, the chief executive of one of my companies, Blue Origin, met with former president Donald Trump on the day of our announcement. I sighed when I found out, because I knew it would provide ammunition to those who would like to frame this as anything other than a principled decision. But the fact is, I didn’t know about the meeting beforehand. Even Limp didn’t know about it in advance; the meeting was scheduled quickly that morning. There is no connection between it and our decision on presidential endorsements, and any suggestion otherwise is false.

When it comes to the appearance of conflict, I am not an ideal owner of The Post. Every day, somewhere, some Amazon executive or Blue Origin executive or someone from the other philanthropies and companies I own or invest in is meeting with government officials. I once wrote that The Post is a “complexifier” for me. It is, but it turns out I’m also a complexifier for The Post.

You can see my wealth and business interests as a bulwark against intimidation, or you can see them as a web of conflicting interests. Only my own principles can tip the balance from one to the other. I assure you that my views here are, in fact, principled, and I believe my track record as owner of The Post since 2013 backs this up. You are of course free to make your own determination, but I challenge you to find one instance in those 11 years where I have prevailed upon anyone at The Post in favor of my own interests. It hasn’t happened.

Lack of credibility isn’t unique to The Post. Our brethren newspapers have the same issue. And it’s a problem not only for media, but also for the nation. Many people are turning to off-the-cuff podcasts, inaccurate social media posts and other unverified news sources, which can quickly spread misinformation and deepen divisions. The Washington Post and The New York Times win prizes, but increasingly we talk only to a certain elite. More and more, we talk to ourselves. (It wasn’t always this way —in the 1990s we achieved 80 percent household penetration in the D.C. metro area.)

While I do not and will not push my personal interest, I will also not allow this paper to stay on autopilot and fade into irrelevance —overtaken by unresearched podcasts and social media barbs— not without a fight. It’s too important. The stakes are too high. Now more than ever the world needs a credible, trusted, independent voice, and where better for that voice to originate than the capital city of the most important country in the world? To win this fight, we will have to exercise new muscles. Some changes will be a return to the past, and some will be new inventions. Criticism will be part and parcel of anything new, of course. This is the way of the world. None of this will be easy, but it will be worth it. I am so grateful to be part of this endeavor. Many of the finest journalists you’ll find anywhere work at The Washington Post, and they work painstakingly every day to get to the truth. They deserve to be believed.

 

 Traducido por Jaime Arrambide aparece en La Nación (Buenos Aires) de hoy:


La cruda verdad: los norteamericanos no creen en los medios de prensa

En las encuestas públicas anuales sobre confianza y reputación que se hacen en Estados Unidos, los periodistas y los medios por lo general quedan cerca del fondo de la lista, apenas por encima del Congreso. Pero en la encuesta de Gallup de este año, los medios hemos logrado quedar incluso por debajo del Congreso: ahora, nuestra profesión es la menos confiable de todas. Algo de lo que hacemos claramente no está funcionando.

Me permito hacer una analogía. Las máquinas que se usan para votar deben cumplir dos requisitos: deben contar los votos con exactitud y la gente debe creer que los cuentan con exactitud. Y el segundo requisito es totalmente diferente y tan importante como el primero.

Lo mismo pasa con los diarios. Tenemos que ser precisos y la gente debe creer que lo somos. Y por difícil que sea de digerir, en ese segundo requisito estamos fallando. La mayoría de la gente cree que los medios son sesgados. El que no lo vea le está prestando poca atención a la realidad, y los que niegan la realidad pierden. La realidad siempre sale invicta. Sería muy fácil culpar a otros de nuestra larga y sostenida pérdida de credibilidad –y por lo tanto, del impacto de nuestro trabajo–, pero victimizarnos no nos va a ayudar. Y quejarse tampoco es una estrategia. Tenemos que trabajar más y mejor para controlar lo que podemos controlar para aumentar nuestra credibilidad con la gente.

El respaldo de un medio de prensa a un candidato presidencial no mueve el amperímetro de una elección. Ningún votante indeciso de Pensilvania va a decir: “Voy a votar por el candidato que respalda tal o cual diario”. Ninguno.

Lo único que logra el respaldo de un medio a un candidato es transmitir la sensación de que se trata de un medio sesgado. Una percepción de falta de independencia. Terminar con esos respaldos es una decisión de principios, y es la correcta. Eugene Meyer, editor del Washington Post desde 1933 hasta 1946, pensaba lo mismo y tenía razón. Por sí sola, la decisión de no respaldar a ningún candidato no es suficiente para hacer que el periodismo escale en la confianza de la gente, pero es un paso importante en la dirección correcta. Y ojalá hubiéramos introducido este cambio mucho antes, en un momento más alejado de las elecciones y de las pasiones que desatan. Fue un error de planificación y no una estrategia deliberada.

También quiero dejar en claro que acá no hay en juego ningún tipo de quid pro quo. Ninguno de los dos candidatos ni sus equipos de campaña fueron consultados ni informados en ningún momento ni de ninguna manera sobre esta decisión, que se tomó completamente de manera interna. Dave Limp, el director ejecutivo de una de mis empresas, Blue Origin, se reunió con el expresidente Donald Trump el día de nuestro anuncio. Cuando me enteré, sentí desazón, porque sabía que esa visita sería usada como un arma por quienes quisieran presentar nuestra decisión como algo más que una decisión basada en principios. Pero el hecho es que no me había enterado de la reunión de antemano.

En lo que respecta a los aparentes conflictos de intereses, no soy el dueño ideal para el Washington Post en este momento. Todos los días, en algún lugar, algún ejecutivo de Amazon, de Blue Origin, o de las otras organizaciones filantrópicas y empresas que poseo o en las que invierto se reúne con funcionarios del gobierno.

La gente puede entender mi riqueza y mis intereses comerciales como un blindaje contra la intimidación, o puede verlos como una red de intereses en pugna. Solo mis propios principios pueden inclinar la balanza de uno a otro lado. Les aseguro que mis opiniones aquí son, de hecho, basadas en principios, y creo que mi historial como propietario del Post desde 2013 lo respalda. Los desafío a encontrar un solo caso en donde me haya impuesto sobre alguien del Post para favorecer mis intereses. Nunca ocurrió.

La falta de credibilidad no es exclusiva del Post. Nuestros periódicos colegas enfrentan el mismo problema. Y es un problema no solo para los medios, sino también para el país. Mucha gente ahora recurre a podcasts improvisados, publicaciones inexactas en las redes sociales y otras fuentes de noticias no verificadas, que pueden difundir rápidamente la desinformación y profundizar las divisiones. The Washington Post y The New York Times ganan premios, pero cada vez más parece que le hablamos exclusivamente a cierta elite de lectores. Cada vez más, hablamos con nosotros mismos.

Si bien no impongo ni impulsaré mi interés personal, tampoco permitiré que este diario quede en piloto automático y se desvanezca en la irrelevancia, superado por podcasts no verificados y ataques en las redes sociales, no sin presentar batalla. Es demasiado importante. Es mucho lo que hay en juego. Ahora más que nunca, el mundo necesita una voz creíble, confiable e independiente, y ¿dónde mejor que la capital del país más importante del mundo para que surja esa voz? Para ganar esa lucha, tendremos que ejercitar otros músculos. Algunos cambios serán un regreso al pasado, y otros serán flamantes innovaciones. Y por supuesto que la crítica será parte integral de cualquier novedad. Así es el mundo. Nada de esto va a ser fácil, pero valdrá la pena. Estoy muy agradecido de ser parte de este esfuerzo. Muchos de los mejores periodistas que existen trabajan en The Washington Post y trabajan arduamente, todos los días, para llegar a la verdad. Ellos merecen que se les crea.

jueves, 5 de septiembre de 2024

Arthur Sulzberger escribe en el Washington Post

Arthur Sulzberger, el publisher (dueño) del New York Times, escribe este extenso artículo en el Washington Post. Queda aquí mismo para los registros y mientras el WaPo no se enoje.

How the quiet war against
press freedom could come to America


Some foreign leaders have ruthlessly curtailed journalism. U.S. politicians could draw from their playbook.

By A.G. Sulzberger

A.G. Sulzberger is the publisher of the New York Times

 

After several years out of power, the former leader is returned to office on a populist platform. He blames the news media’s coverage of his previous government for costing him reelection. As he sees it, tolerating the independent press, with its focus on truth-telling and accountability, weakened his ability to steer public opinion. This time, he resolves not to make the same mistake.

His country is a democracy, so he can’t simply close newspapers or imprison journalists. Instead, he sets about undermining independent news organizations in subtler ways — using bureaucratic tools such as tax law, broadcast licensing and government contracting. Meanwhile, he rewards news outlets that toe the party line — shoring them up with state advertising revenue, tax exemptions and other government subsidies — and helps friendly businesspeople buy up other weakened news outlets at cut rates to turn them into government mouthpieces.

Within a few years, only pockets of independence remain in the country’s news media, freeing the leader from perhaps the most challenging obstacle to his increasingly authoritarian rule. Instead, the nightly news and broadsheet headlines unskeptically parrot his claims, often unmoored from the truth, flattering his accomplishments while demonizing and discrediting his critics. “Whoever controls a country’s media,” the leader’s political director openly asserts, “controls that country’s mindset and through that the country itself.”
 
