viernes, 3 de agosto de 2018

El periodismo que no deja lugar a dudas


Saco de la zona de pago de La Nación esta columna de Fernán Saguier. Vale la pena.
El valor del periodismo se mantiene intacto
Vivimos en la era de las comunicaciones y de la hiperconectividad. A toda hora estamos bajo el influjo de los medios, que son seguidos y "escrutinizados" como nunca antes. Desde los 7500 millones de celulares que hay en el mundo se accede a cualquier medio, blog y red social por más efímero que sea el tiempo de navegación. 
Es natural, entonces, que el periodismo ejerza hoy cierta fascinación. Un error o una mala praxis viralizados pueden implicar desde un dolor de cabeza hasta poner en riesgo una carrera o una marca con años de recorrido. La década kirchnerista ha prostituido el ejercicio de cierto periodismo, al punto de querer reinventarlo bajo la impostura de "periodismo militante". Pero periodismo hay uno solo: el clásico, histórico y fundacional. El que narra los hechos en forma objetiva, desde un lugar neutral, sin tomar partido. El que prefiere perder una primicia a exponerse a una desmentida. El que necesita al menos dos fuentes para darle entidad a una versión. El que desde hace décadas ha colocado en el altar de excelencia a monstruos planetarios como The New York Times, The Washington Post o The Financial Times, exitosísimos precursores en calidad en la era digital.

Hoy vivimos una etapa disruptiva, nada parece ser como aprendimos durante nuestra existencia. La tecnología ha permitido el florecimiento de nuevos medios de comunicación con mínimos recursos. La competencia es infinita. Nos disputamos la atención y el tiempo libre del lector con portales, blogs, redes sociales, podcasts e infinidad de formatos al alcance del celular. Los grandes diarios ya no somos los reyes de la selva. Un tuitero, sin más recursos que viveza y buena pluma, alcanza cientos de miles de seguidores desde la pantalla de un celular con el mismo espacio que una centenaria cabecera informativa: hasta 280 caracteres.

Los diarios hemos perdido centralidad en esa jungla noticiosa. Sin embargo, investigaciones como la de LA NACION de ayer ratifican que la autoridad periodística se mantiene intacta. Ya sea en su versión web o papel, los diarios siguen siendo arquitectos fundamentales de la agenda noticiosa porque invierten tiempo y recursos para investigaciones milimétricas, extenuantes, que así como culminan en revelaciones escandalosas -como la de anteayer-, en su gran mayoría acaban en silencio en el cesto de basura por falta de resultados.

Existe un principio rector de responsabilidad en estas organizaciones de roble: doble chequeo, no publicar una palabra de la que no se esté seguro y, sobre todo, no entorpecer el trabajo de la Justicia. En las horas definitorias del caso de estos días, cuando los hechos estaban a punto de precipitarse, LA NACION, con toda la información documentada en su poder y con la decisión de aportar a la sociedad lo que sabía, prefirió esperar a que la Justicia hiciera su trabajo y, entonces, sí publicar, pues adelantar la existencia de esas bitácoras de la corrupción podía atentar contra la investigación judicial que estaba a punto de ordenarse.

El crecimiento en la web de los diarios no es solo un fenómeno propio de estos tiempos digitales. Hay también allí un reconocimiento a esa mirada jerarquizadora que diferencia lo importante de lo secundario, lo real de lo falso. Porque hoy el ecosistema informativo cambió dramáticamente. Las redes sociales han venido a "horizontalizar" la información -hasta hacerla caótica- y cada persona tiene voz en un espacio público. Vivimos una inmensa conversación abierta en la que con novedad o sorpresa se sale del anonimato en segundos. Pero ¿cómo identificar la verdad entre tanto palabrerío? ¿Cómo discriminar lo cierto de lo falaz cuando a veces parecen idénticos? ¿Cómo diferenciar a un emisor riguroso y responsable de otro temerario y falaz en el vértigo de estos tiempos?

Las redes sociales son un fenómeno principalísimo del mundo actual, pero nacieron con cuatro defectos centrales, y para nada menores: 1) están pobladas de autores anónimos, lo que desacredita el debate; 2) carecen del rigor propio del sistema de chequeo de los grandes medios, por eso están llenas de fake news, inventos que se devoran muchas veces sin dudar porque no hay tiempo para procesar tanta información; 3) contienen una hostilidad que aleja de la discusión a las voces moderadas (en las redes hay más emoción que razonamiento), y 4) carecen de un editor responsable, es decir, no hay quien responda por la sarta de falsedades que transmiten, lo que las convierte en fácil vehículo para la difamación.

En los últimos días, desde los más variados ámbitos políticos, empresarios y periodísticos, reconocieron calurosamente la investigación de Diego Cabot en LA NACION por su perseverancia y profesionalismo. Lo que prueba, una vez más, por si hacía falta, que aquel periodismo meticuloso e incontrastable, que no descansa hasta respaldar sus hallazgos con la contundencia de la documentación, ese periodismo que no deja lugar a dudas, siempre se termina encontrando en el mismo lugar.

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