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martes, 20 de agosto de 2024

Escribano con Pagni

Anoche estuvo José Claudio Escribano con Carlos Pagni en su programa LN+, Odisea Argentina (LN+ es el canal de televisión del diario La Nación de Buenos Aires). Creo que vale la pena dejarlo aquí.

jueves, 26 de marzo de 2020

Bartolomé Mitre (1940-2020)


A punto de cumplir 80 años murió ayer en Buenos Aires don Bartolomé Mitre, director de La Nación desde 1982. Les paso la nota de Claudio Escribano, con varias historias que involucran a Mitre y hasta la clave de una de ellas. Con pena por la muerte de una de las personas más amables y alegres que conocí en la industria.

Bartolomé Luis Mitre (1940-2020): una historia de coherencia y firmeza en el ideario de LA NACION

Con la muerte del doctor Bartolomé Luis Mitre, ocurrida hoy en Buenos Aires como desenlace de una salud quebrantada durante largos años, se cierra para LA NACION el ciclo de más de un siglo y medio en que cinco generaciones de hombres de una misma familia estamparon el apellido Mitre en la dirección del diario.

Su desaparición se ha producido en circunstancias de orden general tan excepcionales que se diría que también para la humanidad se clausura una era. Las decisiones que las gentes y los gobiernos tomen en las próximas semanas, ha escrito Yuval Noak Harari, uno de los observadores más agudos de nuestro tiempo, probablemente modelen el planeta en los próximos años y resuelvan en qué clase de mundo viviremos cuando la tormenta de esta pandemia pase. Muchas de las medidas de corto plazo, dice el notable escritor israelí, se convertirán en parte de nuestra vida, pues es de la naturaleza de las grandes emergencias acelerar los procesos históricos.

El primer director de este diario, que precisamente resume la historia de 150 años del país y del mundo, fue su fundador, después de haber sido el primer presidente del país unificado constitucionalmente y quien inauguró los estudios históricos documentados con la Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina, de 1857. Luego siguieron su hijo mayor, Bartolomé Mitre y Vedia, y sucesivamente, Emilio Mitre, Jorge A. Mitre, Luis Mitre y Bartolomé Mitre, padre del director de igual nombre que quien acaba de morir. Todos cumplieron con la responsabilidad de conducir el diario según el ideario trazado en el número inicial, del 4 de enero de 1870.

Si en algo han coincidido en tantos años simpatizantes y disidentes de la línea periodística de LA NACION ha sido sobre la coherencia con la cual ha preservado la fidelidad a una definida orientación. En breves interregnos de fines del siglo XIX, al fundador lo reemplazaron colaboradores de la máxima confianza, José Ojeda, Julio Piquet.

Como en el caso de sus predecesores, el nombre de director que falleció hoy ha quedado asociado, más allá de su participación directa en tal o cual realización, a una etapa de gigantesca transformación del diario. Ya lo decían mis maestros: en lo instrumental, lo único permanente en un diario es el cambio. El general Mitre lo había creado con vistas a continuar, una vez finalizado su mandato presidencial, los debates, y hasta las luchas encarnizadas, en que se había involucrado desde la temprana juventud en oposición radical al pionero "vayamos por todo", de Juan Manuel de Rosas.

Permanecieron los principios y se afianzaron, como notas dominantes de la arquitectura periodística de LA NACION, la voluntad de difundir la cultura y la educación pública. El otro impulso definitorio de su identidad ha sido el de acompañar al campo como artífice del desarrollo del país. Y acertó, a juzgar por los incomparables índices de productividad a que el campo ha llegado en su evolución según se aprecia descarnadamente en los días que corren, con un país sin otras divisas sustanciales que las de la producción agropecuaria y con la alimentación asegurada por un campo que no para ni en la adversidad de la pandemia.

Todos los trabajos periodísticos de LA NACION, desde las operaciones gráficas y comerciales a las de las plataformas digitales e incluso televisivas que constituyen hoy la constelación por la cual LA NACION se viabiliza más que nunca como empresa periodística, se han ajustado invariablemente a una consigna: invertir en lo fundamental en el país a fin de asegurar la actualización incesante y el rigor profesional del oficio que demandan las audiencias más exigentes. Así fue en los siglos XIX y XX; así es en el siglo XXI.

Las primeras ediciones se imprimían en una máquina plana, último eslabón de tareas realizadas en el taller gráfico de San Martín 336, primero, y San Martín 344 a renglón seguido, con una tipografía de cuerpos móviles. Se hacía lo que hoy resulta inverosímil: un diario compuesto letra por letra, como por igual se configuraban las más modernas pizarras de noticias de nuestras vidrieras sobre la calle Florida y en las ciudades del interior donde hubiera una agencia de LA NACION. Esas modestísimas pizarras no eran en su tiempo menos serviciales de lo que han sido a su modo, en el siglo que corre, los tuits de concisión e impacto apropiado a los ecos inconmensurables de la era digital.

En la mesa familiar del hogar cuyos balcones se abrían a la Plaza San Martín, a metros de Florida, el doctor Bartolomé Luis Mitre pudo compenetrarse día a día de las vicisitudes del diario que su padre dirigía en nombre propio y subrogado en el de su hermana, María Elena Mitre de Noble, y en el de otras ramas de la prolífica descendencia de quien había gobernado el país entre 1862 y 1868. Se había acostumbrado desde chico al trato de personalidades de la vida política, cultural y social que frecuentaban al progenitor, hombre más bien retraído fuera de la intimidad familiar y del círculo de amigos. A esas relaciones Bartolomé Luis agregaría las propias de su generación y las de una naturaleza sociable que propendía a asumir con beneplácito todo lo que determinara desenvolverse en los diversos espacios de la escena pública, aquí y en el exterior.

Una vez recibido de abogado por la Universidad de Buenos Aires, se incorporó en 1966 a LA NACION. Lo hizo como adscripto a la Administración, que entonces se hallaba a cargo del doctor Enrique Drago Mitre, bisnieto él, tanto por padre como por madre, del general Mitre. Veinte años antes, LA NACION se había visto en la necesidad de encarar una reestructuración interna a fin de adaptarse a las serias dificultades que se oponían al periodismo independiente desde el estallido de la revolución de 1943. Esa revolución había puesto en prisión a Luis Mitre, su abuelo. Veinte años después, en 1968, LA NACION dispuso ajustar su gerenciamiento como empresa a las nuevas pautas dominantes en el mundo laboral. Hasta ese año, se desempeñaron en ella gentes cuya edad excedía con largueza la edad de jubilación ordinaria.

En el primer gobierno del general Juan Perón se persiguió sin tregua al periodismo independiente, llegándose al paroxismo, en 1950, de clausurarse más de 100 diarios en una sola jornada. Fue así por decisión formal de la comisión bicameral que presidía el diputado José Visca. En 1951, el gobierno fue más allá: confiscó a nuestro gran colega, La Prensa, de propiedad de la familia Paz. Los medios que subsistían con renuencia a rendirse a la pleitesía demandada por el régimen peronista quedaron prisioneros de una política restrictiva de la distribución oficial de papel para diarios. Era el arma que el gobierno utilizaba a su antojo desde que había concentrado en sus manos, a través del Institución Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), la totalidad del comercio exterior del país.

Tal antecedente aleccionó a las empresas periodísticas de que en algún momento deberían abastecerse de papel producido en el país. Urgía que hubiera una planta nacional capaz de producirlo en cantidad y calidad suficientes. Lo aconsejaba también el criterio de neutralizar los albures del tráfico marítimo internacional, que los viejos diarios habían padecido durante dos guerras mundiales. Aquélla política de mano dura comercial y de resuelta intencionalidad política había provocado que entre 1951 y 1955 las ediciones diarias de LA NACION se limitaran a seis páginas por ejemplar, de lunes a sábado, y a diez, los domingos. A estas últimas ediciones se añadían cuatro páginas que se reservaban penosamente a fin de evitar la discontinuidad del Suplemento Literario, apéndice tan célebre y prestigioso entre el periodismo internacional de la época como el propio diario en su conjunto.

En 1966, cuando el doctor Mitre se incorporó efectivamente a LA NACION había con el poder de turno situaciones enojosas que nunca se zanjarían. La visión crítica, tanto de LA NACION como de La Prensa, respecto de significativos aspectos del gobierno militar del general Juan Carlos Onganía, tan adulado por influyentes sindicalistas como por algunos intelectuales que luego adosarían sus simpatías a la criminal insurgencia terrorista de los setenta, tuvo curiosa respuesta gubernamental. Onganía y sus ministros desairaron a los dos principales diarios de trayectoria histórica desconociendo por completo la celebración de los respectivos centenarios: en 1969, el de La Prensa; en 1970, el nuestro.

Cuando LA NACION inauguró a comienzos de 1969 sus nuevas rotativas en los tres subsuelos del edificio de Bouchard, el doctor Mitre se desempeñaba como gerente de Ventas. Después de ejercer por un breve período la sub administración del diario, fue designado administrador en 1974; y, al cabo de dos años, subdirector, con retención del cargo anterior. En esa doble condición intervino en las gestiones de adquisición por LA NACION, Clarín y La Razón de acciones de Papel Prensa SA, cuyo directorio presidió en diversos períodos.

Miembro del Directorio de SA LA NACION desde 1980, el doctor Mitre asumió la dirección periodística del diario, y la vicepresidencia de la sociedad que lo edita, a la muerte de su padre, en agosto de 1982. Hasta los últimos días celebró, como una de sus más acertadas decisiones, la de haber impulsado a LA NACION a aceptar la propuesta hecha por miembros de la familia de David Graiver, cuando este desapareció en un accidente de aviación en 1976, de que LA NACION comprara parte del accionariado de esa empresa.

Más de treinta años después de concretadas aquellas negociaciones debió afrontar una denuncia interpuesta en 2009 por Lidia Papaleo y Rafael Iannover, en coincidencia con manifestaciones del entonces secretario de Comercio, Guillermo Moreno, de que Papel Prensa debería quedar por entero en manos del Estado. Por aquella denuncia se sostuvo que las acciones de la empresa habían sido adquiridas por accionistas de los diarios como consecuencia de apremios constitutivos de delitos de lesa humanidad a los que habrían sido sometidos por elementos del régimen militar algunos de sus anteriores propietarios.