 
This is the short version of how Viktor Orban, the prime minister of Hungary, effectively dismantled the news media in his country. This effort was a central pillar of Orban’s broader project to remake his country as an “illiberal democracy.” A weakened press made it easier for him to keep secrets, to rewrite reality, to undermine political rivals, to act with impunity — and, ultimately, to consolidate unchecked power in ways that left the nation and its people worse off. It is a story that is being repeated in eroding democracies all around the world.

Over the past year, I’ve been asked with increasing frequency whether The New York Times, where I serve as publisher, is prepared for the possibility that a similar campaign against the free press could be embraced here in the United States, despite our country’s proud tradition of recognizing the essential role journalism plays in supporting a strong democracy and a free people.

It’s not a crazy question. As they seek a return to the White House, former president Donald Trump and his allies have declared their intention to increase their attacks on a press he has long derided as “the enemy of the people.” Trump pledged last year: “The LameStream Media will be thoroughly scrutinized for their knowingly dishonest and corrupt coverage of people, things, and events.” A senior Trump aide, Kash Patel, made the threat even more explicit: “We’re going to come after you, whether it’s criminally or civilly.” There is already evidence that Trump and his team mean what they say. By the end of his first term, Trump’s anti-press rhetoric — which contributed to a surge in anti-press sentiment in this country and around the world — had quietly shifted into anti-press action.

If Trump follows through on promises to continue that campaign in a second term, his efforts would likely be informed by his open admiration for the ruthlessly effective playbook of authoritarians such as Orban, whom Trump recently met with at Mar-a-Lago and praised as “a smart, strong, and compassionate leader.” Trump’s running mate, Sen. JD Vance of Ohio, recently voiced similar praise of Orban: “He’s made some smart decisions there that we could learn from in the United States.” One of the intellectual architects of the Republican agenda, Heritage Foundation President Kevin Roberts, asserted that Orban’s Hungary was “not just a model for conservative statecraft, but the model.” To loud applause from attendees of a Republican political conference held in Budapest in 2022, Orban himself left little doubt over what his model calls for. “Dear friends: We must have our own media.”

To ensure we are prepared for whatever is to come, my colleagues and I have spent months studying how press freedom has been attacked in Hungary — as well as in other democracies such as India and Brazil. The political and media environments in each country are different, and the campaigns have seen varying tactics and levels of success, but the pattern of anti-press action reveals common threads.
 

These new would-be strongmen have developed a style more subtle than their counterparts in totalitarian states such as Russia, China and Saudi Arabia, who systematically censor, jail or kill journalists. For those trying to undercut independent journalism in democracies, the attacks typically exploit banal — and often nominally legal — weaknesses in a nation’s systems of governance. This playbook generally has five parts.

  • Create a climate hospitable to crackdowns on the media by sowing public distrust in independent journalism and normalizing the harassment of the people who produce it. 
  • Manipulate legal and regulatory authority —such as taxation, immigration enforcement and privacy protections— to punish offending journalists and news organizations. 
  • Exploit the courts, most often through civil litigation, to effectively impose additional logistical and financial penalties on disfavored journalism, even in cases without legal merit. 
  • Increase the scale of attacks on journalists and their employers by encouraging powerful supporters in other parts of the public and private sector to adopt versions of these tactics. 
  • Use the levers of power not just to punish independent journalists but also to reward those who demonstrate fealty to their leadership. This includes helping supporters of the ruling party gain control of news organizations financially weakened by all the aforementioned efforts. 

As that list makes clear, these leaders have realized that crackdowns on the press are most effective when they’re at their least dramatic — not the stuff of thrillers but a movie so plodding and complicated that no one wants to watch it.

As someone who strongly believes in the foundational importance of journalistic independence, I have no interest in wading into politics. I disagree with those who have suggested that the risk Trump poses to the free press is so high that news organizations such as mine should cast aside neutrality and directly oppose his reelection. It is beyond shortsighted to give up journalistic independence out of fear that it might later be taken away. At The Times, we are committed to following the facts and presenting a full, fair and accurate picture of November’s election and the candidates and issues shaping it. Our democratic model asks different institutions to play different roles; this is ours.

At the same time, as the steward of one of the country’s leading news organizations, I feel compelled to speak out about threats to the free press, as my predecessors and I have done to leaders of both parties. I am doing so here, in the pages of an esteemed competitor, because I believe the risk is shared by our entire profession, as well as all who depend on it. In highlighting this campaign, I am not advising people how to vote. There are countless issues on the ballot that are closer to voters’ hearts than protections for my broadly unpopular profession. But the weakening of a free and independent press matters, whatever your party or politics. The flow of trustworthy news and information is critical to a free, secure and prosperous nation. This is why defense of the free press has been a point of rare bipartisan consensus throughout the nation’s history. As President Ronald Reagan put it: “There is no more essential ingredient than a free, strong, and independent press to our continued success in what the Founding Fathers called our ‘noble experiment’ in self-government.”

That consensus has broken. A new model is being crafted that aims to undermine the ability of journalists to freely gather and report the news. It’s worth getting to know what this model looks like in action.

On a Tuesday morning in 2023, more than a dozen Indian officials swept into the BBC’s New Delhi and Mumbai offices. They told startled reporters and editors to step away from their computers and to hand over their cellphones. For the next three days, the journalists were barred from entering their own offices, allowing the government to scrutinize their electronics and rifle through their files. Even more surprising than the raid itself was that these officials identified themselves not as law enforcement agents but as tax auditors.

Prime Minister Narendra Modi’s government has a history of carrying out these “tax surveys,” as authorities called them, against independent Indian news organizations whose reporting has incurred his regime’s wrath. Given the timing, it wasn’t difficult to discern what triggered the government raid. The previous month, the BBC had released a documentary that reexamined allegations that Modi had played a role in deadly sectarian riots, a topic the prime minister has tried to keep from public view.

The government argued that its raid on the BBC offices had nothing to do with the documentary. It was simply a mundane act of good government — auditing the books of a corporation to ensure compliance with India’s notoriously complex tax code. But the raid gave the authorities three days of access to the computers and phones of journalists and editors. This risked the disclosure of confidential sources and sent an unmistakable warning to any future whistleblowers who might think to challenge Modi by exposing misconduct: Talk to journalists and we will find you. Many such dissidents have been fired, ostracized, harassed and arrested.

The raid of one of the world’s best known and regarded news organizations woke the rest of the international community to what was already an ever-present reality for Indian journalists. “You never know what story will trigger what kind of response. That’s what makes it so dangerous,” said Siddharth Varadarajan, a founding editor of the Wire, a respected Indian news outlet. Police have raided the Wire’s newsroom and the homes of its staff, and have repeatedly filed charges against its journalists, following reporting that angered the Modi government. “There’s a method in the madness,” Varadarajan explained. “Its ad hoc nature is part of the intimidation.”

A country’s immigration system, similarly opaque and centralized, is another bureaucratic lever that can be abused to put pressure on journalists. In India, Modi’s government has recently begun to impose stricter visa rules on journalists and has stripped foreign-born reporters of their right to remain in the country. One result is growing journalistic tentativeness. Vanessa Dougnac, a French journalist, described this dynamic after the Indian government revoked her work permit and she was forced to leave the country, even though she had reported freely in the country for more than 20 years and her husband and son are both Indian citizens. “Under the increasing yoke of visa acquisitions and access restrictions, foreign correspondents knew they were next on the list,” she wrote in May. “A precautionary paranoia took hold of everyone.”

Even laws designed to support a healthy information ecosystem can be twisted. In Hungary, Orban’s government has sought to manipulate the European Union’s digital privacy rules to block standard investigative reporting practices, such as drawing on public-records databases.

Americans might be used to thinking of the courts as guarantors of rights and liberties — such as freedom of the press — against these types of abuses and contortions of laws. But the lessons from abroad remind us that the court system can also be misused to make it harder and more expensive for journalists to do their work.

In India, for example, a respected financial journalist has spent the past seven years in court defending himself against defamation cases brought over his reporting on alleged misconduct at the companies of a multibillionaire close to Modi. The Wire has spent even longer fighting a defamation claim from a lawmaker in Modi’s party demanding the removal of two news articles about his business interests. “I’d be lying if I said it’s not a drain on our resources,” Varadarajan said. At other news organizations, journalists say colleagues have avoided pursuing important stories about powerful people — let alone publishing them — for fear of legal reprisal. In this way, court cases targeting the press need not be legally sound to succeed. Even when the case fails, the cost and stress of litigation can be enough to silence a reporter or encourage another to self-censor.

In Brazil, frequent abuses of the court system by former president Jair Bolsonaro and his allies were dubbed “judicial harassment.” Practitioners filed lawsuits before judges they knew to be skeptical of the press. They overwhelmed journalists with superfluous court filings to drive up their legal bills. They sued in several far-flung courts at once, presenting journalists with the proposition of defending themselves on multiple fronts. The governor of one rural state, a vocal Bolsonaro ally, has used such tactics to go after more than a dozen local journalists for reporting on him, his family and his political backers — often requesting criminal investigations into his allegations as well. Police named a recent one “Operation Fake News.”

 

“Bolsonaro opened the door for hatred toward journalism, and that path is now open to businessmen, lawyers, governors, [nongovernmental organizations] and others,” said Cristina Tardáguila, founder of Agência Lupa, a Brazilian fact-checking outlet. “The No. 1 plaintiff moving legal actions against journalists is a businessman — a big fan of Bolsonaro — who’s brought more than 50 lawsuits against journalists recently.”

