lunes, 9 de febrero de 2015

Gracias a Dios hay periodistas


Probablemente no haga falta que le describa la situación o le repita la descripción del domingo pasado. Se la recuerdo en pocas palabras: después de la muerte más que dudosa del fiscal Alberto Nisman, la opinión pública argentina se debate en un despiole fenomenal de información verdadera y falsa, entreverada en una galleta que cada día será más difícil de desenredar. La expresión más cabal fue la de la Presidenta cuando dijo que aunque no tenía pruebas tampoco tenía dudas. Así pensamos casi todos, porque cada uno tiene una hipótesis que le cuadra los hechos a la perfección, pero en realidad nadie sabe nada de nada. Mientras unos tratan de averiguar algo, otros riegan la cancha para embarrarla y complicar nada menos que el bien supremo de la verdad.

Tanto es así que se ha relevado al principal espía del país del secreto que impone su profesión desde que empezó a trabajar para los servicios de inteligencia hasta que lo echaron en diciembre pasado. El hombre puede contar todo lo que sabe y parece que sabe todo, desde la cantidad de whisky que trasegaba el general Galtieri al talle de camisa del suicida que reventó la Amia. El tipo tiene filmadas las trampas de todos los funcionarios desde 1972 y podría develar los episodios más jugosos de la política argentina durante los últimos 43 años. En el gobierno nacional –como en una película de Bourne- hace tiempo que tratan de neutralizar al espía que por saber demasiado se les empezó a escapar de las manos. Primero fue la designación de Milani al frente del Ejército, luego los cambios drásticos en la Secretaría de Inteligencia y ahora abren la caja de los truenos y liberan a Jaime Stiusso (o como se llame) del secreto al que lo obligaba la ley para que pueda decir lo que se le dé la gana… pero el problema es que nunca sabremos si es verdad o mentira lo que dice.

Parece que lo que menos importa es averiguar la verdad y lo que sí importa es adaptarla a las conveniencias de unos o de otros. Lo que pasa es que esa no va a ser la verdad sino una versión caprichosa, interesada, de lo que pasó. Al final -y digan lo que digan los jueces- ganará la que se imponga en la opinión pública. Y a eso lo saben los dos lados de la grieta.

Pero en el medio están los periodistas. Déjeme que le cuente una vez más que son una especie rara de personas modificadas genéticamente para buscar la verdad. Y hoy más que nunca la verdad de lo que pasa está en sus manos, en su capacidad para buscarla cueste lo que cueste y lleve el tiempo que lleve. Es que la verdad es un bien superior, pero también escaso y difícil, al que se llega con mucho trabajo, mayor constancia, equilibrada coherencia y también bastante coraje.

Como pasa en algunas profesiones que mantienen cierta relación con el poder, hay algunos -a veces muchos- que parecen periodistas. Peor no se equivoque: son otra cosa, generalmente a sueldo del embarrador de la cancha o de una fuente interesada en modificar la verdad, que es lo mismo que mentir. Hay muchos modos de descubrirlos y usted ya los conoce. Les cree a unos y descree de otros, aunque sean entretenidos, porque todos sabemos distinguir el entretenimiento de la información.

Por eso, porque la verdad está difícil de conseguir en estos tiempos de la Argentina. Porque el poder embarra la cancha siempre a su favor para conseguir más poder. Porque la impunidad es tan normal como andar vestidos. Porque quienes pueden sustraerse a las sentencias se friegan en la Justicia. Porque el cinismo y los sofistas se han instalado en la Argentina como en la Grecia de Diógenes, quiero decir que gracias a Dios, ahora hay periodistas.

NOTA: esta columna se publicó ayer en El Territorio de Posadas, Argentina.
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