Olvidaron decir que los Graiver habían ofrecido en 1976 en venta no sólo su participación en Papel Prensa, sino también la propiedad de otras empresas del grupo, como el Banco Comercial de La Plata y el Banco de Hurlingham. El grupo había actuado de tal modo antes de que en 1977 los militares se notificaran del papel de David Graiver como banquero de Montoneros, pero después de que recibieran amenazas terroristas contra sus vidas, según lo reconocieron en 1986 ante la Cámara Federal. Montoneros había urgido al clan Graiver a devolver los 17 millones de dólares, parte del producto obtenido por el secuestro de los hermanos Born, que habían entregado a David Graiver para que los lavara y pusiera a trabajar en su oscuro circuito financiero.

Los denunciantes perdieron el reclamo judicial en primera y segunda instancia; también perdieron ante la Corte Suprema de Justicia de la Nación, a la que recurrieron en queja. No consiguieron probar sus extemporáneas manifestaciones después de treinta años de los hechos denunciados, pero ocasionaron un perjuicio moral gravísimo, en la imputación de delitos falsos, a personas como Mitre, Ernestina Noble y Héctor Magnetto, entre otros. El aparato de propaganda gubernamental del kirchnerismo utilizó aquella denuncia judicialmente desestimada hasta el máximo de los delirios.

LA NACION estaba prevenida para situaciones en extremo descalificatorias por parte de aquel oficialismo. Lo infería desde la inusitada violencia de una solicitada de 2002 del entonces gobernador de Santa Cruz contra el director de LA NACION . En esa solicitada, que el diario publicó en su integridad, Kirchner se desmandaba en ira a raíz de la crítica editorial que el diario le había hecho por no haber acatado dos resoluciones de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, instándolo a reponer al procurador general de su provincia, removido arbitrariamente del cargo.

A principios de 1980, el doctor Mitre comenzó a frecuentar las reuniones de la Sociedad Interamericana de Prensa. Viajó durante casi cuarenta años por todas las ciudades del continente americano que se ofrecían como ámbito para las discusiones anuales sobre la situación regional de la libertad de prensa. La SIP le confió varias veces, entre otras, la función de vocero sobre la evolución de la prensa en la Argentina.

Como reflejo del interés con el que el doctor Mitre se acercó a esos temas, vieron la luz, con su nombre, dos libros gestados en conversaciones con colaboradores inmediatos, como Luis Jorge Zanotti: "Sin libertad de prensa no hay libertad" y "El derecho de réplica".

En 1912, en el primero de los dos periodos bajo la dirección de su abuelo, Luis Mitre, LA NACION había celebrado la experiencia inaugural de la ley Sáenz Peña, de lista incompleta y voto obligatorio, universal y secreto, que facilitaría a Hipólito Yrigoyen el acceso a la Presidencia, cuatro años después. Al nieto de Luis Mitre le correspondería asumir en 1982 la conducción del diario en días de desconcierto y desaliento, entre la crisis política, económica y moral que había sobrevenido como derivación de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas, que vino a sumarse, en siniestro colofón, a la herencia dejada por el terrorismo de Estado con el que se persiguió a las bandas subversivas. Fue un tiempo de superposición de violencias y de un fenómeno de extraordinaria gravedad histórica, única en más de doscientos años desde la emancipación nacional.

Años de plomo que habían comenzado a tomar forma en los años sesenta, dentro del molde regional perfilado desde La Habana, insuflado por lecturas gramscianas y contribuciones trotskistas a la violencia, pero potenciado todo en lo esencial por la apelación a los recursos operables en manos de los grandes actores en el contexto mundial de la guerra fría.

Historia nada lejana, en verdad: desde el telón de acero que Stalin hizo bajar después de la guerra mundial sobre la mitad de Europa a la caída del muro de Berlín en 1989 y la implosión del imperio soviético en 1990. Años en que LA NACION mantuvo invariablemente la mira tanto en la reconstitución plena de las instituciones representativas como del sistema de partidos políticos, cuyos dirigentes encontraron aquí los resquicios posibles, en cada período de hierro de la época, para la difusión de sus ideas y propuestas.

Al fin llegó la apertura democrática que por fortuna perdura, tras vicisitudes azarosas, en medio de rencores de índole varia, que desalinearon incluso las filas militares y se tradujeron en enfrentamientos, solapados unas veces, y hasta violentamente trágicos, en otras más, como lo fue, en 1977, la desaparición de autoría nunca resuelta pero imaginable del entonces embajador argentino en Venezuela, Héctor Hidalgo Solá.

Y tras la apertura, la restauración democrática de 1983, con la que se clausuró el prolongado período de prohibición de las actividades de los partidos políticos, de los gremios y de las cámaras empresarias, dispuesta en mayo de 1976, después que LA NACION revelara que ya había más de 800 detenidos con paradero desconocido. Años en que la prensa republicana informó a menudo entre los intersticios y entrelíneas que aprovechaba para el cumplimiento de su misión tan perturbada desde el poder. Años de dictadura militar, sí, pero engendrada en medio de la atmósfera de enajenación colectiva que el escritor y diplomático Abel Posse describió de esta manera: "A principios de los años setenta en Argentina, una sombra de muerte anunciaba una década realmente infame. La década infame de un niño perdido a contra historia. Un retardado que descubre un arma cargada".

Como en otros asuntos, el periodismo elabora los primeros borradores de lo que ha sucedido o sucede. La versión final sobre esos años correrá por cuenta de la Historia -la misma que interpela a gentes y gobierno en la actual encrucijada de la salud humana- en "ese misterioso taller de Dios", del que hablaba Goethe, y con el que se conmovió Stefan Zweig.

Mientras se clausuraba aquel tiempo argentino de crímenes, desaliento y congojas, los grandes periódicos del mundo dejaban atrás la vieja composición en plomo de sus páginas y se alistaban para la era del offset, el sistema de fotocomposición en frío. LA NACION se aventuró en esas nuevas experiencias entre el pelotón de avanzada y organizó a su turno el ingreso paulatino y ordenado desde la prensa gráfica de la era de Gutenberg a la del periodismo digitalizado de la contemporaneidad.

Fue a mediados de los ochenta, por decisión del doctor Mitre, que LA NACION instaló en su Redacción, al principio sin objetivo práctico en apariencia, una computadora francesa de escritorio, de marca Cerci. Esta cumplió, sin embargo, la función vital de que el elenco de periodistas del diario se familiarizara, de manera espontánea, con sus mecanismos y secretos. Se superó con creces y prontitud la desconfianza natural de nuestros periodistas ante lo desconocido. Esa computadora, "que no mordía", contra lo que se rumoreaba entre bromas en la Redacción, fue mucho más que un sucedáneo moderno de la máquina de escribir en cuyas versiones de Olivetti, y en las más viejas aún, las renegridas Underwood, habían batido teclas, día tras día, varias generaciones de periodistas del diario. Rubén Darío, entre ellos.

Las primeras computadoras Cerci ordenadas por el doctor Mitre costaron 17.500 dólares de mediados de los ochenta. Nadie objetó nada, como se comprenderá, al gerente de Sistemas de la época cuando hizo saber a las autoridades de la Redacción que resultaba inimaginable que en algún momento hubiera presupuesto suficiente para adquirir más de una computadora por cada cinco redactores. Deberían, pues, turnarse en su utilización. Así fue al comienzo, que duró un soplo. Lo barrió la vertiginosidad de una evolución tecnológica y de adecuación de costos que han transformado esta industria cultural con la fuerza de un huracán en los últimos treinta años. Pronto la Redacción estaría tan poblada de computadoras como de periodistas.

El traslado total de LA NACION hasta el solar de Bouchard, tanto desde su asiento más que centenario en San Martín 344 como desde el más moderno en la misma manzana porteña, pero sobre Florida, se completó el 16 de diciembre de 1979. La operación se realizó sin que la edición del día sufriera tropiezos. Con la reconstrucción institucional de 1983, el periodismo había recuperado la arena propicia para su funcionamiento. En esas condiciones, a la par que se consolidaba el paulatino aggiornamiento técnico y tecnológico de LA NACION, se afirmó, con un caudal creciente de páginas, la calidad del diario. Decía El País de Madrid, en junio de 1988, a raíz de una entrevista con nuestro director: "Las secciones de política, economía y cultura de LA NACION son las más buscadas por los argentinos tras la larga noche de la dictadura".

En 1983, Mitre autorizó la contratación de Rolf Rehe, profesor de Diseño y Tipografía de la Universidad de Indianápolis, Indiana. Rehe, un alemán de carácter reservado, conocido en el mundo periodístico por su versación especializada en cuestiones tipográficas, asumió el encargo de realizar el primer diseño completo de la era moderna del diario bajo la tutela de quienes ejercían el mando periodístico y velaban por la sustancia del oficio. Los rediseños gráficos suelen avanzar en círculos, hasta encontrarse a veces con elementos existentes en algún punto de partida. Como hubo tres rediseños de Rehe, y sobre ellos otros más con el paso del tiempo, no es raro que de tanto en tanto reaparezca un detalle en apariencia novedoso en la modelación de la forma en que el diario se presenta a los lectores, y que alguien, conocedor de los secretos del diario, diga con la flema del caso: "Eso ya lo había hecho el viejo Rehe".

Por influencia de los medios audiovisuales, la prensa escrita redoblaba en los años ochenta el esfuerzo por lograr que sus ejemplares constituyeran, al margen de las exigencias inexcusables de contar con textos confiables e interesantes, ejemplares estéticamente valiosos, atractivos. Se trataba de que el diseño actuara como eficaz hoja de ruta por las páginas del diario y que esa guía sirviera al creciente número de lectores cada vez más apremiados, y en lucha con la inelasticidad de las 24 horas del día, por lograr una aplicación eficaz del tiempo dedicado a la lectura.

LA NACION también incorporó el color a sus páginas en los años de la dirección del doctor Mitre. Las técnicas de impresión habían evolucionado de forma de asegurar las calidades de reproducir la realidad tal como se nos presenta, con matices múltiples en su coloratura. No fue otra novedad menor, sin duda, la de introducir la firma en las notas de interpretación o en las crónicas con verdaderos hallazgos informativos o con una carga subjetiva que justificara dejar constancia de la autoría de esos textos.