All these anti-press efforts have benefited from the seeds of distrust that leaders have sown against independent journalism. As we’ve seen in our own country, accusations levied against the press by leaders of political parties, identity groups or ideological movements can quickly become articles of faith among their supporters. Today, trust in the news media sits at historic lows in much of the world — a decline helped along by the flood of misinformation, conspiracy theories, propaganda and clickbait unleashed on social media. Meanwhile, trustworthy journalists — already shrinking in number as news organizations struggle financially — face surging harassment and threats for reporting unpopular truths. The combination of public distrust, weakened institutions and widespread harassment is a formula for undermining independent reporting. Szabolcs Panyi, a respected investigative journalist for the Hungarian news outlet Direkt36, explained how the constant attacks on the work and motivations of reporters like him have successfully undercut the trust he depends on: “My best friend’s mother one time asked me if I’m a spy working for a foreign country.”

It has been only eight years since Donald Trump popularized the term “fake news” as a cudgel to dismiss and attack journalism that challenged him.

That phrase, from the president of the United States, was all the encouragement many would-be authoritarians needed. In the following years, around 70 countries on six continents have enacted “fake news” laws. Nominally aimed at stamping out disinformation, many primarily serve to allow governments to punish independent journalism. Under these laws, journalists have faced fines, arrest and censorship for reporting on a separatist conflict in Cameroon, documenting Cambodian sex-trafficking rings, chronicling the covid-19 pandemic in Russia, and questioning Egyptian economic policy. Trump has effectively championed this effort, as he did when he told Bolsonaro at a joint news conference, “I’m very proud to hear the president use the term ‘fake news.’”
 

Things have come full circle. Now, it is Trump and his allies who are looking abroad to Bolsonaro and his ilk for inspiration, studying the anti-press techniques they’ve honed in the intervening years. The effectiveness of this playbook should not be underestimated. In Hungary, Orban allies now control upward of 80 percent of the country’s news outlets. In India, Modi has so successfully subverted independent reporting — blocking reports on everything from mass protests against his economic policy to mistreatment of the country’s Muslim minority — that much of the mainstream press is now derided as “godi media,” generally translated as “lapdog media.” It is wrong to imagine that this is a problem for journalists alone. The repercussions of a weakened media reverberate throughout society, masking corruption, obscuring risks to public health and safety, restricting minority rights and distorting the electoral process. Democracy itself, though still intact — as gains by opposition parties in the recent Indian election underscored — is viewed as more tenuous and conditional.

The free press was envisioned as a central check against democratic backsliding in the United States.

Make no mistake, no American political leader likes the scrutiny of the media or has a perfect record on press freedom. Every president since the country’s founding has complained about the pesky questions of reporters who seek to keep the public informed. This includes President Joe Biden, who spoke glowingly about the importance of the free press but whose systematic avoidance of unscripted encounters with independent journalists has defied long-standing precedent and allowed him to evade questions about his age and fitness. But even with an imperfect record, both Republican and Democratic presidents, lawmakers and jurists have consistently defended and expanded protections for journalists. Over the past century in the United States, Trump stands out for his aggressive and sustained efforts to undermine the free press.

If you need evidence that Trump was just getting warmed up, look no further than the waning days of his first term, when his Justice Department secretly seized the phone logs of reporters of three of his least favorite news organizations — The Times, The Washington Post and CNN. They had played leading roles in revealing the sorts of things he preferred to keep hidden, from his tax returns to his business and charitable misconduct to his ties with foreign governments to his role in schemes to overturn the 2020 election. Yet, as in Hungary, Brazil and India, many of the most pernicious threats to press freedom in the United States are likely to take a more prosaic form: an environment of harassment, financially punitive litigation, weaponized bureaucracy, allies mounting copycat attacks — all aimed at further diminishing a news media weakened by years of financial struggle. This list is neither alarmist nor speculative.

For years, Trump has expressed interest in using federal funding and the tax code to punish institutions he doesn’t approve of, including public media such as PBS and NPR. His Department of Homeland Security proposed strict caps on foreign-journalist visas, with extensions potentially depending on whether immigration officers approved of a reporter’s work. His serial displeasure with The Post led him to threaten owner Jeff Bezos’s other business interests, attempting to upend Amazon’s shipping arrangement with the U.S. Postal Service and impede its defense contracting. Likewise, furious with CNN’s coverage, he sought to influence the Justice Department’s review of a merger involving the news outlet’s parent company. More recently, he suggested that NBC and MSNBC ought to lose their broadcast licenses over their coverage of his presidency.
 

And then, of course, there is Trump’s use of the courts. He has repeatedly sued The Times, The Post, CNN, and a host of other independent outlets. In Trump’s most recent case against my organization, the judge deemed the allegations frivolous enough that he ordered the former president to send The Times a check for nearly $400,000 to cover its litigation costs. But Trump recognizes that even a losing lawsuit can help his cause. Musing in 2016 on his failed libel lawsuit against a Times journalist a decade earlier, he said: “I spent a couple of bucks on legal fees, and they spent a whole lot more. I did it to make his life miserable, which I’m happy about.”

Crucially, these efforts have been embraced by his supporters and ideological allies around the country. His lawsuits against the media have inspired similar efforts by his backers, many sharing the same lawyers. Influential conservative jurists, including two Supreme Court justices, have expressed an interest in making it easier to win lawsuits against journalists — an effort consistent with Trump’s desire to “open up libel laws.” These legal tactics appear to have emboldened state officials, judges and others to take their own steps to undercut journalism they don’t like. In 2023, the Freedom of the Press Foundation found that courts had issued 11 gag orders censoring journalists from Democratic and Republican officials alike. At the local level, officials are taking aggressive anti-press actions. In Kansas last year, sheriff deputies raided a local newspaper’s offices on the preposterous grounds that relying on public records in its reporting constituted identity theft. In Mississippi, a former governor is pursuing a lawsuit against a nonprofit newsroom that the editor says is intended to impede its award-winning reporting into wrongful spending by the state’s welfare system. “If we’re forced to spend our limited resources on legal fees to defend a meritless lawsuit,” Adam Ganucheau, the editor in chief of the nonprofit Mississippi Today, wrote recently, “That’s less money we can devote to the costly investigative journalism that often is the only way taxpayers and voters learn about how their leaders truly behave when they believe no one is watching.”

Those cheering on such attacks against the media would do well to remember why press freedom is not a Democratic or Republican ideal but an American one. The Founders understood that it provided an essential check against government overreach, no matter who held office. Abuses of power by one set of partisans, after all, have a tendency to boomerang when the political tide turns. In Brazil, Bolsonaro was unable to fully undercut the country’s checks and balances and was voted out of office. Though much of the damage he caused to democratic traditions has been reversed, the norms around the free press and free expression remain weakened. Since Bolsonaro left office, federal prosecutors have sued to cancel broadcast licenses held by a network aligned with the former president. A Brazilian Supreme Court justice has censored thousands of social media posts and dozens of largely right-wing social media accounts, including those belonging to conservative journalists, on sometimes dubious grounds. That effort escalated last week when the justice ordered the social media platform X blocked altogether.

The story of the anti-press efforts around the world underscores the foundational importance of press freedom to democracy. Access to trustworthy news doesn’t just leave the public better informed. It strengthens businesses. It makes nations more secure. In place of distrust and alienation, it instills mutual understanding and civic engagement. It unearths corruption and incompetence to ensure that the good of the nation is placed above the self-interest of any given leader. This is what gets compromised when the free and independent press is weakened.

Fortunately, we in the press aren’t powerless against attacks such as the ones our colleagues abroad have faced. At The Times, we already report every day from countries where the safety and freedom of the press are not a given. We are taking active steps to prepare ourselves for a more difficult environment at home, as well: Ensuring our reporters and editors know how to protect their sources and themselves. Preparing for legal fights, from budgeting for increased expenses to understanding how outside vendors will respond if federal agents make secret demands for phone logs or emails. Maintaining pristine business practices — news-related or not — to minimize exposure to abusive tax or regulatory enforcement. Preparing colleagues to remain resilient in the face of harassment campaigns and offering them robust institutional support in those moments. Pushing to formalize foundational protections for journalism, such as the right to keep sources confidential and protections against frivolous lawsuits. Contesting campaigns to instill distrust in media organizations by telling the story of what independent journalism is and why it matters. And, through it all, treating the journalistic imperative to promote truth and understanding as a north star — while refusing to be baited into opposing or championing any particular side. “No matter how well-intentioned,” Joel Simon, the former head of the Committee to Protect Journalists, wrote last month on what he’s learned studying attacks on press freedom, “such undertakings can often help populist and authoritarian leaders rally their own supporters against ‘entrenched elites’ and justify a subsequent crackdown on the media.”

As we take these steps, I have in my mind a final lesson from our brave colleagues in places like Hungary, India and Brazil. The journalistic mission to follow the facts and deliver the truth must persist, whatever the pressure or the obstacles. Even in the face of relentless efforts to undermine and punish their work, there are those who fight back by continuing to bring the public the news and information it needs. I hope our nation, with protections for a free press explicitly enshrined in the First Amendment, will maintain its distinctively open path, regardless of the outcome of this election or any other. No matter what happens, we must be ready to continue to bring the truth to the public without fear or favor.

sábado, 7 de octubre de 2023

Otra vez el periodismo de siempre

Con el permiso presunto del autor y de La Nación que lo publicó en su edición de hoy, subo este capítulo de Collision of Power. Trump, Bezos and The Washington Post, de Martin Baron, que la editorial La Esfera de los Libros publicará en castellano.

El Post en la era Trump
El valor del periodismo frente al poder
No debería haberme sorprendido, pero me sigue maravillando lo fácil que fue meterse en la piel de Donald Trump y sus aliados. En febrero de 2019, ya llevaba seis años como editor ejecutivo de The Washington Post. Ese mes, durante la transmisión del Super Bowl, el diario emitió un anuncio de un minuto con la voz en off de Tom Hanks en defensa de la libertad de prensa, en homenaje a los periodistas capturados y asesinados, y que cerraba con el logo del Post y el mensaje “La democracia muere en oscuridad”. El anuncio destacaba el trabajo sólido y a menudo valiente que realizan los periodistas del Post y de otros medios –incluido Bret Baier, de Fox News– porque nuestra intención era remarcar que no era algo que nos afectara solo a nosotros y que el anuncio no era una declaración política.

“Alguien reúne los hechos para contarles la información, sin importar el costo que tenga que pagar”, decía Hanks. “Porque saber nos empodera. Saber nos ayuda a decidir. Saber nos hace libres.”

Pero para el clan Trump, hasta esa idea simple y fundamental de la democracia fue demasiado. El hijo del presidente, Donald Trump Jr., no pudo contenerse. “¿Sabes que tendrían que hacer los periodistas para ahorrarse millones de dólares en un comercial de #superbowl para ganar una credibilidad inmerecida?”, tuiteó con la típica beligerancia de esa red social. “¿Qué tal si comunican la información y dejan de transmitir sus tonterías izquierdistas?”

Dos años antes –a un mes de la asunción de Trump– el Post había puesto “La democracia muere en la oscuridad” debajo del nombre del diario en la edición impresa, así como en la parte superior de su sitio web y en todos sus productos.

Tal como lo imaginó el dueño del periódico, Jeff Bezos, no se trataba de un eslogan sino una “declaración de nuestra misión”. Y no se trataba de Trump, aunque sus aliados así lo creyeron. El Post venía trabajando en una declaración de misión desde dos años antes de la asunción de Trump: que haya surgido en ese momento simplemente es testimonio del complejo y tortuoso camino hasta encontrar algo suficientemente memorable y significativo como para contar con la aprobación de Bezos.

Bezos, fundador y ahora presidente ejecutivo de Amazon, había adquirido The Washington Post en 2013. A principios de 2015, había expresado su deseo de que el diario tuviera una consigna que resumiera su misión y su propósito: una frase que transmitiera una idea, no un producto, que quedara bien impresa en una remera, que fuera un reclamo exclusivamente nuestro, dado nuestro legado y nuestra sede en la capital de Estados Unidos, y que a la vez fuese aspiracional y disruptivo. “No de un periódico al que quiero suscribirme”, como dijo Bezos, sino más bien “una idea que quiero que me represente”. Y esa idea era: Amamos a este país y por eso le pedimos que rinda cuentas.

Encontrar una frase adecuada no es poca cosa. Y Bezos no se limitó a ser un observador distante. “En este tema me gustaría ser parte de todo el proceso de elaboración, y no se preocupen de si es o no un buen uso de mi tiempo”, dijo Bezos. “Simplemente creo que vamos a tener que apelar a nuestra intuición y nuestro instinto”. E insistió en que las palabras elegidas debían reconocer nuestra “misión histórica”, no una nueva. “No hay que tenerle miedo a la palabra democracia”, dijo Bezos, “porque es lo que hace que el Post sea único”.

Se armaron equipos de trabajo y fueron meses y meses de reuniones. Todo era frustración. Contratamos a consultores externos, pero fue en vano. (“Típico”, dijo Bezos). La desesperación llevó a una larga lista de opciones, y a aventurarse hasta el absurdo. La lista de ideas superaba el millar: “Sesgados por la verdad”, “Saber”, “El derecho a saber”, “Tu derecho a saber”, “Periodismo imparable”, “El poder es tuyo”, “La búsqueda incesante de la verdad”, “Los hechos importan”, “La democracia importa”, “Con el foco en la democracia”, “Una luz para la nación”, “La democracia vive a plena luz”, “La democracia exige trabajo. Haremos nuestra parte”, “Las noticias que la democracia necesita”, y la lista sigue…

En septiembre de 2016, Bezos ya estaba impaciente y metió presión para zanjar la cuestión. Teníamos que decidirnos por algo. Bezos se reunión con nueve ejecutivos del Post en una sala privada del Four Seasons de Georgetown para alcanzar finalmente la meta. Debido a la apretada agenda de Bezos, teníamos apenas media hora, a partir de las 7.45 de la mañana. Sobre la mesa quedaba un puñado de opciones: “Una luz brillante para un pueblo libre”, “La historia debe ser contada” (recordando las inspiradoras palabras del fallecido fotógrafo Michel du Cille), “Desafiar e informar”, “Por un mundo que exige saber”, “Para los que exigen saber”. Ninguna pasó la prueba.

Al final nos decidimos por “Un pueblo libre exige saber”. La decisión duró poco, y por suerte. Esa misma noche, Bezos envió un correo electrónico del estilo “no es lo que uno esperaría”, según sus propias palabras. Había consultado nuestra elección consensuada con su entonces esposa, la novelista MacKenzie Scott, y con “mi redactora personal”, y ambas la habían bochado. “Frankenslogan” fue la palabra que usaron.

A esa altura, necesitábamos que Bezos tomara una decisión unilateral, y finalmente lo hizo. “Vayamos con ‘La democracia muere en la oscuridad’,”, decretó. La frase había estado en nuestra lista desde el principio y Bezos ya la había usado anteriormente para referirse a la misión del Post. De hecho, él mismo la había oído de boca de una leyenda del Post, Bob Woodward. Era una variación de una frase de un fallo de 2002 del juez del tribunal federal de apelaciones Damon J. Keith, quien escribió que “las democracias mueren a puertas cerradas”.

“La democracia muere en la oscuridad” hizo su debut, sin previo aviso, a mediados de febrero de 2017. Y nunca habíamos visto un eslogan –perdón, una declaración de misión– que provocara semejante reacción. Incluso llamó la atención del People’s Daily de China, que tuiteó: “ ‘La democracia muere en la oscuridad’ @washingtonpost pone un nuevo eslogan el mismo día que @realDonaldTrump califica a los medios de comunicación de ’enemigos de los norteamericanos’.” El diccionario online Merriam-Webster registró un repentino aumento en las búsquedas de la palabra democracia. El presentador del programa “Late Show”, Stephen Colbert, bromeó diciendo que algunas de las frases rechazadas incluían “No, cerrá la boca” y “Volteamos a Nixon, ¿quién quiere ser el próximo?” Los comentaristas de Twitter destacaron la “nueva onda gótica” del Post. El crítico de medios Jack Shafer tuiteó algunos de sus propios “lemas rechazados por el Washington Post”, entre ellos “Solo hablamos de nosotros mismos” y “Sin protector solar, la democracia se quema con el sol”.

Bezos estaba encantado: su ansiada declaración de misión concitaba creciente atención. “Ser blanco de sátiras es una buena señal”, dijo un par de semanas después. Mucho peor habría sido un encogimiento de hombros colectivo. Al igual que otros integrantes del Post, yo había cuestionado que todo nuestro trabajo quedara asociado con las palabras “muerte” y “oscuridad”. Sin embargo, en lo único que podía pensar en ese momento era en la Plegaria de la Serenidad: “Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar”.

Pero los lectores adoptaron la frase y la hicieron suya, porque la sintieron perfecta para la era Trump, aunque esa no había sido la intención.

Sentados alrededor de la mesa de comedor del Salón Azul de la Casa Blanca debíamos parecer un grupo extraño: Bezos, siempre reconocible por su cabeza calva, su baja estatura, su risa estridente y su radiante intensidad; Fred Ryan, el editor del Post, veterano de la administración Reagan de brillante sonrisa; el editor de la página editorial, Fred Hiatt, con 36 años en el Post y excorresponsal extranjero con una mirada seria y litetaria; y yo, con mi barba gris recortada y una actitud que invariablemente era descrita como “severa y taciturna”.

Cinco meses después de la toma de posesión del cargo, el presidente Trump respondió a una solicitud de reunión de nuestro editor y nos invitó a cenar. Nos acompañaron la primera dama, Melania Trump, y el yerno y principal asesor de Trump, Jared Kushner. Por pura coincidencia, a las 7 PM en punto, justo cuando nos estábamos sentando a la mesa, el Post publicó la noticia de que el fiscal especial Robert Mueller estaba investigando los negocios de Kushner en Rusia, como parte de su investigación más amplia sobre la interferencia de ese país en las elecciones de 2016. La noticia era continuación de otro informe del Post que revelaba que Kushner se había reunido en secreto con el embajador ruso, Sergey Kislyak, a quien le había propuesto que se cubriera un puesto diplomático ruso con alguien que fungiera como línea de comunicación segura entre los funcionarios de Trump y el Kremlin. El Post también informó que más tarde Kushner se había reunido con Sergey Gorkov, director de un banco de desarrollo de propiedad rusa.