Influyeron en esa decisión la gravitación creciente, en el campo periodístico, de la radio, que otorga una voz reconocible a la noticia, y de la televisión, que a la voz suma la identificación de la cara y los gestos de quienes las trasmiten. El asunto estuvo en discusión un par de años a partir de fines de 1981, hasta que el director aceptó que se abandonara el anacronismo legitimado desde antiguo por el concepto de que el logo de una publicación se bastaba para garantizar la confiabilidad del contenido, como todavía sucede con los artículos de The Economist. Había llegado el tiempo de acortar más distancias con los lectores, de establecer una relación más cálida, directa y amistosa con quienes lo escribían. La firma contribuiría a tales propósitos.

Como parte de los cambios sucesivos que se introducían en el diario, el doctor Mitre aprobó un proceso de segmentación de las secciones periodísticas en diversos suplementos. Se aseguraba así que una misma copia del diario estuviera simultáneamente en distintas manos, según las preferencias de cada lector en un mismo hogar o ámbito de lectura. Por esa vía se satisfacían, además, las expectativas específicas de los avisadores de encontrar la promoción de sus productos y servicios en páginas afines con la sensibilidad e intereses de quienes las leían con preferencia.

Continuó también este director, tan activo en la conducción del diario hasta poco antes de promediar la década de los noventa, la tradición sentada por el fundador de otorgar atención preferencial a la relación del diario con los países vecinos, en particular Brasil, Chile y Uruguay; también con los Estados Unidos y los países europeos de mayores vínculos con la Argentina. Tal constancia le fue reconocida en las condecoraciones de la Orden al Mérito, en grado de comendador, de Italia (1982); de la Orden de Río Branco, en grado de comendador, de Brasil (1985); de la Orden de Boyacá, en grado de comendador, de Colombia (1985); de la de Gran Oficial al Mérito, de Italia (1987); de la encomienda de la Orden al Mérito Civil, de España (1989), y de la Cruz de Comendador de la Orden al Mérito, de Alemania (1999). Uno de los últimos galardones que recibió fue el Gran Premio ABC a su trayectoria periodística, que le entregó el rey de España, Felipe VI.

Especial significación tuvo para él haber recibido en 1987, en el Palacio Eliseo, del presidente Francois Mitterand, la Legión de Honor. Al conferirle la distinción instituida en 1804 por Napoleón, labrada con el busto de Marianne, la muchacha-símbolo de la Revolución Francesa, Mitterand dijo: "La llama de la cultura franco-argentina es mantenida por LA NACION , gran diario que ama a Francia y sirve a la causa del idioma francés". Hablaba del diario en cuyas páginas habían escrito, entre tantos portentos de las letras francesas, Alphonse Daudet, Emilio Zola, Remy de Gourmont, Paul Verlaine...

El doctor Mitre era miembro de la Academia Argentina de Ciencias de la Empresa y del Club del Siglo, en cuyo seno políticos, intelectuales y empresarios argentinos debaten mensualmente, mientras almuerzan, sobre temas del país. La Academia Nacional de Periodismo y la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) lo distinguieron por su trayectoria. Fue un entusiasta del polo y el tenis, que practicó; del fútbol, al que su padre lo embanderó con los colores de Racing, y de la crianza de caballos árabes, que realizó en nuestro medio y en Uruguay. Fue miembro de la Comisión de Carreras y presidente del Stud Book del Jockey Club.

Hijo de Bartolomé Mitre y de María del Rosario Noales de Mitre, el doctor Mitre contó en sus años activos con el aprecio del personal de todas las secciones del diario, entre quienes se hizo notar por el trato generoso. Estaba casado desde hacía veinte años con la señora Nequi Galotti. Con la colaboración activa de esta, su última mujer, hizo del hogar de la calle Juramento un centro animado de tertulias con amigos, que replicó en el establecimiento rural de Baradero.

Deja cinco hijos por quienes profesó cariño y preocupación en las sucesivas alternativas de su vida personal: María Dolores, María del Rosario, Bartolomé, Esmeralda y Santos. Había nacido en Buenos Aires el 2 de abril de 1940.
***

Aquí abajo, escondida, dejo la anécdota de algo que me contó en un almuerzo en el restaurante Florián de Plaza Roma (debió ser en 1996). La historia es mucho más larga porque en esos años había cambiado la composición accionaria de la S.A. La Nación, después de la ingeniería societaria que permitió a la familia Saguier hacerse con el control de la sociedad. Si mal no recuerdo, gracias a la lealtad de una hermana María Elisa, Mitre controlaba solo el 22% y había quedado como director gracias a la supermayoría del 80% que se requería para ese nombramiento.

En medio de esas y otras historias confiesa que estaba molesto porque no podía ser Bartolomé Mitre. Bueno, porque quien decidía cómo debía ser Bartolomé Mitre no era Bartolomé Mitre sino el autor de esta nota.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Los 150 de La Nación de Buenos Aires


La Nación de Buenos Aires publica hoy un grueso suplemento por sus 150 años (que se cumplirán el próximo 4 de enero). Se puede ver completo sin pagar. Recomiendo esta larga nota de Claudio Escribano, que si hay alguien que sabe de La Nación es él.

martes, 8 de mayo de 2018

Hace 50 años moría Ignacio Ezcurra

Les paso el relato de José Claudio Escribano sobre Ignacio Ezcurra, tal como aparece en la edición de hoy de La Nación. Solo agrego que Escribano debería escribir más seguido en el diario.

Ignacio Ezcurra: relato de una vida que honra el periodismo más sublime
por José Claudio Escribano
Ignacio Ezcurra pertenecía a una tribu numerosa de San Isidro. A una de esas familias tan grandes que las gentes se preguntan si los chicos habrán encontrado alguna vez toallas secas en los baños de la casa. Los hijos de Pedro Ezcurra y María Delfina "Chiquita" Caprile fueron doce; Ignacio, el quinto, y, como sus hermanos, tataranieto de Bartolomé Mitre, fundador de LA NACION. Por los Ezcurra se emparentaba con Juan Manuel de Rosas. Sobraban cables contrapuestos en ese genio atrevido, tan inteligente como candoroso e intrépido, alegre, curioso y solidario, para captar el mundo y reflejarlo en la más amplia diversidad de sus matices. 
Lo he admirado a lo largo de medio siglo por el heroico arrojo periodístico. Hoy, releyéndolo en Hasta Vietnam, la antología de sus artículos, lo admiro, además, por haber encarnado un modelo ejemplar: el del periodista que en solo seis años de ejercicio pleno del oficio alcanzó un punto de maduración llamativo en la excelencia de la capacidad narrativa, en la riqueza del poder de observación. Y, desde luego, en la naturalidad expresiva, propia del buen estilo que se mama desde chico y se añora en el periodismo del énfasis y las hipérboles, esquirlas de la lengua que duelen en ojos y en oídos. Un periodista perspicaz dosifica el humor, la ironía. Así escribía Ignacio: con la súbita fugacidad de los guiños.

El 22 de abril de 1968 está por llegar a Saigón, la ciudad en la que perderá la vida. El avión asciende de pronto a 12.000 metros. Lo recuerda en una de sus notas: "'Hay que impedir que nos alcancen los cañones comunistas', dice la azafata, con la misma cara sonriente con que había anunciado el cóctel". Y, ya en tierra: "En la escalerilla nos detiene la explosión próxima de un cañón. La azafata, siempre sonriente, lo explica: 'No se preocupen, es la guerra'".

En todo el mundo, las puertas de entrada en la Redacción de los diarios son múltiples. No siempre se acierta con la mejor. Costó a Ignacio cuatro años encontrar la más favorable, a pesar de que "Chiquita", su madre, era accionista de la sociedad que edita este diario. La entrada de Ignacio a
LA NACION en 1958 había sido como empleado de la sección Avisos Clasificados. Se mantuvo en esas tareas administrativas, interrumpidas por viajes, estudios y algunos artículos en revistas y en LA NACION, hasta que, en 1962, triunfó en el afán de que lo aceptaran como periodista con "cama adentro", en nuestra jerga.

Había nacido con el don para el oficio. Lo había pulido en su paso por la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, al haber obtenido una beca de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), y por vinculaciones con la Universidad de Missouri, entre las más acreditadas entonces en periodismo. A fines de los cincuenta, la prensa internacional destacaba el trabajo de un profesor de la Universidad de Missouri que al configurar la lista de los veinte mejores diarios del mundo había incluido dos periódicos de la Argentina:
La Prensa y LA NACION.

Viajero empedernido 
 
Pero no eran los ámbitos cerrados de la academia o donde se edita un diario los que Ignacio sentía como más apropiados para su condición de viajero empedernido, a dedo, si era posible, sino en la caja de camiones solidarios por América Latina. De audaz explorador de selvas del Litoral, de aldeas andinas ignoradas en los mapas o de espacios infinitos en la Patagonia profunda, de la que se había enamorado en correrías de misionero laico entre paisanos.

Desconocía la categoría humana y animal del peligro. Lo sabíamos antes de Vietnam por otras crónicas, como las que había escrito sobre Harlem y el poder negro. Por eso, como corresponsal viajero, lo veíamos más cerca de la virtuosa credibilidad de Ernie Pyle, el periodista de la cadena Scripps-Howard y de cien conflictos cruentos hasta que cayó en Okinawa, que de las historias, maravillosamente escritas, es cierto, de Ernest Hemingway, que pasaba tanto o más tiempo en los bares de retaguardia que en los frentes de combate. Ignacio se había casado en 1965 con una rubia espléndida, Inés Lynch. Tuvieron una hija, Encarnación, y cuando Ignacio murió, Inés esperaba otro hijo. Lo llamaría Juan Ignacio.

El viejo y gruñón, pero honorable y en el fondo bondadoso secretario general de Redacción, lo convocó un día a su despacho: "Señor Ezcurra, dígame: ¿qué hace con esa barba". El interpelado quedó perplejo. Se recompuso. Elevó la vista y buscó sobre la pared, en la que se recostaba el sillón de la alta jerarquía, un cuadro de Mitre: "Mi tatarabuelo usaba barba...". El otro volvió al ataque: "Señor Ezcurra, eran otros tiempos. Haga el favor de afeitarse".