Hope Hicks, una joven asistente de Trump, le entregó su teléfono a Kushner. La alerta de noticias del Post acababa de ser emitida y estaba llegando a millones de dispositivos móviles, incluido el de Hicks. “Muy shakesperiano: cenando con el enemigo”, le susurró a Kushner. Hiatt, que había escuchado, le susurró: “No somos tus enemigos”.

Entre el soufflé de queso, el lenguado de Dover asado y la tarta de chocolate, Trump se jactaba de su victoria electoral, se burlaba de sus rivales y hasta de personas de su propia órbita, fanfarroneaba de logros imaginarios, calculaba cómo podría ganar una vez más otros cuatro años en la Casa Blanca, y describía a The Washington Post como el peor de todos los medios de comunicación, con The New York Times justo detrás de nosotros, al menos en su ranking de ese momento.

Trump, su familia y su equipo habían incluido al Post en su lista de enemigos y nada haría cambiarlos de opinión. No habíamos sido ni serviles ni aduladores con Trump, ni pensábamos serlo. Nuestro trabajo consistía en informar duramente sobre el presidente y hacer que su administración, como todas las demás, rindiera cuentas de su gestión. En la mente del presidente y de quienes lo rodeaban, eso nos transformaba en opositores.

Trump fue incluso más allá, por beneficio político: no éramos solo su enemigo, sino enemigos del país. Según él, éramos traidores. Menos de un mes después de asumir, había denunciado a la prensa como “enemiga del pueblo estadounidense” a través de Twitter. Era un eco siniestro de la frase “enemigo del pueblo”, invocada por Joseph Stalin, Mao y el propagandista de Hitler, Joseph Goebbels, y utilizada para justificar la represión y el asesinato. Pero a Trump no le importaba en absoluto que ese lenguaje incendiario pudiera incitar ataques físicos a periodistas.

Cada vez que me preguntaban sobre la retórica de Trump, mi respuesta era directa: “No estamos en guerra con el gobierno, estamos trabajando”. Pero estaba claro que para Trump todos los sentados a esa mesa éramos sus enemigos, especialmente Bezos, porque era el dueño del Post y, en la mente de Trump, era quien movía los hilos o podía moverlos si así lo deseaba.

Por momentos, sin embargo, Trump también intentó mostrarse encantador. Era un encanto superficial, sin calidez ni autenticidad. Hablaba él, casi todo el tiempo. Nosotros apenas metimos bocadillo, y yo dije lo mínimo, por incomodidad de estar ahí y para evitar cualquier confrontación por nuestra cobertura de su gobierno. Entendí de inmediato que cualquier cosa que dijera podía desatar su furia.

Soltó una parrafada con una larga lista de enemigos y desaires percibidos: el director ejecutivo de Macy’s era un “cobarde” por retirar productos de Trump de los estantes de sus locales en repudio a los comentarios de Trump, que calificaba a los inmigrantes mexicanos como violadores. Trump tenía mejores relaciones con los líderes extranjeros que el expresidente Barack Obama, “que era un vago y nunca los llamaba”. Obama había dejado desastres en todo el mundo para que él los resolviera. Obama había titubeado a la hora de darle luz verde a los militares para matar gente en Afganistán: él les había dicho que lo hicieran y punto, y que se dejaran de pedir permiso. Mueller, el fiscal general Jeff Sessions, el director despedido del FBI, James Comey, y el subdirector del FBI, Andrew McCabe, también recibieron una lluvia de críticas, por razones que recién ahora conocemos.

Dos cosas me quedaron de esa cena con Trump. Primero, que Trump gobernaría básicamente para retener el apoyo de su base electoral. Una vez sentados a la mesa, sacó una hoja de papel del bolsillo con la cifra “47%” encima de su foto. “Esta es la última encuesta de Rasmussen. Con esto me alcanza para volver a ganar”. El mensaje era claro: con ese nivel de apoyo en los estados clave, era suficiente para asegurarse un segundo mandato. Y lo que pensaran de él los demás votantes, no tendría la menor relevancia.

En segundo lugar, su lista de agravios parecía ilimitada. A la cabeza de todos estaban los agravios de la prensa, con el Post en primer lugar. Durante la cena, se burló de nuestro informe sobre el fiscal especial y su yerno, sugiriendo incorrectamente que el fiscal le imputaba un supuesto lavado de dinero. “Es un buen chico”, dijo de Kushner, que estaba sentado ahí mismo en la mesa. Pero el Post era de lo peor, y no se cansaba de repetirlo. Lo tratábamos injustamente. Y cada vez que lo decía, me codeaba en el hombro derecho.

Varias veces durante esa cena, Trump mencionó que Melania era una gran compradora a través de Amazon, al punto que Bezos lanzó una broma: “Considéreme su representante personal de servicio al cliente”, le dijo a la entonces primera dama. La preocupación de Trump, por supuesto, no eran los tiempos de entrega de Amazon: quería que Bezos lo librara de la cobertura del Post.

El embate se aceleró al día siguiente. Kushner llamó a Fred Ryan por la mañana para saber si la habíamos pasado bien. Ryan agradeció la hospitalidad y la generosidad con su tiempo, y a continuación Kushner le preguntó si la cobertura del Post mejoraría en consonancia. Ryan lo rechazó diplomáticamente, recordándole que no debía haber expectativas sobre la cobertura de los medios. “No es una perilla que podamos girar para un lado o para el otro”, le dijo Ryan.

Pero a las ocho de la mañana el propio Trump había llamado a Bezos a su celular personal para pedirle que el Post fuera “más justo conmigo”. Le dijo: “No sé si estás involucrado en las decisiones de la sala de redacción, pero hasta cierto punto seguramente es así”. Bezos le respondió que no, y a continuación pronunció una frase que había estado dispuesto a decir en la propia cena, si Trump hubiera apelado a él en ese momento: “Sería realmente inapropiado... De hacerlo, me sentiría muy mal por el resto de mi vida”. La llamada terminó sin “bullying” sobre Amazon, pero abriendo la puerta para que Bezos pidiera el favor que necesitara. “Si hay algo que pueda hacer por usted…”, le dijo Trump.

Tres días después, comenzó el acoso. Los líderes del sector tecnológico se reunieron en la Casa Blanca para una reunión del Consejo Tecnológico de Estados Unidos, creado por decreto presidencial un mes antes. Allí, Trump apartó por un momento a Bezos para quejarse amargamente por la cobertura del Post. Aparentemente, le dijo, la cena habían sido dos horas y media desperdiciadas.

Más adelante ese mismo año, cuatro días después de Navidad, Trump reclamó por Twitter que el Servicio Postal le cobrara a Amazon “MUCHO MÁS” por las entregas de paquetes, alegando que las tarifas de Amazon eran una estafa a los contribuyentes. Al año siguiente, intentó intervenir para obstruir un contrato de Amazon de computación en la nube por valor de 10.000 millones de dólares con el Departamento de Defensa. Por no controlar la cobertura del Post, quien iba a recibir el castigo era Bezos.

Y cuando se presentó una denuncia judicial antimonopolio contra Amazon, a Trump se le hacía agua la boca. En una entrevista con CNBC, el magnate de los fondos de cobertura Leon Cooperman reveló que ese verano, en una cena en la Casa Blanca, Trump le había preguntado dos veces si Amazon era un monopolio. El 24 de julio de 2017, Trump tuiteó: “¿Las noticias falsas del Washington Post se están utilizando como herramienta de presión contra el Congreso, para evitar que los políticos investiguen el monopolio libre de impuestos de Amazon?”.

Mientras Trump seguía apretando las tuercas, Bezos nos dejó en claro que no tenía la menor intención de capitular, y que en el diario no debíamos tener miedo. En marzo de 2018, cuando concluíamos una de nuestras reuniones de negocios, Bezos ofreció algunas palabras de despedida: “Es posible que hayan notado que Trump sigue tuiteando sobre nosotros”. El comentario fue respondido con silencio. “¡O tal vez no lo hayan notado!”, bromeó Bezos. Quería reforzar una declaración pública que yo había hecho públicamente antes. “No estamos en guerra con ellos”, dijo Bezos. “Puede ser que ellos estén en guerra con nosotros. Sólo tenemos que hacer nuestro trabajo”. En julio de ese año, volvió a hablar espontáneamente en una reunión de negocios. “No se preocupen por mí”, dijo. “Simplemente hagan su trabajo. Y les cubro las espaldas.”

La gran ventaja de Bezos al ser propietario del diario era que tenía la vista puesta en el horizonte a largo plazo. Y como era dueño del 100 por ciento de la empresa, no necesitaba consultar con nadie. Todo lo que gastaba salía directamente de su cuenta bancaria.

En mis interacciones con él, Bezos mostró integridad y agallas. Entendió intuitivamente desde un principio que una brújula ética del Post sería inseparable de su éxito empresarial. Había muchas cosas sobre Bezos y Amazon que el Post tenía que cubrir e investigar sin miramientos, como el creciente poder de mercado de su empresa, sus prácticas laborales de mano dura y las implicancias para la privacidad de las personas de su insaciable recopilación de datos. También se anunció que Bezos y MacKenzie Scott buscaban el divorcio, seguido inmediatamente por un explosivo informe en el National Enquirer que revelaba que Bezos había estado involucrado en una larga relación extramatrimonial con Lauren Sánchez, exreportera de televisión y presentadora de noticias. Estábamos decididos a cumplir con nuestras obligaciones periodísticas con total independencia y así lo hicimos, sin restricciones ni condicionamientos.

Desarrollé un verdadero aprecio por el dueño del Post como ser humano, y descubrí que es un personaje mucho más complejo, reflexivo y agradable de lo que suele pintarse. Hablar con él resulta sorprendentemente fácil: alcanza con bloquear cualquier pensamiento sobre su patrimonio neto. Nuestras reuniones se llevaban a cabo cada dos semanas, por teleconferencia y rara vez en persona.

En su charla, Bezos podía ser ingenioso y autocrítico –“Nada me hace sentir más tonto que una caricatura mía en el New Yorker–, reír con facilidad y plantear preguntas incisivas. Cuando un empleado del Post le preguntó si se uniría a la tripulación de su compañía espacial, Blue Origin, en uno de sus primeros lanzamientos, le respondió que no estaba seguro. “¿Por qué no esperás un poco a ver cómo salen las cosas?”, le aconsejé. “Es lo más amable que hayas dicho sobre mí”, me respondió.

“No estamos en guerra con el gobierno. Estamos trabajando.” Cuando hice ese comentario, muchos colegas periodistas abrazaron con entusiasmo la idea de que no deberíamos considerarnos guerreros sino simple profesionales que cumplimos con nuestro trabajo de mantener informado al público. Otros consideraron que esa postura era ingenua: cuando la verdad y la democracia están bajo ataque, la única respuesta adecuada es ser más feroces y descaradamente belicosos. Un crítico externo llegó incluso a calificar mi declaración de “atrocidad” cuando, después de mi retiro, Fred Ryan, el editor del Post, hizo colgar mi cita en la pared de la sala de redacción.

Creo que los periodistas responsables deben guiarse por principios fundamentales. Entre ellos, el deber de apoyar y defender la democracia. Los ciudadanos tienen derecho al autogobierno. Sin democracia no hay prensa independiente y sin prensa independiente no hay democracia. Los periodistas tenemos que trabajar duro y honestamente para descubrir la verdad y decirle al público lo que sabemos. Deberíamos apoyar el derecho de todos los ciudadanos a participar en el proceso electoral sin impedimentos, respaldar la libertad de expresión y comprender que el debate encendido sobre políticas públicas es esencial para la democracia. Deberíamos defender un trato equitativo para todos, de acuerdo a la ley y también por obligación moral, y que todos tengan abundantes oportunidades de lograr lo que esperan para ellos y sus familias. Debemos especial atención a los menos afortunados de nuestra sociedad y tenemos que darles voz a todos aquellos que de otro modo serían silenciados. Debemos oponernos a la intolerancia y el odio, y oponernos a la violencia, la represión y el abuso de poder.

También creo que la mejor manera de honrar esos ideales es que los periodistas adhieran a los principios profesionales tradicionales. La prensa no se hace ningún favor a sí misma ni a nuestra democracia si abandona sus históricos estándares fundamentales. Ya hemos pisoteado demasiadas normas del discurso cívico. Hoy, para poder exigirle al poder que rinda cuentas, tendremos que mantener estándares que demuestren que estamos practicando nuestro oficio de manera honorable, exhaustiva y justa, con una mente abierta y con reverencia por los hechos, por encima de nuestras propias opiniones. En resumen, deberíamos practicar un periodismo objetivo.

viernes, 26 de enero de 2018

Cuando todo es secreto, nada es secreto

Copio esta excelente nota de José Claudio Escribano en La Nación de hoy sobre The Post, la película de Steven Spielberg que se estrena el jueves 1 de febrero.

 

El día que la libertad de expresión pudo más que los secretos de estado
The Post: los oscuros secretos del Pentágono se estrena el próximo jueves en la Argentina. Como aficionado al cine, recomiendo verla. Alcanza para deleitarnos la actuación admirable de Meryl Streep en la personificación de Katharine Graham (1917-2001), la célebre propietaria editora de The Washington Post. El film ahínca en las tensiones internas que precedieron a la decisión del diario de publicar, en 1971, documentos secretos sobre el involucramiento de los Estados Unidos en Vietnam entre 1945 y 1967.

En todas las redacciones, ese extraordinario proceso político, diplomático y sobre todo militar del siglo XX ha pasado a la historia como "Los papeles del Pentágono". Algunas de sus más conmovedoras consecuencias hicieron blanco en las relaciones entre la prensa y el gobierno de los Estados Unidos. Derivaron incluso en la doctrina judicial invocada a menudo por tribunales de todo el mundo sobre la naturaleza estratégica del derecho a la libertad de prensa y el de la gente a estar informada. Se lo debemos a editores de la templanza de la señora Graham.

Los orígenes del asunto se remontaban a la decisión de Robert McNamara, secretario de Defensa del entonces presidente Lyndon Johnson, de encomendar a una treintena de académicos el acopio de las razones por las que los Estados Unidos se habían implicado en la antigua Indochina. Al hacer pie en Vietnam, los Estados Unidos lo habían hecho con la certeza de que a Francia le resultaba insostenible preservar el dominio de sus colonias en esa parte del mundo y conjurar el avance comunista en el sudeste asiático.

Los franceses estaban fuera de forma para contener desde fines de los cuarenta a las fuerzas de liberación nacional de Vietnam, en las que predominaban los comunistas de Ho Chi Minh. Poco a poco la intervención militar norteamericana se había acrecentado en términos tan inauditos que al promediar los sesenta ya nadie en Washington sabía bien si acentuar aún más la presencia desplegada en Vietnam o disponer cómo y cuándo salir de lo que se había convertido en un atolladero infernal.

El estudio de esclarecimiento ordenado por McNamara debía compendiar planes y asesoramientos a sucesivos presidentes norteamericanos -Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson- por la Junta de Comandantes en Jefe y atesorar informes de inteligencia e instrucciones presidenciales a lo largo de veintidós años. O sea, todo lo necesario para saber por qué demonios los Estados Unidos estaban donde estaban.

McNamara había sido como presidente de Ford una de las luminarias de la industria automovilística norteamericana y se sumía, como responsable de la Defensa, en indagaciones introspectivas sobre los errores estratégicos perceptibles en la conducción de la guerra. Se interrogaba si aquellos presidentes habían tenido suficientemente en claro lo que iba ocurriendo, según testimonió más tarde en sus memorias, o si habían actuado bajo la sedación narcótica de una política de pasmosos secretos militares.

Una generación marcada

Los franceses habían quedado fuera de juego después de la encerrona de l954, en Dien Bien Phu. Allí cayó, en combate convencional, su ejército expedicionario en Extremo Oriente. Vietnam, parte sustancial de la antigua Indochina, que también integraban Laos y Camboya, quedaría ceñido en adelante a tema del resorte de la política militar y diplomática de los Estados Unidos. Acompañarían a los norteamericanos en combate las modestas tropas de un puñado de países aliados. El giro marcó a una generación de norteamericanos: más de 55.000 soldados abatidos y muchos con heridas que los desfiguraron y dejaron sin brazos o sin piernas. Al terminar la guerra, las bajas vietnamitas sobrepasaban el millón de hombres.

La lucha se prolongó hasta abril de 1975. Las fuerzas norteamericanas se retiraron para no volver mientras los comunistas asumían el control total del territorio vietnamita. Todo sucedió en el escenario familiar de la Guerra Fría, instalado al fin de la Segunda Guerra, pero particularizado en un ámbito geográfico incomprensible para los norteamericanos, sobre el que lanzaron más bombas de las que habían disparado durante la conflagración mundial. Los actores locales de la tragedia eran, por un lado, Vietnam del Sur, con capital política en Saigón, gobernada por una casta de políticos corruptos sostenidos como "el mal menor" desde Washington, y por el otro, Vietnam del Norte. Desde su capital, Hanoi, se expandía el poder personal de un líder de implacable obstinación estalinista, Ho Chi Minh, héroe principal de la independencia vietnamita del coloniaje francés.

Ho Chi Minh contaba con el respaldo de la Unión Soviética y de China. A su lado brillaba el genio táctico en guerra de guerrillas y emboscadas del general Vo Nguyen Giap, jefe del ejército y leyenda viva desde Dien Bien Phu en los círculos intelectuales y políticos izquierdistas y anticolonialistas de Occidente. Sus laureles de guerrero perduran hasta hoy. En 1968, en el apogeo de la intervención en Vietnam, los Estados Unidos tenían comprometidos en el teatro de la guerra medio millón de soldados, muchos en la adversidad de junglas y manglares que el enemigo dominaba en laberintos infranqueables y túneles bajo la selva.

En los primeros meses de 1969, para la primera presidencia de Richard Nixon, estaba terminada la reconstrucción histórica encargada por McNamara. Se desplegaba en 47 volúmenes, con un total de 7000 páginas: 3000 de análisis histórico y 4000 de documentos. Se extrajeron del original varias copias. La que de verdad cuenta en el drama cinematográfico dirigido por Steven Spielberg -con Tom Hanks en el papel de Ben Bradlee como jefe de la redacción del Post- es la que se guardaba en los archivos de Rand Corporation, un think tank que había aportado especialistas y coordinado el trabajo.