Sería un diálogo alucinante en estos días, en cualquier diario. En 1963, no. No solo por las formas paternalistas, que en voluntad protectora encorsetaban a los más jóvenes, sino también porque había estallado un nuevo fenómeno, que cambiaría radicalmente la relación de fuerzas e influencias políticas en los claustros universitarios, en las redacciones, en la intelectualidad argentina. Referían al fenómeno castrista y la afectación que produjo sobre una muchachada de la alta burguesía argentina, hasta poco antes liberal, conservadora y acerbamente antiperonista. Ignacio era un periodista puro, "un periodista absoluto", escribió Manuel Mujica Lainez, pero la barba incipiente, esa tontería, podía interpretarse en aquellos días de aprehensiones como signo burlón de rebeldía, de simpatías disimuladas con Castro, con Guevara.

Con la revolución, en suma, que arrastraría más adelante a la insurrección vernácula a dos de los buenos, muy buenos, entre los nuestros, y ambos, de la generación misma de Ignacio: Salvador del Carril, de remota sangre unitaria, y Emilio Jáuregui, descendiente de Vicente Fidel López, ametrallado en Once, en 1967. En la inhumación de sus restos en la Recoleta, acontecimiento de época, se aunaron el tío abuelo, Federico Pinedo, y Raimundo Ongaro y Rodolfo Walsh, a quien Jáuregui secundaba en la radicalizada CGT de los Argentinos.

Un año después de ese asesinato, Ignacio Ezcurra, con 28 años, viajaba como corresponsal a Vietnam, venciendo con su insistencia la oposición inicial de
LA NACION, que había procurado resguardar su vida. Había recibido alguna enseñanza sobre lo que era la guerra de Malcolm W. Browne, corresponsal de The New York Times en Buenos Aires. Browne venía de estar cinco años en Vietnam.

En un despacho desde Saigón, retransmitido vía Nueva York por
The Associated Press, Ignacio narraba en LA NACION del 9 de mayo lo que había observado en el valle de A Shan, al noroeste del Delta del Mekong, a bordo de un helicóptero artillado de la IX División de Caballería Aerotransportada, procedente de Laos. La Guerra de Vietnam era más que eso. Era una guerra en el sudeste asiático, con los rusos y los chinos proveyendo de armas y suministros de todo tipo a las fuerzas del régimen de Ho Chi Minh, héroe nacional de la pasada lucha contra el colonialismo francés. Enfrente, los Estados Unidos y unos pocos aliados, que ardían en la escalada agotadora de asistir a Vietnam del Sur, con gobiernos corruptos, y más incompetentes para la guerra y menos preparados para bastarse a sí mismos que sus enemigos de Hanoi.

Vuelan sobre el valle de A Shan rozando las copas de los árboles, deben dificultar los disparos de cañones enemigos de 35 mm. Vuelan, Ignacio y otros corresponsales de guerra extranjeros, en helicópteros de la "caballería volante" de una de las unidades militares más modernas de la época. Los pilotos tienen la misión de saltar detrás de las líneas enemigas. Ignacio anota que han visto desde el aire camiones y topadoras rusas capturadas intactas sobre un valle al que han dejado como paisaje lunar las descargas reiteradas de hasta 30 toneladas de bombas de los B 52 de la aviación norteamericana. Oye "el ladrido seco del AK 47, el fusil automático chino". A su lado, dos artilleros ametrallan bultos sospechosos "sin dejar de mascar chicles"; mejor: los mascan acompasadamente, mientras disparan. Es la guerra, es la vida con algo de tics de todos los días.

El camino rojo 
 
Por allí abajo se dibuja el camino rojo, conocido como el sendero de Ho Chi Minh, que conduce hacia el norte. Ignacio toma nota de los soldados "que cavan trincheras para pasar la noche luego de cubrirlas con maderas y bolsas llenas de tierra". El cronista de lo simple, sin cuya mención la realidad estaría despojada de sus elementos eternos y los lectores, carenciados del contexto en que se libran por años batallas de infierno, contabiliza árboles en los bordes de la montaña y descubre plantaciones de maíz, de mandioca y bananas que se extienden por la vega. Los soldados llevan un rancho de latas verdes con galletitas, chocolates, dulce, pavo, sopa; quienes cargan con una radio procuran disimularla: "Siempre empiezan con nosotros", dice con sequedad un soldado, experimentado en la lógica e importancia de las comunicaciones en la guerra.

Ignorábamos todavía, con el ejemplar de aquel 9 de mayo en las manos, el horror de que lo que leíamos ya era un texto póstumo. Ignacio había sido asesinado el día anterior. Con sus colegas Merton B. Perry, de
Newsweek, y Raymond Coffey, del Chicago Daily News, había incursionado en jeep, la mañana del martes 7, por el barrio de Cholón, donde habían muerto poco antes cuatro periodistas occidentales, al parecer en manos del Vietcong. Después de un tiempo de rondas, Perry y Coffey lo anotician de que regresan al centro de Saigón. Nuestro corresponsal decide quedarse para seguir a pie el reconocimiento de la zona y de sus gentes.

En la habitación 502 del Hotel Eden Roc había quedado sobre la cama una máquina eléctrica de afeitar; en el ropero, su uniforme militar de corresponsal. Las luces estaban encendidas y el ventilador en funcionamiento. Sobre el modesto escritorio, del rodillo de una Lettera 22, la liviana máquina de escribir que utilizábamos con preferencia los corresponsales en el exterior, despuntaba una hoja con esta única, sombría línea: "Saigón, 8.- Correrá mucha sangre en mayo...".

Concurrían de tal modo indicios firmes de que el ocupante de la habitación 502 se había propuesto volver pronto a fin de reanudar la labor interrumpida. Se había acostado tarde. A la medianoche, Ignacio había entregado en las oficinas de
AP, la agencia noticiosa de mayor vínculo con LA NACION desde 1920, cuando La Prensa rompió relaciones con aquella y contrató los servicios de la United Press, dos artículos sobre la guerra y un tercero afín, pero centrado en la comunidad católica de Vietnam. En este último artículo relata su entrevista con el arzobispo de Saigón e informa del recelo de la reducida pero influyente feligresía católica por las gestiones de paz que por esos días se inauguraban en París con el célebre diplomático Averrell Harriman como jefe de la delegación negociadora de Estados Unidos. Los católicos temían que las negociaciones terminaran con los comunistas en el poder. Acertaron, no ante esa rueda, pero sí ante la última, la de 1973, y el abandono por los norteamericanos del escenario bélico, en abril de 1975, al que siguió la reunificación de Vietnam.

Saigón no era la ciudad indicada para andar de noche sin custodia durante los últimos estertores de la ofensiva del Tét. En ataques de guerrilla, el Frente Nacional de Liberación del Sur (Vietcong), hijo del Ejército Popular de la República de Vietnam (Vietnam del Norte), que conducía el legendario general Vo Nguyen Giap, había penetrado hasta lugares supuestamente invulnerables en enero y febrero últimos. De manera que, por gestiones de AP, Ignacio, junto con otro corresponsal, Peter Kann, de
The Wall Street Journal, retornó al hotel en la noche del martes 7 al miércoles 8 en el jeep de una patrulla de la policía militar.

El lunes 13 de mayo,
LA NACION titulaba en tapa: "No fue hallado nuestro corresponsal de guerra". La información daba cuenta de la situación y de la angustia creciente por el joven periodista argentino. Ignacio se había comprometido a comer con un asistente especial del embajador norteamericano Ellsworth Bunker. Oriana Fallaci, famosa periodista italiana, enviada por L'Europeo, había conocido a Ignacio en Buenos Aires y sugirió que algo terrible debía haberse producido. Su razonamiento la pintó tal cual era: "Ignacio es un hombre demasiado educado para olvidar una invitación a cenar".  
El 14, también en la portada, LA NACION, con nuevos elementos de juicio, fue más lejos que en la edición anterior: "Témese por la vida de nuestro corresponsal en Vietnam del Sur".

Ahora se sabía que al día siguiente de la desaparición un colaborador
freelance japonés de AP había fotografiado dos cadáveres en una de las calles de Cholón. Nos resistimos por días a la aceptación de la brutal evidencia: la misma camisa blanca, el mismo cinturón blanco, los mismos pantalones negros. Los mocasines de siempre. Así mostraba a uno de los cuerpos yacentes, de rostro desfigurado por balazos, la foto borrosa que por circuito radioeléctrico AP había hecho llegar al diario.

Según fueran las condiciones climáticas durante las transmisiones, las radiofotos derivaban en motivo de estupefacción. A comienzos de los sesenta habíamos publicado en tapa una foto de primeras figuras políticas de Europa alineadas de pie, al cabo de una reunión. En el epígrafe, a una de ellas la identificamos como De Gaulle, presidente de Francia. No porque lo acreditaran los rasgos de la cara, sino porque sobresalía en exceso por encima del resto: nadie sabía de otro dirigente político de nivel en Europa con dos metros de altura.

Empezaron a llegar a
LA NACION mensajes de solidaridad. Ernesto Sabato escribió que seguía con angustia la suerte de Ignacio en medio de una de las guerras más atroces que se hubieren conocido. "El coraje -dijo- me ha conmovido y admirado siempre, y los hombres que lo revelan tienen invariablemente mi respeto. Ojalá este muchacho aparezca. Lo deseo de todo corazón".

LA NACION postergó sus conclusiones sobre la tragedia, pero publicó en la misma edición del 14 la radiofoto con los dos cadáveres. Lo hizo con la advertencia de que quebrantaba la política editorial de abstenerse de publicar tal clase de imágenes. Fundamentó la excepción en el valor documental del material. El 22, después de haber recibido por avión copia fiel de la fotografía obtenida por el colaborador de AP, consideró disipada, en opinión coincidente con parientes y amigos de Ignacio, cualquier duda sobre el tristísimo final.