Uno de esos expertos en cuestiones políticas y militares era Daniel Ellsberg, graduado en Economía en Harvard y Cambridge y ex militar. Entre sus rasgos académicos sobresalía el interés por la teoría de la decisión. Se le ha reconocido haber hecho contribuciones de valor sobre cómo influyen las condiciones de incertidumbre, desinformación y ambigüedad a la hora de las definiciones. Tales condicionamientos abundaban, justamente, en los papeles del Pentágono que Ellsberg tomó de forma subrepticia utilizando claves que le habían confiado, y copió, tomo por tomo, por meses, en la Xerox instalada en las oficinas de una pequeña agencia de publicidad. Copió con la ayuda de Anthony Russo, un ex empleado de Rand Corporation. Logró estremecer a Washington sin impedir que la guerra prosiguiera cuatro años más.

Herbert Simon, doctor en Economía por la Universidad de Chicago y luego profesor de Carnegie Mellon University en Administración y Psicología y en Ciencias de la Computación y Psicología, obtuvo en 1978 el Premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre procesos decisorios, por los que Ellsberg sentía devoción. El finado Simon fue doctor honoris causa por la Universidad de Buenos Aires. Tan interesado como Ellsberg en los fenómenos políticos y económicos, Simon escribió en sus memorias que "para entender la política tenemos que entender cómo es que las cuestiones reciben la atención de la gente y se convierten en parte de la agenda activa.". Otro premio Nobel de Economía, Richard Thaler, distinguido en 2017, también pertenece, de acuerdo con la opinión de Juan Carlos de Pablo, a esa corriente de pensamiento a la que Ellsberg había dedicado años de análisis.

Las críticas contra la guerra

Si Ellsberg era un lunático, como suponían quienes lo maldijeron por la filtración de secretos de Estado, era, bueno, un lunático ilustrado. Se había especializado como Simon en la psicología de los procesos humanos en la resolución de arduos problemas. En la Argentina, De Pablo es uno de los economistas de relieve que más atención han puesto, junto con Martín Tetaz, en entender el impacto de la racionalidad y las emociones humanas en el comportamiento económico. El profesor Simon, por su parte, escribió en su autobiografía que al concentrarse en el proceso simbólico mediante el cual la gente piensa, él se convirtió rápidamente en un psicólogo conductista y en un científico de la computación.

En ese mundo de las ideas había madurado el pensamiento del académico de Rand Corporation que, al apoderarse de los papeles del Pentágono y enardecer con su divulgación las críticas contra la guerra, dejaría un sello en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Hasta por una de sus derivaciones centrales, el asunto bien merecía la película de Spielberg.

Había otros elementos más de significación en la compleja contextura temperamental de Ellsberg y, por igual, de su asociado, Tony Russo: se caracterizaban por una discreta sensibilidad respecto de los movimientos protestatarios de la época, tan en boga a fines de los sesenta. Esa identidad psicológica y política no llamó la atención cuando los contrató una empresa acostumbrada como la Rand a manejar secretos que el Estado le participaba para su asesoramiento. Se suponía que siempre lo haría con no menos profesionalismo con el que fríen papas en un restaurante de categoría.

Tanto a Ellsberg como a Russo los aunaba el juramento vindicativo de que varios presidentes, y en particular Johnson, habían mentido sistemáticamente a la opinión pública y al Congreso de los Estados Unidos sobre temas de la mayor trascendencia institucional y debían pagar por ello. Algo tan capital como los bombardeos por saturación sobre zonas rurales de Camboya y Laos, en cuyos límites con Vietnam se desplazaba el enemigo, se había realizado como misiones encubiertas, en medio de la tergiversación general de las informaciones.

Se propusieron así propulsar una denuncia pública que revelara la trama oculta de la guerra y terminara de tal modo la situación engrosada en serie por varias presidencias de los Estados Unidos. El film de Spielberg narra cómo el primer diario al que Ellsberg interesó en las revelaciones fue The New York Times. Contactó a un conocido, el reportero Neil Sheegan.

El libreto de la película pasa por alto, sin embargo, que eso ocurrió después de que Ellsberg hubiera pretendido complicar en la divulgación de los papeles del Pentágono a dos senadores del Partido Demócrata, ambos con credenciales de incuestionable militancia liberal: William J. Fulbright, presidente de la influyente Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, y George McGovern, el candidato presidencial de oposición a quien Nixon aplastaría en las elecciones de 1972. Los dos se excusaron. Evaluaron seguramente la naturaleza del destape y los riesgos políticos y legales del caso. Se sabe que McGovern sugirió a Ellsberg golpear las puertas del Times.

Las licencias de una obra cinematográfica de indudable jerarquía no empalidecen por el señalamiento de que el desempeño de mayor valor periodístico en la cuestión correspondió en un sentido al Times, no al Post. Fue el que dio la primicia, nada menos. ¿Pero cómo enrostrar a Spielberg y los guionistas haberse cautivado con el comportamiento ejemplar de Graham y Bradlee, cuyos nombres agigantó todavía más en la consideración mundial la revelación ulterior del affaire Watergate?

De hecho, fue el Times el que se adjudicó el Pulitzer por la publicación de los papeles del Pentágono. Un equipo de redactores y abogados los examinaron durante tres meses enclaustrados en una suite del Hilton de Nueva York. Eso en el periodismo de clase se llama trabajar a conciencia. Solo al final de la sesuda tarea el Times autorizó a la redacción a que ordeñara en sucesivas ediciones el material recibido. La serie comenzó a editarse en junio de 1971 con la consigna de que ninguna palabra arriesgara vidas u operaciones militares en curso. Ellsberg facilitó ese objetivo, pues retuvo tres o cuatro volúmenes entre los que se mencionaban negociaciones secretas sobre intercambio de prisioneros.

El presidente Nixon contraatacó. Ordenó al fiscal general, John Mitchell, que persiguiera judicialmente al Times por violación de la ley sobre secretos de Estado y seguridad nacional. Un tribunal federal ordenó al Times el cese de las publicaciones; otro tribunal había opinado en contrario. El Times apeló a la Corte Suprema de Justicia mientras los papeles del Pentágono llegaban a The Washington Post y otros diecisiete diarios.

A partir de esa encrucijada empieza a desarrollarse la trama del film. ¿Qué hacer cuando una empresa periodística que se ha abierto a la cotización bursátil se halla presionada por abogados y accionistas y por funcionarios de primer rango gubernamental para callar? ¿Qué hacer cuando la persecución puede ser hasta de cárcel para los editores? ¿Y qué hacer cuando uno se halla al mismo tiempo ante un cruce de la historia, con la oportunidad de coronar servicios periodísticos de excepcional honra, que expandirán su prestigio en la sociedad y el mundo? El Times ya había hecho su apuesta en la dirección con la que se compromete a diario bajo el águila icónica, tan vieja como la Constitución, tan determinante como símbolo de autoridad y supremacía en los sueños norteamericanos: "Todas las noticias que sean dignas de imprimirse".

La señora Graham adoptó al fin la decisión de publicar lo que en esos días estaba prohibido por un tribunal al Times. La siguieron otros diarios. En días, la Corte Suprema declaró, por seis votos contra tres, en "The New York Times Company vs. United States", que es lícita la publicación de documentos oficiales referentes a la política militar desarrollada con motivo de una guerra a menos que se acredite que el medio de prensa ha incurrido en un acto de espionaje para obtener la información.

"Cuando todo es secreto, nada es secreto", escribió, iluminado, uno de los jueces de la mayoría. Fue una revalidación notable de la primera enmienda de la Constitución de 1787 y de su configuración para asegurar la libertad de prensa y cerrar puertas a la censura previa.

Esa doctrina inspiró más de una decisión judicial en la Argentina. En 200l, la Sala II de la Cámara Criminal y Correccional Federal falló que no correspondía responsabilizar al periodista que había difundido una información fiscal reservada en un caso de interés institucional. Los jueces hicieron saber que preservaban el derecho a la libertad de informar aunque la filtración de la noticia hubiera sido hecha por un funcionario responsable de preservar el secreto.

Ellsberg y Russo afrontaron imputaciones por robo de documentos, conspiración y espionaje, entre otros delitos. Ellsberg pudo haber sido condenado hasta con 115 años de prisión. Pero la Justicia los sobreseyó como consecuencia de que el gobierno de Nixon y la Fiscalía General habían cometido contra ellos delitos de prevaricación, supresión de pruebas, ocultamiento de testigos y obstruido, en suma, el debido proceso.

En 2011, Ellsberg fue detenido por protestar en la calle contra la detención del soldado Bradley Manning, o la ex soldado Chelsea Manning, por decirlo en términos ajustados al último curriculum vitae. Manning, a quien por piedad el presidente Obama salvó al final de la cárcel, había posibilitado la difusión de una infinidad de documentos sobre Afganistán que conocía como analista del ejército. En un artículo de 2013, en The Guardian, y acorde con preocupaciones inveteradas, Ellsberg otorgó apoyo público a Edward Snowden, que está refugiado desde hace años en Rusia. Como analista de sistemas de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, Snowden había divulgado por la red global documentos de Estado de máxima confidencialidad.