La Fallaci, que estaba en Saigón, escribió: "Tiene los brazos atados a la espalda; se ve la cuerda a la altura del codo. El cuerpo está destrozado por una ráfaga vertical al estómago y al vientre, su rostro es irreconocible, traspasado por las balas. Un asesinato en frío... Las mejillas son las de Ezcurra. Los cabellos son los de Ezcurra y la frente es la de Ezcurra. También le dispararon en la nuca".

Bien dicho: un asesinato en frío. Como ningún delincuente común se toma el trabajo de atar las manos de nadie para cometer un crimen en circunstancias como aquellas en Saigón, la motivación debía de haber sido otra. ¿Dónde hallarla? El Vietcong, citado por
Radio Hanoi, se negó a cargar con la muerte de Ignacio. Los norteamericanos, desde el Departamento de Estado hasta sus aparatos de inteligencia, dijeron haberse movilizado para el esclarecimiento del hecho. La Argentina, gobernada por el general Juan Carlos Onganía en nombre de las Fuerzas Armadas, se puso en igual dirección, dándole el canciller Nicanor Costa Méndez instrucciones al embajador Luis Castells de concentrarse en dilucidar qué había sucedido. Las relaciones entre los militares argentinos y los Estados Unidos y Vietnam del Sur eran óptimas. Nuestro país acompañaba en las Naciones Unidas el reclamo norteamericano, neutralizado por el veto soviético, de que la cuestión de Vietnam se tradujera en tema del Consejo de Seguridad. Días después de la muerte de Ignacio, una delegación militar argentina, encabezada por el general Mariano de Nevares, arribaba a Saigón.

La línea editorial de
LA NACION era decididamente adversa al imperio soviético y sus aliados allí donde se manifestaran. Esa posición se expresaba sin fisuras entre los sobresaltos de la Guerra Fría y el conflicto de Vietnam. ¿Había habido, sin embargo, en la correspondencia de Ignacio, y, por lo tanto, en la política editorial de LA NACION, que la había publicado, rasgos relevantes de una independencia de criterio informativo inaceptables en Saigón como para acabar con la vida de nuestro periodista? ¿Había incomodado Ignacio al poder político o militar instalado en Vietnam del Sur? Veamos algunos detalles.

Nuestro corresponsal había retratado a guerrilleros y efectivos regulares norvietnamitas. Se detiene en el buen estado de los uniformes, aunque también en que están calzados con ojotas confeccionadas con cubiertas de camión ("Pobres, con esos elementos no sé cómo pelean, los compadeció un soldado"). Otro soldado norteamericano dice, en el hilado del cronista: "No sé si serán estúpidos, pero pelean como lobos". Y un sargento, que reflexiona: "Si los soldados del ejército survietnamita pusieran el mismo entusiasmo, en una semana ganamos la guerra". No había mucho más que eso, pero no menos.

Y sí, en cambio, esto otro, nada complaciente, con el bando al fin triunfante, que consta en declaraciones de Ignacio a la televisión de
La Voz de América: "Siento mucho la muerte de los colegas que fueron asesinados días atrás por el Vietcong. Estaban desarmados y tuvieron tiempo de decir que eran periodistas. Fue una crueldad inútil eliminarlos...".

Hoy, menos que en el pasado me atrevería a arriesgar una certidumbre sobre la autoría del asesinato de Ignacio. Dejo todas las hipótesis abiertas, en impotencia acentuada por la desaparición del cuerpo después de haberlo fotografiado un periodista japonés que enseguida voló a Tokio.

Inés Lynch murió en 2009. "Chiquita" Ezcurra, en 2013, con 103 años de edad y la desazón por el orgullo con el que pudieran haberse amenguado en su espíritu de madre inquietudes íntimas, propias por igual de un hondo sentimiento, al despedir al hijo que no volvería nunca.

viernes, 26 de enero de 2018

Cuando todo es secreto, nada es secreto

Copio esta excelente nota de José Claudio Escribano en La Nación de hoy sobre The Post, la película de Steven Spielberg que se estrena el jueves 1 de febrero.

 

El día que la libertad de expresión pudo más que los secretos de estado
The Post: los oscuros secretos del Pentágono se estrena el próximo jueves en la Argentina. Como aficionado al cine, recomiendo verla. Alcanza para deleitarnos la actuación admirable de Meryl Streep en la personificación de Katharine Graham (1917-2001), la célebre propietaria editora de The Washington Post. El film ahínca en las tensiones internas que precedieron a la decisión del diario de publicar, en 1971, documentos secretos sobre el involucramiento de los Estados Unidos en Vietnam entre 1945 y 1967.

En todas las redacciones, ese extraordinario proceso político, diplomático y sobre todo militar del siglo XX ha pasado a la historia como "Los papeles del Pentágono". Algunas de sus más conmovedoras consecuencias hicieron blanco en las relaciones entre la prensa y el gobierno de los Estados Unidos. Derivaron incluso en la doctrina judicial invocada a menudo por tribunales de todo el mundo sobre la naturaleza estratégica del derecho a la libertad de prensa y el de la gente a estar informada. Se lo debemos a editores de la templanza de la señora Graham.

Los orígenes del asunto se remontaban a la decisión de Robert McNamara, secretario de Defensa del entonces presidente Lyndon Johnson, de encomendar a una treintena de académicos el acopio de las razones por las que los Estados Unidos se habían implicado en la antigua Indochina. Al hacer pie en Vietnam, los Estados Unidos lo habían hecho con la certeza de que a Francia le resultaba insostenible preservar el dominio de sus colonias en esa parte del mundo y conjurar el avance comunista en el sudeste asiático.

Los franceses estaban fuera de forma para contener desde fines de los cuarenta a las fuerzas de liberación nacional de Vietnam, en las que predominaban los comunistas de Ho Chi Minh. Poco a poco la intervención militar norteamericana se había acrecentado en términos tan inauditos que al promediar los sesenta ya nadie en Washington sabía bien si acentuar aún más la presencia desplegada en Vietnam o disponer cómo y cuándo salir de lo que se había convertido en un atolladero infernal.

El estudio de esclarecimiento ordenado por McNamara debía compendiar planes y asesoramientos a sucesivos presidentes norteamericanos -Truman, Eisenhower, Kennedy, Johnson- por la Junta de Comandantes en Jefe y atesorar informes de inteligencia e instrucciones presidenciales a lo largo de veintidós años. O sea, todo lo necesario para saber por qué demonios los Estados Unidos estaban donde estaban.

McNamara había sido como presidente de Ford una de las luminarias de la industria automovilística norteamericana y se sumía, como responsable de la Defensa, en indagaciones introspectivas sobre los errores estratégicos perceptibles en la conducción de la guerra. Se interrogaba si aquellos presidentes habían tenido suficientemente en claro lo que iba ocurriendo, según testimonió más tarde en sus memorias, o si habían actuado bajo la sedación narcótica de una política de pasmosos secretos militares.

Una generación marcada

Los franceses habían quedado fuera de juego después de la encerrona de l954, en Dien Bien Phu. Allí cayó, en combate convencional, su ejército expedicionario en Extremo Oriente. Vietnam, parte sustancial de la antigua Indochina, que también integraban Laos y Camboya, quedaría ceñido en adelante a tema del resorte de la política militar y diplomática de los Estados Unidos. Acompañarían a los norteamericanos en combate las modestas tropas de un puñado de países aliados. El giro marcó a una generación de norteamericanos: más de 55.000 soldados abatidos y muchos con heridas que los desfiguraron y dejaron sin brazos o sin piernas. Al terminar la guerra, las bajas vietnamitas sobrepasaban el millón de hombres.

La lucha se prolongó hasta abril de 1975. Las fuerzas norteamericanas se retiraron para no volver mientras los comunistas asumían el control total del territorio vietnamita. Todo sucedió en el escenario familiar de la Guerra Fría, instalado al fin de la Segunda Guerra, pero particularizado en un ámbito geográfico incomprensible para los norteamericanos, sobre el que lanzaron más bombas de las que habían disparado durante la conflagración mundial. Los actores locales de la tragedia eran, por un lado, Vietnam del Sur, con capital política en Saigón, gobernada por una casta de políticos corruptos sostenidos como "el mal menor" desde Washington, y por el otro, Vietnam del Norte. Desde su capital, Hanoi, se expandía el poder personal de un líder de implacable obstinación estalinista, Ho Chi Minh, héroe principal de la independencia vietnamita del coloniaje francés.

Ho Chi Minh contaba con el respaldo de la Unión Soviética y de China. A su lado brillaba el genio táctico en guerra de guerrillas y emboscadas del general Vo Nguyen Giap, jefe del ejército y leyenda viva desde Dien Bien Phu en los círculos intelectuales y políticos izquierdistas y anticolonialistas de Occidente. Sus laureles de guerrero perduran hasta hoy. En 1968, en el apogeo de la intervención en Vietnam, los Estados Unidos tenían comprometidos en el teatro de la guerra medio millón de soldados, muchos en la adversidad de junglas y manglares que el enemigo dominaba en laberintos infranqueables y túneles bajo la selva.

En los primeros meses de 1969, para la primera presidencia de Richard Nixon, estaba terminada la reconstrucción histórica encargada por McNamara. Se desplegaba en 47 volúmenes, con un total de 7000 páginas: 3000 de análisis histórico y 4000 de documentos. Se extrajeron del original varias copias. La que de verdad cuenta en el drama cinematográfico dirigido por Steven Spielberg -con Tom Hanks en el papel de Ben Bradlee como jefe de la redacción del Post- es la que se guardaba en los archivos de Rand Corporation, un think tank que había aportado especialistas y coordinado el trabajo.

Uno de esos expertos en cuestiones políticas y militares era Daniel Ellsberg, graduado en Economía en Harvard y Cambridge y ex militar. Entre sus rasgos académicos sobresalía el interés por la teoría de la decisión. Se le ha reconocido haber hecho contribuciones de valor sobre cómo influyen las condiciones de incertidumbre, desinformación y ambigüedad a la hora de las definiciones. Tales condicionamientos abundaban, justamente, en los papeles del Pentágono que Ellsberg tomó de forma subrepticia utilizando claves que le habían confiado, y copió, tomo por tomo, por meses, en la Xerox instalada en las oficinas de una pequeña agencia de publicidad. Copió con la ayuda de Anthony Russo, un ex empleado de Rand Corporation. Logró estremecer a Washington sin impedir que la guerra prosiguiera cuatro años más.