Documentos clasificados

Se ha escrito lo suficiente sobre la diferencia entre un leaker, es decir, un soplón como Ellsberg según la definición vulgar, y un hacker, o experto en quebrantar sistemas de seguridad informática, como Snowden. O como los amigos del creador de WikiLealks, Julian Assange, que acaba de asumir la nacionalidad ecuatoriana. Este australiano por nacimiento debe conocer como pocos a sus nuevos conciudadanos, pues lleva años de encierro asilado en la embajada de Ecuador en Londres. Gran Bretaña y los Estados Unidos lo acorralan por sacar a luz unos 250.000 documentos clasificados sobre la guerra de Irak y Afganistán.

En más de cuarenta años de violaciones de secretos de Estado no caben dudas de que por alguna concertación especial de los astros han sido gobiernos norteamericanos los que han pagado en general las cuentas por ese tipo de fenómenos. Los rusos han sido más afortunados: todavía estamos esperando que alguien nos cuente las directivas que recibía del Kremlin el Ejército Rojo invasor que terminó huyendo de Afganistán en 1988. En cuanto a los comunistas, siempre hemos sabido que apoyan con firmeza la publicidad de los actos de gobierno en los países que no son comunistas.

A quienquiera encuentre motivos para estudiar conductas como la de Ellsberg lo fascinará la leyenda de una votación realizada entre estudiantes universitarios de Estados Unidos. Preguntaron a los muchachos por Ellsberg: como ciudadano e intelectual y como empleado de Rand Corporation. ¿Lo aplauden? La mayoría votó por sí. ¿Lo contratarían? La mayoría votó por no. Es eso lo que muestran las buenas gentes cuando bajan la guardia y revelan lo que se esconde de libertario y conservador en la contradictoria naturaleza humana. Oh, sí, un buen vertedero de temas para clases sobre procesos decisorios y dirección de grandes organizaciones como las que impartía Ellsberg.

En 2011, el gobierno de los Estados Unidos publicó de modo oficial los papeles del Pentágono. Con 86 años, Daniel Ellsberg vive en California junto con su segunda mujer. Sigue convencido de que hizo lo mejor por su país.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Cómo Bezos convierte al WaPo en una empresa tecnológica

Apareció en The Drum el 8 de noviembre.

Aquí va entero:

 
How Jeff Bezos built a tech business within the Washington Post 
In 2016 the Washington Post entered a new era of growth and profitability, an impressive feat against a backdrop of falling print revenues, rising competition and the challenges associated with operating in a digital ecosystem.

By Jessica Goodfellow

Where other publishers have been introducing disinvestment strategies for their print operations, the Washington Post has hired “hundreds” of journalists to maintain the quality of its newspaper.

It has built its own adtech company which includes over a dozen products such as custom ad units and its own “turbo” ad server. The Post also builds software that it sells to other publishers through its software-as-a-service business (SAAS), Arc Publishing, and has employed new technologies including artificial intelligence (AI) to expand its newsroom and advertising capabilities.

In short, over the past four years the Post has become both a technology business and a journalism institution, a mix it believes is essential to succeed in media in the future. Its silver bullet? Jeff Bezos.  
Before the ink had even dried on the $250m cheque Bezos handed to former owner Don Graham to purchase the Post in August 2013, traffic at the paper’s site had spiked. The Post had 27 million unique views in the US and under 10 million uniques internationally at the time of purchase. Those views had doubled less than two years after purchase. Notably, points out chief revenue officer Jed Hartman, this spike happened before Donald Trump had even announced his entrance into the world of politics.
“Jeff Bezos has been far more influential to our growth than Donald Trump,” Hartman tells The Drum, when asked if the publisher has experienced a ‘Trump bump’. However, he does add that the president is “fascinating” and has made politics “pop-culture”, with a higher proportion of both US and international audiences consuming political news as a result.

“I do feel that has put more of a light on the Washington Post,” Hartman says. “We get more individuals that sample the Post because of the increased palace intrigue – whether it is through social or search – but then they realise there is another world of the Post and they stay and become more of an engaged user.”

Don’t walk away from your legacy

Crucial to the Post’s ability to increase its readership in a newspaper landscape plagued in declines has been its continued investment in its journalists, both in print and digital. In fact, where many publishers have been ushering journalists out the door, the Post has been welcoming hundreds of them in. It means the newspaper covers Washington better than any local paper covers its community, Hartman claims. At the same time, it is outpacing the industry when it comes to print ad sales. For Hartman the reason is obvious, if you disinvest in your journalism, the core product worsens, and the appeal wanes for advertisers.

“One thing that has hurt the print industry is yes there is a viable alternative: digital. But that meant people divested investing in print so it has gotten worse. And they start curating rather than creating. That is not very good for your brand. Ours has not gotten worse; it has gotten better,” Hartman says.
He’s also critical of a growing trend of publishers ‘pivoting’ to new content forms and walking away from their legacy business, believing the pendulum swings all over the place in the industry and swinging too hard in one direction is “not a good idea”. Instead, the Post sees video, audio, VR and the like as an “and” not an “or”, a companion to the written word rather than a replacement.

“The written world is remarkably powerful, it has won many Pulitzers and it is not going away. So it is vital that we do both; that is more of a focus than leaving one towards the other,” Hartman adds.

It might still be investing in its print product, but Hartman admits circulation is on an inevitable decline: “We are very comfortable with the pace we are on; we understand it is the reality.”

Which is why Hartman was hired from magazine giant Time Inc in 2014 to turn the Post’s “modest” digital ad business into one that is now well into the nine-figures. Hartman reveals the Post has “more than doubled” its digital advertising sales, significantly contributing to its growth and profitability, and sees this trend continuing.

Building rather than outsourcing

It’s also why Bezos has been spearheading a technological revolution at the publisher that has seen it become a tech vendor as well as a publisher.

“Our owner Jeff Bezos certainly believes that if something is core to you, you build it,” Hartman says. “Google wouldn't outsource their search business.”

It started out as a simple solution to there being no “great” products for publishers on the market.

“There are a bunch of solutions that are the least common denominator solutions that are good for everybody but great for nobody. They haven’t been invested by the companies that own them as much because publishing is a challenging industry – why deeply invest in a product for them? So we made our own,” Hartman adds.

For Bezos it's also about creating a “frictionless customer experience”, which has been crucial to Amazon’s growth. For example, when ad blockers first started gaining momentum, rather than seeing a doomsday scenario the Post looked internally to see what it was doing to drive the demand, and instead created products that reduce ad load time and make the browsing experience faster.

“All of that comes out of Jeff’s involvement with the Washington Post,” Hartman reveals.  
So far it has built over a dozen products including a custom CMS that incorporates viral predictors and headline testers that it has licensed to Tronc (formerly Tribune Publishing), a patented “turbo” ad server, Zeus, that can compete with the speed of blazing browsers like Google’s AMP and PWA, plus first-of-their-kind ad units that focus on user experience and speed.
These products are built by the company’s internal adtech ‘company’, Red (research, experimentation and development in advertising), which was formed by Hartman shortly after he joined to bridge the engineering gap between editorial and advertising. Red is headed up by Jarrod Dicker, VP of innovation and commercial products at the Post. Dicker’s charge upon joining the company in July 2015 was “not to fix broken things, like IT will do at a company, but build the future”. 
“I think we have found our sweet spot in everything we do which is the combination of technology or engineering and great content,” Hartman says. “That is our unique position.” 
“There are many companies that do incredible engineering and technology; our owner’s other company Amazon, Google and Facebook. Then there are some wonderful journalism companies; the New York Times, CNN. We are stronger at journalism than these technology companies, and we are stronger at technology that journalism companies,” he adds. 
For Hartman, this hybrid model is the blueprint for the media business of the future and explains why traditional tech/telecom businesses are snapping up publishers, such as Verizon’s purchase of AOL and Yahoo (now Oath) and AT&T’s bid for Time Warner, and why Facebook and Google have been working with publishers to create products with more favourable terms.
The impartiality question

While Bezos may have set up a sustainable media business in a troubling time for news, his purchase of the paper did not come without its critics. Free speech advocates – and indeed the president who calls the paper the ‘Amazon Washington Post’ – have questioned how involved Bezos is in the Post’s editorial output, and whether this affects its ability to hold Silicon Valley giants such as Amazon to account.

Hartman believes Bezos’ involvement is “completely appropriate”, and is focused on the tech founder’s expertise in product development and customer experience, rather than editorial. The senior management team have a call with Bezos every two weeks, and refer to him internally as ‘chief inspiration officer’.

In fact, Bezos’ reasoning for buying the Post was fuelled by his belief that having a powerful, independent, journalistic operation that holds the powerful accountable is a vital part of democracy worldwide. Does this include holding himself, and Amazon, to account?

“100%” says Hartman, “It doesn't mean we don’t have relationships with Amazon but we are very separate.” The Post uses Amazon products, including Alexa and its affiliate marketing program Amazon Associates. But editor Marty Baron confirmed last month that Bezos “doesn’t get involved” in coverage “at all”, including negative stories about Amazon.
 

Douglas McCabe, chief executive and director of publishing and tech at Enders Analysis, believes Bezos has done a good job of evading the potential downsides of a tech entrepreneur buying an impartial news organisation. 
“The downsides could have included: interference; technology innovation at the expense of investment in journalism; an Amazon strategy shoehorned into the publishing business; too much distance, that is, money without intelligence,” McCabe says.

“None of these outcomes have emerged because Bezos has evidently not interfered with the Post’s content at all. He has applied a strategic framework and some tactical elements to generate a means of investing more in journalism in the short and medium term.”

Not the guardian of Amazon, after all.