Herbert Simon, doctor en Economía por la Universidad de Chicago y luego profesor de Carnegie Mellon University en Administración y Psicología y en Ciencias de la Computación y Psicología, obtuvo en 1978 el Premio Nobel de Economía por sus trabajos sobre procesos decisorios, por los que Ellsberg sentía devoción. El finado Simon fue doctor honoris causa por la Universidad de Buenos Aires. Tan interesado como Ellsberg en los fenómenos políticos y económicos, Simon escribió en sus memorias que "para entender la política tenemos que entender cómo es que las cuestiones reciben la atención de la gente y se convierten en parte de la agenda activa.". Otro premio Nobel de Economía, Richard Thaler, distinguido en 2017, también pertenece, de acuerdo con la opinión de Juan Carlos de Pablo, a esa corriente de pensamiento a la que Ellsberg había dedicado años de análisis.

Las críticas contra la guerra

Si Ellsberg era un lunático, como suponían quienes lo maldijeron por la filtración de secretos de Estado, era, bueno, un lunático ilustrado. Se había especializado como Simon en la psicología de los procesos humanos en la resolución de arduos problemas. En la Argentina, De Pablo es uno de los economistas de relieve que más atención han puesto, junto con Martín Tetaz, en entender el impacto de la racionalidad y las emociones humanas en el comportamiento económico. El profesor Simon, por su parte, escribió en su autobiografía que al concentrarse en el proceso simbólico mediante el cual la gente piensa, él se convirtió rápidamente en un psicólogo conductista y en un científico de la computación.

En ese mundo de las ideas había madurado el pensamiento del académico de Rand Corporation que, al apoderarse de los papeles del Pentágono y enardecer con su divulgación las críticas contra la guerra, dejaría un sello en la historia contemporánea de los Estados Unidos. Hasta por una de sus derivaciones centrales, el asunto bien merecía la película de Spielberg.

Había otros elementos más de significación en la compleja contextura temperamental de Ellsberg y, por igual, de su asociado, Tony Russo: se caracterizaban por una discreta sensibilidad respecto de los movimientos protestatarios de la época, tan en boga a fines de los sesenta. Esa identidad psicológica y política no llamó la atención cuando los contrató una empresa acostumbrada como la Rand a manejar secretos que el Estado le participaba para su asesoramiento. Se suponía que siempre lo haría con no menos profesionalismo con el que fríen papas en un restaurante de categoría.

Tanto a Ellsberg como a Russo los aunaba el juramento vindicativo de que varios presidentes, y en particular Johnson, habían mentido sistemáticamente a la opinión pública y al Congreso de los Estados Unidos sobre temas de la mayor trascendencia institucional y debían pagar por ello. Algo tan capital como los bombardeos por saturación sobre zonas rurales de Camboya y Laos, en cuyos límites con Vietnam se desplazaba el enemigo, se había realizado como misiones encubiertas, en medio de la tergiversación general de las informaciones.

Se propusieron así propulsar una denuncia pública que revelara la trama oculta de la guerra y terminara de tal modo la situación engrosada en serie por varias presidencias de los Estados Unidos. El film de Spielberg narra cómo el primer diario al que Ellsberg interesó en las revelaciones fue The New York Times. Contactó a un conocido, el reportero Neil Sheegan.

El libreto de la película pasa por alto, sin embargo, que eso ocurrió después de que Ellsberg hubiera pretendido complicar en la divulgación de los papeles del Pentágono a dos senadores del Partido Demócrata, ambos con credenciales de incuestionable militancia liberal: William J. Fulbright, presidente de la influyente Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, y George McGovern, el candidato presidencial de oposición a quien Nixon aplastaría en las elecciones de 1972. Los dos se excusaron. Evaluaron seguramente la naturaleza del destape y los riesgos políticos y legales del caso. Se sabe que McGovern sugirió a Ellsberg golpear las puertas del Times.

Las licencias de una obra cinematográfica de indudable jerarquía no empalidecen por el señalamiento de que el desempeño de mayor valor periodístico en la cuestión correspondió en un sentido al Times, no al Post. Fue el que dio la primicia, nada menos. ¿Pero cómo enrostrar a Spielberg y los guionistas haberse cautivado con el comportamiento ejemplar de Graham y Bradlee, cuyos nombres agigantó todavía más en la consideración mundial la revelación ulterior del affaire Watergate?

De hecho, fue el Times el que se adjudicó el Pulitzer por la publicación de los papeles del Pentágono. Un equipo de redactores y abogados los examinaron durante tres meses enclaustrados en una suite del Hilton de Nueva York. Eso en el periodismo de clase se llama trabajar a conciencia. Solo al final de la sesuda tarea el Times autorizó a la redacción a que ordeñara en sucesivas ediciones el material recibido. La serie comenzó a editarse en junio de 1971 con la consigna de que ninguna palabra arriesgara vidas u operaciones militares en curso. Ellsberg facilitó ese objetivo, pues retuvo tres o cuatro volúmenes entre los que se mencionaban negociaciones secretas sobre intercambio de prisioneros.

El presidente Nixon contraatacó. Ordenó al fiscal general, John Mitchell, que persiguiera judicialmente al Times por violación de la ley sobre secretos de Estado y seguridad nacional. Un tribunal federal ordenó al Times el cese de las publicaciones; otro tribunal había opinado en contrario. El Times apeló a la Corte Suprema de Justicia mientras los papeles del Pentágono llegaban a The Washington Post y otros diecisiete diarios.

A partir de esa encrucijada empieza a desarrollarse la trama del film. ¿Qué hacer cuando una empresa periodística que se ha abierto a la cotización bursátil se halla presionada por abogados y accionistas y por funcionarios de primer rango gubernamental para callar? ¿Qué hacer cuando la persecución puede ser hasta de cárcel para los editores? ¿Y qué hacer cuando uno se halla al mismo tiempo ante un cruce de la historia, con la oportunidad de coronar servicios periodísticos de excepcional honra, que expandirán su prestigio en la sociedad y el mundo? El Times ya había hecho su apuesta en la dirección con la que se compromete a diario bajo el águila icónica, tan vieja como la Constitución, tan determinante como símbolo de autoridad y supremacía en los sueños norteamericanos: "Todas las noticias que sean dignas de imprimirse".

La señora Graham adoptó al fin la decisión de publicar lo que en esos días estaba prohibido por un tribunal al Times. La siguieron otros diarios. En días, la Corte Suprema declaró, por seis votos contra tres, en "The New York Times Company vs. United States", que es lícita la publicación de documentos oficiales referentes a la política militar desarrollada con motivo de una guerra a menos que se acredite que el medio de prensa ha incurrido en un acto de espionaje para obtener la información.

"Cuando todo es secreto, nada es secreto", escribió, iluminado, uno de los jueces de la mayoría. Fue una revalidación notable de la primera enmienda de la Constitución de 1787 y de su configuración para asegurar la libertad de prensa y cerrar puertas a la censura previa.

Esa doctrina inspiró más de una decisión judicial en la Argentina. En 200l, la Sala II de la Cámara Criminal y Correccional Federal falló que no correspondía responsabilizar al periodista que había difundido una información fiscal reservada en un caso de interés institucional. Los jueces hicieron saber que preservaban el derecho a la libertad de informar aunque la filtración de la noticia hubiera sido hecha por un funcionario responsable de preservar el secreto.

Ellsberg y Russo afrontaron imputaciones por robo de documentos, conspiración y espionaje, entre otros delitos. Ellsberg pudo haber sido condenado hasta con 115 años de prisión. Pero la Justicia los sobreseyó como consecuencia de que el gobierno de Nixon y la Fiscalía General habían cometido contra ellos delitos de prevaricación, supresión de pruebas, ocultamiento de testigos y obstruido, en suma, el debido proceso.

En 2011, Ellsberg fue detenido por protestar en la calle contra la detención del soldado Bradley Manning, o la ex soldado Chelsea Manning, por decirlo en términos ajustados al último curriculum vitae. Manning, a quien por piedad el presidente Obama salvó al final de la cárcel, había posibilitado la difusión de una infinidad de documentos sobre Afganistán que conocía como analista del ejército. En un artículo de 2013, en The Guardian, y acorde con preocupaciones inveteradas, Ellsberg otorgó apoyo público a Edward Snowden, que está refugiado desde hace años en Rusia. Como analista de sistemas de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, Snowden había divulgado por la red global documentos de Estado de máxima confidencialidad.

Documentos clasificados

Se ha escrito lo suficiente sobre la diferencia entre un leaker, es decir, un soplón como Ellsberg según la definición vulgar, y un hacker, o experto en quebrantar sistemas de seguridad informática, como Snowden. O como los amigos del creador de WikiLealks, Julian Assange, que acaba de asumir la nacionalidad ecuatoriana. Este australiano por nacimiento debe conocer como pocos a sus nuevos conciudadanos, pues lleva años de encierro asilado en la embajada de Ecuador en Londres. Gran Bretaña y los Estados Unidos lo acorralan por sacar a luz unos 250.000 documentos clasificados sobre la guerra de Irak y Afganistán.

En más de cuarenta años de violaciones de secretos de Estado no caben dudas de que por alguna concertación especial de los astros han sido gobiernos norteamericanos los que han pagado en general las cuentas por ese tipo de fenómenos. Los rusos han sido más afortunados: todavía estamos esperando que alguien nos cuente las directivas que recibía del Kremlin el Ejército Rojo invasor que terminó huyendo de Afganistán en 1988. En cuanto a los comunistas, siempre hemos sabido que apoyan con firmeza la publicidad de los actos de gobierno en los países que no son comunistas.

A quienquiera encuentre motivos para estudiar conductas como la de Ellsberg lo fascinará la leyenda de una votación realizada entre estudiantes universitarios de Estados Unidos. Preguntaron a los muchachos por Ellsberg: como ciudadano e intelectual y como empleado de Rand Corporation. ¿Lo aplauden? La mayoría votó por sí. ¿Lo contratarían? La mayoría votó por no. Es eso lo que muestran las buenas gentes cuando bajan la guardia y revelan lo que se esconde de libertario y conservador en la contradictoria naturaleza humana. Oh, sí, un buen vertedero de temas para clases sobre procesos decisorios y dirección de grandes organizaciones como las que impartía Ellsberg.

En 2011, el gobierno de los Estados Unidos publicó de modo oficial los papeles del Pentágono. Con 86 años, Daniel Ellsberg vive en California junto con su segunda mujer. Sigue convencido de que hizo lo mejor por su país.

viernes, 15 de diciembre de 2017

El algoritmo es humano


Hoy apareció a página completa en La Nación el discurso de José Claudio Escribano en la entrega de los premios ADEPA de ayer. Lo pude leer allí o aquí abajo:
Las verdades eternas del periodismo 
Las nuevas generaciones serán las encargadas de honrar el valor principal de la tarea periodística: la información confiable
Entre la alegría por los galardones que recibirá esta pléyade de colegas más jóvenes, un periodista veterano aventura alguna reflexión sobre el oficio que comparten. La primera es no temer del valor de las palabras: ellas constituyen una elite en la constelación periodística, cuyas imperfecciones son tan extendidas como las de cualquier otra actividad humana. Enciendan el televisor y lo verán. 
Van treinta años de una revolución tecnológica que ha transformado al mundo. Lo ha hecho en las comunicaciones y el periodismo; en la medicina y la agricultura. Ha trastocado conductas individuales y colectivas, sin habernos preguntado lo suficiente si a causa de esa revolución somos mejores, más solidarios, más responsables que en el pasado. Estamos conectados como nunca, pero cuando observamos una mesa a la cual dos personas se sientan, y se abstraen en telefonías celulares, renovamos la noción de que no hay fenómeno social ni progreso sin paradojas evidentes: sabemos que no hay sustituto trascendente para el encuentro directo de dos almas en el cruce múltiple de la voz, la mirada, los gestos.

Somos 7600 millones los habitantes del planeta y casi la mitad, entre 3200 y 3500 millones, estamos conectados a Internet. En la Argentina hay más celulares que personas, 60 millones. Alrededor de 2500 millones de computadoras personales operan hoy mundialmente en hogares y, sobre todo, en oficinas. La compra por Bayer del gigante de los agronegocios Monsanto ha impactado por la magnitud de la operación, hecha en 66.000 millones de dólares. Poca cosa, sin embargo, al lado de la capitalización de Apple, que es de 870.200 millones de dólares y la convierte en la empresa más valiosa del mundo, no sólo del campo electrónico.

Cuando entré en LA NACION, hace unos cuantos años, un viejo secretario de Redacción enviaba cuartillas manuscritas al taller de composición. Nunca había cedido a la conveniencia de aprender el uso de la máquina de escribir. A su trabajo se adosaba el de un linotipista, capaz de descifrar su letra y fundirla en plomo. Resistencia al cambio, y lo opuesto: admiración encandilada por los beneficios incuestionables del cambio y, por lo tanto, perturbación para registrar que las revoluciones instrumentales pueden arrasar con casi todo, menos con las verdades eternas. He visto morir oficios: sacapruebas, linotipistas, tipógrafos, pizarreros... y casi no veo a aquellos correctores y ordenanzas de la legión logística que hacía posible, en tiempo y forma, la entrega y la calidad de las labores. La tecnología a nuestra disposición asombra, y asombrará más si el papel llega a actuar como un polímero, por qué no, que embeba nuevas habilidades y se vacune así contra los denuestos que recibe desde hace tiempo. ¿Acaso las pantallas no empiezan a sumar condiciones de flexibilidad que se hubieran dicho inverosímiles?

Ariel Torres, uno de los ases del periodismo digital, dice en su último libro que la velocidad de su última computadora es 7000 veces mayor que la de la primera que usó. Eso lo lleva a pensar que si la velocidad de los aviones comerciales hubiera aumentado en ese tiempo de igual manera estaríamos llegando a Europa en cuestión de minutos. La instantaneidad de la información, en palabras e imágenes, ha superado lo imaginable. Decenas y decenas de millones de personas opinan a toda hora en las redes sobre cualquier tópico del conocimiento humano. Están ensoberbecidas en la imaginación de que pueden gobernarse a sí mismas, sin intercesores institucionales. Plantean una crisis descomunal al sistema de representación política, que no atina a respuestas rotundas y se desmadra en balbuceos que desorientan aún más. Días atrás, uno de los políticos con ideas en la región, Julio María Sanguinetti, invitó a no bajar la guardia y conciliarnos en la defensa de las instituciones democráticas.

Adela Cortina Ortz ha propuesto fortalecer las tradiciones unificadoras. Se trata de cultivar la amistad civil y, sobre todo, la amistad académica de los que disfrutan de voz privilegiada. Como pescador en el río revuelto del desconcierto generalizado, entre tantos bruscos cambios sociales -modernización, globalización, migraciones compulsivas- prosperan los populismos. Sacan tajada inmediata, observa Cortina Ortz, tanto desde la derecha como desde la izquierda, con el derrame emocional de sus relatos, apropiados a la urgencia de los tiempos y a la irresolución de los problemas. No veamos en los populismos, dice la laureada filósofa española, doctrina alguna, sino la lógica de la acción política pura al servicio de muy diversos y contradictorios objetivos.

Los tuits con los que ametrallan a la opinión pública algunos políticos constituyen el signo estentóreo de la impulsividad de estos tiempos. No precisamente de la hondura de pensamiento, del aplomo y serenidad que se requieren para gobernar y conducir un país o un diario. Esta gran organización que es ADEPA ya no sólo acoge a medios de la prensa gráfica. Se ha abierto, además, a los medios que tienen su núcleo central en plataformas digitales. Sabe que la verdad de fondo, experimentada en siglos, sigue intacta: la información confiable es el valor principal; lo que en última instancia importa es la calidad de los contenidos periodísticos que se produzcan. Las nuevas tecnologías habilitan hasta para hacer minería de datos en los socavones más recónditos e inalcanzables para el voyeurismo multitudinario. Sin embargo, nos asalta la duda de si estamos dispuestos a indagar más en asuntos que se hallan cerca de la epidermis ciudadana y de los que se evade la mirada porque su examen incomode, por decir lo menos. Son temas que van desde el orden social compatible con una sociedad razonablemente organizada hasta su opuesto, el desorden que daña por doquier derechos y libertades y jaquea hasta la integridad del Estado. Que van desde si actuamos con conciencia de lo que significa quebrar la intimidad de las personas hasta la necesidad histórica de buscar respuestas tanto para la degradación de la educación pública como para verificar si ha habido equidad en la revisión de las secuelas del terrorismo de ida y vuelta de los setenta, nuestro peor momento del siglo XX.

En Libertad de palabra, el historiador inglés Timothy Garton Ash recuerda un voto de 1927 de Luis Brandeis, famoso juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Brandeis decía: "Quienes ganaron nuestra independencia creían que la felicidad se basaba en la libertad y que la libertad se basaba en la valentía". Garton Ash nos pone en la situación de que ni siquiera alcance con la protección de una justicia independiente para garantizar nuestras libertades. Que la templanza de carácter y el coraje harán lo que nadie ni nada podría hacer por nosotros mismos: condición tan constitutiva de la defensa eficiente del derecho a la libertad como lo es para la naturaleza humana la necesidad de saber verdades. Si no contrastamos triunfalmente los valores confiables del periodismo de clase con la desinformación oceánica que navega por las redes sociales, habremos naufragado en la decadencia de una época. La mentira por ignorancia, afición o especulación rentada no puede disimularse en la inaceptable categoría de los hechos alternativos.

No debe preocuparnos ser mirados de reojo si al escribir o al hablar prescindimos de palabras que han hecho un ingreso inesperado y arrollador en el periodismo de estos tiempos: resiliencia, empoderamiento, grieta (arduo eufemismo por "abismo"), disruptivo, macho alfa y, claro está, círculo rojo. Más que por encender contrariedades en el desdén por las modas, preocupémonos por carecer de la mirada larga, la que está atenta al porvenir, o por rendirnos de modo acrítico incluso a la más fantástica de las maravillas tecnológicas a nuestro alcance. Si actuáramos de otra forma, opacaríamos la luz interior de algunas verdades fundamentales como la que nos transmiten, con no poca hidalguía, los especialistas en ciencia digital: "El algoritmo es, en esencia, un editor que escoge lo que juzga importante de acuerdo con la opinión de otro que sabe qué es lo importante".

Esa verdad nos reafirma en la certeza de que el hombre está en el comienzo y el fin de todo. Cómo no celebrarlo con ustedes.

lunes, 21 de agosto de 2017

La mala prensa del papel


Daniel Dessein, presidente de ADEPA, ha subido a su muro de Facebook fotos de un seminario sobre Tendencias, innovación y estrategias para productos impresos que sea realizó el jueves pasado (me la perdí) en Buenos Aires. Entre las fotos está la de arriba y este resumen de Daniel:
Paradójicamente el papel no tiene buena prensa. Sin embargo sigue representando más del 90% de los ingresos de la industria de los diarios y las revistas, la circulación creció un 40% a nivel global en la última década (aunque cayó en los mercados desarrollados) y el soporte sigue ofreciendo ventajas competitivas no debidamente destacadas. La lectura en papel monopoliza nuestra atención frente a la dispersión implícita en los dispositivos electrónicos, la capacidad retentiva se potencia, los argumentos son captados con mayor claridad, el tiempo de retención es mucho más alto, la efectividad comercial es más intensa. El papel sigue fijando la agenda periodística y juega un rol que genera gran expectativa en contextos como el de las últimas elecciones, en los que los resultados pueden tener múltiples lecturas. Las ediciones impresas ofrecen un espacio de desconexión del ruido tecnológico para reconectarse con la realidad con mayor profundidad, destacando lo accesorio de lo relevante, encontrando sentido en medio del océano informativo. 
En La Nación de hoy, escribe José Claudio Escribano (que como su nombre lo indica, escribe muy bien). Muestra un gran sentido del sarcasmo y su desconfianza –compartida en mi caso– de los consultores. Vale la pena leerlo completo, por eso, además del link, se lo dejo aquí abajo.

El artículo es genial y el segundo párrafo es delicioso.

En el primero, al mencionar a la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas, Escribano aclara que ADEPA es como se llama a la asociación nacional de diarios. Ojalá ocurriera eso. La industria de la prensa argentina todavía mantiene histéricamente por lo menos tres cámaras empresarias de diarios cuyo fin es la fortaleza de la industria. Separada como la Iglesia del Estado aparece ADEPA, que defiende solo la libertad de prensa como una doctrina separada de la independencia económica de la industria (abajo tiene cuatro links a este tema en Paper Papers)

Y un detalle menor: Escribano confunde oxímoron con pleonasmo.
Un aplauso para ADEPA
Nunca imaginé que alcanzarían mis días para una tarde como la del jueves en la asociación nacional de diarios, conocida como ADEPA. Para un viejo periodista fue una tarde única: era para hablar sobre el valor del diario de papel. 
Venimos de décadas en que tipos que nunca dedicaron veinticuatro horas seguidas de sangre, sudor y lágrimas a una redacción han hecho el curioso milagro -bastante rentable, por cierto- de ganarse la vida dictando cátedra en todo el mundo sobre cómo aggiornar y mejorar los diarios mientras repartían estampitas impregnadas con óleos de extremaunción de la prensa gráfica. 
En los diarios hemos sido duchos en enterrar a destiempo gente que gozaba de buena salud. Es por esas cosas del fragor del diario trajín, ¿vio? Pero al día siguiente nos rectificábamos compungidos, no como se le imputaba a un antiguo colega español de provincia, que después de haber despachado al otro mundo, anticipándose por días, a un agónico perseverante, comenzó la necrología definitiva con tan rotundas palabras: "Ayer, finalmente, murió?"- 
No sólo los gurús del periodismo desde su alta cátedra de plástico, sino los propios diarios y casi todos sus elencos en alineación disciplinada han diagnosticado hasta el cansancio que la prensa impresa está irremediablemente muerta. Desde comienzos de siglo el pobre Arthur Sulzberger, publisher de The New York Times, y sus acólitos vienen diciendo que en cinco años más seguramente ya no publicarán el diario en papel. Siempre me pareció una tontería haberlo dicho, pero deberían seguir persistiendo en esa milonga de tanatólogos que ya es veinteañera. Al menos por cábala. Lo harían en beneficio de quienes un solo día en la vida han dejado de tomar como elixir de información y cultura ese ejemplar oloroso de tinta fresca, que sobrecoge la piel cuando se lo toma y desliza entre las manos. Fenómeno de sensualidad que agradecemos a la magia compartida con los diarios y los libros. 
El viejo salón de actos de ADEPA en Chacabuco 314 se había reconvertido hace tiempo en ámbito especializado para la transmisión de todas las bondades, que son muchísimas, de las nuevas plataformas digitales, como las llaman los muchachos. Hete aquí que nadie esperaba que por una tarde el telón se correría para indagarnos de qué se ha estado hablando durante tantos años -más de veinte, en algunos casos notorios-, porque la revolución ha sido impresionante, es verdad, y a esta altura con miles de millones de internautas, pero los números "no dan" como se había pregonado que darían sólo por los cauces de esa revolución iniciada en los noventa, la mayor desde Gutenberg. 
Me entremezclé esa tarde en ADEPA entre una multitud de editores estupefactos, con caídas impresionantes en la circulación de sus diarios, periódicos y revistas. Ya saben en carne propia, el colmo de los colmos, que las nuevas plataformas de la información, a las que han transferido los pocos recursos a salvo de las voraces redes fiscales, no acarrean ingresos publicitarios compensatorios de las pérdidas habidas. Y que es por dos intemperancias, aparte de nuestras propias cojeras. La primera, porque entre Google y Facebook pasan un rastrillo que deja pocas fichas en la mesa: incluso, nada menos, las de la publicidad oficial del Estado, que se patina así el dinero de los contribuyentes argentinos. La segunda, porque lo que queda del mercado publicitario para repartirse en el planeta digital entre los otros jugadores -diarios, radios, televisión- se halla tan segmentado que es ínfimo lo que pueden sumar los contables y auditores de las empresas de medios; es labor especializada de microcirujanos o entomólogos. 
Cómo no iba a ser un espectáculo maravilloso el de esa tarde en ADEPA, en que un gentío aturdido se congregaba para escuchar las nuevas verdades que se abren paso en el mundo del periodismo. La principal: hay un porvenir por delante, discúlpese el oxímoron, en el que la rentabilidad que haga posible la continuidad del periodismo independiente dependerá, más que nunca, de lo que las audiencias estén dispuestas a pagar por el contenido periodístico de las publicaciones, sean en papel u online. Para eso hay que cobrar. 
Desde luego, el periodismo de calidad es un periodismo caro. Y si Mariano José de Larra, Adolf Ochs, lord Beaverbrook o Juan Santos Valmaggia revivieran atronarían con la requisitoria de qué clase de novedad es aquélla. Es lo que tenemos, queridos maestros: ahora los gurús dicen a los periodistas que deben ser confiables, descartar las noticias falsas, escribir notas atractivas, colocarlas en el contexto debido, utilizar diseños atractivos, etcétera, etcétera, como si ustedes, y quienes los antecedieron, hubieran pregonado por siglos lo contrario o abandonado la escuela del oficio en primer grado. También tenemos ahora, queridos maestros, la "métrica", ese cálculo avaricioso que ustedes ignoraron y que trabaja, consumismo en puro estado de néctar, sobre el instante, el suspiro. Ni siquiera sobre el plazo breve, y mucho menos, olvídense, sobre el mediano y largo plazo. La performance de la métrica es, si nos descuidamos, como la de las encuestas casquivanas, a las que subordinan los políticos obsecuentes y ciudadanos mediocres cada uno de sus pasos, y así va el mundo. Olvídense, por igual, queridos maestros, de la inspiración y el norte de quien cree que debe cumplir con una rectoría social: lo que importa es qué quieren las audiencias. ¿Populismo periodístico? Eso es para otro capítulo, por fortuna subsisten diarios con ideario doctrinario. La Nación es uno. 
Sólo por una pulsión masoquista pudo el periodismo haber aceptado sin chistar el perseverante prenuncio de los gurús sobre la muerte de la prensa gráfica. Dos décadas después de la primera versión online de un diario, en California, el 92 por ciento de los ingresos mundiales de las empresas periodísticas provienen del diario de papel. Todos ignoramos hasta cuándo se prolongará esa situación, en medio de las pérdidas de circulación y de publicidad. Esta última ha caído del 70 al 29 por ciento en The New York Times en pocos años sobre el total de los ingresos; en su lugar, han subido muchísimo los ingresos por la suscripción al diario en sus dos versiones. 
Nadie debería reprochar a las empresas periodísticas haber carecido de una estrategia exitosa de negocios. Sería como reclamarles en el futuro que produzcan ebitdas (rentabilidad antes de impuestos, amortizaciones y depreciaciones) de la magnitud del pasado, porque todo ha cambiado con la fuerza de una revolución histórica como no la ha habido otra. Le siguió el eco de un tiempo de prueba y error. Pero estamos volviendo al orden natural de las cosas. Se afirma de tal modo la tendencia mundial a reinstaurar la regla de oro de que todo trabajo debe ser remunerado. Así, más y más diarios se disponen a cobrar por sus contenidos online y se preparan para más esfuerzos por los que logren mantener en flotación sus ediciones en papel por el mayor tiempo posible: sin esa fuente de ingresos, hoy se desmoronaría todo, pues cesarían las transferencias para pagar por el montaje, el mantenimiento, el crecimiento y la maduración de los bebes y adolescentes de la industria, los del lenguaje digital. 
Como dijo uno de los oradores en ADEPA, acaso al final sólo queden diarios boutique. O sea, los mejores entre los mejores, los de más alta calidad en su información, comentarios y entretenimientos para los públicos más exigentes y, por lo tanto, con circulación más acotada aún. 
Hasta es posible que ese tráfico en el glorioso papel que ya formaba e informaba cuando nuestros tatarabuelos llegaron a este mundo sea más amplio de lo que una vez más comienza a concedérsele. No va a cambiar, con seguridad, de una generación a otra lo que un neurocientífico y psicólogo cognitivo de la fama mundial de Stalisnas Dehaene advierte sobre la condición humana. Que en la relación entre cerebro y lectura se perciben reacciones reflejas insuperables sobre la capacidad de retención y la capacidad para jerarquizar los distintos conocimientos que asimilamos. 
El diario, la revista, los libros, son los espacios naturales para ahondar la reflexión. En los estudios sobre estrategias de lectura, se observa que los internautas son como los corredores de 50 o 100 metros, y los de los diarios, los maratonistas. Si esto es así, ¿cómo podría desentenderse un avisador inteligente del valor del tiempo dedicado a la lectura? Y más todavía en los fines de semana, en que la gente quiere desconectarse del trabajo y de verificar por enésima vez, ja, ja, si tiene batería suficiente o si a la conexión por wi-fi se la ha llevado el diablo. 
¿Es pedir demasiado si pedimos un aplauso para ADEPA?

Oportunidad histórica para ADEPA, en Paper Papers, 9/8/07
ADEPA y la entidad periodística, en Paper Papers, 18/7/07
Entidad e identidad de ADEPA, en Paper Papers, 17/7/07
ADEPA tiene un problema de identidad, en Paper Papers, 16/7/07

sábado, 9 de junio de 2012

La piel del periodista

Ayer Martín Boerr entrevistó a José Claudio Escribano en su programa de FM Identidad. Escribano es la personalización del diario La Nación de Buenos Aires (con distintos cargos dirigió sus contenidos durante unos 40 años). Un periodista discreto, de esos que hablan poco y escriben contundente, por eso tiene especial valor esta grabación:


Me gustó especialmente que diga que los periodistas tienen que tener la piel gruesa, quizá porque hoy pensaba que la susceptibilidad ante las críticas o las presiones es una señal suficiente para saber que no estamos ante un periodista. También lo contrario: los periodistas preferimos provocar los peores insultos a no provocar nada.